Escritos desde el páramo |
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Boboblog sobre escepticismo, historia y pseudohistoria.
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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2005. 01/06/2005Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (VII)Viene de aquí Las circunstancias de la muerte del legado papal Pierre de Castelnau señalaban a Raimundo VI, conde de Toulouse. Aunque es muy posible que éste fuera inocente y que hubiera sido cometido por alguien que creía hacerle un favor, la verdad es que el conde se portó, por una vez, como un imbécil integral. Ni condenó el crimen ni hizo nada por capturar al asesino. No es raro, por tanto, que la Iglesia le considerase como responsable. Inocencio III está harto. Miembro de una familia de la nobleza, está acostumbrado al empleo de la violencia como forma de resolver un conflicto. Por ello toma una decisión aparentemente extraña, convocar una Cruzada contra personas que eran cristianas. Ya se había hecho contra los musulmanes, pero nunca contra miembros de su misma religión. En la carta que dirigió el 9 de marzo de 1208 a obispos, nobleza y pueblo de Francia, expone sus motivos: "Poned todo vuestro empeño en destruir la herejía por todos los medios que Dios os inspirará. Con más firmeza todavía que a los sarracenos, puesto que son más peligrosos, combatid a los herejes con mano dura y brazo tenso..." [1] (Pág. 150) Por si la gente no se sentía bastante motivada para ir a matar esos herejes (o a ser muerto por ellos) que suponían una amenaza mayor que los sarracenos, no se le pasó por alto hacer unas cuantas promesas de orden material y espiritual que supusieran un acicate para los Cruzados: "Despojadles de sus tierras para que habitantes católicos sustituyan en ellas a los herejes eliminados..." [1] (Pág. 150) "Os prometemos la remisión de vuestros pecados a fin de que, sin demoras, pongáis coto a tan grandes peligros." [1] (Pág. 150) La promesa de perdonar los pecados y la esperanza de conseguir tierras en una región que los juglares cantaban como un nuevo Edén son dos poderosos incentivos, tanto que Inocencio III puede permitirse el restringir esos beneficios para aquéllos que estén en disposición de combatir. No quiere gente sin experiencia y sin equipo (la inutilidad de las masas populares ya había quedado clara en la I Cruzada con las "tropas" de Pedro el Ermitaño). El papa insta a Felipe Augusto a que acaudille la Cruzada que se llamará contra los Albigenses. Éste se niega, pero para no indisponerse contra Inocencio III concede autorización al duque de Borgoña y al conde de Nevers para que se unan a ella junto con sus mesnadas. Otros nobles harán lo propio "pasando olímpicamente" del requisito de la autorización real. Pierre des Vaux-de-Cernay, uno de los cronistas de la Cruzada, los relaciona: El conde de Saint-Pol, el conde de Monfort, el conde de Bar-sur-Seine, Guichard de Beaujeu, Guillaume des Roches, senescal de Anjou, Gaucher de Joigny..." [1] (Pág. 154) además de los obispos de Sens, Autun, Clermont y Nevers, todos ellos con sus correspondientes huestes. A ellos se unirían, sin duda, segundones sin fortuna, bandidos, mercenarios... y demás personajes habituales en estas "movidas" con la esperanza de "pillar" algo en el saqueo de las ricas ciudades del Languedoc. Cuando las tropas se reúnen en la región de Lyon, Raimundo VI, que hasta el momento se había limitado a enviar una embajada al papa para proclamar su inocencia, ve "las orejas al lobo" y, repentinamente, siente un ansia incontenible de reconciliarse con la Santa Madre Iglesia. Inocencio III acepta, pero no deja pasar la ocasión de humillar en grado extremo a quién le había ocasionado tantos quebraderos de cabeza. El conde de Toulouse tiene que comparecer desnudo ante la gente y hacer pública penitencia, así como jurar obediencia a los nuevos legados, Milon y Thédise, y ser flagelado. Después de eso, recibe la absolución. Para celebrar que ya no está excomulgado, Raimundo VI se une a la Cruzada. No es el único noble del Languedoc que lo hace. El conde de Valentinois y el vizconde de Anduze siguen sus pasos. Lo propio hace Fulko de Marsella, el obispo de Toulouse, al mando de su confraternidad de los Blancos. Por si acaso pertenecen al grupo de personas que ven altamente sospechoso tanto ardor religioso en el conde de Toulouse (y harán muy bien porque ni entonces se lo creyó nadie) añadiremos que con esa actitud pretendía no ser objetivo de la Cruzada y, además, participar en la lucha contra la persona que pasó a ser blanco primordial del ejército papal, su gran rival Raymond-Roger Trencavel, vizconde de Carcassonne, Albi y Béziers, que se había negado a someterse a una humillación semejante a la de Raimundo. En julio de 1209 los Cruzados se dirigen a Béziers. Al tener noticias de su proximidad, Raymond-Roger siente la imperiosa necesidad de abandonar la plaza para dirigirse a Carcassonne no sin encomendar a los ciudadanos la responsabilidad de defender la villa. Por su parte, el obispo de Béziers intenta mediar, sin éxito, entre unos y otros solicitando la entrega de poco más de doscientos cuarenta herejes (cátaros y valdenses) cuyos nombres relaciona. La ciudad se niega a pacto alguno y prepara la defensa. Las razones para ello son difíciles de entender si recordamos que en 1168 la población masculina de Béziers fue pasada a cuchillo (pueden imaginarse lo que sucedió con la femenina) por las tropas de Roger II Trencavel como represalia por la muerte de su padre, Raimundo Trencavel, en 1166, así que no parece que existieran muchos motivos para que guardaran fidelidad a la dinastía. Tal vez esperaban que su actitud fuera recompensada con la concesión de libertades similares a las de Toulouse o, quizás, sólo fue un acto de orgullo. Sea como fuere, no solamente no aceptan la rendición sino que hacen una salida para atacar a los Cruzados. Parece que su valor era superior a sus conocimientos militares porque el contraataque del ejército papal los conduce hasta el centro de la ciudad. Lo que siguió fue una matanza indiscriminada en la que no se respetó nada (ni siquiera el asilo en terreno sagrado) ni a nadie. Sobre el episodio han corrido ríos de tinta comenzando por las palabras que el cronista Cesáreo de Heisterbach puso en boca de Arnaud Amaury, antiguo legado papal y dirigente de la Cruzada, cuando le requirieron instrucciones para distinguir a los herejes de los católicos: "Matadlos, pues Dios conoce a los suyos." [2] (Pág. 144) Sin embargo, cuando se cita esta frase o alguna de sus variantes, no suele añadirse que antes de esas palabras, Cesáreo escribe: "se cuenta que dijo:" [2] (Pág. 144) Esto es señal de que el cronista se limitó a recoger un rumor (por cierto, quince años después de sucedidos los hechos). En realidad, esa frase que tanta fortuna ha encontrado y que es repetida continuamente como ejemplo del fanatismo religioso en general y del catolicismo en general, posiblemente no fue nunca pronunciada. Por de pronto, los Cruzados no tenían ninguna necesidad de saber diferenciar a herejes y a católicos porque conocían los nombres de aquéllos (la lista del obispo de la que ya hablamos) pero es que, además, la masacre de Béziers no fue fruto de un "calentón" fanático sino que estaba fríamente prevista desde mucho tiempo atrás. Cuando se preparó la Cruzada, se determinó que el tiempo mínimo de servicio para acceder a las indulgencias era de cuarenta días. Esto sólo puede significar que se planificó una campaña relámpago, algo que choca con la realidad de una región de difícil orografía y salpicada de castillos, torres, ciudades amuralladas y castels (que no son castillos, sino castros, aldeas fortificadas). ¿Cómo es eso posible? La explicación más plausible (un exceso de optimismo o de incompetencia militar casa mal con la terrible eficacia que demostraron) es que se había planeado desde un principio el acabar con la resistencia mediante el uso del terror. Así lo recoge, expresamente, otro de los cronistas de la Cruzada, Guillermo de Tudela: "Los barones de Francia y de los alrededores de París... convinieron entre ellos que en cada villa fortificada, ante la cual se presentara el ejército y se negara a rendirse, tras el asalto final todos sus habitantes deberían ser pasados a cuchillo... Por esta razón fueron asesinados en masa todos los habitantes de Béziers; se acabó con todos y todavía no les bastaba: nada pudo salvarlos, ni la cruz ni el altar, ni el crucifijo... Dios acoja sus almas, si así lo desea, en su paraíso..." [1] (Pág. 157) Consiguieron lo que se proponían. No encontraron ninguna resistencia hasta Carcassonne en la que Raymond-Roger (esta vez sí) trató de defenderse, pero la ciudad no tenía agua y capituló al poco tiempo. No hubo matanza, pero los ciudadanos debieron abandonar la villa en calzón y camisa. Raymond-Roger fue capturado y conducido a prisión en la que moriría pocos días después (tan oportunamente que quizás fuera asesinado aunque los síntomas eran los de una disentería). Sus propiedades fueron ofrecidas al duque de Borgoña y al conde de Nevers que las rechazaron. Al fin, una comisión de nobles y obispos presidida por Arnaud Amaury designó como nuevo señor a Simón de Monfort, que ya poseía territorios en Île-de-France y era, además, conde de Leicester. Antiguo Cruzado en Oriente y militar de extraordinaria competencia, era completamente fiel a la Iglesia por lo que parecía la persona adecuada para ser el brazo secular de la lucha contra la herejía. La Cruzada parecía haber terminado, pero cuando concluyen los cuarenta días de servicio a la Cruzada, la mayoría de sus miembros regresan a casa. Simón de Monfort se queda con sólo treinta caballeros y el resto de sus tropas son poco más que una banda de forajidos en medio de un territorio hostil. La guerra acaba de empezar y Simón de Monfort lo sospecha. NOTAS: [1] Citado en Los cátaros. Paul Labal. Traducción de Octavi Pellissa. Ed. Crítica. Barcelona, 2000. [2] Citado en La otra historia de los cátaros. Malcolm Lambert. Traducción de Albert Solé. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2001. -Continuará-" 02/06/2005Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (VIII)Viene de aquí A finales de 1209 el dominio de Simón de Monfort sobre su nuevo feudo se muestra como una ficción. Cuando el grueso del ejército de los Cruzados regresa a casa, comienzan las revueltas, tanto en los castels de la llanura como en las fortalezas de La Montaña Negra y Les Corbières. Monfort escribe al papa comprometéndose a pagar un tributo anual a cambio de que Inocencio III le confirme como nuevo señor de las tierras que le fueron adjudicadas por el Consejo de los Cruzados. También pide ayuda militar. En noviembre recibe la respuesta. El papa le confirma su título de vizconde de Carcassonne lo que le confiere legitimidad tanto ante sí mismo como ante los demás. Los refuerzos, conducidos por la condesa de Montfort, llegan en marzo de 1210. Sin embargo, esta nueva fase de la guerra presenta mal cariz para el nuevo vizconde. Las fortalezas de las montañas eran difíciles de asediar y más aún cuando la mayoría del país le era hostil. No es de extrañar que Simón de Monfort recurriera, de nuevo, a la estrategia del terror. En abril, asedia y toma Bram. Monfort ordena sacar los ojos a toda la guarnición excepto a un soldado al que se limitan a dejar tuerto para que pueda guiar tan siniestra comitiva hasta Cabaret que también se había rebelado. Cuando el ejército Cruzado llegue ante sus puertas, nadie osará resistir. No obstante, no siempre sucede lo mismo y otras fortalezas sí le plantan cara. Simón de Monfort necesita tropas y, en esta ocasión, no puede permitirse el ser selectivo. La predicación de la Cruzada se extiende por Francia, Bretaña, Inglaterra, Frisia (Holanda) y Renania (Alemania) y, además, toma un nuevo carácter. Ya no se dirige sólo a los caballeros sino también al pueblo. Como nuevos ideólogos y propagandistas de la Cruzada destacan Jacques de Vitry y Robert de Courçon, profesores de la Universidad de París, que no sólo predicarán que el pueblo llano en el mundo real es tan digno de la salvación como un monje en su convento sino que también organizan una especie de servicio militar. Los nuevos Cruzados son enviados a los obispos que se encargan de que se les adiestre y de conducirles junto a las tropas de Monfort. El resultado es que nada tuvieron que ver estas tropas con las hordas que capitaneó Pedro el Ermitaño en la I Cruzada. Pronto tuvieron ocasión de demostrar su valía. El asedio de la fortaleza de Termes en Les Corbières se había convertido en un quebradero de cabeza para Monfort. Entonces recibe el refuerzo de unos Cruzados de Lorena de los que el cronista Pierre des Vaux-de-Cernay indica que "llegan a pie" [1] (Pág. 161), es decir, que no eran nobles que combatían a caballo. Aunque Vaux-de-Cernay señala lo siguiente hablando de los disparos de las catapultas: "bordeando la ineficacia durante la presencia de nobles en el campo, se hace tan exacto tras su partida que cada bala de piedra parecía conducida por el propio Dios..." [1] (Pág. 161) es evidente que no comprende lo que está viendo, la demostración de que en el asedio a un castillo es más eficaz la infantería plebeya que la caballería noble. Así que cuando un "soldadito de a pie" de Chartres, un "pobre y no noble" [1] (Pág. 161) captura a Raymond, castellano de Termes, es, sin duda, "por una disposición de la justicia divina" [1] (Pág. 161); pero aunque el cronista no lo comprenda, algo está cambiando en los usos de la guerra y esa variación tendrá, con el tiempo, repercusiones sociales y políticas. En la villa de Lavaur, en la que se había rebelado Amaury de Montréal junto con noventa caballeros, vuelven a tener un papel destacado los soldados no pertenecientes a la nobleza, en este caso los miembros de la confraternidad de los Blancos del obispo de Toulouse Fulko de Marsella. Con la rendición de la guarnición llega una nueva matanza. Amaury es ahorcado y los restantes caballeros son pasados a cuchillo mientras la hermana de Amaury es vejada por los Cruzados y después arrojada a un pozo. Por si acaso pudiera haber sobrevivido, se la cubre de piedras. Pese a su dedicación a los asuntos militares, Simón de Monfort no olvida cuál es el objetivo de la Cruzada. Posiblemente se considera a sí mismo como un buen católico que asiste a misa con asiduidad, es amigo de Domingo de Guzmán, facilita la predicación anti-cátara y, por supuesto, organiza la quema de todo hereje que no abjure de sus creencias (es decir, que van a la pira casi todos). Caen ciento cuarenta en Minerve, sesenta en Cassès y entre trescientos y cuatrocientos en Lavaur. A fin de cuentas, él cumple con lo que había pedido el papa, mano dura. Ante la brutal persecución, los cátaros se dispersan. Unos optan por refugiarse en lugares a los que no había llegado la Cruzada como Montségur, otros se ocultan en las localidades campesinas, otros se transladan a las comunidades cátaras de Toulouse o de Italia, pocos abjuran y algunos toman las armas contra los Cruzados, algo que es frecuentemente ignorado por sus panegiristas actuales. Sin embargo, y por ejemplo, un caballero mortalmente herido en combate se hizo conducir a la casa de los Perfectos en Miraval para recibir el Consolamentum. El éxodo a Toulouse reabrió el problema (nunca bien cerrado) de la actitud de Raimundo VI hacia la herejía. Éste ya se había dado cuenta de que Simón de Monfort era un rival más temible que el difunto Raymond-Roger Trencavel. Pese a ello, cuando se le solicita que entregue a los herejes de Toulouse (algo a lo que estaba obligado en virtud de las cláusulas de su reconciliación) se niega lo que le acarrea una nueva excomunión. El conde, que sabe que no puede ir a un enfrentamiento directo con los Cruzados, mueve sus hilos mediante la diplomacia. Recurre a Felipe Augusto de Francia, al Emperador Otón IV, a Pedro II de Aragón y ¿como no? a Inocencio III ante el que proclama, nuevamente, su inocencia. Fruto de esas gestiones es la convocatoria de dos Concilios, el de Saint-Gilles (julio de 1210) y el de Montpellier (febrero de 1211), para intentar solucionar, de una vez por todas, el problema. Arnaud Amaury, que siempre había considerado la anterior reconciliación de Raimundo VI como una farsa (no sé porqué, la verdad), logra que se le impongan unas condiciones humillantes para una nueva absolución (no puede tener consejeros judíos, debe perseguir la herejía, desmantelar sus castillos, impedir que la nobleza resida en las ciudades y, además, debe abandonar su feudo y transladarse a Tierra Santa hasta que el papa autorice su regreso). Dado que el acceder a ello hubiera supuesto el desmantelamiento de hecho de la casa tolosana, Raimundo debió pensar algo no reproducible y marchó a preparar la defensa de su feudo que ya sabía iba a ser el próximo objetivo de Monfort. Lo primero que hace es expulsar de Toulouse al obispo Fulko por aquello de la quinta columna... En junio de 1211 se produce el primer (y fallido) asedio de la ciudad tolosana. Aunque los Cruzados tienen que levantar el cerco, Raimundo sabe que su caída es mera cuestión de tiempo pese a que el ataque de Simón de Monfort logró lo que parecía inconcebible, unir a los tolosanos, a la nobleza en torno al concepto de paratge (es decir, la solidaridad debida a los miembros de la misma familia, al mismo linaje) y a los burgueses y al pueblo en torno a un concepto que, todavía hoy, no nos deja indiferentes, el de la libertad; y a todos ellos alrededor de la figura del conde como garante de uno y otra. Pero esa unión (a buenas horas, mangas verdes) aunque indispensable no era suficiente, así que Raimundo recurre a su único aliado viable, a su cuñado Pedro II de Aragón que en ese mismo año de 1212 se había cubierto de gloria en la batalla de Las Navas de Tolosa (y que tampoco había dudado en proclamar en las constituciones de 1197 que los valdenses y demás herejes -y, por tanto, también los cátaros- debían abandonar su reino y que el que no lo hiciera así sería quemado). Por ello, nadie en su sano juicio podía considerar a Pedro II como un heterodoxo, pero eso no impidió que en el Concilio de Lavaur (1213) se rechazaran todas sus propuestas para resolver de forma pacífica el conflicto. La guerra era, pues, inevitable. El 12 de septiembre de 1213 en las llanuras de Muret se enfrentaron los ejercitos occitano-aragonés y el Cruzado de Simón de Monfort. Raimundo, sabedor de la superioridad técnica de los caballeros franceses, propuso una táctica revolucionaria, emplear a los ballesteros de las milicias ciudadanas para diezmar las fuerzas enemigas y, después, cargar contra los supervivientes. El rey Pedro, confiado en su superioridad numérica, quería una batalla "convencional", carga de caballería y "el que más chifle, capador". Su apego a las normas de la tradición le costó la batalla y la vida porque la caballería francesa destrozó a sus oponentes. Es el fin (por el momento) de Raimundo VI. El victorioso Simón de Monfort entra en Toulouse. En enero de 1215 el Concilio de Montpellier solicita que se le reconozca como único señor de todo el país. El IV Concilio de Letrán (noviembre de 1215) acepta su título de conde de Toulouse. La guerra, aparentemente, ha terminado. Si la cuestión bélica parecía haber sido zanjada, durante esos años Domingo de Guzmán había continuado su labor errante hasta que en 1215 recibe el encargo del nuevo legado papal, Pedro de Benevento, de predicar a los tolosanos. Se instala en una casa donada por Pierre Seila, un comerciante enriquecido que termina por incorporarse a la orden de predicadores, siempre bajo el estímulo del obispo Fulko que será quién defina los objetivos de la comunidad religiosa: "Extirpar la corrupción de la herejía, desterrar los vicios, enseñar las reglas de la Fe, inculcar a los hombres costumbres sanas..." [1] (Pág. 168) Domingo acude al IV Concilio de Letrán para solicitar el reconocimiento de su nueva orden. Allí coincide con una persona que busca el mismo objetivo para sus "hermanos menores" que quieren llegar al corazón de la gente mediante una vida de pobreza y humildad. Su nombre era Giovanni di Bernardone, aunque todo el mundo le conocía como Francisco, y había nacido en Asís. Con una enorme visión de futuro (el Espíritu Santo debía de estar de vacaciones ese día), el Concilio se niega a reconocer las dos nuevas órdenes pero como quién manda, manda, Inocencio III no tiene el menor reparo en llevar la contraria a los conciliares y autoriza ambas órdenes que hoy conocemos como Dominicos y Franciscanos. De regreso a Toulouse y después de la muerte de Inocencio III (1216), en 1217 Domingo de Osma ordena a sus predicadores que salgan al mundo real y que se establezcan en las ciudades de París y Bolonia. No es ninguna casualidad que ambas fueran sedes de las Universidades más famosas de la época. El propio Domingo, que había sido estudiante en la Universidad más antigua de Castilla (la de Palencia), sabía la importancia de una buena formación intelectual en general y teológica en particular. Desde ese momento, el papado contará con una orden muy capacitada, absolutamente fiel y de vida ejemplar, un arma perfecta contra la herejía. El nombre de dominicos hará fácil un juego de palabras, Domini canes, los perros del Señor. Podría parecer que ya estaba todo en vías de solución, el Languedoc estaba reunido bajo un mando político único que estaba, además, "a partir un piñón" con la Iglesia que, por su parte, estaba renovándose y aprendiendo tanto de los errores propios como de los aciertos cátaros. Sin embargo, Simón de Monfort comenzó a demostrar que era tan capaz en su papel de líder militar como incompetente en política. En 1212 doce miembros (con una representación minoritaria de los laicos occitanos) preparan los Estatutos de Pamiers con la intención, según Pierre des Vaux-de-Cernay, de "hacer reinar la buena moral, barrer la basura herética... implantar las buenas costumbres." [1] (Pág. 178). En realidad, supusieron la implantación de una legislación descaradamente favorable a la Iglesia y totalmente ajena a las costumbres occitanas. Así, debían pagarse los diezmos además de un impuesto anual extraordinario, los clérigos sólo podrían ser juzgados por tribunales eclesiásticos, se consagraba la exención del pago de impuestos a los monjes y sus hombres, se prohíbe la edificación de iglesias en los castillos, se impiden los mercados dominicales, se obliga a la asistencia a misa (excepto en caso de enfermedad) bajo pena de multa, los herejes reconciliados no pueden acceder a las principales magistraturas, se impide el matrimonio de viudas o herederas de la nobleza que posean bien castillos o bien castels con "un indígena de esta tierra hasta dentro de diez años sin la autorización del conde. Pero pueden casarse con los franceses que quieran sin requerir el consentimiento" [1] (Pag. 180), además se instaura la figura del primogénito como receptor de la herencia y se regula el servicio de huestes (es decir, las condiciones en la que el vasallo debía ponerse a disposición del señor para servicios de tipo militar). Lo que sucedió a continuación era perfectamente previsible (excepto para Simón de Monfort). Monasterios, abadías... comienzan a exigir la devolución de las propiedades y diezmos usurpados por la nobleza a lo largo de los siglos. Cuando no lo logren por las buenas, recurrirán a los Cruzados. Privadas de sus medios económicos, muchas familias se arruinan. Por otra parte, los hijos no primogénitos se encuentran con que acaban de ser desheredados "por real decreto". Las ciudades pierden los derechos conquistados (desaparece la figura de los cónsules electos). En Lodève y Nimes los nuevos señores de las ciudades son sus respectivos obispos. En otras localidades se entregan las fortificaciones a obispos, abades... comenzando por Toulouse cuyo castillo pasa a ser controlado por los hombres del obispo Fulko. Además, Simón de Monfort quiere que esta ciudad pague un cuantioso tributo. Aparecen nobles franceses (Guy de Lèvis, Hugues de Lacy...) que ocupan el lugar de las antiguas familias occitanas, pero sus vasallos no les aceptan como nuevos señores. Muchos caballeros tienen que convertirse en faidits (nobles sin posesiones) obligados a buscarse la vida como buenamente (o malamente) puedan. Los enfrentamientos de Simón de Monfort con las milicias urbanas durante 1214-1215 (por ejemplo, en Narbona y en Montpellier) son buena muestra de que el barril de pólvora estaba preparado. Sólo faltaba una chispa para provocar el desastre. Esa chispa fue Raimundo VII, el hijo de Raimundo VI, el antiguo conde de Toulouse. NOTAS: [1] Citado en Los cátaros. Paul Labal. Traducción de Octavi Pellissa. Ed. Crítica. Barcelona, 2000. -Continuará- 03/06/2005Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (IX)Viene de aquí En el IV Concilio de Letrán, Inocencio III no quiso hacer "leña del árbol caído" en exceso. La aceptación de Simón de Montfort como nuevo conde de Toulouse estuvo acompañada del reconocimiento de alguno de los derechos feudales de Raimundo VII, hijo del excomulgado Raimundo VI. En concreto, se le concedió el título de marqués de la Provenza y las tierras que pertenecían a su dinastía en la margen izquierda del Ródano, región en la que los cátaros no habían conseguido implantarse. Por ello, el que estuvieran en manos de la casa de Toulouse (siempre sospechosa de amparar la herejía) no suponía, en principio, mayores problemas. Sin embargo, Raimundo VII pronto comprueba el descontento con los Cruzados que existe en ciudades como Avignon, Arles y Marsella. La razón para ello es sencilla de comprender. Se trataba de poblaciones casi independientes al modo de la ciudad-estado italiana. Les inquietaba lo sucedido en Toulouse y veían en los ejércitos franceses un serio peligro para sus libertades. El marqués de la Provenza es también plenamente consciente del odio hacia los Cruzados que existe en el Languedoc y que se había incrementado con las medidas despóticas de los Estatutos de Pamiers de los que hablamos en la anterior historia. Raimundo debió pensar aquello de "Blanco y migado, sopas de leche" y obtuvo ayuda de Marsella y Avignon para formar un ejército con el que atraviesa el Ródano regresando así a los dominios tradicionales de la casa condal tolosana. Cerca Beaucaire. Simón de Montfort acude a auxiliar a la guarnición asediada y logra rescatarla, pero debe ceder el terreno a su enemigo. Es su primera derrota y el fin del mito de la invencibilidad del ejército francés. Mensajeros de Raimundo recorren el Languedoc y provocan una insurrección general. Por si la situación de Montfort no fuera ya lo bastante peligrosa, Raimundo VI (que se había refugiado en el reino aragonés) cuando recibe las noticias de lo que está sucediendo, organiza a los faidits exiliados y cruza los Pirineos. Con el apoyo de los condes de Comminges y Foix ataca Toulouse y la rinde con facilidad puesto que las murallas habían sido parcialmente derruidas para que no pudieran servir de protección en caso de levantamiento de los ciudadanos. No obstante, el castillo Narbonés (llamado así porque estaba junto al camino a Narbona), que domina la ciudad, permanece en poder de los fieles a Montfort y eso le da esperanzas de poder recuperar el control de su feudo. Concentra a los mejores hombres que le quedan, pide que se vuleva a predicar la Cruzada y ataca Toulouse tal vez creyendo que sería una operación tan sencilla como la que había protagonizado Raimundo VI. No obstante, allí se habían reunido los ejércitos de Raimundo VI y Raimundo VII y la multitud enardecida había comenzado a reparar las murallas y a construir máquinas de guerra. Cuando llega Simón de Montfort se encuentra con "un hueso muy duro de roer" que termina por costarle la vida cuando es alcanzado por una piedra disparada desde lo alto de la muralla. Es el 25 de junio de 1218. A Simón le sucede su hijo Amaury que no tiene ni la experiencia ni, posiblemente, la capacidad militar de su padre. Sabe que sin ayuda externa no puede conservar sus dominios así que el obispo Fulko y la condesa de Montfort acuden a solicitar el auxilio de Felipe Augusto. Éste, libre por una vez de problemas internacionales y tal vez temeroso de que el conflicto comenzara en la margen izquierda del Ródano lo que suponía una extensión del problema del Languedoc, envía un poderoso ejército al mando de su primogénito, Luis. Éste cerca Marmande y al asedio se une Amaury de Montfort. La plaza capitula y toda la población es pasada es cuchillo. Sin embargo, esta vez la estrategia del terror no funciona. Posiblemente la cantidad de horrores vividos durante los años de guerra habían creado una cierta insensibilización en los occitanos. Así que cuando el ejército francés llega a Toulouse, no tiene más remedio que iniciar un asedio en toda regla. Seguramente esto no entraba en los planes de Luis que debía esperar una guerra rápida y sin mayores complicaciones como la de la Cruzada de 1209, así que el 1 de agosto de 1219 dice que ya ha terminado sus cuarenta días de servicio y regresa a casa. Abandonado a su suerte, Amaury va perdiendo lo conquistado por su padre. Raimundo Trencavel, hijo del difunto Raymond-Roger, amenaza la ciudad de Carcassonne con la ayuda del conde Roger-Bernard de Foix y con el visto bueno de Raimundo VII. Las grandes casas nobiliarias del Languedoc deciden olvidar viejas rivalidades y unirse contra el enemigo común que, evidentemente, sabe que ha perdido la guerra. Amaury se retira de Carcassonne sin presentar batalla y termina por regresar a sus dominios franceses olvidándose de Occitania. De hecho, en febrero de 1224 cede sus derechos sobre Toulouse, Carcassonne... a Luis VIII, rey de Francia, que ya conocía el terreno porque es el mismo Luis que había dirigido el ejército francés en la fallida expedición de 1219. En el Languedoc, la huida de Amaury de Montfort supone el reconocimiento de su victoria, aparentemente definitiva, para la casa condal tolosana. Es el momento de entregarse a la "vendetta". Las matanzas se suceden aunque ahora van en la dirección contraria. Cualquier francés capturado es pasado a cuchillo. No sólo ellos sufren las represalias. El 1 de septiembre de 1220 Raimundo VI y Raimundo VII otorgan derecho a los cónsules de Toulouse a perseguir a los malefactores, los colaboradores occitanos de los Cruzados (no consta que los cónsules emplearan esa carta blanca para molestar a Raimundo VI por su participación en la Cruzada de 1209 -esto es una pequeña maldad, obviamente-). El obispo Fulko fue desterrado. Algunos de los faidits que regresan (y que ya eran anticlericales antes de exilio) vuelven cargados de odios no disimulados. Aunque se habla frecuentemente de que este periodo supuso una gran tolerancia religiosa que quedaría demostrada por la vitalidad de la comunidad dominica de Toulouse y del convento femenino de Prouille, eso debe ser matizado. Por de pronto en ambos establecimientos quedaron los naturales del Languedoc y ambos estaban bajo la protección de las grandes casas nobiliarias. Sin embargo, dónde no llegan éstas la situación no tenía porqué mantenerse dentro de límites civilizados. El 23 de enero de 1224 Honorio III, sucesor de Inocencio III, se queja a Luis VIII de Francia: "mientras los católicos se marchan y son puestos en fuga, los herejes ocupan su lugar con sus creyentes, sus agitadores, sus encubridores..." [1] (Pág. 182). En efecto, con la nobleza regresan (o abandonan la vida clandestina, o abjuran de su reconciliación con la Iglesia católica...) los cátaros. En 1226 se reúnen en Pieusse un centenar de Perfectos para discutir sobre la creación de una quinta diócesis en el Languedoc, la del Razès, señal de que volvían a estar activos y en pleno crecimiento. Todo ello, sin embargo, está en peligro. La renuncia de Amaury de Montfort de todos sus derechos en beneficio de Luis VIII cambia completamente la situación. Ya no se trata de que el rey francés quiera o no ayudar a uno de sus vasallos, sino que ahora es su propio feudo. Raimundo VII así lo entiende (su padre había fallecido en 1222, así que él es ahora la única cabeza de la casa condal tolosana) e intenta llegar a un acuerdo con el papado. Entre julio y agosto de 1224 se celebra una conferencia en Montpellier. Los obispos católicos se muestran contrarios al reconocimiento de Raimundo VII como legítimo conde de Toulouse así que el papa nombra un legado para solucionar el conflicto. Se trata de Romano Frangipani, cardenal de Sant´Angelo, que reúne un concilio en Bourges ante el que comparece Raimundo sólo para enterarse de que no tiene nada que hacer, que nunca se le va a conceder el título condal. Finalmente, el 12 de enero de 1226 es excomulgado. Esto es lo que necesitaba Luis VIII para intervenir y toma la Cruz aunque, eso sí, esta vez impone sus condiciones: carta blanca para dirigirla como le plazca, libertad para disponer del condado de Toulouse y los restantes bienes de Raimundo VII, la dirección espiritual correrá a cargo de obispos franceses y el dinero para financiarla saldrá, en exclusiva, de los fondos de la Iglesia. El ejército francés se reúne en Lyon en junio de 1226 y ataca una ciudad fortificada que se consideraba inexpugnable, Avignon. El asedio es largo hasta el punto de que el conde de Champagne se vuelve a casa pretextando que ya había cumplido con sus cuarenta días de servicio (parece que se había leído la biografía de Luis VIII -obviamente, esto es otra pequeña maldad-). No obstante el "au revoir" del conde, la ciudad se rinde el 9 de septiembre. Esta vez no habrá ninguna matanza y, sin embargo, la toma de Avignon hunde la moral de los occitanos. Lo que Luis VIII no logró con la masacre de Marmande lo consigue con el perdón a los ciudadanos de Avignon: Béziers, Carcassonne y Pamiers se rinden sin combatir. Sin embargo, el conde de Foix, Raimundo Trencavel y Raimundo VII están dispuestos a resistir. Toulouse se prepara para un nuevo asedio. No obstante, Luis VIII decide esperar al año siguiente para luchar con tropas de refresco y en una época más propicia (estamos en octubre). Parte del ejército regresa a Francia mientras las restantes tropas permanecen sobre el terreno al mando de Humbert de Beaujeu asistido por Guy de Montfort (hermano de Amaury e hijo, por tanto, de Simón de Montfort). El 3 de noviembre de 1226 Luis VIII fallece en Montpesier por una enfermedad. Su hijo y heredero, Luis IX, es sólo un niño por lo que el reino entra en un periodo de regencia bajo Blanca de Castilla que debe enfrentarse a continuas revueltas nobiliarias que buscan recuperar los derechos que habían ido perdiendo a lo largo del tiempo en beneficio de la corona. Pese a estas dificultades, la guerra prosigue en el Languedoc de forma encarnizada durante tres años. Las tropas de Raimundo VII y de Humbert de Beaujeu se enfrentan por cada fortaleza que pueda darles una ventaja sobre sus enemigos. Sin embargo, esta guerra no se libra sólo en los campos de batalla. Los franceses, bajo inspiración del obispo Fulko, comienzan a realizar incursiones contra los campos que rodean Toulouse para destruir las construcciones, arrasar las cosechas y arrancar la vides. Además, en 1227 el nuevo papa, Gregorio IX, prohíbe el acceso a las importantes ferias de Champagne de todos los mercaderes tolosanos. Obviamente, se estaban atacando las fuentes de financiación de los occitanos. Si la situación del ejército del Languedoc no era buena, la del francés tampoco era "para tirar cohetes". Los problemas con los nobles levantiscos hacían que a Blanca de Castilla le urgiera el acabar de una vez con la guerra occitana. Dados los problemas de ambos contendientes, Raimundo VII piensa (tal vez impulsado por problemas internos en Toulouse) que es el momento de negociar. Con la mediación del conde de Champagne, Thibaut IV, se acuerda celebrar una conferencia en Meaux en la tierras de Champagne. Sin embargo, Raimundo VII es capturado y la supuesta conferencia se convierte en una imposición de condiciones. Aunque el pueblo occitano, en su momento, vio el tratado de Meaux como un desastre, los compromisos adquiridos (de mejor o peor grado) por Raimundo eran duros pero no descabellados. Pierde sus posesiones en la margen izquierda del Ródano en beneficio de la Iglesia y las de la margen derecha pasan, nominalmente, a poder del rey de Francia aunque se permite, graciosamente, que el conde siga gobernando: "la diócesis de Tolosa... la diócesis de Agen y de Rodez... la diócesis de Cahors menos la villa de Cahors..." [1] (Pág. 190) además de las tierras al norte del Turn en la diócesis de Albi. Esto supone, sencillamente, legalizar la situación que ya existía en el campo de batalla. Además, la boda entre Jeanne, la única hija de Raimundo VII, con un hermano de Luis IX suponía que en un futuro la dinastía tolosana seguiría conservando esos dominios excepto si el matrimonio no tuviera descendencia en cuyo caso las propiedades irían a poder del rey francés. Las cláusulas realmente duras eran las que concernían a la destrucción de fortificaciones en Toulouse, Fanjeaux, Lavaur... y la entrega, durante diez años, de los estratégicos castillos Narbonés (en Toulouse), Penne y Cordes a los ejércitos reales. Todo ello suponía garantizar que el conde iba a estarse "quietecito" y sin posibilidad de afrontar una nueva guerra. De igual forma debía pagar a la Iglesia (en especial a la orden del Císter) cuantiosas indemnizaciones. Por supuesto debía perseguir la herejía e, incluso, ayudar al rey francés contra sus anteriores aliados (de Raimundo) como el conde de Foix. Todo ello hubiera debido suponer el final de las guerras occitanas, pero aún quedaba un último capítulo. NOTA: [1] Citado en Los cátaros. Paul Labal. Traducción de Octavi Pellissa. Ed. Crítica. Barcelona, 2000. -Continuará- 05/06/2005Intermezzo artístico Permítanme realizar un breve paréntesis en la historia de los cátaros (que después retomaremos) para hacer un poco de publicidad de mi tierra que, si no es más hermosa que ninguna otra tampoco es menos bella o, al menos, eso nos parece a los que aquí vivimos.En estos días (empezó a finales de mayo y concluirá en julio aunque ya se está hablando de prolongarla hasta finales de agosto) se está celebrando en la Catedral palentina la exposición "La Catedral, Palabra construida". Junto a la presentación en sociedad de las últimas obras de restauración (apertura de los vanos del claustro que tuvieron que ser cegados cuando la estructura se resintió por el terremoto de Lisboa y eliminación de añadidos en la cripta románica) se han reunido piezas de extraordinario valor artístico procedentes, en su mayor parte, de la propia Diócesis. No es nada fácil ver reunidas obras de Juan de Juni, los tres Berruguete (Pedro, Alonso e Inocencio), Gregorio Fernández, Siloé, Vigarny, Alejo de Vahía... pero en esta tierra antaño rica y poderosa y hoy convertida en escombros sin que nadie haya movido un dedo para impedirlo (ya se sabe que los únicas catástrofes que movilizan a la gente son las repentinas. La decadencia secular no vende) eso es casi el pan de cada día. Sin embargo, quiénes quieran disfrutar de piezas poco o nada conocidas (bastantes proceden de conventos de clausura) harán bien en darse una vuelta por aquí. Es un conjunto tan extraordinario que no se sabe bien qué destacar, las pinturas procedentes de Santa María del Castillo en Frómista o las de Becerril de Campos, la Virgen con el Niño de Alonso Berruguete procedente de Paredes de Nava, el Descendimiento de Vigarny... no tienen nada que envidiar a la pequeña (y sin embargo, inmensa) Virgen románica de la Dehesa (raro ejemplar realizado en cobre y esmaltes) de Husillos o al Jesús crucificado de Gregorio Fernández. Y junto a ellas, El Greco (con un San Sebastián que cada día causa mayor admiración), Pieter Coecke (Virgen con el niño, copia -o versión- de Mabuse), Cranach (retrato anamórfico de Carlos V)... y numerosos artistas anónimos no por ello menos interesantes. Mención aparte merece la extraordinaria colección de orfebrería (cálices, custodias, salvillas...) de talleres nacionales e internacionales (copa de Nuremberg que Carlos V donó a la Catedral palentina), así como las dos series de tapices flamencos y una pequeña muestra de los fondos de la Biblioteca y Archivo entre los que podemos destacar un ejemplar de la Biblia Políglota de Amberes. Organizada en ocho apartados temáticos: Señor y Mesías; María, Madre de Dios y Madre nuestra; Cripta de San Antolín y trascoro; La sala capitular; la Eucaristia; Santos palentinos; Memoria escrita; y Vidrieras antiguas y modernas, cumple con su cometido de mostrar sin acumular (en Palencia es fácil caer en la tentación de exponer piezas y piezas hasta que el visitante queda saturado porque nuestra riqueza artística lo permite). Pocas obras pero casi todas ellas admirables (el borrón de la muestra es la sección de Santos palentinos, con imágenes que tendrán valor devocional pero cuyo valor artístico -con excepciones- es casi nulo) y magníficamente expuestas de forma que el visitante apresurado puede cumplir con la visita con brevedad mientras el turista concienzudo puede demorarse en encontrar mil y un detalles en cada obra. Además, la entrada es gratis salvo para grupos guiados (30 €). El horario es amplio, de martes a domingo de 10:30 a 13:30 y de 16:00 a 20:00 (el lunes permanece cerrada). En fin, que si necesitaban una excusa para venir a esta tierra o si este verano quieren algo más que sol y playa, ya saben dónde estamos. 06/06/2005Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (X)Viene de aquí 12 de abril de 1229, festividad de Jueves Santo. En Notre-Dame, en París, Raimundo VII hace pública penitencia. Descalzo y vestido sólo con calzón y camisa, confiesa sus errores pasados. Entre los asistentes están los vencedores, Luis IX de Francia, su madre, Blanca de Castilla, el cardenal de Sant´Angelo, el obispo de Toulouse Fulko de Marsella... Después recibe la absolución y se levanta su excomunión. Por una vez, parece que se va a cumplir lo "pactado" en Meaux... pero es mera apariencia. Por ejemplo, en 1229 se crea la Universidad tolosana. En un primer momento tiene cierto éxito porque acuden profesores y estudiantes de la de París que llevaban semanas en huelga (conflicto que se prolongó hasta 1231. Eso es una huelga y no las de ahora...) Pero, cuando el paro termine dos años después, los maestros (y con ellos sus discípulos) regresan a París "a toda leche" por la sencilla razón de que Raimundo había "olvidado" abonarles la primera paga (y la segunda y la tercera y...) En 1229 se reúne en Toulouse el Concilio provincial que debía organizar la represión contra los herejes. Entre los asistentes se encuentran el conde y los cónsules tolosanos. Se acuerda que la persecución se efectuará tanto contra los Perfectos como contra los meros creyentes (es decir, los que aún no habían recibido el Consolament). Para detectar a los sospechosos los sacerdotes deberán llevar el registro de sus fieles y controlar quiénes comulgan menos de tres veces al año. Además se instituye la delación sistemática. Los hombres de más de catorce años y las mujeres de más de doce están obligados a prestar juramento de que denunciarán a los herejes. Los que muestren poco interés en hacerlo serán, ellos también, objeto de persecución. Además, en cada parroquia se debe formar una comisión de investigación que buscará a los herejes casa por casa, sin olvidarse de posibles escondrijos en los bosques. Si se encuentran, deben ser destruidos y los cátaros detenidos serán entregados al obispo o la persona en quién éste delegue. Los castigos van desde la prohibición de ostentar magistraturas, ejercer la medicina (según parece, algunos Perfectos aprovechaban el ser médicos para obligar a los pacientes a recibir el Consolament), expulsión de su lugar de residencia, destrucción de su morada, llevar un signo distintivo en la ropa (dos cruces de distinto color) hasta, si no se entregaban voluntariamente, penas de cárcel. Para los Perfectos, diáconos y obispos si no existía abjuración, la hoguera. Este Concilio también nos informa de que no todos los nobles siguieron el ejemplo de Raimundo. Se califica de "violadores de la paz" a varios señores (entre ellos diversos castellanos de Les Corbières) a los que ponen fuera de la ley y condenan a todos aquéllos que los ayuden. Evidentemente, la resistencia continuaba en las comarcas de más difícil acceso. Todo esto sobre el papel, porque en la realidad la persecución contra los cátaros encontró dificultades hasta en los dominios del conde. La razón es el apoyo popular que hacía que Raimundo se encontrara de continuo "encendiendo una vela a Dios y otra al diablo" arte en el que era un consumado maestro y eso que, al contrario que su padre, no sentía por ellos la menor simpatía. El obispo Fulko falleció el 25 de diciembre de 1231 y fue sustituido por el dominico occitano Raymond du Falga que, si me permiten el juicio personal, era una mala bestia. En un primer momento, no obstante, parece que obtuvo la colaboración de su homónimo, el conde de Toulouse. En 1232 capturó con su ayuda a diecimueve Perfectos en la región de La Montaña Negra, en 1233 el obispo cátaro de Agen fue quemado en la capital tolosana, en esa misma época fueron capturados cuatro herejes cerca de Montségur y ejecutados como contumaces (es decir, que no abjuraron de sus creencias) con la plena aquiescencia de Raimundo... Sin embargo, ni siquiera eso le parecía suficiente a Gregorio IX que sabe que el poder político secular (en este caso, el conde de Toulouse) se muestra colaborador u obstruccionista según sus propios intereses y eso provocaba que los obispos hicieran seguidismo de sus vaivanes. Falta así la necesaria (necesaria para Gregorio IX, claro) constancia en la represión, así que "toma el rábano por las hojas" y, alegando que los obispos tienen otras preocupaciones más acuciantes, pone la lucha contra la herejía en manos de tribunales especializados. Acaba de nacer una institución que, a la larga, empañaría el nombre de la Iglesia con toda clase de horrores, la Inquisición. El anuncio tuvo lugar en 1233. La tarea recae en los Dominicos y son los provinciales de esta orden los que deben nombrar a los Inquisidores. Curiosamente, el Inquisidor para Francia (es decir, para el norte de Francia) era un ex-Perfecto, Robert le Bougre ("no hay peor cuña que la de la misma madera" debió pensar alguien), mientras que en el Languedoc para la diócesis de Albi fue designado Arnaud Cathala, y para Cahors y Toulouse, Pierre de Seila y el jurista Guillaume Arnaud. Sin embargo, su trabajo no fue fácil. En Castelnaudary no habla "ni Dios" (con perdón) con los Inquisidores y en Albi, en 1234, Arnaud está a punto de ser conducido a una carnicería y degollado cuando quiso desenterrar a una hereje condenada póstumamente. En 1235, en Narbona, una multitud enfurecida atacó el convento de los Dominicos, quemó los legajos referidos a procesos inquisitoriales y expulsó a la comunidad de religiosos. En Toulouse, el intento de ejecutar a un tal Jean Tisseyre degeneró en motín cuando el acusado proclamó su inocencia (sin embargo, conducido de nuevo a prisión recibió el Consolament de un Perfecto detenido y esta vez no le salvó "ni Dios" de la pira). También hubo bronca en 1235 cuando el obispo Raymond du Falga fue confundido por una moribunda con el obispo cátaro (digamos que du Falga no hizo nada para desengañarla y sí todo lo contrario). La confesión de la enferma hizo que el obispo ordenara, de inmediato, su ejecución que se cumplió al instante entre la indignación de los tolosanos. Los cónsules canalizaron ese sentimiento en forma de lo que hoy llamaríamos "boicot". Nadie vendió alimentos a du falga y éste tuvo que abandonar la ciudad. En Carcassonne, en 1235, Guillaume Arnaud inicia diligencias contra cinco cónsules de la ciudad. Éstos se presentan a la puerta del convento acompañados de una multitud y expulsan a toda la comunidad de Dominicos. Raimundo VII tuvo que recibir "un toquecito" del papa recordándole lo que se había comprometido en Meaux y en el Concilio de Toulouse, a perseguir la herejía. En 1236 uno y otros regresarán a las ciudades y pronto obtendrán un gran éxito en Toulouse cuando el Perfecto Raymond Gros "cante" hasta "La Traviata" (lo que no deja de ser curioso porque faltan unos cuantos siglos para que nazca un tal Verdi) provocando una cascada de detenciones y quemas de cadáveres (ni los muertos se libraban de la persecución inquisitorial y como éstos ya no podían abjurar...) Sin embargo, desde 1237 la Inquisición entra "en punto muerto" hasta el punto de que el 13 de mayo de 1238 Gregorio IX ordena paralizar sus actividades durante tres meses, pero "olvida" ordenar su reanudación durante tres años, concretamente hasta su fallecimiento. No es que el papado, de pronto, sintiera escrúpulos de conciencia ni nada parecido. Sencillamente, Gregorio IX estaba haciendo lo mismo que reprochaba a Raimundo VII, condicionar la persecución de la herejía a sus intereses políticos. En 1237, el monarca inglés Enrique III se acuerda de que los territorios franceses de Normandía, Anjou y Poitou habían pertenecido a su corona y piensa en su reconquista. Por supuesto piensa en el conde de Toulouse como un posible aliado contra Luis IX. Por su parte, el emperador Federico II sueña con una expansión por Italia de sus posesiones en Sicilia. En 1237 en la batalla de Cortenuova derrota a la Liga Lombarda, aliada del papa. Roma está amenazada y Raimundo VII... Éste, desde 1234, está solicitando al papa diversos favores. La devolución del título (y los feudos anexos) de marqués de Provenza que por el tratado de Meaux habían pasado a la Iglesia. También pide la anulación de su matrimonio con Sancha de Aragón porque quiere casarse con una hija del conde de Provenza. No piensen en el amor porque eso no importaba. Sencillamente Raimundo quiere "matar dos pájaros de un tiro". El primero es asegurarse descendencia porque el matrimonio de su hija Jeanne con Alphonse de Poitiers (hermano de Luis IX) acordado en Meaux no tenía hijos y, si eso seguía así, el condado de Toulouse acabaría en poder de la Corona gala. El segundo es consolidar sus dominios en la margen izquierda del Ródano. Además, también quería que su padre, Raimundo VI fuera enterrado en tierra sagrada (algo que no podía ser porque murió, como ya dijimos, excomulgado). Con la nueva situación internacional, Raimundo VII (que de tonto no tenía ni medio pelo) comienza a jugar con dos barajas. Negocia con el papa y obtiene la paralización de la actividad inquisitorial que era de los más impopular. Gana así tranquilidad interna. Por otra parte, se acerca al emperador para forzar a Gregorio IX a acceder a sus peticiones. Sin embargo, en 1241 debió creer que ya era cosa hecha porque ordena a sus vasallos que tomen partido por el papa en su querella contra Federico II. Sin embargo, el 22 de agosto, Gregorio IX fallece y su sucesión es muy complicada. No obstante, y aprovechando que tanto el rey de Francia como el papa estaban ocupados con otros problemas, aprovechó para reconstruir las fortificaciones de las ciudades en la frontera con el antiguo vizcondado de Carcassonne. La razón para ello es que el conde de Toulouse no es el único que aprovecha el "follón" internacional para mover ficha. En abril de 1240 Raimundo Trencavel regresa a su feudo tradicional al frente de un ejército de faidits. Los castellanos de Minerve, La Montaña Negra y Les Corbíères se unen a su causa. En Carcassonne la población toma partido por él (lo demostraron pasando a cuchillo a treinta y tres sacerdotes) pero la guarnición que se ha hecho fuerte en la cité fortificada resiste el asedio. Raimundo VII permanece neutral. No ayuda a Raimundo Trencavel pero tampoco a los sitiados. Sin embargo, cuando un ejército francés se aproxima a Carcassonne interviene para lograr que Raimundo Trencavel pueda huir. No es que de pronto Raimundo VII sintiera una inmensa preocupación por el bienestar de la dinastía rival sino que, tal vez, estuviera ya diseñando un plan que precisaba de todas las lealtades que pudiera conseguir. El monarca inglés, Enrique III, estaba dispuesto a enfrentarse a Luis IX por sus antiguas posesiones en el continente. Cuenta con la colaboración de Raimundo VII y éste, a su vez, con la ayuda de Jaime I "el Conquistador" de Aragón que no había olvidado la muerte de su padre Pedro II en Muret. También con el apoyo del conde de Provenza y de sus vasallo en el Languedoc. La colaboración de los nobles del antiguo vizcondado de Carcassonne era, pues, algo muy interesante. Para que no faltara nadie, en la coalición antifrancesa también aparece Federico II, éste, aparte de para vengar viejas derrotas de los emperadores alemanes, porque los Capeto y el papado eran aliados y el amigo de tu enemigo... Si todo esto se estaba preparando en las comarcas en las que Raimundo VII mantenía un mayor o menor control, la situación era aún peor (para los intereses de la Iglesia) en aquéllos en los que el conde no pintaba nada. En Roquefort las mujeres de la población la emprendieron a pedradas y palos con un sargento que intentó detener a dos Perfectas y, en otra ocasión, ocultaron una ceremonia de Consolament por el expeditivo procedimiento de apedrear la casa del cura con lo que éste no pudo salir de ella hasta que concluyó. Obviamente, los móviles todavía no se habían inventado así que los cátaros pudieron ir y venir sin que nadie les molestara. También existen noticias de algunos caballeros cátaros como Bernard de Quiriès, de Le Mas, que hacían más o menos lo que les daba la real gana como mear en la tonsura de un acólito para injuriar a los católicos o robar los caballos del prior de Le Mas amenazando con matar a cualquier monje que intentara impedírselo. Otra "buena pieza" fue Bernard Oth que desde 1232 la emprendió con el arzobispo de Narbonne. Robó su ganado, quemó sus edificios y atacó a sus hombres lo que no le impidió, más adelante, intentar llegar a un acuerdo con él para que anulara su matrimonio con su mujer, Nova, a cambio de que Bernard denunciara a los Perfectos que vivían en su castillo (estaba tan harto de su "costilla" que antes quiso obligarla a que recibiera el Consolament con lo que ésta hubiera debido de abandonarle). Los apoyos populares que antes hemos citado, no obstante, tampoco deben ser exagerados porque sabemos que, en otros casos, el auxilio a los cátaros perseguidos no tenía nada de desinteresado. Por ejemplo, Pedro de Corneliano y su tío escoltaron a siete Perfectos a cambio de una promesa de diez sólidos... que nunca llegó porque los Perfectos se negaron a pagar (después de esto, Pedro de Corneliano no quiso saber más de los cátaros). Mejor suerte tuvo en 1237 Arnaud Roger de Mirepoix que sí cobró por seguir de guía en un desplazamiento de Perfectos y volvió a hacerlo (por el equivalente a medio kilo de pimienta en una época en que las especias eran un bien precioso) en 1238 acompañando a un grupo de ocho cátaros de Montségur. B. Remon pagó cincuenta sólidos a las personas que escondieron a su hermana, que era Perfecta, y a sus acompañantes. Y es que contrariamente a lo que parecen creer sus panegiristas actuales, los cátaros, a lo largo de los años no sólo crearon adhesiones sino también enemistades. No deja de resultar chocante que una iglesia que consideraba lo material como creación del diablo fuera, en cambio, extraordinariamente rica, una evidente contradicción que sus adversarios no dejaban de echarles en cara. Fruto de las donaciones recibidas (en especial cuando daban el Consolament a un moribundo, por ejemplo, Arnaud Daniel de Sorege entregó trescientos sólidos a los Perfectos que lo realizaron), de su dedicación al comercio o de los préstamos que hacían, disponían de cuantiosos fondos tanto más cuando no tenían gastos (los Perfectos debían ser mantenidos por los fieles y no tenían templos que hubiera que mantener) así que cuando la persecución se incrementaba no faltaba dinero para comprar guías, lugares seguros y protección armada y, llegado el caso, para efectuar sobornos y lograr la libertad de algunos cautivos. Algunos ejemplos pueden servir para ilustrar esto. Ugo Rotland de Puylaurens en 1252 tenía una olla con seiscientos sólidos enterrada en su casa. Alamán de Roaix en Toulouse estaba más al tanto de las nuevas (entonces, claro) técnicas comerciales y eso ya en 1237. Éste disponía de cartas de pago por las que podía disponer de las donaciones testamentarias realizadas a la iglesia cátara. Por otra parte, cuando Bertrand Marty fue arrestado en 1233, una colecta reunió trescientos sous. Poco después y de forma "misteriosa", el cátaro fue liberado en un bosque. Sin embargo, había odios que podían más que el oro. Por ejemplo, Ermessende Viguier, de Cambiac, que se la tenía jurada desde que en una reunión de cátaros a la que asistió se rieron de ella por estar embarazada diciendo que llevaba un demonio en sus entrañas (y no era ninguna broma, eran coherentes con su doctrina sobre la procreación y el mundo material). Guardó la ofensa para sí misma durante veintitres años hasta que, en 1245, denunció a sus vecinos cátaros ante la Inquisición pese a que éstos la maltrataron en presencia de su hijo para "convencerla" de que la interesaba guardar silencio. Toda esta situación de alianzas políticas, de odios, de simpatías... se precipitó hacia el desastre total en 1241. Como ya dijimos, el 22 de agosto de ese año falleció Gregorio IX y con él la paralización de la Inquisición en el momento menos propicio para los intereses de Raimundo VII. Éste, visto que no podía conseguir sus objetivos por un acuerdo con el papado, empezó a poner en práctica sus planes de conspiración antifrancesa. Para ello necesitaba de los señores aliados de los cátaros pero ¿y si éstos eran detenidos y revelaban lo que sabían? No obstante, el papel jugado por alguno de ellos en la revuelta previa de Raimundo Trencavel como el obispo cátaro Pierre Polhan que, curiosidades de la vida, siempre aparecía en una ciudad justo antes de que se organizara en ella "la de San Quintín" hacía imprescindible su concurso. No obstante, era un juego muy peligroso en el que alguien podía equivocarse y eso es lo que pasó. El 15 de mayo de 1242 Enrique III de Inglaterra desembarca en Royan. Pocos días después, los Inquisidores Guillaume Arnaud y Étienne de Saint-Thibéry llegan a Avignonet y se hospedan en un castillo propiedad de Raymond de Alfaro, senescal de Raimundo VII y que era la persona que estaba coordinando la sublevación en el Languedoc, pero esto era algo que, posiblemente, los Inquisidores desconocían. El 27 de mayo un mensajero suyo (de Raymond de Alfaro) llega a Montségur, plaza que estaba bajo pleno control cátaro y protegida por una guarnición de fieles y soldados mercenarios bajo mando de Pierre-Roger de Mirepoix. El día 28, Pierre-Roger abandona Montségur con cincuenta de sus hombres a los que se unen más voluntarios por el camino. Por la noche llega a Avignonet y los hombres de Raymond de Alfaro les abren las puertas del castillo. Los dos Inquisidores, sus ayudantes y el prior de Avignonet que había ido a visitarles, diez personas en total, son asesinados y mutilados. ¿Esto fue ordenado por Raimundo VII? Pues aunque Raymond de Alfaro fuera su senescal y, para más "inri", estuviera casado con una hermana (ilegítima) del conde parece que no porque esto supuso que todo el plan se fuera al mismísimo "carajo". Se tuvo que adelantar la rebelión y quedó patente para Luis IX la connivencia entre el ataque inglés y el levantamiento en el Languedoc. Así las cosas, éste actuó rápido. El 22 de julio ya se enfrenta a los hombres de Enrique III en Taillebour. El monarca inglés no debió ver el asunto nada claro así que se embarcó para su casa sin dar más guerra. Este primer abandono motivó el de Jaime I de Aragón. Por si el asunto no estaba lo bastante "jodido" para los intereses de la casa condal tolosana, el conde de Foix no sólo dejó de ayudar sino que se pasó al enemigo "con armas y bagajes". En octubre de 1242 y después del monumental fiasco, Raimundo VII se rinde a Luis IX. Éste, por su parte, no quiso humillar al conde de Toulouse (posiblemente ya lo estaba bastante) y en enero de 1243 por la paz de Lorris se limita a que Raimundo jure que no romperá por la fuerza los acuerdos de Meaux. Sorprendentemente, esta vez sí lo cumplió. Si no hubo castigo para Raimundo VII, no sucedió lo mismo con Montségur. Todo el mundo sabía que era de allí de donde habían salido los asesinos de los Inquisidores y que éste era el principal dominio cátaro, el refugio de sus líderes más destacados y su tesorería central. Durand, obispo de Albi, y Hugues d´Arcis, senescal de Carcassonne, reclutan tropas por toda la región. Pese a que Montségur se considera inexpugnable (está bien defendida tanto por una numerosa guarnición que cuenta incluso con una catapulta, como por lo escarpado de la montaña en que se encuentra) están decididos a acabar con ese reducto cátaro. El asedio comienza en junio de 1243 y se prolongó hasta el 16 de marzo de 1244. Doscientos (o más) Perfectos se encontraron en la disyuntiva de elegir entre la abjuración y la hoguera. Eligieron lo segundo. Era el fin. Algunas familias muy vinculadas al catarismo se apresuraron a reconciliarse con Luis IX. Gérard de Niort entregó su castillo a los hombres del rey. Olivier de Termes incluso acompañó al rey francés en su Cruzada a Tierra Santa y llegó a ser uno de sus hombres de confianza. Aunque algunos (tal vez por ideales, tal vez porque estaban tan involucrados con los cátaros que no confiaban en el perdón real) prosiguieron la lucha (de hecho, la última fortaleza cátara tomada no fue Montségur en 1244 sino Quéribus en Les Corbières en 1255) las guerras occitanas a gran escala habían terminado. Raimundo VII, uno de sus grandes protagonistas, mudó de actitud. Desde ese momento y hasta su muerte en 1249 persiguió ferozmente a los cátaros incluso con mayor saña que la propia Inquisición. Poco antes de su muerte, en Agen, ordenó quemar a ochenta creyentes (es decir, que no habían recibido el Consolament) pese a que, como tales, la Inquisición posiblemente no les habría condenado a muerte. ¿Estaba haciendo méritos o estaba haciéndoles pagar por lo de Avignonet y todo lo que siguió al asesinato de los Inquisidores? Aunque nunca renunció a sus pretensiones de volverse a casar y tener descendencia que asegurase la continuidad de la casa de Toulouse no lo logró. La muerte le sorprendió cuando se preparaba para unirse a la Cruzada de Luis IX. Desde 1249 hasta 1271, el condado tolosano fue gobernado por Alphonse de Poitiers, hermano de Luis IX, como esposo de Jeanne de Toulouse. Falleció el 21 de agosto de 1271. Su mujer se le unió tres días más tarde. No habían tenido descendencia por lo que el feudo pasó a la Corona francesa como se había acordado en Meaux. La casa condal tolosana desaparece y aparece Francia. Griales, descendientes de Jesús, tesoros fabulosos... ¿quién necesita estos alicientes? La realidad es mucho más fascinante. La Edad Media, ese difuso periodo cronológico, según algunos acabó con la caída de Constantinopla y según otros con el descubrimiento de América. Sin embargo, empezó a morir cuando los estados nacionales con una autoridad central comenzaron a desmantelar los feudos y las relaciones vasalláticas. Las guerras occitanas (en la que el catarismo fue más una excusa que una razón) son un periodo capital en ese proceso. No hemos visto el Grial, pero sí el nacimiento de Francia como nación moderna. Hemos comenzado a despedir la Edad Media y vemos el nacimiento del mundo moderno. Ahora ya podemos volver con el Sr. Fernández-Bueno no sin antes recomendarles la lectura de los siguientes libros en los que podrán encontrar los datos que aquí hemos manejado y muchos más (y por supuesto, mucho mejor y más ampliamente expuestos): "Los cátaros. Herejía y crisis social." Paul Labal. Traducción de Octavi Pellissa. Ed. Crítica. Barcelona, 2000. "La otra historia de los cátaros. Malcolm Lambert. Traducción de Albert Solé. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2001. -Continuará- 08/06/2005Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (XI)Viene de aquí ¿A qué viene este soberano peñazo que les he "largado" en incómodos plazos? Pues además de porque este tema es uno de mis favoritos (lo siento, han tenido mala suerte) creo que era necesario para que tuvieran una base (suponiendo que no conocieran de antemano la historia de la Cruzada contra los Albigenses) para poder examinar las afirmaciones que realiza el Sr. Fernández Bueno sobre los cátaros. Lo primero que me sorprendió es que D. Lorenzo plantea este periodo de extraordinaria complejidad "a la cátara", es decir con un dualismo absoluto. Lo que el Sr. Fernández Bueno escribe es algo así como: Érase una vez que se era, unas personas encantadoras a las que llamaban cátaros que siempre iban "con su verdad siempre clara y transparente" (Pág. 157) y que fueron "custodios del secreto, fue la verdad de este lo que les precipitó a los abismos del fuego eterno. Guardianes de un Grial mal interpretado..." (Pág. 157). Tenían además grandes cualidades "haciendo gala de una humildad y pobreza que contrastaba con la lujuriosa ambición de los ministros de Dios, obispos y prelados que confundían la riqueza espiritual con la material." (Pág. 157) Aunque hubieran debido ser felices y comer besugo (las perdices estaban prohibidas por ser carne) no pudo ser porque "sufrieron la intolerancia de aquellos que se negaron a ceder un ápice de sus pretensiones , y que juraron no desvelar la mentira, manteniendo oculto el misterio..." (Pág. 157) y eso que los buenos cátaros "No eran más que gente que quería vivir su espiritualidad en paz, y en suma, pensaban, poco daño podía hacer esto a las todopoderosas naciones del momento." (Pág. 158) Como vivían en una nueva Arcadia, el Languedoc, un país "inmerso en una evolución, social, filosófica y religiosa sin parangón hasta la fecha." (Pág. 155) sufrieron la envidia de un señor muy malo, muy malo, el papa que era un ambicioso "la ambición de Inocencio III no conocía límites" que les envió a los Cruzados "Era un vasto ejército de mercenarios curtidos en Tierra Santa, dispuesto a todo con tal de saciar sus ansias de oro, sangre y sexo." (Pág. 159) Al frente de estos sanguinarios ladrones y violadores iban "el siniestro Arnau Amalric, clérigo cisterciense sin escrúpulos, ávido de sangre y dispuesto a lo que precisare para acabar con la herejía." (Pág. 158) y Simón de Montfort "cualquier maltrato pareció ser insuficiente para la mente enfermiza de Simon de Monfort, guiado por una fe sin fisuras, capaz de sucumbir al crimen con tal de mantener firmes los preceptos de su convicción." (Pág. 169) Como los cátaros eran tan buenos, tenían un príncipe (bueno, sólo era vizconde pero se merecía un ascenso) azul que los protegía "Raimond-Roger Trencavel, joven enérgico y combativo...". Llegados a este punto uno espera la aparición, en cualquier momento, de Caperucita Roja (que, por supuesto, era cátara) y del Lobo Feroz (que, por supuesto, era un Cruzado) para que nada falte en el "cuento chino" (en este caso occitano) que está narrando. La realidad no tiene nada que ver con esa película en blanco y negro y sí con una infinita gama de grises. D. Lorenzo tienen a bien olvidarse (no dejes que la realidad te estropee un libro) de un montón de datos como que el Languedoc no tenía nada de idílica Arcadia sino que había estado en guerra hasta "cuatro días" antes, que el catarismo se extendió en un ambiente casi anárquico con las grandes casas nobiliarias enfrentadas entre sí pero también con sus propios barones y con unas ciudades en las que la naciente burguesía intentaba conseguir derechos y libertades; que existía una nobleza enfrentada a la Iglesia católica no por cuestiones dogmáticas sino por el vil dinero, por el control de los diezmos; que Raimundo V de Toulouse estaba a favor de una intervención del rey de Francia para acabar con los cátaros; que Raimundo VI se unió a la Cruzada contra los Albigenses; que hubo matanzas por ambos lados... y que los cátaros eran tan perfectamente capaces de mentir, de apreciar el dinero y de ejercer la violencia como sus adversarios católicos y que ambos grupos de creyentes competían en fanatismo e intolerancia. Con esas premisas no es extraño que la narración de la Cruzada que realiza hubiera debido incluir el aviso de que "Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia". Aunque el Sr. Fernández Bueno no tiene más remedio que reconocer que el desencadenante de la Cruzada fue el asesinato de Pierre de Castelnau (por cierto, cambiando la fecha de 14-15 de enero a febrero): "A mediados de febrero de ese mismo año Castelnau caía abatido..." (Pág. 158) ), a partir de ese momento comienza a desbarrar: "...la excusa para que el Santo Padre encomendara a las huestes del rey Felipe de Francia a emprender la cruzada..." (Pág. 158). En realidad, como ya dijimos, Felipe Augusto de Francia no quiso dirigir la Cruzada y se limitó a conceder autorización a alguno de sus barones para que se unieran al ejército (y que otros se sumaron "sin encomendarse a Dios ni al diablo"). Por otra parte, no sólo hubo franceses entre los Cruzados. La descripción que realiza del ejército Cruzado aporta un curioso y novedoso dato a la indumentaria medieval en la Edad Media: "En pocos días un poderoso ejército de más de cien mil hombres vestía los pendones reales para fulminar de la faz de la Tierra a aquellos lujuriosos..." (Pág. 158) Por de pronto eran más Cruzados (se estima que unos trescientos mil) y, aunque hubiera resultado de lo más fashion, los soldados no vestían los pendones reales (una lástima, con lo monísimos que hubieran quedado), se limitaban a combatir bajo ellos. Comienza a narrar el desarrollo de la primera fase de la Cruzada y su descripción de la masacre de Béziers es de nota (siendo generosos merece un cero): "No tardaron en plantar sus tiendas frente al primer bastión cátaro, Béziers..." (Pág. 159). Béziers de bastión cátaro no tenía nada. Recordemos que la lista de herejes cuya entrega exigieron los Cruzados constaba de poco más de doscientos veinte nombre y eso mezclando a cátaro y valdenses (que nada tenían que ver con aquéllos). Prosigue: "El 22 de julio de 1208 más de veinte mil personas, jóvenes, ancianos, mujeres, cristianos inclusive, fueron pasados a cuchillo..." (Pág. 159) No es cristianos inclusive, es que la inmensa mayoría eran católicos. Hagan Vds. una sencilla resta, se cree que el número de los asesinados en Béziers fueron entre veinte y treinta mil personas, si los herejes eran unos doscientos veinte... Por supuesto, el Sr. Fernández Bueno no se entera de qué se pretendió (y logró) con la matanza de Béziers así que por allí aparece "un inhumano Amalric, atisbando el horizonte con sonrisa, espetó: "Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos"." (Pág. 159) No sólo da por bueno que la frase de marras se pronunció (algo que posiblemente nunca sucedió) sino que sabe qué estaba haciendo Amaury en ese momento "atisbando el horizonte con sonrisa". Esa imaginación... ¿Seguro que no se estaba "zampando" un potaje de alubias mientras se rascaba los... lóbulos de los orejas? Puestos a fabular... Por descontado que tampoco hace la menor mención a la "espantada" protagonizada por Raymond-Roger Trencavel cuando encomendó la defensa de la plaza a los ciudadanos mientras él se iba a Carcassonne. Pese a ese sospechoso comportamiento, es calificado de "enérgico y valiente" (Pág. 159) "valiente muchacho" (Pág. 160) y "aguerrido" (Pág. 169). Pues vale. Con el asedio a Carcassonne más de lo mismo. Como había presentado a Amaury como un fanático sediento de sangre ahora tiene problemas para explicar porqué en esta ciudad no se repitieron los horrores de Béziers, así que "mete con calzador" la intervención de Pedro II de Aragón a favor de su vasallo: "Sin embargo algo de humanidad debió de insuflar el monarca aragonés a ser tan despiadado que este, en un alarde de inusual condescendencia, perdonó la vida al vizconde de Carcasona y a doce de sus caballeros..." (Pág. 160) Veamos qué pasó realmente. El asedio de Carcassonne estaba degenerando en violentos combates. En esos momentos, llegó al campamento de los Cruzados Pedro II que fue muy bien recibido. Quería obtener una rendición honorable para Raymond-Roger, pero sólo consiguió que se le permitiera abandonar la ciudad con doce caballeros mientras que el resto debía permanecer en Carcassonne que sería saqueada por los vencedores. Cuando se le notificó esto a Raymond-Roger éste dijo que prefería que le desollasen vivo a entregar uno solo de sus súbditos a los Cruzados. Esto se convierte, merced a la fértil imaginación de D. Lorenzo, en: "¿Cómo se atreve ese asesino a proponer tal condición? ¿Acaso su deleite es observar la humillación de un pueblo cuya cultura y evolución sobrepasa a la chusma que él representa? pensó el valiente muchacho." (Por cierto, el "muchacho" tenía veinticinco años). No es por nada, pero me gusta más lo que dijo que lo que el Sr. Fernández Bueno imagina que pensó. Hasta el momento no hay excesiva discrepancia entre lo que cuenta D. Lorenzo y lo sucedido realmente, pero la cuestión clave es que después de la respuesta de Raymond-Roger a la propuesta de rendición, Pedro II se fue a su casa y, sin embargo, los habitantes de Carcassonne no fueron masacrados, así que tan bonita explicación se va al garete. El Sr. Fernández Bueno presenta la rendición de Carcassonne como fruto de una traición. Raymond-Roger había ido a parlamentar y fue capturado haciendo caso omiso de la bandera blanca. Se le olvida el pequeño detalle de que, en realidad, Raymond-Roger había ido a rendir la plaza porque no tenían agua al haberse secado los pozos de la ciudad. Después de la capitulación los Cruzados permitieron a los habitates de Carcassonne que abandonaran la ciudad aunque, eso sí, en calzón y camisa para que no pudieran llevarse nada. Pese a que la resistencia había sido dura y cruenta, la matanza de Béziers no se repitió y nada tuvo que ver en ello la intervención de Pedro II. ¿A ver si, después de todo, resulta que Amaury no era un loco sediento de sangre y si se produjo la masacre en Béziers fue de forma premeditada para sembrar el terror entre los enemigos? Por si fuera poco, despacha la muerte en prisión de Raymond-Roger con una de las frases más desafortunadas que pueda imaginarse: "no sabemos si asesinado o muerto de impotencia" (Pág. 169). No, no voy a reírme porque las cuestiones privadas es mejor que permanezcan en ese ámbito y no andarlas aireando. Por desgracia, D. Lorenzo no parece ser de la misma opinión y nos revela: "Amaury de Monfort, hijo del batallador Simon, flirteaba en la corte con un cada vez más detestable príncipe Luis..." (Pág. 170) Sin comentarios. Sorprendentemente, el Sr. Fernández Bueno pasa como sobre ascuas por todo el periodo que discurre entre la caída de Carcassonne y el asedio a Montségur. De forma aún más extraña (bueno, siendo sinceros no me asombra lo más mínimo porque hubiera sido tanto como reconocer que esos cátaros tan perfectos sólo existieron en su imaginación) consigue no decir ni media palabra de la matanza de Avignonet que fue determinante para la decisión de acabar con Montségur, pero esto lo veremos el próximo día. -Continuará- 09/06/2005Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (XII)Viene de aquí Una vez que D. Lorenzo ha logrado el difícil objetivo de hablar de la caída de Montségur sin mencionar para nada el pequeño incidente de la matanza de Avignonet ¿cómo resuelve este episodio histórico? Veámoslo: "Empero, un bastión resistió hasta el final con obstinado pundonor. Montségur, el mítico castillo ubicado en las estribaciones de la tierra languedociana, último reducto del catarismo, guardián de un secreto que había de ser rescatado a toda costa... El secreto por el que, quién sabe, posiblemente se dispuso la exterminación de un pueblo presto a morir por defender el legado..." (Págs. 171-172) No sé Vds. pero la verdad es que yo estoy un poco hasta los mismísimos de tanto secreto para arriba, secreto para abajo pero debemos tener aún un poco de paciencia porque no hay plazo que no se cumpla ni secreto que no se revele aunque, en este caso, sería más acertado señalar que no hay monte (por muy seguro que sea) que no termine por parir. Podemos comprobar una vez más que no hay nada capaz de igualar un buen mito porque Montségur es mucho más un mito que una realidad. No fue el "último reducto del catarismo" porque casi cien años (en 1329, para ser precisos) después de su caída aún se quemó a tres albigenses en Carcassonne. Tampoco fue la última plaza fuerte cátara en ser tomada ("honor" que le corresponde a Quéribus en 1255, once años después de la caída de Montségur). Tampoco fue la mayor matanza de herejes cátaros (es superada por la de Lavaur y al menos igualada por la de Verona). ¿Por qué, entonces, es tan famoso Montségur? Hay varias razones, una de ellas es que el catarismo populista comienza con obras como Histoire des Albigeois de Napoleón Peyrat (publicada entre 1870-1881) y en ella ya aparece Montségur rodeado de misterio y leyenda, que si Montségur se construyó sobre un templo solar cántabro, que si la necrópolis, que si los sarcófagos de los Perfectos, que si tuviera dos ruedas sería una bicicleta... No obstante ser un texto más fantástico que histórico, fue aún peor cuando el tema fue recogido por el esoterista Joséphin Péladan (éste ya metió en el ajo al Grial) y degeneró hasta límites insospechados cuando cayó en manos del nazi Otto Rahn. Si tienen interés en el tema, aquí tienen un artículo (en inglés) sobre el catarismo esotérico. A nivel histórico, Montségur es importante por su relación como desencadenante (a través de los asesinatos de Avignonet) de la última insurrección occitana contra los franceses. Sin embargo, me permito dudar que muchas de las personas que acuden al monte francés conozcan las obras de Péladan y Rahn así como la verdadera historia de los cátaros. A nivel popular, con Montségur se relacionan dos afirmaciones, una es que allí está el tesoro cátaro y la segunda es que Montségur fue un templo solar cátaro. Si me permiten un ligero exabrupto ¡manda carajo que un lugar cátaro sea conocidos por dos cosas que, de ser ciertas, entrarían en contradicción con sus propias creencias! Evidentemente lo del tesoro sí es cierto (ya lo comentamos aquí) y así lo confirmaron los supervivientes de Montségur en sus declaraciones ante la Inquisición. Aprovecho para aclarar que aunque algunos autores (D. Lorenzo entre ellos) hacen una narración que parece sugerir que todos los habitantes de Montségur murieron quemados, no es así. Fueron a la pira los Perfectos que no abjuraron (ninguno lo hizo) en número de unos doscientos, pero en Montségur había más gente que no eran Perfectos, entre otros los soldados mercenarios de la guarnición y sus familias, además de creyentes no consolados (y que entre éstos y aquéllos eran también unos doscientos). ¿Cómo se explica que la iglesia cátara que consideraba todo lo material como diabólico se dedicase a atesorar, oro, plata y monedas? Permítanme una pregunta ¿les sorprende que la misma Iglesia católica que acepta como un mandamiento inspirado por Dios el precepto de "No matarás" predicara las Cruzadas y que considerara como un hecho meritorio el ir a matar musulmanes, cátaros...? ¿Por qué, entonces, habríamos de considerar a los cátaros como más fieles con sus propios principios? Sólo si partimos de una visión idealizada (y por tanto falsa) de los albigenses podemos asombrarnos de ello, máxime cuando hacían mayor hincapié en la vida ascética y en la castidad que en la pobreza. Ahí queda, no obstante, la contradicción que numerosos panegiristas actuales se empeñan en obviar. Otra cosa bien distinta es la afirmación sobre el templo solar cátaro. Sabemos que los albigenses no tenían templos y que consideraban que en cualquier lugar se podía rendir culto a Dios. Tampoco en ninguno de los textos cátaros conservados o en las declaraciones ante la Inquisición se hace referencia a una iglesia o lugar semejante. ¿Estamos, pues, ante una nueva contradicción como la del tesoro cátaro? En la década de los cincuenta del siglo pasado, Fernand Niel comenzó a especular sobre el atípico castillo de Montségur. Escuchemos sus palabras: "El castillo de Montségur brinda un aspecto absolutamente extraño. Dejando aparte su situación en la cumbre de una montaña cuyas laderas son extraordinariamente escarpadas, muy pocos elementos le podrían dar el título de castillo-fortaleza. Una monumental puerta, murallas desprovistas de saeteras y, probablemente, de almenas, salvo en la muralla oriental, la ausencia de todas las disposiciones laterales de defensa y de todo valor estratégico, hacen de esta construcción un monumento único, difícilmente asimilable a todos los vestigios que nos han quedado de la edad media. No es más que un gran cofre de piedra, una especie de sarcófago de forma pentagonal, pegado a una pequeña construcción, en cuyo plano un lado es más largo que el otro, a la que se llama "torreón"." [1] (Págs. 129-130) "Finalmente, a lo largo de la historia de la Cruzada vemos a los albigenses dar una importancia excepcional a aquel sarcófago de piedra, ellos justamente, para los que nada tenía importancia salvo el espíritu. Y tanto es así que se puede llegar a creer que Montségur no era otra cosa que un templo, un monumento consagrado al culto, antes de convertirse, bajo la presión de los acontecimientos en un lugar de defensa." [1] (Pág. 130) "Sea como fuere, esta extraña construcción de piedra oculta, sobre todo en su plano, la curiosa posibilidad de reproducir, con sorprendente precisión, las principales posiciones del sol en su salida." [1] (Pág. 130) "La figura que reproducimos en la página siguiente indica, por ejemplo, los alineamientos que dan la dirección del sol naciente en el solsticio de invierno. Si se relaciona con los que hemos dicho acerca del simbolismo solar en la religión maniquea, Montségur habría sido inicialmente, un templo maniqueo o, al menos, lo habría podido ser. Su situación en una parte alejada de los Pirineos le habría preservado de las destrucciones ordenadas por la Iglesia." [1] (Págs. 130-131) Ésta es la hipótesis de monsieur Niel (que, por cierto, no tenía nada de alucinado, pero "el mejor escribiente echa un borrón" y, en este caso, le tocó pagar su cuota de errores). Esto, por arte de birlibirloque, es convertido por el Sr. Fernández Bueno en lo siguiente: "Reconstruido a principios del S XIII con permiso de Raimundo de Perella, dueño y señor de las tierras, a petición de los cátaros Raimundo Blasquo y Raimundo de Mirepoix, la edificación del mismo corrió a cargo del ingeniero Arnaud, quien un tanto escamado y no menos sorprendido observó como aquellos dos hombres de aspecto bonachón y negros ropajes asesoraban todos y cada uno de los pasos que él disponía. De hecho, Montségur no estaba concebido únicamente como una fortaleza, sino también como un templo en permanente armonía con el movimiento de los astros. Sus recovecos y rincones eran punto de inicio y final por el que se ofrecía entrada a solsticios, equinoccios, alineamientos solares, planetarios, etc. Ni más ni menos, "adivinaron" los cafres pontificios, que un lugar de culto a la herejía" (Págs. 174-175) ¿No es maravilloso? Monsieur Niel hace unas observaciones referidas al alineamiento de la planta del castillo con la salida del sol durante el solsticio de invierno y eso se convierte, maravillosa capacidad de fabulación, en que dos cátaros (por cierto ¿dónde se conservan sus retratos para que D. Lorenzo pueda saber si tenían "aspecto bonachón" o rostros patibularios?) dirigieron la construcción del castillo de Montségur para que mostrara todo tipo de eventos astronómicos, solsticios, equinoccios, alineamientos planetarios... El desbarre sobre la proposición original es de tal calibre que, por una vez, me voy a contener y a contestar sólo a la fuente primaria, a monsieur Niel. Todo su trabajo es inútil porque parte de un monumental (nunca mejor dicho) error de base, que el castillo de Montségur es una construcción cátara. Existió en Montségur un antiguo castillo (al que se conoce como Montségur I) que a comienzos del S XIII estaba completamente arruinado. El Montségur cátaro (al que se llama Montségur II) no era un castillo sino un castrum, un castro (aldea fortificada), con una casa señorial con su torreón (caput castris) en la que vivía la familia de Raymond de Péreille, diversas casas para uso de los visitantes (hospicia), casas y cabañas (domus, cabana) para los residentes y cisternas para recoger el agua de lluvia. En el aspecto defensivo, existía una palestra, un foso, al menos dos barbacanas y un fortín que es el que fue capturado a finales de 1243 por los Cruzados. Todo ello, en cumplimiento de las disposiciones de la Iglesia para combatir la herejía, fue completamente arrasado en 1244 hasta el punto de que han sido necesarias sucesivas campañas de excavaciones arqueológicas (actualmente bajo dirección de André Czeski) para poder reconstruir su aspecto en aquella época. A finales del S XIII, la familia de Lévis a la que había sido entregado el lugar como premio a la actuación de Gui de Lévis durante la Cruzada, hizo allanar la terraza de la cumbre del pech de Montségur y edificó allí un castillo (al que se conoce como Montségur III) que es el mismo cuyas ruinas pueden contemplarse hoy en día y sobre cuyo plano calculó monsieur Niel (que no conocía esta historia) los alineamientos con el solsticio de invierno. Sean éstos reales (bien de forma intencionada o por casualidad) o imaginarias, nada tienen que ver con los cátaros. En caso de que fueran reales e intencionadas, no serían producto de la actividad cátara sino de la de sus enemigos. No obstante, hay un par de afirmaciones de monsieur Niel que debemos contestar. La primera es ¿por qué fue tan importante Montségur para los cátaros? La respuesta es fácilmente deducible de lo que ya sabemos, era la tesorería de la iglesia cátara pero también, y quizás más importante, era un refugio seguro en tiempos de persecución. Lo escarpado del lugar hacía muy difícil un asedio en regla (de hecho, como ya vimos, incluso durante el cerco hubo gente que burló el bloqueo y abandonó la plaza con el tesoro cátaro). Tanto es así que, pese a que Montségur era un conocido refugio albigense, nadie lo atacó. Fue necesaria la matanza de Avignonet para que se tomara la decisión de acabar con él y la empresa sólo pudo ser concluida con éxito después de diez meses de un asedio cruento y dificultoso. Por otra parte ¿por qué existieron dos castillos en Montségur (Montségur I y III)? Porque desde esa posición se domina el antiguo camino a España que discurría por el collado de la Peyre. Así de sencillo. Y, sin embargo, nada de esto importa y, a buen seguro, en el próximo solsticio de verano miles de personas acudirán en "peregrinación" al, en palabras del Sr. Fernández Bueno, "el mítico castillo" (en este caso hubiera sido más correcto decir "el castillo mítico"), para homenajear a los cátaros asesinados visitando (ironías de la vida) la fortificación levantada por la familia de Gui de Lévis, compañero de armas y amigo de Simón de Montfort. En fin, debemos de aceptar que la historia real no puede competir con un mito tan conocido como el del Santo Grial porque éste y no otro es, según D. Lorenzo, el portentoso secreto de Montségur (¡que me micciono de la risa...!) NOTA: [1] Citado en Cátaros y albigenses. Fernand Niel. Traducción de Lluís Tuixent. Col. La Otra Historia. Ed. Obelisco. Barcelona, 1998. BIBLIOGRAFÍA: La descripción de Montségur II está tomada del artículo Montségur (Ariège), compte-rendu des activités de repérages et de relevés engagées sur les structures du castrum de 1993 à 1997. André Czeski & Michel Sabatier, que pueden encontrar aquí. -Continuará- 10/06/2005Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (XIII)Viene de aquí Una vez desveladas las brumas que ocultaban el mayor secreto que vieron los siglos pasados y esperan ver los venideros, a saber, que la santísima copa que contuvo la preciosísima sangre de nuestro salvador Jesucristo estaba en posesión de esos heterodoxos incomprendidos que fueron masacrados por la pérfida y corrupta Iglesia católica deseosa de ocultar a las masas incultas tales hechos por miedo a verse privada de su posición de privilegio... Bueno, hablando en "román paladino" y abandonando el paródico tono barroco-esotérico (por cierto, alguien tendrá que escribir algún día una tesis sobre la forma de escribir de todos estos investigadores que parecen abominar de la claridad y la sencillez), una vez que el Sr. Fernández Bueno revela que ésta es la moto que nos quiere vender ¿cómo lo justifica? Agárrense que vienen curvas: "Los oscuros años de la Edad Media vieron como resurgía con fuerza la indescifrable cuestión de un secreto milenario: la localización del Grial. El relato, reflejado en el evangelio apócrifo de Nicodemo, asegura que la sagrada copa fue cogida por José de Arimatea después de que Jesús hiciera uso de ella para consagrar el vino durante la Última Cena, y más tarde, después de Cristo crucificado, el portador del Grial vertió unas gotas de la sangre del nazareno en su interior. De ahí su enorme valía: guardar la sangre del Hijo de Dios." (Pág. 180) La probabilidad de que alguna de las afirmaciones que realiza D. Lorenzo corresponda a la realidad es cercana a cero patatero. En este caso tenemos una nueva prueba de ello. Tan bonita historia sobre la copa que, después de su uso en la Última Cena, recibió la sangre de Jesús no aparece reflejada por ninguna parte en el evangelio apócrifo de Nicodemo. Sí se reflejan en su texto el juicio que Pilato hace a Jesús, su condena a muerte, su crucifixión, entierro, su descenso a los infiernos, la liberación y posterior ascensión a los cielos de patriarcas y profetas... lo que hace del evangelio de Nicodemo uno de los apócrifos más bellos e interesantes, lo que el Sr. Fernández Bueno podrá comprobar por sí mismo el día que lo lea, algo que, parece, aún no ha hecho. En caso contrario resulta difícilmente explicable que asegure que en él figura la copa de la Última Cena cuando en el evangelio de Nicodemo ni siquiera aparece la escena del Cenáculo. D. Lorenzo es capaz, no obstante, de superarse a sí mismo. En el texto anteriormente citado hace una llamada sobre el evangelio apócrifo de Nicodemo en la que nos informa de lo siguiente: "Uno de los evangelios apócrifos hallados en Nag Hammadi." (Pág. 180, nota a pie de página) Algún día entenderé (esto es una figura retórica, en realidad no tengo la menor esperanza de llegar a comprenderlo) el porqué hay determinadas palabras que parecen ejercer una capacidad de atracción irresistible sobre los investigadores esotéricos. Dónde menos te espera "salta la liebre" y te encuentras con "manuscritos del Mar Muerto" o con "Biblioteca de Nag Hammadi" tanto si viene a cuento como si no (y en esta ocasión es lo segundo). El descubrimiento en 1945 de la "Biblioteca de Nag Hammadi" fue importantísimo porque nos permitió conocer escritos (en su mayoría gnósticos) de los que, en ocasiones, sólo disponíamos de sus títulos citados en otras obras o de meros fragmentos. No obstante, el evangelio apócrifo de Nicodemo no figura entre ellos por una muy buena razón. La ocultación de los libros de Nag Hammadi tuvo lugar en el S IV y el evangelio de Nicodemo fue escrito en el S V. Según se asegura en el prólogo de la obra: "Y lo he hecho bajo el imperio de Flavio Teodosio, el año decimoctavo de su reinado y bajo Valentiniano Augusto." [1] (Pág. 121) Evidentemente, el evangelio de Nicodemo no estaba en la "Biblioteca de Nag Hammadi" (aquí pueden encontrar la relación completa de los textos que sí se encontraron en esta localidad) ni falta que hizo porque es uno de los apócrifos que se ha conservado íntegro en múltiples códices y en diversas versiones (griega, latina, copta, siríaca y armenia) y fue ampliamente usado en la Edad Media (si se han preguntado alguna vez de dónde salen los nombres de Dimas y Gestas para el buen y mal ladrón de los que habla el Evangelio de Lucas -versión que, por cierto, es contradicha por Marcos y Mateo que señalan que los dos le insultaban mientras que Juan se limita a señalar que le crucificaron con otros dos- la respuesta es que aparecen en el capítulo X de este evangelio apócrifo). Después de esta incursión (obviamente fallida) en el campo de los apócrifos neotestamentarios, el Sr. Fernández Bueno decide entrar en los terrenos de la literatura medieval: "En el año 1180, coincidiendo con el auge de la doctrina cátara, dio inicio la aparición sucesiva de cuatro obras que marcaron el comienzo del mito griálico: Perlesvaus y Parsifal de Wolfram von Eschembach; Estoire du Graal, de Robert de Boron; y Perceval de Chrétien de Troyes." (Pág. 180) La cantidad de errores que se acumulan en este breve párrafo es excesiva incluso para D. Lorenzo. Por de pronto, no es ninguna coincidencia que estas narraciones aparezcan cuando el catarismo comienza a extenderse (aunque no en el sentido que le dan los esoteristas, pero esto ya lo veremos con mayor amplitud). Por lo demás no da ni una. Las obras que, por lo que sabemos, inician y popularizan el mito del Grial son: "Li contes del graal" (El cuento del grial) de Chrétien de Troyes (escrito cc. 1180-1182) que quedó inacabada por lo que tuvo dos continuaciones inmediatas (y otras dos con posterioridad, como luego veremos) conocidas como "Continuación Gauvain", anónima (cc. 1190) y "Continuación Perceval" de Wauchier de Denain (cc. 1190). "Joseph d´Arimathie" (José de Arimatea), "Merlin" y "Perceval" de Robert de Boron fueron escritos probablemente hacia 1200. De esta trilogía se conserva el primero y el comienzo del segundo además de versiones prosificadas del "Merlin" y el "Perceval" (conocidas como Didot-Merlin y Didot-Perceval) poco posteriores a su redacción original en verso. "Li hauz livres du Graal" (El Alto Libro del Graal, más conocido como Perlesvaus) es anónimo y fue escrito entre 1200-1215. "Parzival" de Wolfram von Eschenbach fue escrito cc. 1205-1210. "Lancelot" y "Queste del Saint Graal" (La busca del Santo Grial) forman lo que se conoce como "ciclo de la Vulgata", son anónimos y fueron escritos en torno a 1220. La "Tercera continuación A" (continuación de la "Continuación Perceval" de Wauchier de Denain que, a su vez seguía "El cuento del grial" de Chrétien de Troyes) de Gerbert se escribió en 1226-1230. La "Tercera continuación B" (ídem que la "Tercera Continuación A") de Manessier lo fue entre 1214-1227. Son múltiples narraciones que plantean un número no menor de problemas a menudo no resueltos. Por ejemplo, ¿de dónde surge esta historia? La obras más antigua conservada es, sin duda, "El Cuento del grial" de Chrétien de Troyes, pero él mismo dice en la dedicatoria dirigida al conde Felipe de Flandes: "Bien empleado estará, pues, el trabajo de Chrétien, que se esfuerza y se afana, por orden del conde, en rimar el mejor cuento que fue contado en corte real: es el cuento del grial, sobre el cual el conde le dio el libro." [2] (Pág. 42) Es decir, que según propia confesión, él se limita a versificar, por encargo de Felipe de Flandes, un cuento que no sólo se narró en la corte real sino que también circulaba por escrito. El "José de Arimatea" de Robert de Boron también se basa, según el autor, en una obra precedente, un libro escrito por clérigos cristianos sobre: "los relatos y grandes secretos de lo que llamamos el Grial" [3] (Pág. 49) Idéntica pretensión aparece en el "Didot-Perceval", prosificación de la obra original del "Perceval" de Robert de Boron: "Aunque sobre esto, Chrétien de Troyes no habla, ni tampoco los demás autores, que han hecho composiciones para que rimen de forma agradable: pero nosotros sólo contamos lo que aparece en la historia, y cómo Merlín, maestro de Blayse, había escrito... Y vio y conoció las aventuras por las que pasó Perceval un día tras otro, y fueron escritas por Blayse para que pudieran ser comentados por hombres dignos que desearan oírlas. Ahora sabemos lo que se encuentra en los escritos que Blayse nos cuenta, tal como Merlín le ordenó que lo hiciera y registrara." [3] (Pág. 51) Para no perder la costumbre, en el "Parzival" de Wolfram von Eschenbach encontramos lo siguiente: "Tras estas palabras, se levantó un vasallo del rey, que se llamaba Liddamus. El propio Kyot lo llama así. Kyot se llamaba también El Encantador y su arte le llevaba a cantar y a narrar de un modo que aún hoy hace feliz a muchos. Kyot, que es un provenzal, encontró escrita en árabe esta historia de Parzival. Todo lo que él contó en francés, lo narraré yo en alemán, si no me abandona mi inteligencia." [4] (Págs. 206-207) y también "Kyot me pidió que callara, pues la historia le ordenaba que no dijera nada hasta que la propia narración indicara que era necesario hablar de ello. Kyot, el famoso maestro, encontró en Toledo el texto originario de esta historia, olvidado en algún rincón y escrito en árabe... Un pagano, llamado Flegetanis, alcanzó gran fama por su saber. Este físico procedía de Salomón y era de la estirpe israelita, muy noble desde tiempos muy antiguos, hasta que el bautismo nos libró del fuego del infierno. Él escribió la historia del Grial." [4] (Pág. 224) ¿Más? En "El Alto Libro del Graal o Perlesvaus" el autor anónimo asegura que "Aquí termina el santísimo cuento del Graal. Josefés, por quien ha sido rememorado, concede la bendición de Nuestro Señor a todos los que lo oyen y honran. El latín del que esta historia fue traducida al romance se tomó de la ínsula de Avalón, una santa casa de religión que se encuentra al principio de los Mares Aventurosos, allí donde el rey Artús y la reina yacen, por el testimonio de los prohombres religiosos que allí viven y que conservan toda la historia verdadera desde el comienzo hasta el final." [5] (Pág. 378) Sin embargo, ¿algo de todo ello es cierto? Recordemos que, según su propia declaración, Cervantes tampoco escribió el Quijote: "Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego, en esta gravísima, altisonante, mínima, dulce e imaginada historia..." (comienzo del capítulo XXII de la I parte de "El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha"). Sin embargo, eso no supone que sea cierto. ¿Podemos desentrañar la cuestión? Para ello, primero tenemos que liar la madeja aún más. No deja de ser curioso que estos relatos que conforman los inicios del mito griálico no se pongan de acuerdo en qué es el Grial. Vamos a verlo. Chrétien de Toyes dice: "Y mientras hablaban de diversas cosas, de una cámara llegó un paje que llevaba una lanza blanca empuñada por la mitad, y pasó entre el fuego y los que estaban sentados en el lecho. Y todos los que estaban allí veían la lanza y el hierro blanco, y una gota de sangre salía del extremo del hierro de la lanza, y hasta la mano del paje manaba aquella gota bermeja." [2] (Pág. 96) "Una doncella, hermosa, gentil y bien ataviada, que venía con los pajes, sostenía entre sus dos manos un grial. Cuando allí hubo entrado con el grial que llevaba, se hizo una claridad tan grande, que los candelabros perdieron su brillo, como les ocurre a las estrellas cuando sale el sol, o la luna. Después de ésta vino otra que llevaba un plato de plata. El grial, que iba delante era de fino oro puro, en el grial había piedras preciosas de diferentes clases, de las más ricas y de las más caras que hay en mar y tierra; las del grial, sin duda superaban a todas las demás piedras." [2] (Págs. 96-97) "Y el muchacho los vio pasar, y no osó en modo alguno preguntar a quién se servía con el grial,..." [2] (Pág. 97) "El pecado te trabó la lengua cuando viste delante de ti el hierro que jamás dejó de sangrar, y no preguntaste la razón de ello. Y necio criterio fue el tuyo cuando no supiste a quién se sirve con el grial. Aquel a con quien él se sirve es mi hermano y hermana mía y suya fue tu madre; y creo que el rico Pescador es hijo del rey que se hace servir en aquel grial. Pero no os imaginéis que en él haya lucio, lamprea ni salmón; con una sola hostia, que se lleva en este grial, su vida sostiene y vigoriza: tan santa cosa es el grial, y él es tan espiritual, que para su vida no necesita nada más que la hostia que va en el grial." [2] (Pág.152) Podemos quedarnos más o menos como estábamos puesto que Chrétien no dice en ningún momento qué es el Grial. No obstante, sí podemos extraer una serie de claves que nos permiten apuntar una respuesta. En su primera aparición ante Perceval, el poeta dice que es "un grial" (un graal en el original) no es "el Grial", un objeto particular sino uno entre tantos. Debemos pensar que, en principio, la palabra "graal" no designa algo específico sino común y tan conocido en su época que Chrétien no tiene que explicar qué es. Una doncella lo "sostenía entre sus dos manos" lo que no da una idea de su tamaño. Por otra parte tiene la función de servir a alguien con él y, más concretamente, para llevar pescado "lucio, lamprea ni salmón". Es decir, es una especie de bandeja o plato grande. En los inventarios medievales franceses aparece la palabra "gradale" para designar escudillas o fuentes que se empleaban para servir la mesa por etapas (gradus en latín que da "gradal" en catalán antiguo, "grazala" en occitano antiguo y "gradale" en francés antiguo, todas esas palabras están documentadas antes de que este mito comenzara a conocerse). Así pues, en principio, lo que ve Perceval es una fuente, todo lo rica que se quiera, pero sólo eso. Sin embargo, no podemos quedarnos en ese punto. Al grial lo precede una lanza ensangrentada, cuando éste entra en escena viene acompañado de un gran resplandor, en él se lleva una hostia y se le califica como "tan santa cosa" algo que no es precisamente normal en las fuentes por muy de oro y pedrerías que sean. Es decir, ese grial es más de lo que aparenta. ¿Qué es en realidad? Posiblemente (dado que Chrétien murió antes de acabar su obra nunca podremos tener la seguridad absoluta sobre ello) el poeta pensaba presentar ese grial como una de las escudillas empleadas en la Última Cena. Pensamos que esto es así porque tanto la hostia como la lanza ensangrentada (la lanza de Longinos) lo conectan con la Pasión de Jesús. Se explica así tanto el que resplandezca (un mito común a muchas reliquias de la época) como también el calificativo de "santa cosa". Un apoyo de esta explicación lo tenemos en que Perceval pierde la ocasión de preguntar a quién se sirve con el grial (lo que hubiera motivado la curación del rico Pescador) por estar en pecado. De igual forma, el ermitaño le revela el secreto del grial en Viernes Santo y Perceval, después de dos días de penitencia, comulga el Domingo de Resurrección, reincidiendo así en la relación entre Pasión y grial. En la anónima "Continuación Gauvain" encontramos algunas diferencias: "vio venir detrás de este paje a otra doncella delgada, erguida, bien proporcionada y bella y que iba llorando desconsoladamente. En sus manos y alzándolo llevaba el Santo Grial completamente descubierto." [2] (Pág. 252) "Cuando el rey y todos los demás estuvieron sentados, se depositó pan en todas las mesas. Era el rico Grial quien lo servía sin que nadie lo sostuviera; muy noblemente les sirve y rápidamente va y viene delante de los caballeros. Y el botellero les sirvió después el vino en copas de plata y de oro puro. Y el Grial va y viene y el buen caballero no sabe quién lo sostiene. Les sirvió con esplendidez siete platos llenos hasta rebosar y tan pronto como se retiraba uno ya estaba preparada otra gran escudilla de plata: muy bello y gentil era aquel servicio." [2] (Pág. 312) "Es precisamente la lanza con la cual el Hijo de Dios fue herido en el costado hasta el corazón el día que fue colgado en la cruz. El que le hirió se llamaba Longinos, pero luego se arrepintió tanto que su alma se salvó." [2] (Pág. 315) A continuación el señor del castillo narra cómo José de Arimatea recogió la sangre de Cristo en el Grial, descolgó el cuerpo de la cruz y lo enterró, cómo fue hecho prisionero y exiliado, y cómo llevó el Grial hasta Inglaterra, en donde ha estado siempre bajo la custodia de un descendiente suyo. En el "José de Arimatea" de Robert de Boron aparece ya lo que ha quedado como versión "definitiva" del Grial (y que es posiblemente la que Vds. conocen porque ha sido reflejada en las narraciones artúricas posteriores como "La muerte de Arturo" de Sir Thomas Malory, por no hablar de películas como "Excalibur" o "Indiana Jones y la Última Cruzada"). Según Robert de Boron, José de Arimatea había sido discípulo de Jesús en secreto, pero al conocer la crucifixión de éste se reúne con Nicodemo (un oficial romano que había contemplado la ejecución) y acuden a pedir a Pilato el cuerpo de Cristo para enterrarlo. Pilato accede y, además, les entrega la copa que Jesús empleó en la Última Cena. Antes de sepultar el cadáver, José emplea esa misma copa para recoger en su interior unas gotas de sangre que manan de las heridas de Jesús. Esta copa empleada en la Última Cena y que además recoge la sangre de Jesús crucificado se convierte en el Santo Grial. En el "Didot-Perceval" (prosificación del "Perceval" de Robert de Boron que, desgraciadamente, no se ha conservado) no aparecen novedades: "es el vaso -llamado Grial- en el que se guarda la sangre de Nuestro Señor" [3] (Pág. 52) y la escena en que aparece ante Perceval recuerda la descripción de Chrétien de Troyes: "vieron aparecer a una damisela, lujosamente ataviada, con un lienzo alrededor del cuello, y saliendo de uan estancia llevaba entre sus manos dos pequeñas fuentes de plata. Y tras ella venía un joven que portaba una lanza, y cayeron tres gotas de sangre de su cabeza; y entraron en una estancia antes que Perceval. Y después vino un joven que llevaba en sus manos el recipiente que Nuestro Señor le dio a José en la prisión, y lo elevaba con las manos." [3] (Pág. 52) Tampoco en "El Alto Libro del Graal o Perlesvaus" hay diferencias significativas: "La historia del santísimo vaso al que llaman Graal, donde fue derramada la sangre del Salvador el día en que fue crucificado para librar al pueblo del infierno..." [5] (Pág. 135) aunque el Grial no es la única reliquia portentosa que aparece: "... la espada más rica que jamás fue forjada, aquella con la que San Juan fue decapitado. Sangra cada mediodía, puesto que a aquel prohombre le cortaron la cabeza a esa hora." [5] (Pág. 108). Nos la describe así: "... la vaina, que estaba cargada con piedras preciosas, y el tahalí era de seda con botones de oro, al igual que el arriaz, y el pomo era de una santa piedra sagrada que Evax, un alto emperador de Roma, hizo colocar. Luego el rey la desenvaina y la espada sale completamente ensangrentada, pues era mediodía, y ordena que la sostengan delante de mi señor Gauvain hasta que pasó la hora. Entonces se convirtió en una espada tan clara como una esmeralda y también igual de verde. Mi señor Gauvain la contempla maravillado y la desea más que nunca. Ve que es tan grande como cualquier otra espada, pero cuando está envainada no parece que no la vaina ni la espada tengan más de dos palmos." [5] (Pág. 108) Así las cosas, ¿hay razones para considerar como reales las pretensiones de que esas historias proceden de distintas fuentes? Pues no. Por de pronto varios de los autores que se citan como autores de las narraciones en que se basa el ciclo griálico son claramente legendarios. Por ejemplo, el Blayse que aparece como fuente en las obras de Robert de Boron es el supuesto secretario del mago Merlín. El Josefés que aparece como fuente de "El Alto Libro del Graal o Perlesvaus" parece que se trata, ni más ni menos, que del historiador Flavio Josefo (que nunca mencionó ni palabra de esta historia por la sencilla razón de que había muerto unos cuantos siglos antes de los hechos que supuestamente narró). Es más, pese a que frecuentemente se diga que Robert de Boron modificó en gran medida la historia original de Chrétien de Troyes dándola un sentido cristiano del que carecía en un principio el Grial, me permitirán Vds. que no esté de acuerdo con esa afirmación pese a que la realicen expertos en literatura medieval. No la acepto por dos razones (que, en mi opinión, son de peso): La primera de ellas es que todo lo relativo a la santidad del Grial así como su relación con la Pasión de Jesús ya está implícito en "El cuento del Grial" como anteriormente dije. Si esas sugerencias no llegan a plasmarse es, sencillamente, porque la historia quedó inacabada al morir el poeta. Falta la segunda visita de Perceval al castillo de su tío el Rey, padre del rico Pescador, en el que, muy posiblemente, al haber realizado la pregunta de ¿A quién se sirve con el grial? se le hubiera contado la historia de ese objeto. La segunda razón es que si observamos la secuencia cronológica de "El cuento del Grial" de Chrétien, la "Continuación Gauvain" anónima y el "José de Arimatea" de Robert de Boron, las novedades que éste aporta no pasan de convertir la bandeja en copa. En la "Continuación Gauvain" ya aparece el calificativo de "Santo Grial", ya se dice que recibió la sangre de Jesús y se habla de su relación con José de Arimatea y todo ello como continuación y desarrollo de la historia de Chrétien. El cambio de bandeja a copa que realiza Robert de Boron es bastante lógico porque se está asimilando el Grial con el cáliz eucarístico. No obstante, todo ello nos dice poco de si la historia del Grial procede de la exclusiva imaginación de Chrétien de Troyes o si, el sí, se basó en materiales preexistentes. Ya se ha señalado desde hace mucho que en los "Mabinogion" (es decir, en los cuentos medievales galeses de tradición celta) ya aparecen elementos cercanos a los que vemos en la obra de Chrétien como la lanza que sangra y como la propia figura de Perceval que es anticipada por el Peredur galés, en una escena muy similar a la que presentan los cuentos griálicos. Además, debemos señalar más antecedentes, uno sería una obra escrita por un ermitaño que en el 717 tuvo una visión sobre el plato en que se sirvió el cordero pascual en la Última Cena. Esta obra, según la noticia que transmite el cronista cisterciense Helinando de Froidmont, se titulaba "Gradale". También están las noticias más o menos contemporáneas (entonces, claro) sobre el hallazgo de reliquias en Tierra Santa durante la Primera Cruzada como la Santa Lanza de Antioquía en 1098 e Il Sacro Catino genovés (que según Guillermo de Tiro fue encontrado en Cesarea en 1101 mientras que las Crónicas castellanas dicen que fue un regalo de Alfonso VII a los genoveses por su ayuda en la conquista de Almería en 1147) una fuente hexagonal de cristal verde (nada que ver con una esmeralda tallada como se asegura frecuentemente) que pronto fue convertido en una de la bandejas empleadas en la Última Cena. ¿Por qué todos estos elementos preexistentes parecen fundirse en el "best-seller" de la época? La razón es que fueron apoyados por la nobleza... como propaganda contra los cátaros. No es ninguna casualidad que su éxito coincida con la ofensiva contra los Albigenses que concluiría con la Cruzada de la que ya hablamos con anterioridad y, mucho menos, que éstas sean obras criptocátaras (chorrada muy reiterada que, supongo, será sostenida por quién nunca las ha leído). Veámoslo. Ya dijimos que Chrétien de Troyes dedicó su "Cuento del Grial" a Felipe de Flandes pero ¿quién era este personaje? Pues un "heterodoxo" de cuidado, hijo de Thierri de Flandes y de Sibila de Anjou. Su padre fue Cruzado en Tierra Santa en diferentes ocasiones y de sus "visitas" en 1150 se trajo de "souvenir" la "Fiole", un recipiente de cristal de roca tallado que supuestamente contenía sangre de Jesús y que regaló a la ciudad de Brujas donde todavía se venera en la capilla de la Santa Sangre. Su madre terminó ingresando como monja en el convento de San Lázaro en Betania en 1158. Felipe, además de ser padrino de bautismo de Felipe Augusto de Francia y de peregrinar a Santiago de Compostela en 1177, también fue Cruzado en el periodo 1177-1178 para ayudar a su primo Balduino IV "el Leproso" (con poco éxito, todo hay que decirlo). De regreso a Flandes, se convirtió en tutor de sus ahijado, Felipe Augusto y fue él quién lo armó caballero en Arrás en 1180. En esta misma época debió ser cuando encargó a su protegido Chrétien de Troyes que escribiera "El cuento del Grial", que ocultaba tanto la justificación de Felipe de Flandes por su fracaso en Tierra Santa (Perceval y el tullido el rico Pescador eran primos como Felipe de Flandes y Balduino "el Leproso". Perceval fracasa en su primera tentativa de ayudar al rico Pescador. Felipe de Flandes también en su apoyo a Balduino. Perceval debía regresar al castillo del grial dónde hubiera tenido éxito. Felipe de Flandes pensaba regresar como Cruzado a Tierra Santa -de hecho, lo hizo en 1190, tres años después de que Balduino hubiera perdido su reino de Jerusalén y murió de peste en San Juan de Acre en 1191- y esta vez pensaba mejorar su actuación precedente) como una defensa de la Eucaristia. El grial, ya lo dijimos, es un símbolo eucarístico, pero además hay una defensa clara de los dogmas católicos que estaban siendo atacados por los cátaros: "-Madre -dijo él-, ¿qué es iglesia? -Hijo, allí donde se hace el servicio de Dios, Aquel que hizo cielo y tierra y puso en él a hombres y mujeres." [2] (Pág. 50) "Es verdad que fue Dios y hombre, nacido de la Virgen que concibió un hijo por el Espíritu Santo, en la que Dios recibió carne y sangre, y fue divinidad cubierta por carne humana, lo que es cosa cierta. Y quien esto no crea, no le verá la faz." [2] (Pág. 150) La "Continuación Gauvain" supone una nueva vuelta de tuerca al incluir ya la referencia al grial como receptor de la sangre de Cristo que, según los cátaros, nunca había sido verdadero hombre sino que sólo lo aparentaba. Robert de Boron dedica su obra a su protector Gautier de Montbeliard, otro caballero Cruzado que murió en Tierra Santa. Además de su conversión del Grial en el cáliz eucarístico, Boron intercala largos párrafos moralizantes y, también, convierte los regueros de sangre que manan de la lanza que acompaña al Grial en tres gotas, símbolo de la Trinidad. "El Alto Libro del Graal o Perlesvaus" tampoco se queda atrás: "El alto libro del Graal comienza en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Estas tres personas son una sustancia y esa sustancia es Dios y de Dios procede el alto cuento del Graal." [5] (Pág. 35) Con razón pudo escribir Anne Brenon: "El Graal nunca fue, a finales del S XII y comienzos del XIII, más que un argumento de los clérigos para dirigir hacia las esperanzas celestiales la excesiva energía de los caballeros de este mundo; y para recordar a todos los creyentes que Cristo en cuerpo y alma, efectivamente, había muerto por ellos, había derramado su sangre, algo que los cátaros habrían contemplado como objeto de horror. Símbolo eucarístico, el Graal debe colocarse en el arsenal de la lucha contra la herejía." [6] (Págs. 164-165) NOTAS: [1] Citado en Los evangelios apócrifos. Selección y comentarios de Pierre Crépon. Traducción de M. García Viñó. Ed. EDAF S.A. Madrid, 2000. [2] Citado en El Cuento del grial de Chrétien de Troyes y sus Continuaciones. Edición, comentarios y traducción de Martín de Riquer e Isabel de Riquer. Col. Biblioteca Medieval, Ed. Siruela. Madrid, 2000. [3] Citado en En Busca del Santo Grial. Graham Phillips. Trad. Concha Folcrá Pagès. Ed. Edhasa. Barcelona, 1996. [4] Citado en Parzival. Wolfram von Eschenbach. Edición, traducción y notas de Antonio Regales. Col. Biblioteca Medieval, Ed. Siruela. Madrid, 2001. [5] Citado en Perlesvaus o El Alto Libro del Graal. Edición, Traducción y notas de Victoria Cirlot. Col. Biblioteca Medieval, Ed. Siruela. Madrid, 2000. [6] Citado en La verdadera historia de los cátaros. Anne Brenon. Trad. Manuel Serrat Crespo. Col. Enigmas, Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 1997. BIBLIOGRAFÍA: Para la etimología de grial, véase Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Joan Corominas. Ed. Gredos. Madrid, 1994. -Continuará- 13/06/2005Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (XIV)Viene de aquí Sin embargo, si recuerdan la relación de las primeras narraciones sobre el Grial, verán que hay una de la que hemos hablado muy poco, el "Parzival" de Wolfram von Eschenbach. No se trata de ningún olvido involuntario ni de una omisión consciente sino que, dado el interés que le despierta esta obra al Sr. Fernández Bueno, conviene hablar de ella por separado porque, además, plantea problemas muy específicos. Dice D. Lorenzo: "El que pasó por ser el texto más leído e interpretado de todos, el de Eschembach, mostraba un objeto sagrado que tiene poco que ver con la copa. Más bien estaba representando a una piedra esmeralda cuya magia y poder eran ilimitados, pues no en vano se desprendió de la frente del mismísimo "ángel de luz" en su caída a los abismos infernales. Además Wolfram dejó patente que su poema era el más fiel y documentado de todos cuantos hubieren tratado el tema, pues él tuvo como confidente de lujo al maestro provenzal Kyot, trovador y cronista de prestigio y sabiduría, que se pretendía a sí mismo como caballero templario." (Pág. 180) ¡Qué arte tiene D. Lorenzo para inventarse lo que le da la gana! ¿El Grial de Eschenbach es una esmeralda que se desprendió de la frente de Lucifer cuando fue derrotado y enviado al infierno? Pues no sabe cuánto me alegro de saberlo, pero ¿Wolfram von Eschenbach ha regresado de su tumba para reescribir el "Parzival" o, sencillamente, es que el Sr. Fernández Bueno tampoco se ha leído esta obra sobre la que pontifica? Sospecho que la respuesta afirmativa corresponde a la segunda parte de la pregunta. ¿Por qué? Porque si se hubiera molestado en leerla se guardaría de decir una chorrada como ésa. Sí es cierto que el Grial (y otros elementos como la lanza de la que mana sangre) de Eschenbach se aparta de las |