Escritos desde el páramo |
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Boboblog sobre pensamiento crítico, historia y pseudohistoria.
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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2009. Lo imprevisto¿Cuál es, según su opinión, el autor de obras literarias (o algo así) que ha tenido un éxito popular más inmerecido? Para que el Sr. Brown (Dan para sus amigos) no se lleve todos los votos, permítanme limitar la pregunta a aquellos escritores cuya obra viera la luz en el siglo pasado. Si, además de pensarlo, quiere Vd. hacer pública su opinión ya sabe que para eso están los comentarios. Mi respuesta es Isaac Asimov. ¿Por qué? Tuvo un inmenso éxito en vida (afortunadamente, parece que su obra va siendo olvidada por las nuevas generaciones) pese a ser un pésimo escritor. Además, mostró toda su vida un profundo desconocimiento de la Historia que se tradujo tanto en unos libros deleznables conocidos como Historia Universal Asimov como en el motivo central de su obra más famosa, la Trilogía (por cierto, es una trilogía formada por siete novelas lo que la convierte en la "trilogía" más completa del mundo mundial) de la Fundación. Prescindamos de las cuatro novelas (dos secuelas y dos "precuelas" que no colaron en ningún caso) con las que Asimov quiso hacer caja treinta años después y vamos con la Trilogía original escrita a comienzos de los años 50, Fundación, Fundación e Imperio, Segunda Fundación. Si las han leído (y si no lo han hecho no se han perdido nada) saben que arranca de algo denominado Psicohistoria, una Ciencia que permite predecir la Historia mediante modelos matemáticos (cada vez que escribo esto, la ternilla se va por el suelo). Como esto debió sonar muy raro hasta para su desconocimiento enciclopédico de la Historia, introdujo una analogía científica, es muy difícil predecir el comportamiento de una molécula determinada de gas pero no el de un gran número de ellas. Obviamente, el comportamiento humano es mucho más complejo que el de una molécula de gas entre otras "cosillas" porque somos conscientes, tenemos la posibilidad de modificar nuestro comportamiento según las circunstancias... algo que también sucede cuando en vez de hablar de un hombre como individuo hablamos de un colectivo más amplio. Por mucho que se diga que la masa es ciega y que sigue al líder, incluso si aceptáramos la premisa (que va a ser que no) tendremos que el comportamiento del líder como individuo es imprevisible. Cualquier vistazo a la Historia por somero que resulte, nos mostrará la gran importancia que adquieren en ocasiones cuestiones a priori nimias e impredecibles. Pongamos un ejemplo, un asesinato doméstico en la línea de las novelas de Agatha Christie que acabó siendo un factor importante para que el Reino Unido aboliera (en la práctica) la pena de muerte en 1965. Como alguno de Vd. ya habrá deducido, vamos a recordar el caso de los asesinatos en el número 10 de Rillington Place. En abril de 1948 el matrimonio formado por Timothy y Beryl Evans se trasladó a vivir al número 10 de Rillington Place, una antigua casa victoriana de tres pisos que habían sido convertidos en minúsculos apartamentos independientes formados por una habitación, un comedor y una cocina. Todos tenían en común un lavadero y un retrete situados en el patio accesible desde la planta baja. Ya vivían allí (desde 1938) el matrimonio formado por John y Ethel Christie que ocupaban la planta baja y, desde la década de los 20, Charles Kitchener, un jubilado de los ferrocarriles de unos sesenta años con graves problemas de visión, que vivía en el primer piso. En octubre de 1948 los inquilinos del nº 10 de Rillington Place aumentaron con el nacimiento de Geraldine Evans, hija de Timothy y Beryl. Geraldine, según parece, trajo la felicidad a sus padres pero no sucedió lo mismo cuando en el verano de 1949 Beryl se quedó nuevamente embarazada. La familia Evans ya lo estaba pasando mal en el terreno económico y un nuevo hijo era una catástrofe que no querían afrontar. Las discusiones en el matrimonio fueron aumentando y, finalmente, decidieron que Beryl tenía que abortar, algo que era ilegal en el Reino Unido en 1949. En noviembre de 1949 Timothy Evans abandonó el 10 de Rillington Place después de vender todas las propiedades del matrimonio y se transladó a su Gales natal. El 30 de noviembre de 1949 acude a la policía y les comunica que su mujer Beryl había fallecido al intentar abortar con un medicamento que él había adquirido a un desconocido y que había depositado su cadáver en una alcantarilla frente a su antigua vivienda. La policía intenta confirmar esa confesión, pero pronto se dan cuenta de que es falsa. La tapa de la alcantarilla es tan pesada que hicieron falta tres agentes para levantarla cuando Timothy Evans era una persona físicamente débil y, además, estaba vacía. Ante esos hechos, Evans cambia su confesión. Ahora sostiene que su vecino John Christie se había ofrecido a practicar el aborto a su esposa Beryl y que algo había salido mal durante la operación. Cuando él llegó a casa la tarde del martes 8 de noviembre había visto su cadáver tendido en la cama con el rostro ensangrentado y con sangre también en lo que el Sr. Evans eufemísticamente llamó "the bottom part". El Sr. Christie le dijo que permaneciera en la cocina mientras él forzó la puerta del apartamento del Sr. Kitchener aprovechando que éste había sido conducido al hospital para ser operado y depositó allí el cuerpo con la intención, siempre según el relato del Sr. Evans, de esconderlo en la alcantarilla. Cuando el Sr. Evans regresó al día siguiente (miércoles 9 de noviembre) de trabajar, el Sr. Christie le dijo que conocía un matrimonio del East Acton que podría hacerse cargo de Geraldine. Al día siguiente (jueves 10 de noviembre) le comunicó que ya había dejado a Geraldine con la pareja citada, que ya se había desecho del cadáver y que lo mejor sería que él (el Sr. Evans) abandonara Londres. Entre el viernes 11 y el domingo 13 negoció la venta de sus propiedades y el lunes 14 de noviembre después de vaciar su piso tomó el tren con destino a Gales. Interrogado por la policía acabó admitiendo que él había ayudado al Sr. Christie a bajar el cadáver de Beryl hasta el piso del Sr. Kitchener cuando se dio cuenta de que no podía hacerlo solo. El resto de la historia era, desgraciadamente, previsible. El 2 de diciembre la policía encontró en el lavadero comunal del nº 10 de Rillington Place los cadáveres de Beryl y Geraldine Evans. Ambas habían sido estranguladas. La policía mostró a Timothy Evans la ropa que llevaban los cuerpos y le preguntó si lo había hecho él. El Sr. Evans contestó que sí. Después realizó dos confesiones completas en las que se atribuía el asesinato de su mujer e hija. El juicio contra Timothy Evans por el asesinato de su hija Geraldine comenzó el 11 de enero de 1950. En él, el Sr. Evans se desdijo de sus confesiones y acusó de los asesinatos a su vecino, el Sr. Christie pero aparte de sacar a relucir los antecedentes penales de éste (unos pequeños robos y agresiones sucedidos entre 1921 y 1933) la defensa no fue capaz de suscitar una duda razonable en el jurado. El pasado del Sr. Christie en ambas guerras mundiales (combatiente gaseado en la I y policía voluntario en la II) jugó a su favor así como el hecho de que su declaración como testigo de cargo fue corroborada por la de su esposa Ethel. El 13 de enero, después de cuarenta minutos de deliberación, el jurado emitió un veredicto de culpabilidad y fue sentenciado a muerte. El 9 de marzo de 1950 Timothy Evans fue ahorcado. Éste hubiera podido ser el final de la historia, pero el juicio hizo mella en el Sr. Christie. Habían salido a la luz pública sus antecedentes penales y, además, se había visto implicado en un delito atroz. Fue despedido de su trabajo y el matrimonio comenzó a tener problemas. En diciembre de 1952 desapareció Ethel Christie sin que fuera vista nunca más, pero el fin llegó cuando John Christie fue deshauciado el 20 de marzo de 1953 por haber intentado realizar un realquiler de su vivienda en Rillington Place. El 24 de marzo el nuevo inquilino, Beresford Dubois Brown, realiza unas obras en la cocina para las que derriba un tabique. En el hueco que aparece tras él encuentra los cadáveres de tres mujeres. Posteriormente la policía encontró dos cadáveres más sepultados en el jardín y el de la Sra. Christie bajo la tarima del suelo de su dormitorio. Todas ellas habían sido estranguladas. Cuando fue detenido, John Christie confesó siete asesinatos incluido el de Beryl Evans (negó, no obstante, haber asesinado a la niña Geraldine). El 22 de junio de 1953 comenzó el juicio contra John Christie acusado del asesinato de su esposa Ethel Christie. La defensa alegó que su cliente estaba loco, pero el jurado sólo necesito veintidós minutos para emitir un veredicto de culpabilidad. Condenado a muerte, John Christie fue ahorcado el 15 de julio de 1953. Hasta aquí los hechos en cuya exposición he procurado ser tan objetivo como me ha sido posible. Lo que supuso para la opinión pública británica (que no era mayoritariamente contraria a la pena capital) el convencimiento de que al ahorcar a Timothy Evans se había ejecutado a un inocente (aunque nadie duda que si se hubiera sabido en el momento de juicio que John Christie era un asesino en serie -ya había estrangulado a las dos mujeres que aparecieron posteriormente enterradas en el "jardín"- el Sr. Evans no hubiera sido condenado, existen serias dudas de que Christie asesinara a Beryl y Geraldine Evans. Las confesiones que realizó Evans y la que realizó Christie admitiendo haber asesinado a Beryl Evans contienen, en todos los casos, afirmaciones que son demostrablemente falsas lo que obliga a que nos planteemos la duda sobre su veracidad. Posiblemente nunca se sepa con certeza qué sucedió en el 10 de Rillington Place. Los que aún investigan el tema sostienen teorías diversas como que Timothy Evans asesinó a su mujer e hija, que asesinó a su mujer pero que fue Christie el que mató a la niña, que fue Christie el que estranguló a ambas... y todos ellos presentan indicios y deducciones que apoyan sus hipótesis) fue un ejercicio de catarsis. Una cosa es que todo el mundo fuera consciente en el plano teórico de que la Justicia es falible y la pena capital irreversible y otra bien distinta el estar ante un caso real de ejecución de un inocente (bueno, dejémoslo en que no debió haber sido condenado por la existencia de una duda razonable). El horror ante los asesinatos se vio incrementado con el horror por lo que todo el mundo consideró como un error judicial de imposible reparación. El choque para la opinión pública fue de tal calibre que un grupo de parlamentarios intentó, en vano, que se aplazara la ejecución de John Christie hasta que hubiera sido sometido a nuevos interrogatorios para averiguar qué sucedió realmente en el 10 de Rillington Place. Tampoco tuvo éxito su intento de reunirse en la cárcel con él para intentar que confesara la verdad. Una autora tan popular entonces como ahora, Agatha Christie, ya había expuesto en varias de sus novelas la posibilidad de que un inocente fuera acusado y/o condenado por unos crímenes que no había cometido ("El misterio de la guía de ferrocarriles" 1936, "Matar es fácil" 1939, "Cinco cerditos" 1942, "Hacia cero" 1944, "La Sra. McGuinty ha muerto" 1952...) pero era mera ficción... hasta que se hizo realidad. El debate, que prácticamente había desaparecido en Gran Bretaña después de la II Guerra Mundial y los consiguientes Juicios de Nuremberg, sobre la abolición de la pena de muerte encontró en el caso Evans-Christie su alimento. En 1965 se estableció una moratoria para la pena capital como castigo por los delitos de homicidio que, en la práctica suponía su derogación. Al año siguiente, Timothy Evans recibió el indulto póstumo por el asesinato de su hija Geraldine. Hoy todo eso está prácticamente olvidado en nuestro país. Si acaso algunos cinéfilos recordarán una magnífica película 10 Rillington Place que quiso ser tan fiel a los hechos que se rodó en un edificio real de Rillington Place, concretamente en el nº 8, gemelo del nº 10 (aunque peca, como el libro homónimo de Ludovic Kennedy en el que se basó, de una nada disimulada creencia en la inocencia del Sr. Evans), pero no busquen Rillington Place en ningún callejero de Londres. Su nombre fue cambiado a petición de los vecinos hartos de que se les relacionase con esos crímenes. En 1971, el edificio número 10 de Ruston Close (la nueva denominación de Rillington Place) fue demolido. La zona fue remodelada de una forma tan radical que hoy ni siquiera existe la calle con cualquier denominación. Fuera cual fuese la verdad de lo sucedido en el 10 de Rillington Place hoy sólo puede ser objeto de juegos intelectuales pero las lecciones que se desprendieron de aquellos crímenes continúan vigentes. Hoy nadie puede ser ejecutado en el Reino Unido (ojalá pudiéramos decir lo mismo de todos y cada uno de los países de la Tierra). La Justicia puede equivocarse, pero al menos hay una posibilidad de reparación en tal caso. La pena capital es odiosa por sí misma. Incluso Albert Pierrepoint, el célebre verdugo británico que ejecutó a Timothy Evans y John Christie (además de otras 400 personas aunque algunos elevan la cifra hasta los 600) en su autobiografía renegó de la condena a muerte (aunque no está claro que ese pasaje respondiera realmente a su sentir). Otras lecciones, por contra, necesitan ser recordadas de continuo. En su día nadie dudó de la culpabilidad de Evans y, posteriormente, nadie dudó de la culpabilidad de Christie. El juicio mediático ya se había producido antes de sus condenas. Hoy en día, la situación no ha cambiado y basta con mirar a nuestro país para ver cómo los medios se emepeñan en ejercer de jueces. ¿Algo de todo ello era previsible? Todavía hoy nos cuesta creer que pasara como para que fuera previsto por medio alguno, tan inútiles son en este sentido las cartas del tarot o los horóscopos astrológicos como los modelos matemáticos. ZHoy tendrán que disculparme por meterme en terrenos más propios de D. César Coca y su muy recomendable blog Divergencias pero acabo de terminar la lectura de una novela que me ha sorprendido tan gratamente que quiero compartir ese sentimiento con Vds. No sé si se habrán percatado de que no soy muy aficionado al género fantástico, de ciencia-ficción... no porque odie la literatura temática sino, sencillamente, porque no suelen ser literatura. Un libro puede tener muchas utilidades, desde decorar un estante vacío a nivelar la pata de una mesa pero algunos somos tan raros que pedimos que la ficción sea capaz de emocionarnos y de movernos a la reflexión. No nos basta conque nos haga pasar un rato entretenido y, después, olvidarlo como si nunca lo hubiéramos leído. Queremos que nos provoque algún sentimiento (no necesariamente tiene por qué ser agradable) y que nos haga pensar. Por desgracia, la inmensa mayoría de las novelas (y los cuentos, no los olvidemos) que he leído y que pertenecían a esos géneros sólo me han suscitado el sentimiento del tedio y el pensamiento de cuánto tiempo llevaba el autor sin obrar para haber producido tal descarga de m.... Ese rechazo nada apriorístico no respeta ni siquiera a los considerados grandes. Habrán apreciado que Asimov no es santo de mi devoción como tampoco lo son Arthur C. Clarke, Philip K. Dick, John Ronald Reuel Tolkien, Clive Staples Lewis... e, incluso, autores cuyas primeras obras sí me parecieron excelentes como Orson Scott Card o Frank Patrick Herbert no consiguieron renovar mi estima con sus obra posterior. ¿Y el terror? Pues además de ser lo que siento cada vez que alguien me habla de una novela con elfos y trolls o con androides y robots (y si lo mezclamos todo, es mi particular idea del inexistente infierno), por lo demás la situación es idéntica. Como Edgar Allan Poe, Jan Nepomucen Potocki de Pilawa, Mary Wollstonecraft Godwin... fallecieron cuando el mundo editorial todavía tenía vergüenza (si lo hubieran hecho hoy, se hubieran "encontrado" los manuscritos póstumos de "Los nuevos asesinatos en la rue Morgue", "Más papeles encontrados en Zaragoza" y "El regreso de Frankenstein o el modernísmo Prometeo") no parece probable que aporten nuevas obras al género, tenemos que conformarnos con Stephen King (¡Viva la república!), Peter Francis Straub, Dean R. Koontz (¡no, otra novela más, no!)... y otros incluso peores (y ser peor escritor que el Sr. Koontz tiene mucho mérito pero es posible y si no que se lo pregunten a James Herbert). Bueno, después de no haber dejado títere con cabeza llega el momento en que los títeres se levantan convertidos en zombis, ya saben, esas "simpáticas" criaturas tomadas del folclore haitiano y convertidas por obra y gracia de George Andrew Romero en la versión gore del vampiro. Sí, ya sé que en las primeras apariciones de los vampiros en la literatura occidental éstos son tan aristocráticos como Belén Esteban hablando de "almóndigas" ya que, entre otras cosas, son necrófagos lo cual no queda demasiado presentable, pero la idea de todos tenemos ahora es la del conde Drácula (que se parecía mucho al gran sir Christopher Frank Carandini Lee) creado por Abraham Stoker, así que reconozco que el encanallarlos un poco no deja de ser una vuelta a sus orígenes, pero no es algo que me guste. Sabiendo todo eso pueden suponer la cara que puse cuando mi amigo Guillermo me trajo este libro con la recomendación de que lo leyera. Como todavía le debo el favor de haberme dado a conocer la saga de la Canción de hielo y fuego de George Raymond Richard Martin le hice caso aunque el libro tenía todas las posibilidades de gustarme tanto la canción del verano que este año no ha habido (afortunadamente). Máxime cuando vi que su autor, Maximillian Brooks es hijo de su señor padre (acabaría de quedarme calvo si no fuera porque lo soy desde que nací) al que debo alguno de los peores momentos vividos en una sala de cine (sí, es él). Bueno, también es hijo de Anne Bancroft a la que debemos esa maravilla que es 84, Charing Cross Road (sí, tienen razón, la produjo su marido así que no debería meterme mucho con él) así que la admiración por su madre se equilibra con la aversión al cine paterno. Además, los seres humanos no somo caballos de carreras para tener que mirar el pedigree. Bueno, pues héme aquí ante una novela titulada Guerra mundial Z. Una historia oral de la guerra zombi, escrita por un señor del que no sabía nada y publicado por una editorial (editorial Almuzara) que me resultaba tan conocida como el Sr. Brooks. Por lo demás todo perfecto. Esperaba encontrarme con la habitual dosis de casquería propia del terror serie Z (va sin segundas), con una nueva La noche de los muertos vivientes pero en color y con más vísceras (sí, tienen razón, acabo de describir No profanar el sueño de los muertos). Lo que no esperaba es una novela ambiciosa y bien construida. La guerra zombi ha terminado con la victoria de la humanidad. Las Naciones Unidas redactaron una historia oficial de la guerra, pero sienten que se ha perdido el calor humano. Para remediarlo una persona recibe el encargo de recoger los testimonios de los supervivientes que aporten esos rasgos. Su supuesto informe es Guerra mundial zombi. Estamos pues ante la equivalencia literaria del Puntillismo. Tenemos una serie de relatos que, cada uno por sí mismo, no dice gran cosa. Sólo la unión de todos ellos cobra sentido. Esto ya es una decisión arriesgada del escritor porque si está bien hecha la novela es magnífica, pero el menor error la convierte en algo deslavazado, incapaz de atraer la atención del lector. El Sr. Brooks la conduce por buen camino evitando las dificultades y los tópicos al uso. La estructura, no obstante es clásica, planteamiento, nudo y desenlace. Asistimos al comienzo de la epidemia en China, los intentos de ocultamiento que sólo consiguen empeorar la situación, la extensión del problema hasta el punto que la humanidad está a punto de desaparecer y entonces llega el plan Redeker desde Sudáfrica, uno de los grandes aciertos de la novela. Creado por Paul Redeker en la Sudáfrica de la supremacía blanca para garantizar la supervivencia de la clase dirigente en caso de un revuelta generalizada de la población negra, será adaptado a la nueva situación. Gracias a Paul Redeker la humanidad vence la amenaza zombi pero después de aplicar el plan Redeker ¿es humana la humanidad? Como verán esto tiene poco que ver con una historia de terror convencional porque entramos de lleno en cuestiones éticas y políticas. ¿Se acuerdan del muchacho de La carretera de Cormac McCarthy preguntando a su padre si ellos son los buenos? Al final, como aquel niño, acabamos preguntándonos si nosotros somos los buenos. los zombis están allí como una amenaza omnipresente, pero la humanidad post Redeker no es un modelo de simpatía. La depresión, la locura y el suicidio acechan a esos hombres obligados a hacer cosas terribles para sobrevivir, comenzando por el trágico destino del propio Paul Redeker incapaz de soportar el peso de la culpa y terminando por los soldados "victoriosos", héroes y heroínas cansados que lloran por los compañeros caídos y por sí mismos. Victoria al fin y al cabo pero tan trágica que nos preguntamos si estamos ante una victoria pírrica, si en su empeño por sobrevivir la humanidad no se ha convertido en algo peor que los propios zombis. Preguntas que cada uno debe responderse porque el Sr. Brooks no lo hace. Al contrario, la estructura de la novela como un conjunto de supuestas declaraciones de testigos presenciales deja inmensas lagunas en la narración que el lector debe rellenar con su propia imaginación, como también debe poner nombre a los personajes en los casos en los que, obviamente, están basados en personas reales como el presidente de Sudáfrica o el presidente negro (no, no es él) y el vicepresidente blanco de los EEUU. En fin, una novela más que digna que no es literatura de altísima calidad (ni afortunadamente lo pretende) y que en su sencillez aparente que no real me parece mucho más digna de ser leída que los tochos infumables tipo "La reina que se quemó los piercings con un bidón de gasolina porque los hombre no la amaban" o algo así. Cuando las imágenes valen más que las palabrasLa máxima autoridad del ocultismo mundial habla sobre los rituales en el vudú y me ahorra el tener que comentar nada más. Pueden verlo aquí. Concesión del premio Favila el Osado (agosto del 2009)No hay forma de que nos libremos del disparate histórico de turno aunque, por una vez, éste no nos atañe directamente aunque sí de forma tangencial. Hagamos el petate y crucemos el charco (seguro que el primero que llamó así al océano Atlántico era del mismo Bilbao) para irnos a Méjico (no, a Cancún no. ¿A Acapulco? Tampoco, mala suerte). Verán, en ese hermoso y gran país están en plena reforma de la enseñanza básica (algo de lo que si hicieran caso del ejemplo de España hubieran debido abstenerse, pero no caigamos en el error de pensar que los políticos mejicanos no son capaces de triunfar en lo que aquí ha resultado un fiasco de consideración). En estos días, con el comienzo del curso escolar, están comenzando a distribuirse los libros gratuitos (tal vez algunos políticos de aquí mismo deberían tomar nota de ese detalle) para la enseñanza de la Historia correspondientes al sexto (y último) grado. La sorpresa que se han llevado algunos especialistas en la enseñanza de la historia ha sido morrocotuda. Han desaparecido tres siglos de la historia mejicana, los correspondientes a la conquista española y al colonialismo posterior. No tengo que decirles que el intento de suprimir un periodo histórico trascendental tiene el "pequeño" problema de que convierte en ininteligible la Historia posterior. Pongamos un pequeño ejemplo doméstico. Supongamos que la educación española cae en manos de algún ente partidario de un nacional-catolicismo trasnochado y que, por tanto, decide que no debe enseñarse a los niños que los musulmanes conquistaron gran parte de la España visigoda y que esos territorios durante siglos no fueron cristianos. Ese ente (absolutamente ficticio) se habrá quedado más ancho que largo, pero ha conseguido que no se entienda un carajo (perdón por el exabrupto) de la Historia de los reinos cristianos medievales ni de la historia de España posterior. Lo primero tiene solución. Hacemos como si entre los años 711 y 1492 no hubiera sucedido nada y los Reyes Católicos fueran los descendientes directos de D. Rodrigo. A fin de cuentas, 781 años no son nada. Nos cargamos la historia de los reinos de Asturias, Galicia, León, Castilla, Navarra, Aragón, Valencia y Mallorca y la de los condados catalanes y no pasa nada... hasta que tengamos que explicar por qué en la España de los Reyes Católicos había legislaciones e instituciones diferentes heredadas de las coronas de Aragón y Castilla (y eso siguió siendo así hasta los Decretos de Nueva Planta de Felipe V e, incluso entonces, existieron excepciones que han llegado hasta nuestros días). El intento de silenciar por los motivos que sean (y la decisión mejicana ha conseguido ser tildada tanto de proindigenista como de antiindigenista en lo que supone un claro ejemplo de cómo no contentar a nadie) un periodo histórico sólo puede conducir a la ignorancia. Por todo ello, vaya nuestro nada insigne galardón a los responsables de la Secretaría de Educación Pública en Méjico. Se lo han ganado a pulso como pueden comprobar en este enlace o en este otro, una pequeña muestra del revuelo que han conseguido levantar. |