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Escritos desde el páramo

La Edad de ¿Oro?

Habíamos dejado a nuestros antepasados propugnando la intervención de unos seres sobrehumanos (vulgo dioses) como creadores del Universo y de estos simios bípedos que cada vez parecemos más empecinados en rememorar a nuestros ancestros irracionales (no sé porqué extraña razón el Parlamento español cada vez me recuerda más a un documental de la NG sobre comportamientos grupales en una manada de babuinos).

Como nuestros antecesores "en este valle de lágrimas" no tenían televisión pudieron dedicarse a pensar en las implicaciones que se derivaban de esta creación divina. Pronto surgiría un dilema que, hasta la fecha, las religiones no han conseguido explicar satisfactoriamente (en mi opinión, claro, supongo que para sus fieles sí lo han hecho) y que está implícita en ese entrecomillado anterior y que es parte de una conocida oración católica. Si el Universo con todo lo que contiene ha sido creado por un ser perfecto (o casi) ¿por qué es una chapuza de consideración? ¿Por qué este mundo semeja más a un "valle de lágrimas" que a la construcción de un ser (o unos seres) de poderes y saberes inimaginables?

Las respuestas han sido múltiples, desde una creación dual en la que no sólo interviene un dios bueno sino también uno malo a la creación perfecta que se "jod..." por culpa de los seres humanos. Sin embargo, me gustaría centrarme en otra respuesta por sus implicaciones en el pensamiento esotérico (no, no son términos contradictorios), la de que es imposible hasta para un dios que un universo material sea perfecto. Supongamos que la materia no está condenada a la aparente destrucción en un plazo más o menos largo de tiempo por un defecto de la divinidad, por la intervención de una divinidad malvada... sino por un defecto inherente a la propia materia. ¿A qué conclusiones nos llevaría esa hipótesis?

Evidentemente, a que cuanto más retrocedamos en el tiempo, cuanto más nos acerquemos a ese supuesto momento de la creación, el mundo sería tanto más perfecto. Las sucesivas generaciones irán acumulando errores sobre errores, corrompiéndose sin remedio. Incluso en alguna de las religiones que adoptaron otra respuesta como las judeo-cristianas (recuérdese el mito del Edén en el que no existía el dolor ni la muerte hasta que la "costilla" metió la "pata") hay huellas de este otro intento de explicación. Leamos la Biblia (ejercicio de lo más recomendable) y allí nos encontraremos con las edades imposibles de los primeros seres humanos. Adán "cascó" a los 930 años, Set a los 912, Enós a los 905, Quenán a los 910, Mahalalel a los 895, Yéred a los 962, Henoc a los 365 fue "abducido" por Dios, Matusalén tiene el récord, 967 años, Lámec a los 777 y Noé a los 500 años engendró a Sem, Cam y Jafet (coñe con el ancianito) y vivió hasta los 950 años. Pero los hijos de Dios tomaron por esposas a las hijas de los hombres y Yahvé dijo: "No permanecerá para siempre mi espíritu en el hombre porque no es más que carne; que sus días sean ciento veinte años." (Gen. 6, 1-3). No obstante el drástico descenso de la esperanza de vida, los nefilim (los resultados de la unión entre hijos de Dios e hijas de los hombres) "fueron los héroes de la antigüedad, hombres famosos." (Gen. 6, 4).

En otras culturas que nada tienen que ver con la judeo-cristiana aparecen igualmente seres de longevidad imposible como en China con P´an Ku que vivó la friolera de 18.000 años.

Por descontado, este periodo cercano a la creación supone una auténtica Edad de Oro. El mundo recién creado era mucho más perfecto, la vida humana mucho más prolongada y feliz porque no había existido tiempo para desviarse del plan divino. Pero esa pérdida ¿era irreparable? Si la vida había sido mucho más sencilla cuando la humanidad vivía más cercana a la divinidad ¿no bastaría con acercarse de nuevo a aquellos ideales para recuperar lo perdido? No obstante para poder recobrar la perdida Edad de Oro es necesario conocer qué pretendía esa divinidad. En las religiones ese conocimiento deriva de la propia revelación divina pero no fue ésa la única respuesta (o las únicas respuestas porque cada religión pretende ser, lógicamente, la respuesta a una revelación en particular) porque también y de forma mucho más interesante para nuestro propósito esas cuestiones fueron respondidas desde la filosofía.

En efecto, ninguna religión llegaría a una reflexión tan profunda sobre este problema como un filósofo ateniense, una de las mentes más brillantes que jamás haya conocido el mundo y, a la vez, el padre (o el abuelo) de muchas de las creencias esotérica. Su importancia merece que le dediquemos las próximas entradas. Su nombre, o más propiamente su apodo, como ya habrán adivinado, es Platón.
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