Escritos desde el páramo |
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Boboblog sobre pensamiento crítico, historia y pseudohistoria.
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Recomendaciones. Tristes presentimientos de lo que ha de acontecerUn cuadro: Dos obras musicales: Quiet city de Aaron Copland y el Adagio para cuerdas nº 11 de Samuel Osborne Barber. Dos poemas: Venimos de la noche, de la sombra residuo de un pasado que se nombra y Nevermore Ala de sombra, un cuervo -que crascita En su agorera convicción imita Nunca... Pico de grajo, el pensamiento -cuervo de negra luz, empobrecida ambos de Juan José Domenchina Aprendamos del pasadoQue me apasiona la Historia no es ningún secreto. Tampoco desvelo ningún conocimiento esotérico al afirmar que la Historia no es algo muerto como tampoco consiste en la acumulación de unos conocimientos enciclopédicos absolutamente inútiles. Al contrario, la Historia es la comprensión de algo tan humano y tan vivo como la sociedad. Le debemos a Aristóteles la que posiblemente sea la mejor definición del hombre, somos animales sociales. No somos los únicos pero nuestra sociedad, al contrario de las formadas por otros animales, evoluciona. No obedecemos ciegamente a un instinto gregario sino que intentamos responder en cada momento a los retos con los que nos enfrentamos. En un mundo cambiante, los sociedades no son inmutables. Conocer y comprender esas variaciones es lo que pretendemos al estudiar la Historia. No obstante, el hablar de la sociedad en su conjunto es algo inabordable. De ahí nace la necesidad de la especialización que puede ser temática, geográfica, temporal... (y no son excluyentes). Nos encontramos así con historiadores del arte, de la ciencia, de la economía... o con historiadores de Castilla y León, de Euskadi... o con historiadores de la América colonial, del siglo XIX... sencillamente para poder profundizar en el objeto de estudio; pero nunca debemos olvidar que esa compartimentación es una entelequia, que, por ejemplo, la España visigoda no surgió de la nada cuando los "bárbaros" aparecieron en la Hispania romana como tampocó acabó en polvo y cenizas cuando los "moros" cruzaron el Estrecho de Gibraltar. A veces el fijarnos en un detalle puede hacer que perdamos de vista el conjunto e, incluso, que olvidemos que el conjunto existe. Ése es el gran peligro de la especialización excesiva que tiene su contrapartida, una generalización abusiva que olvide detalles significativos. Vamos con un ejemplo. En este país tan políticamente correcto los historiadores militares brillan por su ausencia (excepciones hay, pero pocas). Hemos pasado de una historia concebida como una sucesión de "batallitas" (incluso magnificadas o directamente inventadas) a una historia sin conflictos bélicos. Ya sé que eso es un poco exagerado pero ¿qué significa para Vds. el nombre de Atapuerca? El yacimiento burgalés en el que han aparecido los restos humanos fósiles más antiguos de Europa etc. etc. ¿Qué les dice la batalla de Atapuerca? Sospecho que no sabrían de qué estoy hablando. Tal vez sí reconozcan los nombres de Crécy o Agincourt (o Azincourt) pero ¿sabrían explicar por qué ambos ejércitos tenían una concepción bélica diferente, por qué en ambas ocasiones los ingleses derrotaron a los franceses y qué importantísima repercusión social tuvieron esas batallas? Si son capaces, mi más cordial enhorabuena, en caso contrario ambos ejércitos reflejaban sus propias sociedades, la Francia feudal presentó un ejército basado en la nobleza y, por tanto, en su arma por excelencia, la caballería acorazada mientras que el ejército inglés se basaba en plebeyos que eran particularmente diestros en el manejo del arco largo. El resultado es que la caballería acorazada que se creía prácticamente inmune a todo lo que no fuera otro caballero fue masacrada por los arqueros ingleses y galeses puestos que las flechas arrojadas con el arco largo eran capaces de atravesar no sólo las bardas de las monturas sino también las armaduras de placas de los caballeros franceses. Por supuesto, la derrota de los caballeros a manos de los villanos supuso el inicio del fin de la nobleza como clase social todopoderosa. Como verán, la historia bélica es algo mucho más importante que "Batalla de las Navas de Tolosa en 1212..." si consideramos que los ejércitos reflejaban la sociedad de la que nacían y que combatían de acuerdo a unos supuestos intelectuales propios de su época. Consciente de todo ello el historiador Geoffrey Regan escribió Historia de la incompetencia militar texto sobre el que debo hacer una advertencia previa, no piensen que para el Sr. Regan incompetencia militar es un pleonasmo. Él habla de militares que demostraron su incompetencia a las claras. Si piensan que estamos ante un planfleto antibelicista o un libelo contra la milicia están muy equivocados. También lo estarán si piensan lo contrario, que es un opúsculo belicista o una oda a la carrera militar. Incompetentes hay en todas partes, pero la incompetencia en un militar en caso de guerra puede suponer millares de muertos algo que no sucede en prácticamente ninguna otra profesión. Por eso sus errores son más visibles y también resultan dignos de la atención del historiador. La obra del Sr. Regan está dividida en dos partes, en al primera teoriza sobre los errores militares, en la segunda narra los errores que se cometieron en batallas reales. Para el Sr. Regan los errores pueden dividirse en tres categorías, los errores de los mandos (cobardía, temeridad, desconocimiento...), los errores de planificación y estrategia (mala información, equipamiento inadecuado...) y los errores políticos (confusión entre objetivos políticos y militares...) que, por supuesto, pueden aparecer solos o en compañía de otros. En la segunda parte repasa los errores cometidos en guerras varias de las que tres tienen relación con nuestro país, la expedición inglesa contra Cádiz (una narración tan absurda que de no ser por las referencias que atestiguan la realidad de los hechos estaría tentado de considerarla como una muestra de humor británico), la batalla de las Lomas de San Juan (o de cómo españoles y estadounidenses rivalizaron en cometer despropósitos) y el desastre de Annual (o de cómo la corrupción de los altos mandos acabó afectando a todo el ejército). Todo ello supone un adecuado contrapunto a cierta glorificación de la milicia que puede resultar muy peligrosa por lo que supone de enmascaramiento de una realidad brutal. Pongamos un ejemplo. Supongo que han visto Vds. la película Glory sobre la historia del Regimiento nº 54 de Voluntarios de Massachusetts (formado por soldados de color... negro) al mando del coronel Robert Gould Shaw (de color... blanco) y de cómo unos y otro murieron heroicamente al intentar tomar el Fuerte Wagner. Sospecho que nunca verán una película sobre la Batalla del Cráter (bueno, si he de ser sincero, sí aparece en Cold Mountain) y sobre cómo las USCT fueron enviadas por el general Edward Ferrero a una muerte absurda (por cierto, mientras él y el general James H. Ledlie tomaban unas copitas en lugar seguro). Las descripciones del Sr. Regan son realistas lo que hace que sean, con frecuencia, desagradables (si conocen a alguien que piense que la guerra es algo glorioso aléjense de él por si la estupidez pudiera ser contagiosa) pero el Sr. Regan tampoco quiere caer en la utopía del pacifismo a cualquier precio porque otro de los grandes errores de los que habla en su libro fue la falta de preparación del ejército británico en las vísperas de la II Guerra Mundial, consecuencia de la política de apaciguamiento de Neville Chamberlain con la Alemania de Hitler, una política tan absurda que casi consiguió la ironía de que las teorías militares del capitán Liddell Hart sobre la guerra basada en la movilidad de los carros de combate modernos derrotaran a su propio país que no las hizo ni puñetero caso, error que no cometió un tal Heinz Guderian que tradujo sus trabajos (y los de J. F. C. Fuller) al alemán. Sin embargo, todo esto es Historia. Ya ha pasado, pero ¿no va a volver a repetirse? En mi opinión (siéntase en libertad de discrepar) ya se está repitiendo en Afganistán. Uno de los posible errores de los que habla el Sr. Regan es la confusión entre objetivos políticos y militares. Impedir que los talibán reconquisten el poder en ese país asiático no es un objetivo militar sino político. Reconstruir un país destrozado después de años de guerra no es un objetivo militar. Crear un estado donde hoy sólo existen tribus enfrentadas no es un objetivo militar. Las fuerzas armadas tendrán que procurar protección a los que desarrollen los trabajos para lograr esos fines, pero pretender que sean los militares los que lo hagan es tan absurdo como pretender que sean las ONGs las que porporcionen apoyo armado. Ya, ya sé que en este país alguno cree que el Ejército es una ONG, pero también hay alguno que cree que El Código da Vinci es una gran novela y eso no lo convierte en una realidad. ¿Qué salida hay para el problema afgano? No lo sé, pero sí creo que seguir como hasta el momento, con todo reducido a una cuestión militar, es persistir en un monumental error, el de pretender que las Fuerzas Armadas desarrollen trabajos que escapan a sus conocimientos y experiencia. Post Sciptum: Por una de las trágicas coincidencias de la vida, pocas horas después de escribir este artículo conocimos esta noticia. Eso me reafirma en mi convencimiento de que la presencia militar española en Afganistán en la situación actual es un inmenso error al que habría que poner fin inmediatamente. Me duele que militares de mi país estén muriendo. Me indigna que lo hagan en vano. Pido, pues, el inmediato regreso de las tropas españolas o que, en caso contrario, nos aclaren a todos nosotros qué objetivos militares son los que tienen encomendados y si éstos se reducen a sostener un gobierno corrupto como el de Karzai. 106 años no son nadaLa verdad es que últimamente cada vez que hablo de un medio de comunicación es para pegarle un palo. Ya sé que soy un cascarrabias (forma autocomplaciente de decir que Ebenezer Scrooge parecería a mi lado una persona de lo más afable y cordial y, además, yo no creo en fantasmas navideños que pudieran redimirme) pero preferiría aplaudir sus actos a ponerlos como chupa dómine. El problema es que lo medios no llegan ni a cuartos tal vez por preocuparse en exceso de éstos. Comprendo que dar cancha a una descerebrada rubia de bote que chilla más que un ciervo rijoso atiborrado de Viagra en época de berrea es mucho más sencillo y económicamente rentable que enviar unos periodistas a las montañas afganas para que investiguen qué demonios pasa allí. Sin embargo, un medio de comunicación debería tener siempre presente que su fin primordial es informar, no ganar dinero. Por desgracia, una cosa es lo que debe hacerse y otra distinta lo que se hace. No es ninguna novedad, ya dice nuestro sabio (a veces) refranero aquello de: "Más fácil es predicar que cargas de trigo dar", pero sí es algo que en esta época sin valores (excepto los convertibles) ha alcanzado cotas difícilmente imaginables. Si el deber, el honor, el esfuerzo, el trabajo bien hecho... tienen la misma consideración social que la hipocresía, la deshonra, la molicie y la chapuza, habremos firmado nuestra defunción. Ya, ya sé que eso es algo tan viejo que la Biblia cuenta la historia de Esaú que vendió sus derechos como primogénito por un plato de lentejas (y eso que eran sin chorizo que si llegan a tenerlo...), pero antes, al menos, los que así actuaban podían ser blanco de la reprobación pública como aquel "Capitán Araña, que a todos embarca y a todos engaña". Hoy, en cambio, campan por sus respetos montando el belén en cada plató que pisan siempre previo pago de su importe. Recuerden aquellos versos de sor Juana Inés de la Cruz: "¿O cual es más de culpar, para comprobar que aquí no hay inocentes sino culpables en distinto grado sin olvidarnos del público: "¿Por qué queréis que obren bien sin cuyo aplauso nada de esto habría sucedido. Además de haberme quedado a gusto con estos apuntes de crítica social, viene esto pintiparado para explicar porqué, esta vez (y esperando que sirva de precedente) las lanzas se tornan cañas al revés de lo que es habitual. El diario ABC ha tenido la magnífica idea de colgar en la red su hemeroteca algo que ya había hecho La Vanguardia en esta dirección. Ambos periódicos permiten la búsqueda tanto por palabras claves como por fechas y dan acceso a las páginas escaneadas de los originales. Podemos así no sólo ver las noticias sino también la publicidad que incluían en sus páginas lo que también ilustra los cambios sociales desde 1903 en el caso del diario madrileño y desde 1881 en el caso del periódico barcelonés. Portadas como ésta del 15 de abril de 1931 con la multitud celebrando en la Puerta del Sol la proclamación de la II República el día anterior son pura historia de España que contrasta con la portada de ese mismo día en el diario catalán mucho más extraña para nuestra concepción actual del periodismo. Pero al lado de la gran historia hay un hueco para los anuncios entrañables como este jabón en el rotativo barcelonés o esta avanzada calculadora de 1966 en el madrileño por no hablar de los que hoy serían considerados como motivo de escándalo como éste (y no precisamente por el anuncio de la comedia musical sino por la publicidad dentro de la publicidad -por si no lo han pillado, miren a la izquierda de la imagen ese maravilloso "Los cigarrillos que fuma el señor Closas en escena son de la marca Rumbo"-). Así, entre unas cosas y otras podemos ver no sólo como transcurrió el siglo XX sino también cómo se reflejó en la España de su época, por ejemplo, el inicio de la II Guerra Mundial, un magnífico regalo que ambos diarios han hecho tanto a los estudiosos como a los meros curiosos. ¿Quién dijo que los Reyes Magos eran una entelequia? Pues yo y sin embargo... 2122 North Clark St.Chicago, 14 de febrero, festividad de san Valentín, de 1929. No hay que decir nada más para que sepan de qué va a ir esta historia. Lo han visto en películas, han leído libros... es un hecho famosísimo del que, en realidad, no sabemos prácticamente nada porque los muertos no hablan nunca y los asesinos no suelen hacerlo. La única certeza son los siete cadáveres que quedaron abandonados en el 2122 de la calle North Clark. Seis de ellos, Johnny May, Frank Gusenberg, Pete Gusenberg, James Clark, Adam Heyer y Al Weinshank pertenecían a la banda de Bugs Moran enfrentada a la "familia" de Al Capone por el control de los negocios del contrabando de alcohol y de la prostitución en Chicago. El séptimo hombre era un oculista, Reinhardt Schwimmer que estaba en el lugar erróneo en el momento equivocado. No, no piensen que iba por la calle y se encontró... porque Mr. Schwimmer no sólo sabía que el garaje del 2122 de North Clark era una cueva de maleantes sino que estaba allí precisamente por eso. Sencillamente, estaba fascinado por los gángsteres y pasaba con ellos todo el tiempo que podía. Ignoro qué representaba Schwimmer para los delincuentes, si éstos lo aceptaron como un igual, si se reían de él como de un bufón, si lo toleraban por lo que pudieran obtener de él... pero sí está claro que el oculista estaba hechizado por el "lado oscuro". Esto todavía podía resultar comprensible en una época en la que la prensa de Chicago presentaba a Capone como un cruzado contra una ley absurda, la ley Volstead, pero hoy en día resulta ridículo por mucho que Mario Puzo y Francis Ford Coppola dieran en El Padrino una versión del problema tan "real" como la de Bugsy Malone. Afortunadamente, Martin Scorsese puso los puntos sobre las íes en Uno de los nuestros y en Casino, ambas sobre novelas de Nicholas Pileggi. Sin embargo, todos estos referentes literarios y cinematográficos se refieren sólo a la versión italo-americana del problema. La delincuencia organizada en la propia Italia es algo mucho más desconocido en nuestro país. Por supuesto nombres como Cosa nostra (delincuencia organizada de Sicilia) o Camorra (delincuencia organizada de la Campania) nos "suenan". Mucho menos conocidas son la ´Ndrangheta (delincuencia organizada de Calabria), la Sacra corona unita (delincuencia organizada de Apulia) e I Basilischi (delincuencia organizada de Basilicata) pero entre las cinco organizaciones criminales han conseguido convertir el sur de Italia en algo incomprensible para los que respetamos las leyes. Para denunciar esa situación se escribieron las dos obras de las que vamos a hablar. Antes de nada, una advertencia. Vamos a mencionar actos que pueden herir su sensibilidad o, mejor dicho, que la herirán sin duda alguna. Si el leer hasta qué punto el ser humano puede caer en la inhumanidad absoluta puede lastimarle, no siga con esta historia. Comencemos por Cosa Nostra de John Dickie (Traducción de Francisco Ramos. Ed. Círculo de Lectores por cesión de Random House Mondadori, S. A. Barcelona, 2006) John Dickie inicia su historia del crimen organizado siciliano con dos referencias que, al parecer, no guardan ninguna referencia entre sí. La primera es el estreno de Cavalleria Rusticana, la célebre ópera de Pietro Mascagni, en el Teatro Costanzi de Roma el 17 de mayo de 1890. La segunda sucedió el 23 de mayo de 1992 cerca de la localidad siciliana de Capaci cuando Giovanni Brusca Lo Scannacristiani accionó el detonador que provocó la explosión de casi cuatrocientos kilos de explosivos. El objetivo, muchos de Vds. lo recuerdan sin duda, era el juez Giovanni Falcone que murió junto a su esposa y a tres miembros de su escolta. Dickie explica que ha querido contraponer el ideal del supuesto "hombre de honor" con la realidad sórdida y brutal. El "repaso" que da a la carrera de Brusca es terrorífico. Según propia confesión, Lo Scannacristiani (El Matacristianos) asesinó a muchas más de cien pero menos de doscientas personas, siempre a las órdenes de Totò Riina. Entre ellas figuran el "capo" de la "familia" Alcamo por poner en duda la autoridad de Riina. Unos días después, Brusca estranguló a la compañera sentimental del "capo" que estaba embarazada. Sin embargo, tal vez la mayor muestra de la iniquidad a la que podía llegar la dio cuando su amigo Santino Di Mateo rompió la Omertà (el código de silencio) y se convirtió en "pentito" (arrepentido). Lo Scannacristiani secuestró a su hijo Giuseppe Di Mateo con el que había jugado en varias ocasiones, lo mantuvo oculto durante veintiséis meses y cuando tuvo catorce años, ordenó estrangularlo (según su confesión, según el testimonio de otro "arrepentido" lo hizo él en persona) y que se disolviera su cuerpo en ácido. Cuando este "hombre de honor" fue detenido cerca de Agrigento, el armario de su casa estaba lleno de trajes de Armani y Versace, guardaba quince mil dólares en efectivo y poseía costosas joyas como varios relojes Cartier. Al darse cuenta de que le esperaba la cadena perpetua, rompió la Omertà. Brusca se convirtió en "pentito". Esta historia no es sólo un testimonio de la brutalidad a la que pueden llegar los miembros de Cosa Nostra, es también una prueba de que lo que entienden por "honor" no tiene nada que ver con lo que el resto de la gente entendemos por tal. Asesinar a una mujer embarazada o a un niño hijo de un amigo nos parece un crimen particularmente deshonroso. Por contra, para los miembros de la Honorable Sociedad, Lo Scannacristiani había demostrado su honor por obedecer ciegamente las órdenes de su jefe, Totò Riina y, por tanto, fue recompensado generosamente. Por contra, cuando decidió colaborar con la policía que es algo que nosotros entendemos como un comportamiento positivo por muy dudosas que sean las razones que le impulsaron a ello, para Cosa Nostra se convirtió en un apestado. Una vez que Dickie destroza de esta forma cualquier estereotipo positivo que pudiera haber creado el cine y la televisión (se muestra particularmente duro con la visión que han dado estos medios de la delincuencia organizada ya que no sólo es falsa sino que, además, está idealizada y a los delincuentes "...como a todos los demás, les gusta ver la tele e ir al cine para contemplar esa versión idealizada de sus propios dramas cotidianos representada en la pantalla. " -Pág. 33-) comienza con la historia de la Cosa Nostra. Lejos de sus orígenes míticos, Cosa Nostra es una organización reciente. Su origen está en la incorporación de Sicilia a Italia después de la campaña de Garibaldi y sus Camisas Rojas en 1860. En el clima de desorden posterior, apareció esta forma de delincuencia organizada no en el interior pobre sino en los ricos naranjales y limonares cercanos a Palermo. Éste fue el escenario del primer gran caso en el que apareció lo que hoy llamamos Cosa Nostra, el asunto Galati. En 1872 el cirujano Gaspare Galati se hizo cargo en nombre de sus hijas y su tía de la granja Riella, cuatro hectáreas de limoneros y mandarinos a tiro de piedra de Palermo. Nada más hacerse cargo de la plantación, comenzó a tener problemas con el vigilante de la finca, un tal Carollo al que el anterior propietario (cuñado del doctor Galati) acusó antes de su muerte de querer arruinar la granja para quedarse con ella por cuatro perras. Para librarse del problema, el doctor Galati decidió arrendar la propiedad, pero el vigilante ahuyentó a todos los que se interesaron por el negocio. Galati terminó por despedir a Carollo. Comenzó entonces a recibir visitas de personas que le eran desconocidas que insistieron en que readmitiera al empleado infiel, pero el cirujano contrató un sustituto y se mantuvo firme en su decisión. En 1874 el nuevo vigilante de la finca Riella fue asesinado. La familia Galati acudió a la policía para manifestar sus sospechas de que Carollo estaba implicado en el crimen pero para su sorpresa los agentes no quisieron darse por enterados. El doctor contrató a un nuevo empleado y comenzó a recibir cartas de amenaza por haber despedido a Carollo. Acude con los anónimos a la policía y su comportamiento termina por convercerle de que estaban conchabados con Carollo. Acude al juez de instrucción que inicia una investigación que concluye con el cese del jefe de policía, pero Galati recibe nuevas cartas amenazadoras que le den una semana de plazo para despedir al nuevo vigilante y contratar en su lugar a un "hombre de honor". Nada más cumplirse el plazo, el nuevo vigilante recibe tres disparos, pero sobrevive y acusa a Carollo y a dos antiguos empleados de la granja de ser los agresores, pero antes del juicio cambia su declaración. El doctor Galati y toda su familia huyeron de Sicilia de forma apresurada. En 1875 envió un memorándum al ministro de Interior relatando estos hechos y sus propias investigaciones que apuntaban a la persona de Antonino Giammona como jefe de una banda de delincuencia organizada que intentaba hacerse con el control de las plantaciones de cítricos cercanas a Palermo. La investigación de la policía de Palermo confirmó estos herchos, pero no pudo conseguir pruebas para procesar a Antonino Giammona. la figura de éste nos permite retroceder un poco más en el tiempo. En 1864 Nicolò Turrisi Colonna, barón de Buonvicino, escribió Pubblica Sicurezza in Sicilia nel 1864 (Seguridad pública en Sicilia en 1864) en la que denunciaba la existencia de una secta de ladrones (así los denomina) extendida por toda Sicilia y que permanecía impune mediante la intimidación a los testigos que osaran denunciarlos y por la ley de la humildad (en siciliano umirtà) que condenaba a muerte a cualquiera de los miembros de la secta que hablase con la policía. Turrisi Colonna tenía muy buenos motivos para conocer a esa secta porque él mismo había sufrido un intento de asesinato en 1863 y porque él era uno de sus miembros más importantes. El barón Turrisi Colonna, jefe de la Guardia Nacional de Palermo en 1860, parlamentario italiano, denunciador de la secta de ladrones en 1864 y, poteriormente dos veces alcalde de Palermo, era el protector de Antonino Giammona. En 1860 lo había nombrado capitán de la Guardia Nacional, Cuando Giammona fue investigado por el asunto Galati fueron sus abogados los que lo defendieron y fue una de las personas que lo apoyaron públicamente. En el informe de la policía de Palermo se señala que la recepción y juramento de sangre de los nuevos miembros tenía lugar en una finca que era propiedad del barón Turrisi Colonna. En estos orígenes está contenido el germen de lo que después sería Cosa Nostra. Impunidad para sus afiliados mediante un doble mecanismo, el amendrentamiento de los testigos y la complicidad del poder político; enriquecimiento logrado tanto por la participación en negocios ilegales como por la compra de negocios legales adquiridos en unas condiciones muy ventajosas logradas por la intimidación. Por supuesto, eso fue sólo el principio. En su historia de Cosa Nostra Dickie llega hasta el presente, en su edición española hasta la captura del casi mítico capo di tutti li cappi, Bernardo Provenzano U tratturi (El tractor) el 11 de abril de 2006. Dickie intenta siempre distanciarse de los hechos que está narrando para mantener una apariencia de objetividad imposible en este caso. Sencillamente, ante una asociación de delincuentes no hay objetividad posible, sólo cabe el rechazo. Sin embargo, Dickie procura realizar una historia de Cosa Nostra como podría hacerla del Fascismo en Italia, seleccionando las fuentes, sometiéndolas a crítica e intentando construir una narración sólida en la que, sin embargo, hay puntos oscuros y lagunas, algo lógico si consideramos que está realizando la historia de una organización que siempre se ha basado en el secreto. Completamente distinto es el segundo texto que trata sobre la otra gran organización criminal, la Camorra extendida por toda la Campania con especial incidencia en Nápoles. Se trata de Gomorra: un viaje al imperio económico y al sueño de poder de la Camorra de Roberto Saviano (Ed. Debate. Madrid, 2007). Gomorra es, por encima de cualquier otra consideración, el testimonio de un testigo. No, el Sr. Saviano no es un "pentito". No ha sido nunca miembro de la Camorra. Es un joven escritor napolitano que habla de lo que ha visto, del contrabando en el puerto de Nápoles, de las falsificaciones made in China, de los pequeños talleres de la Campania en las que obreros en régimen de cuasi esclavitud realizan los modelos exclusivos de las grandes marcas de moda italiana (la historia del traje de Angelina Jolie en la entrega de los Óscar es tan bella como desoladora), la guerra entre el clan Di Lauro y los "Españoles" (clanes que tenían -y presumiblemente tienen- grandes intereses inmobiliarios y turísticos en España) con su sucesión de asesinatos cada vez más absurdos y brutales... En Nápoles y su comarca prácticamente todo está relacionado con la Camorra. El Sr. Saviano lo ha visto, se ha atrevido a contarlo... y está condenado a muerte por el clan dei Casalesi a cuyo jefe Franchesco Schiavone Sandokán no le hizo ninguna gracia lo que de él se decía en esta ¿novela? Vida y muerte, riqueza y pobreza, risa y llanto... conviven en este texto inclasificable, barroco como la propia Nápoles, bellísimo en ocasiones y siempre desolador. Lo que en la obra de Dickie era intento de objetividad y reconstrucción histórica, en la de Saviano es denuncia desgarrada y no sólo por la abulia moral de sus conciudadanos que fingen que el Sistema no existe sino también por las grandes empresas del norte como esa famosísima industria láctea que nombró su representante para la Campania a un camorrista con lo que aseguró una elevadísima cuota de mercado o como esas empresas de la moda que compran por precios ridículos las prendas confeccionadas en talleres clandestinos sin importarles un bledo las condiciones de trabajo por no hablar de los políticos de Roma y su habitual doble juego de criticar las organizaciones delictivas con las que pactan cuando les conviene. Dos obras, pues, que se complementan perfectamente y que nos permiten conocer ese submundo criminal, ese abismo que fascinó a personas como Reinhardt Schwimmer y que hoy sólo puede ser objeto de repulsa y de persecución policial hasta su extinción definitiva. ZHoy tendrán que disculparme por meterme en terrenos más propios de D. César Coca y su muy recomendable blog Divergencias pero acabo de terminar la lectura de una novela que me ha sorprendido tan gratamente que quiero compartir ese sentimiento con Vds. No sé si se habrán percatado de que no soy muy aficionado al género fantástico, de ciencia-ficción... no porque odie la literatura temática sino, sencillamente, porque no suelen ser literatura. Un libro puede tener muchas utilidades, desde decorar un estante vacío a nivelar la pata de una mesa pero algunos somos tan raros que pedimos que la ficción sea capaz de emocionarnos y de movernos a la reflexión. No nos basta conque nos haga pasar un rato entretenido y, después, olvidarlo como si nunca lo hubiéramos leído. Queremos que nos provoque algún sentimiento (no necesariamente tiene por qué ser agradable) y que nos haga pensar. Por desgracia, la inmensa mayoría de las novelas (y los cuentos, no los olvidemos) que he leído y que pertenecían a esos géneros sólo me han suscitado el sentimiento del tedio y el pensamiento de cuánto tiempo llevaba el autor sin obrar para haber producido tal descarga de m.... Ese rechazo nada apriorístico no respeta ni siquiera a los considerados grandes. Habrán apreciado que Asimov no es santo de mi devoción como tampoco lo son Arthur C. Clarke, Philip K. Dick, John Ronald Reuel Tolkien, Clive Staples Lewis... e, incluso, autores cuyas primeras obras sí me parecieron excelentes como Orson Scott Card o Frank Patrick Herbert no consiguieron renovar mi estima con sus obra posterior. ¿Y el terror? Pues además de ser lo que siento cada vez que alguien me habla de una novela con elfos y trolls o con androides y robots (y si lo mezclamos todo, es mi particular idea del inexistente infierno), por lo demás la situación es idéntica. Como Edgar Allan Poe, Jan Nepomucen Potocki de Pilawa, Mary Wollstonecraft Godwin... fallecieron cuando el mundo editorial todavía tenía vergüenza (si lo hubieran hecho hoy, se hubieran "encontrado" los manuscritos póstumos de "Los nuevos asesinatos en la rue Morgue", "Más papeles encontrados en Zaragoza" y "El regreso de Frankenstein o el modernísmo Prometeo") no parece probable que aporten nuevas obras al género, tenemos que conformarnos con Stephen King (¡Viva la república!), Peter Francis Straub, Dean R. Koontz (¡no, otra novela más, no!)... y otros incluso peores (y ser peor escritor que el Sr. Koontz tiene mucho mérito pero es posible y si no que se lo pregunten a James Herbert). Bueno, después de no haber dejado títere con cabeza llega el momento en que los títeres se levantan convertidos en zombis, ya saben, esas "simpáticas" criaturas tomadas del folclore haitiano y convertidas por obra y gracia de George Andrew Romero en la versión gore del vampiro. Sí, ya sé que en las primeras apariciones de los vampiros en la literatura occidental éstos son tan aristocráticos como Belén Esteban hablando de "almóndigas" ya que, entre otras cosas, son necrófagos lo cual no queda demasiado presentable, pero la idea de todos tenemos ahora es la del conde Drácula (que se parecía mucho al gran sir Christopher Frank Carandini Lee) creado por Abraham Stoker, así que reconozco que el encanallarlos un poco no deja de ser una vuelta a sus orígenes, pero no es algo que me guste. Sabiendo todo eso pueden suponer la cara que puse cuando mi amigo Guillermo me trajo este libro con la recomendación de que lo leyera. Como todavía le debo el favor de haberme dado a conocer la saga de la Canción de hielo y fuego de George Raymond Richard Martin le hice caso aunque el libro tenía todas las posibilidades de gustarme tanto la canción del verano que este año no ha habido (afortunadamente). Máxime cuando vi que su autor, Maximillian Brooks es hijo de su señor padre (acabaría de quedarme calvo si no fuera porque lo soy desde que nací) al que debo alguno de los peores momentos vividos en una sala de cine (sí, es él). Bueno, también es hijo de Anne Bancroft a la que debemos esa maravilla que es 84, Charing Cross Road (sí, tienen razón, la produjo su marido así que no debería meterme mucho con él) así que la admiración por su madre se equilibra con la aversión al cine paterno. Además, los seres humanos no somo caballos de carreras para tener que mirar el pedigree. Bueno, pues héme aquí ante una novela titulada Guerra mundial Z. Una historia oral de la guerra zombi, escrita por un señor del que no sabía nada y publicado por una editorial (editorial Almuzara) que me resultaba tan conocida como el Sr. Brooks. Por lo demás todo perfecto. Esperaba encontrarme con la habitual dosis de casquería propia del terror serie Z (va sin segundas), con una nueva La noche de los muertos vivientes pero en color y con más vísceras (sí, tienen razón, acabo de describir No profanar el sueño de los muertos). Lo que no esperaba es una novela ambiciosa y bien construida. La guerra zombi ha terminado con la victoria de la humanidad. Las Naciones Unidas redactaron una historia oficial de la guerra, pero sienten que se ha perdido el calor humano. Para remediarlo una persona recibe el encargo de recoger los testimonios de los supervivientes que aporten esos rasgos. Su supuesto informe es Guerra mundial zombi. Estamos pues ante la equivalencia literaria del Puntillismo. Tenemos una serie de relatos que, cada uno por sí mismo, no dice gran cosa. Sólo la unión de todos ellos cobra sentido. Esto ya es una decisión arriesgada del escritor porque si está bien hecha la novela es magnífica, pero el menor error la convierte en algo deslavazado, incapaz de atraer la atención del lector. El Sr. Brooks la conduce por buen camino evitando las dificultades y los tópicos al uso. La estructura, no obstante es clásica, planteamiento, nudo y desenlace. Asistimos al comienzo de la epidemia en China, los intentos de ocultamiento que sólo consiguen empeorar la situación, la extensión del problema hasta el punto que la humanidad está a punto de desaparecer y entonces llega el plan Redeker desde Sudáfrica, uno de los grandes aciertos de la novela. Creado por Paul Redeker en la Sudáfrica de la supremacía blanca para garantizar la supervivencia de la clase dirigente en caso de un revuelta generalizada de la población negra, será adaptado a la nueva situación. Gracias a Paul Redeker la humanidad vence la amenaza zombi pero después de aplicar el plan Redeker ¿es humana la humanidad? Como verán esto tiene poco que ver con una historia de terror convencional porque entramos de lleno en cuestiones éticas y políticas. ¿Se acuerdan del muchacho de La carretera de Cormac McCarthy preguntando a su padre si ellos son los buenos? Al final, como aquel niño, acabamos preguntándonos si nosotros somos los buenos. los zombis están allí como una amenaza omnipresente, pero la humanidad post Redeker no es un modelo de simpatía. La depresión, la locura y el suicidio acechan a esos hombres obligados a hacer cosas terribles para sobrevivir, comenzando por el trágico destino del propio Paul Redeker incapaz de soportar el peso de la culpa y terminando por los soldados "victoriosos", héroes y heroínas cansados que lloran por los compañeros caídos y por sí mismos. Victoria al fin y al cabo pero tan trágica que nos preguntamos si estamos ante una victoria pírrica, si en su empeño por sobrevivir la humanidad no se ha convertido en algo peor que los propios zombis. Preguntas que cada uno debe responderse porque el Sr. Brooks no lo hace. Al contrario, la estructura de la novela como un conjunto de supuestas declaraciones de testigos presenciales deja inmensas lagunas en la narración que el lector debe rellenar con su propia imaginación, como también debe poner nombre a los personajes en los casos en los que, obviamente, están basados en personas reales como el presidente de Sudáfrica o el presidente negro (no, no es él) y el vicepresidente blanco de los EEUU. En fin, una novela más que digna que no es literatura de altísima calidad (ni afortunadamente lo pretende) y que en su sencillez aparente que no real me parece mucho más digna de ser leída que los tochos infumables tipo "La reina que se quemó los piercings con un bidón de gasolina porque los hombre no la amaban" o algo así. Un libro modélico... o casiPocas veces leo un libro que me guste. Pocas veces escucho una música que me guste. Pocas veces veo una película que me guste. Entiendo que es una secuela indeseada (que no indeseable) de mi escepticismo. Sencillamente, cuando uno se acostumbra a exigir rigor en las argumentaciones, en la presentación de pruebas... acaba extendiendo idéntica demanda a otros campos ajenos al debate intelectual. Ignoro si es verídica o no la anécdota del rey francés que, atormentado por las continuas demandas de sus cortesanos que le pedían juzgase su mérito como poetas, acabó pidiendo consejo a un conocido escritor que le respondió: "Majestad, decid siempre que sus poesías son horrorosas. Acertaréis 99 veces de cada 100." Podemos discutir si ese consejo linda con el cinismo, si es un mero enunciado fáctico o si el conocido escritor francés era un optimista de consideración. Me inclino por esto último. La cantidad de libros que no me gustan (por distintos motivos, desde los intelectuales a los formales) supera el 99% del total. Tal vez por ello, cuando un título supera el nivel de exigencia, siento la alegría del pescador de ostras que encuentra una margarita de magnífico oriente. Me acerqué a Los nuevos charlatanes de Damian Thompson (Trad. Joan Lluís Riera. Col. Ares y Mares. Ed. Crítica S.L. Barcelona, 2009) sin ninguna gana. El título en español (el original es Counterknowledge. How we surrender to conspiracy theories, quack medicine, bogus science and fake history) me hizo pensar lo peor, que era una descalificación desde el bando escéptico del mundo de los "otros" sin mayores argumentos, algo por desgracia cada vez más frecuente. El comienzo del libro me dejó una sensación agridulce. Me pareció muy bien que empezara criticando el (in)documental Loose Change (por si no lo saben, es el que nutrió la conspiranoia sobre el 11-S) desmontando tanto alguna de sus afirmaciones como desvelando los vínculos entre ese documental y la American Free Press y entre ésta y la revista neonazi Barnes Review que, curiosidades de la vida, tienen la misma dirección postal. Sin embargo, me parece innecesario el reproducir sobre este tema una frase de Matt Taibbi: "No me cabe ninguna duda de que cada vez que alguno de esos cabrones de Loose Change abre la boca, en algún lugar un republicano gana cinco votos" (Pág. 16) porque además de resultar muy discutible, no añade nada a la cuestión y resulta innecesariamente ofensiva. Por contra, resulta muy divertido el momento en que señala que los autores de Loose Change se "tragaron" la afirmación de la AFP que negó que una pieza de motor encontrada in situ en el atentado contra el Pentágono correspondiera a un Boeing 757 porque habían preguntado a una compañía aeronáutica si reconocían ese objeto como parte de uno de los motores que fabricaban y la respuesta fue negativa... porque se equivocaron de compañía fabricante. También me parece magnífica la expresión medio cúltico creada por el sociólogo Colin Campbell para designar un medio cultural en el que no hay reglas, en el que todo vale. Desde la pertenencia a un medio cúltico son aceptables las ideas de que el 11-S fue un autoatentado, el Creacionismo o la negación del Holocausto. ¿Por qué? Porque estas ideas están estigmatizadas por el sistema. Por tanto, sus partidarios se ven como seguidores de un movimiento contracultural alternativo lo que resulta atractivo por sí mismo aunque, por supuesto, cualquier parecido entre los medios cúlticos y la realidad sea inexistente. Debo aceptar, aunque me pese, la afirmación del Sr. Thompson de que estos medios cúlticos (antes minoritarios e inconnexos) están cada vez más extendidos e intercomunicados gracias a Internet. Eso ha permitido crear "alianzas" a priori absurdas entre, por ejemplo, grupos racistas blancos y negros que han descubierto que les el un antisemitismo visceral. Todo ello nos enfrenta a una monumental paradoja, los avances tecnológicos se emplean para atacar la Ciencia que los hace posibles. No esperen una solución a esa paradoja, sencillamente es así y la situación empeora por la actitud de los medios de comunicación de masas que en muchas ocasiones hacen de caja de resonancia acrítica de las afirmaciones generadas por los medios cúlticos. Esto es tanto más grave cuando esas afirmaciones se refieren a cuestiones sensibles como la infancia, la condición femenina, las minorías étnicas... cuando entramos en el terreno de lo políticamente correcto. El autor afirma: "La izquierda ha contribuido a diseminar el contraconocimiento con su insistencia en el derecho de las minorías étnicas, sexuales y religiosas a creer falsedades que las hagan sentirse mejor con ellas mismas." (Pág. 34) El ejemplo que da el Sr. Thompson para ilustrar su afirmación es pavoroso. En su país (Gran Bretaña) hay profesores de historia que eliminan cualquier referencia al Holocausto para no crear polémica con los alumnos musulmanes que niegan su existencia. Por supuesto la izquierda no es la única culpable. El autor reparte sus "palos" a editoriales que pagan fortunas a los autores de engendros como El código Da Vinci, canales televisivos o periódicos que publicitan pseudoterapias, líderes islámicos que condenan la vacunación de la población o líderes católicos que afirman que los preservativos no son eficaces para prevenir el SIDA o, peor aún, que afirman que están contaminados para exterminar así a la población africana (si se están preguntando quién dijo tamaña barbaridad, fue el arzobispo de Maputo Francisco Chimoio). Sin embargo, en este tema de la religión tengo un desacuerdo con el Sr. Thompson que afirma: "Si uno cree que el Espíritu Santo existe, nadie puede demostrar que se equivoque. Eso no es contraconocimiento." (Pág. 38) Evidentemente, el Sr. Thompson (que es editor jefe de Catholic Herald) incurre en la inversión de la carga de la prueba. Nadie tiene que demostrar que el Espíritu Santo no exista, es el que sostiene su existencia el que debe probarlo. El creer en la existencia de entes sin presentar prueba alguna paar ello sí es contraconocimiento tanto si hablamos del Espíritu Santo como del fantasma de Michael Jackson. De momento, hemos visto elementos positivos y alguno negativo aunque el balance general me parezca lo primero. No puedo decir lo mismo del capítulo segundo sobre Creacionismo y contraconocimiento. No faltan en él afirmaciones que subscribo como que con ser grave el problema del antievolucionismo ligado a las creencia religiosas cristianas en los EEUU, es mucho más grave el antievolucionismo ligado a las creencias religiosas islámicas. Nuevamente el ejemplo de su país es sangrante. Menos del 10% de los musulmanes del Reino Unido aceptan el Darwinismo. Con ser un procentaje ridículo es una maravilla en comparación con Indonesia, Pakistán y Egipto (entre el 2,5 y el 3%). No obstante, no estoy de acuerdo con una cuestión de fondo, si el Diseño Inteligente es o no Creacionismo. No dudo que dentro de los partidarios del DI haya de todo y que los más radicales de ellos puedan, a efectos prácticos, equipararse con los creacionistas, pero recordemos que la definición de Creacionismo (referida al campo de la Biología) es: " Doctrina que, en contraposición a la teoría de la evolución, defiende que cada una de las especies es el resultado de un acto particular de creación." Eso a muchos partidarios del DI les parece un absurdo porque no niegan la evolución de las especies sino que consideran que ésta no es un producto de mutaciones azarosas sino que es un proceso dirigido por una inteligencia (que para muchos de ellos, no todos, es identificable con Dios). Estos partidarios "moderados" del DI no son antievolucionistas sino antidarwinistas. Confundirlos con creacionistas me parece tanto un fallo en el rigor con el que debemos manejar las definiciones como una fuente de errores en al estrategia que se debe emplear con ellos. Piensen en lo ridículo que es intentar convencer a alguien que acepta la evolución de las especies de que éstas no han sido creadas sino que han evolucionado de otras formas de vida anteriores. El resultado es una pérdida de tiempo y risible para más señas. El esfuerzo debe dirigirse a mostrar que la creencia en que la evolución está dirigida por cualquier forma de inteligencia es imposible de conciliar con el registro fósil. Que, por ejemplo, no tiene ninguna lógica que esa supuesta inteligencia rectora elaborara un plan para que apareciera el Hombre de Neanderthal... y que éste desapareciera sin dejar descendencia (somos sus primos, no sus hijos). Los siguientes capítulos son los que me convencieron de que estaba ante un libro que merecía mi recomendación. En especial el tercero, titulado El retorno de la pseudohistoria y el quinto La industria del contraconocimiento me parecieron muy interesantes entre otras cosas por poner en su lugar varios disparates pseudohistóricos que no han merecido casi réplica en nuestro país, como las obras de Graham Hancock con o sin la colaboración de Robert Bauval o 1421: El año en que China descubrió el mundo de Gavin Menzies. Me parecen clarísimos y lúcidos los otros dos capítulos, el cuarto Remedios desesperados (dedicado, por supuesto, a las pseudoterapias como la homeopatía) y el sexto Vivir con el contraconocimiento como resumen y reflexión sobre lo antedicho. La visión implacable y pesimista de este último sospecho que no gustará nada a los políticamente correctos pero ¿qué escépticos seríamos si prefiriésemos una mentira por reconfortante que ésta sea a la verdad por desasosegante que resulte? Ha muerto un hombre, se ha quebrado un paisajePermítanme que, por una vez, abandone (o tal vez no) la temática exclusiva de esta bitácora para hablar de un escritor y su obra. Aquél se ha ido para siempre (al menos para los que no creemos en ninguna forma de vida más allá de la tumba), ésta perdura en el corazón de aquéllos que la hemos leído y admirado (que a juzgar por la escasa repercusión mediática que ha tenido su fallecimiento debemos ser pocos). Como alguno de Vds. habrá adivinado por el título de esta entrada me estoy refiriendo a Paco (no me sale el llamarle D. Francisco así que tendrán que disculparme esa falsa familiaridad con una persona a la que nunca conocí) Candel. Como me temo que ese nombre no les diga nada (o muy poco) comenzaré por una recomendación, busquen en las librerías de viejo o en reediciones modernas una novela titulada Han matado a un hombre, han roto un paisaje que se publicó en 1959 (y, por cierto, sigue pareciéndome increíble que en esa fecha llegase a publicarse este texto). ¿Qué es Han matado a un hombre, han roto un paisaje? Una curiosa mezcla de realidad y ficción en la que Paco Candel disfraza de narrativa sus vivencias en Barcelona (mejor dicho, en los suburbios habitados por emigrantes) desde la preguerra civil a la postguerra, años duros y difíciles, vidas condenadas a un destino trágico, lugares deprimidos... que podrían haber dado lugar a una visión deshumanizada pero que el niño que era entonces Paco Candel rememora y recrea con todo el peso de sus sentimientos tanto en los momentos trágicos (los bombardeos, los fusilamientos cuando Barcelona es tomada por los nacionales...) como en la vida cotidiana de unos niños para los que la guerra supuso hambre pero también libertad para hacer lo que les diera la gana. Es una grandiosa pintura de una época irrepetible (o eso espero), un fresco en el que hay lugar para todo, para la vida y para la muerte, para la risa y para el llanto, para el amor y para el odio... pero en la que siempre intuimos la existencia de un destino trágico contra el que en vano lucharán los protagonistas, un sino creado por la pobreza y la ignorancia que terminará por alcanzar al Grúa, el alter-ego novelesco de Paco Candel, en lo que supone el cumplimiento del título de esta novela. Relato de unos hombres, pero también de un paisaje al que Paco Candel vuelve una y otra vez en sus novelas como Donde la ciudad cambia su nombre o Historia de una parroquia, el de las Casas Baratas en la Zona Franca. Hombres humildes y paisaje suburbano que encuentran en Candel al escritor que da voz a los que habitulamente no la tienen, al autor comprometido (en el mejor sentido de ese término, nada que ver con los novelistas-pesebristas-de-estómago-agradecido) porque no podía ser otra cosa, porque él mismo era un emigrante que incluso cuando tuvo cierto (y en parte efímero) éxito literario no quiso dejar de vivir en la Barcelona que conocía y amaba, la de la Zona Franca. Escritor sin formación académica, autodidacta por necesidad, izquierdista hasta la médula (fue senador por el PSUC)... todo eso fue Paco Candel y, sin embargo, pretender reducirlo a esas etiquetas sería injusto porque, por encima de todo ello, existió un hombre que supo sobreponerse a las dificultades, el escritor que surgió del pueblo y que habló con la voz del pueblo, que hizo de su vida y de la de sus semejantes materia novelesca. En una época en la que corren malos vientos para la épica el supo reflejarla, no la épica de los héroes griegos sino la épica cotidiana de sus paisanos. Hoy se nos ha ido en silencio, sin aspavientos, casi ignorado excepto en su Barcelona de adopción. Los homenajes que se le rinden a la hora de su muerte (somo un país de necrófilos), capilla ardiente en el Palau de la Generalitat incluida, se me antojan claramente insuficientes. Maldita sea esta España que premia con el olvido a quien supo hacer de su memoria la crónica de unos hombres y unos lugares que, de no ser por él, se habrían perdido en la nada. Paco Candel, que la tierra te sea leve. |