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Escritos desde el páramo

Primer apéndice documental. El memorial de Pierre d´Arcis

Viene de aquí

 

"Con todo amor y la debida veneración se ofrece y besa sus beatíficos pies. -Siendo tan graves, Beatísimo Padre, las causas, especialmente cuando se trata del peligro de las almas a las que no podemos los inferiores convenientemente atender por la violencia de algunos, nos dirigimos a la Santa Sede Apostólica, cuya exquisita previsión todo lo resuelve provechosamente en alabanza de Dios y bien de sus súbditos. Por lo que recurro a Vuestra Santidad, haciéndole notorio cierto acontecimiento que ha ocurrido hace poco en la Diócesis de Troyes, tan peligroso como funesto, por el mal ejemplo, a fin de que con su paternal mediación, que jamás deja con toda solicitud de cuidar de sus súbditos y precaverlos oportunamente de los peligros, nos proporcione un pronto remedio, para mayor gloria de Dios, honor de su Iglesia y salvación de las almas. En efecto, Beatísimo Padre, ya hace tiempo que el Deán (en aquella época) de cierta Iglesia Colegiata de la Diócesis de Troyes, a saber, la de Lirey, arrastrado por sus deseos de riquezas y liviandad, aunque fingiese una piedad que no tenía, se proporcionó, engañosa y malvadamente, para dicha Colegiata un lienzo artificialmente pintado, en el que de un modo ingenioso estaba grabada la doble figura de un hombre, es decir, una de frente y otra de espaldas, fingiendo, y falsamente afirmando, que aquél era la misma Sábana en la cual fue envuelto en el Sepulcro nuestro Salvador Jesucristo, y en la que había quedado impresa toda la figura del mismo Salvador con las llagas que recibiera. Fue esto de tal modo divulgado, no sólo por el reino de Francia, sino por el mundo entero, que acudieron muchedumbres de todos los pueblos del Universo. Para atraer a tanta gente, a fin de sacarles con doblez el dinero, fingían allí mismo ciertos milagros aparentemente por medio de ciertos hombres pagados exprofeso para esto, los cuales hacían ver que eran curados de sus males al enseñarles el expresado Lienzo, por lo que todos creían que era el del Señor. Mas observando esto Don Enrique de Poitiers, de feliz memoria, Obispo en aquel tiempo de Troyes, impulsado por las vivas instancias de muchos varones prudentes y también porque le incumbía por el ordinario ejercicio de su autoridad, procuró con toda eficacia averiguar la verdad de este asunto. Muchos teólogos y no pocos doctos varones afirmaban que éste no podía ser el verdadero Lienzo del Señor, porque llevaba impresa la figura del mismo Salvador, cuando jamás se hace mención alguna en el Santo Evangelio de dicha impresión, lo que, a ser cierto, no es creíble que hubiera sido omitido y callado por todos los Evangelistas, ni menos ocultado e ignorado hasta entonces. Finalmente, practicada con la debida antelación y escrupulosa diligencia una información sobre esto se descubrió por fin el engaño, el modo como este lienzo había sido pintado articialmente y aun se probó quién había sido el artista que lo había pintado, siendo por lo tanto compuesto por mano de hombre y no milagrosamente hecho ni adquirido. Por lo que, después de celebrar una detenida conferencia con varios sabios teólogos y letrados, porque esto ni podía ni debía quedar así, ni tampoco disimularse, empezó a proceder oficialmente contra el citado Deán y sus cómplices para extirpar el referido error.

Los cuales, viendo descubierto su engaño, ocultaron y enterraron el dicho lienzo; por lo que no le fue posible al Ordinario el encontrarlo, manteniéndolo oculto, enterrado cerca de 34 años hasta el presente. Mas ahora se dice que, después de haber premeditado el engaño, el actual Deán, acudió en queja al señor Don Godofredo de Charny, señor temporal de aquel lugar, para que, por medio de este caballero, se procurase el expresado lienzo y fuera repuesto en la citada iglesia, a fin de que, reanudadas las peregrinaciones, se enriqueciese la citada iglesia con abundantes rentas. Dicho caballero, obediente a la orden del Deán, fiel imitador de su predecesor, se dirigió al señor Cardenal de Thury, Nuncio y Legado de Vuestra Santidad en Francia (in partibus) y ocultándole que el referido lienzo, en el tiempo anteriormente citado, se aseguraba que era del Salvador y que tenía impresa su figura, ocultándole también que el Ordinario había procedido de oficio contra este hecho para arrancar de raíz el error que se había originado de esto, por lo que, por miedo a dicho Ordinario, lo habían ocultado y, según se decía, lo habían extrañado de la Diócesis, añadióle al citado Cardenal que aquel lienzo era una imitación o representación de la Sábana santa, a la cual profesaban mucha devoción; que en otro tiempo se había conservado en la referida iglesia, en donde con extraordinaria frecuencia era visitado y venerado con gran piedad; pero que por las guerras del reino y otras varias causas, había sido trasladado a un lugar seguro, en donde había sido conservado y custodiado por orden expresa del Ordinario, por lo que suplicaba se le permitiese llevar a la indicada iglesia la mencionada imitación o representación del Lienzo que muchos, impulsados por su ardiente piedad, deseaban ver; y que por tanto pudiese ser exhibido y manifestado al pueblo y ser venerado por los fieles. Dicho Cardenal, sin acceder por completo a esta súplica, antes probablemente con el decidido propósito de consultar a la Sede Apostólica, resolvió prudentemente que, no habiendo sido pedida autorización por el Ordinario a quien correspondía aquella jurisdicción ni por otro Prelado, les permitía colocar en la susodicha iglesia o en otro lugar honesto la expresada figura o imitación del Santo Lienzo del Señor.

Escudados con este escrito, fue exhibido y mostrado con frecuencia y públicamente el ya repetido lienzo en las grandes solemnidades y fiestas con desusada pompa y mayor aparato, que si manifestasen el Sacratísimo Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, pues lo exponían en un lugar privilegiado y alto, construído especialmente para esto, con grandes antorchas encendidas; y dos sacerdotes revestidos de albas con estolas y manípulos lo mostraban con la mayor reverencia; y aunque en público no afirmaban que fuera el verdadero Lienzo de Jesucristo, sin embargo, como tal lo afirmaban y predicaban en privado, y así era creído por muchos, mayormente cuando ya en otro tiempo, como he manifestado antes, había sido venerado como el verdadero Lienzo de Jesucristo, y ahora, con cierta fingida manera de hablar, en dicha iglesia, no Sudario sino Santuario le llaman, palabras que significan lo mismo para el vulgo, que no tiene conocimiento para discernirlas; y concurre mucha gente, enseñándolo cuantas veces desean verlo los que creen, mejor dicho, los que yerran, que es el verdadero Lienzo; y han divulgado también en el pueblo que ha sido aprobado por la Sede Apostólica, por las cartas antes citadas del señor Cardenal.

Mas yo, Beatísimo Padre, viendo nuevamente aparecer tan grave escándalo en el pueblo y propagarse este error, de tanto peligro y engaño para las almas, teniendo en cuenta que el Deán de dicha iglesia no se ha atenido a los términos de las cartas del citado Cardenal, las que consiguieron ocultando la verdad y con la sugestión del engaño, como he dicho, deseando precaver a los fieles de estos peligros, decidí por completo desacreditar semejante patraña, arrancando de raíz tan pernicioso error, haciendo resplandecer la luz y que todos lo detestasen; y así, después de un detenido estudio y consultar el parecer de muchos entendidos, prohibí al referido Deán, bajo pena de excomunión mayor, que exhibiese y mostrase al pueblo el mencionado lienzo, hasta tanto no se ordenase otra cosa. Pero, desobediente y no atendiendo a mi orden, se ha alzado contra la excomunión, y continúa enseñándolo lo mismo que antes. Además, el mismo caballero que ayuda y defiende este negocio, en un día muy solemne, tomándolo con sus propias manos, lo expuso al pueblo, con la aparatosa ceremonia antes dicha, haciendo significar, que por medio de una autorización del Rey, había conseguido tener en su posesión y custodia el mismo lienzo a que se refería la indicada autorización; y con el pretexto de la apelación de la expresada autorización, se defiende, se conserva y se aumente este error en menoscabo de la Iglesia, para escándalo del pueblo y peligro de las almas, a las que no puedo atender ni evitar este mal que se arraiga desgraciadamente con menosprecio de la memoria de mi antes citado predecesor, que lo combatió oficialmente, y además en menoscabo de mi autoridad, por lo que deseo resolver este asunto con toda prudencia y cordura; antes bien han propalado por el pueblo que yo, arrastrado por la envidia y sed de riquezas, a fin de conseguir el mismo lienzo, procedo contra ellos, como ocurrió en otro tiempo con mi citado predecesor, en tanto que otros, por lo contrario, sostienen que obro con demasiada benevolencia y que es una burla intolerable el permitir esto. Y aunque con toda solicitud y amorosidad hice amonestar y requerir al expresado caballero, para que cesara y suspendiera de enseñar ellienzo, hasta tanto que se consultase a Vuestra Santidad y ordenase lo que fuera conveniente, sin embargp, no me ha hecho caso, contestando que yo ignoraba lo que ya he expuesto, de las cartas del Cardenal, a las que decían obedecer, recusando y desatendiendo mi mandato, por lo que no cesaré de publicar las prohibiciones y sentencias de excomunión contra todos los que muestren el lienzo y los que concurran a aquella iglesia con objeto de venerarlo. Pero, salva la intención del exponente, al proceder contra los manifestantes del lienzo y los que lo veneren del modo dicho, de ninguna manera me referí a las cartas del expresado Cardenal, ya que, aunque adquiridas con engaño, en ninguna se consiente ni permite se pueda enseñar o venerar, sino solamente que lo podían colocar en aquella iglesia o cualquier otro lugar honesto. Y ya que no se habían satisfecho con la concesión del expresado Cardenal, por lo mismo y después de meditarlo bien, procedí contra ellos por la vía ordinaria, como me pertenece por mi cargo, para hacer desaparecer el escándalo y extirpar por completo este error, en la convicción de que, si cerrando mis ojos pasaba por alto tamaño abuso, me hubiera hecho cómplice de tan grave delito. Pero, atendiendo a mi deber y confiando siempre en el parecer de los más doctos, encontrándome tan necesitado, recurrí al brazo secular, cuyo auxilio solicité inmediatamente y el cual había sido interesado por el mismo caballero al poner esta causa en manos del tribunal civil, sin que al propio tiempo dejara, como dije antes, de conservar en su poder y bajo su custodia el dicho lienzo, haciéndolo mostrar al pueblo escudado en la expresada autorización real, lo que no deja de ser un gran absurdo, por lo que procuré que se llevase a las manos del Rey el dicho lienzo, siempre con la sana intención de que, por lo menos mientras ponía en conocimiento de Vuestra Santidad una ordenada relación de lo sucedido, se suspendiera la repetida exhibición, obteniendo así, cómoda y fácilmente al mismo tiempo, que toda la curia del Parlamento Real haya sido plenamente informada de la citada invención de tal Lienzo, de su abuso y del grave error y escándalo arriba manifestados. Maravíllanse todos al saber el premio que he obtenido de este trabajo, pues me veo impedido de proseguir estas diligencias por la Iglesia, cuando debiera ser varonilmente ayudado y hasta severamente castigado si me hubiese mostrado en esto poco celoso y activo. Mas, sin embargo, el referido caballero me anticipa, que ya él se ha adelantado a manifestar a Vuestra Santidad todo lo ocurrido, habiendo conseguido cartas de Vuestra Santidad, confirmándole las anteriores del Cardenal, y en las que clara y manifiestamente, no obstante las prohibiciones y excomuniones de cualquiera, se concede a dicho caballero que pueda ser exhibido y manifestado al pueblo y ser venerado por los fieles el expresado lienzo, imponiéndoseme perpetuo silencio, según se dice, pues me ha sido imposible, como es de suponer, el conseguir una copia de las expresadas Letras Apostólicas. Mas como los Cánones me ordenan que no tolere el ser engañado en ninguna querella con falsos y fingidos documentos, constándome ciertamente que lo que alcanzaron fue ocultando la verdad y por la sugestión de la mentira, y aunque tales cosas no lo impidiesen, no me di por enterado, mucho más cuando que se debe rectamente suponer que yo din fundamento alguno, no querría de ninguna manera impedir ni estorbar a nadie en una discreta y bien ordenada devoción.

Espero, pues, confiadamente que Vuestra Santidad me dispensará bondadosamente, atendiendo a todo lo que llevo expuesto, el que me oponga resueltamente a la referida exhibición, hasta tanto que Vuestra Santidad, informada perfectamente de la verdad de todo, no me ordene otra cosa. Dignaos, pues, Beatísimo Padre, atender a la importancia de esta consideración y resolver acerca de ella de tal manera que, aborrecidos por completo esta superstición y escándalo, sirva la providencia que envíe Vuestra Santidad para arrancar de raíz este mal de manera que el susodicho lienzo, ni por Sudario, ni Santuario, ni por representación ni figura del Lienzo del Señor, mayormente cuando el Lienzo del Señor no es así, ni con otro nombre especial, sea enseñado a nadie ni venerado por el pueblo; sino que, en señal de dañosa superstición, sea públicamente condenado, revocadas las cartas apócrifas que he citado y ninguna declarada auténtica, no sea que los incansables perseguidores de la Iglesia y envidiosos calumniadores vituperen irreverentemente el régimen de la misma y murmuren que más pronta y convenientemente se encuentra remedio contra los escándalos y errores en el tribunal civil que en el eclesiástico.

Espongo todo esto que está a la vista y que es del dominio público, omitiendo muchas razones por ser estas sobrado suficientes, pues, a no dudarlo y en descargo de mi responsabilidad en este hecho para mí muy sensible, me dirigiría en persona a exponer en la propia presencia de Vuestra Santidad ordenadamente toda la importancia de mi queja, si me lo permitiese mi delicada salud, juzgando que no me es posible manifestarle por escrito toda la gravedad del escándalo, el oprobio de la Iglesia y de la jurisdicción eclesiástica y el peligro de las almas. Sin embargo, hago todo lo que puedo, para poder ante todo justificarme ante Dios, dejando todo lo demás expuesto a la disposición de Vuestra Santidad que con toda felicidad y por dilatados años nos conserve el Omnipotente para utilidad y necesidad del gobierno de su Santa Iglesia."

(Fuente: Modesto Hernández Villaescusa. La Sábana Santa de Turín. Estudio científico-histórico-crítico. Ed: Imprenta de Henrich y Ca. Barcelona, 1903. Págs. 265-272.)

 

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