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Escritos desde el páramo

Un libro modélico... o casi

Pocas veces leo un libro que me guste. Pocas veces escucho una música que me guste. Pocas veces veo una película que me guste. Entiendo que es una secuela indeseada (que no indeseable) de mi escepticismo. Sencillamente, cuando uno se acostumbra a exigir rigor en las argumentaciones, en la presentación de pruebas... acaba extendiendo idéntica demanda a otros campos ajenos al debate intelectual.

Ignoro si es verídica o no la anécdota del rey francés que, atormentado por las continuas demandas de sus cortesanos que le pedían juzgase su mérito como poetas, acabó pidiendo consejo a un conocido escritor que le respondió: "Majestad, decid siempre que sus poesías son horrorosas. Acertaréis 99 veces de cada 100."

Podemos discutir si ese consejo linda con el cinismo, si es un mero enunciado fáctico o si el conocido escritor francés era un optimista de consideración. Me inclino por esto último. La cantidad de libros que no me gustan (por distintos motivos, desde los intelectuales a los formales) supera el 99% del total. Tal vez por ello, cuando un título supera el nivel de exigencia, siento la alegría del pescador de ostras que encuentra una margarita de magnífico oriente.

Me acerqué a Los nuevos charlatanes de Damian Thompson (Trad. Joan Lluís Riera. Col. Ares y Mares. Ed. Crítica S.L. Barcelona, 2009) sin ninguna gana. El título en español (el original es Counterknowledge. How we surrender to conspiracy theories, quack medicine, bogus science and fake history) me hizo pensar lo peor, que era una descalificación desde el bando escéptico del mundo de los "otros" sin mayores argumentos, algo por desgracia cada vez más frecuente.

El comienzo del libro me dejó una sensación agridulce. Me pareció muy bien que empezara criticando el (in)documental Loose Change (por si no lo saben, es el que nutrió la conspiranoia sobre el 11-S) desmontando tanto alguna de sus afirmaciones como desvelando los vínculos entre ese documental y la American Free Press y entre ésta y la revista neonazi Barnes Review que, curiosidades de la vida, tienen la misma dirección postal. Sin embargo, me parece innecesario el reproducir sobre este tema una frase de Matt Taibbi: "No me cabe ninguna duda de que cada vez que alguno de esos cabrones de Loose Change abre la boca, en algún lugar un republicano gana cinco votos" (Pág. 16) porque además de resultar muy discutible, no añade nada a la cuestión y resulta innecesariamente ofensiva. Por contra, resulta muy divertido el momento en que señala que los autores de Loose Change se "tragaron" la afirmación de la AFP que negó que una pieza de motor encontrada in situ en el atentado contra el Pentágono correspondiera a un Boeing 757 porque habían preguntado a una compañía aeronáutica si reconocían ese objeto como parte de uno de los motores que fabricaban y la respuesta fue negativa... porque se equivocaron de compañía fabricante.

También me parece magnífica la expresión medio cúltico creada por el sociólogo Colin Campbell para designar un medio cultural en el que no hay reglas, en el que todo vale. Desde la pertenencia a un medio cúltico son aceptables las ideas de que el 11-S fue un autoatentado, el Creacionismo o la negación del Holocausto. ¿Por qué? Porque estas ideas están estigmatizadas por el sistema. Por tanto, sus partidarios se ven como seguidores de un movimiento contracultural alternativo lo que resulta atractivo por sí mismo aunque, por supuesto, cualquier parecido entre los medios cúlticos y la realidad sea inexistente.

Debo aceptar, aunque me pese, la afirmación del Sr. Thompson de que estos medios cúlticos (antes minoritarios e inconnexos) están cada vez más extendidos e intercomunicados gracias a Internet. Eso ha permitido crear "alianzas" a priori absurdas entre, por ejemplo, grupos racistas blancos y negros que han descubierto que les el un antisemitismo visceral. Todo ello nos enfrenta a una monumental paradoja, los avances tecnológicos se emplean para atacar la Ciencia que los hace posibles. No esperen una solución a esa paradoja, sencillamente es así y la situación empeora por la actitud de los medios de comunicación de masas que en muchas ocasiones hacen de caja de resonancia acrítica de las afirmaciones generadas por los medios cúlticos. Esto es tanto más grave cuando esas afirmaciones se refieren a cuestiones sensibles como la infancia, la condición femenina, las minorías étnicas... cuando entramos en el terreno de lo políticamente correcto. El autor afirma:

"La izquierda ha contribuido a diseminar el contraconocimiento con su insistencia en el derecho de las minorías étnicas, sexuales y religiosas a creer falsedades que las hagan sentirse mejor con ellas mismas." (Pág. 34)

El ejemplo que da el Sr. Thompson para ilustrar su afirmación es pavoroso. En su país (Gran Bretaña) hay profesores de historia que eliminan cualquier referencia al Holocausto para no crear polémica con los alumnos musulmanes que niegan su existencia.

Por supuesto la izquierda no es la única culpable. El autor reparte sus "palos" a editoriales que pagan fortunas a los autores de engendros como El código Da Vinci, canales televisivos o periódicos que publicitan pseudoterapias, líderes islámicos que condenan la vacunación de la población o líderes católicos que afirman que los preservativos no son eficaces para prevenir el SIDA o, peor aún, que afirman que están contaminados para exterminar así a la población africana (si se están preguntando quién dijo tamaña barbaridad, fue el arzobispo de Maputo Francisco Chimoio). Sin embargo, en este tema de la religión tengo un desacuerdo con el Sr. Thompson que afirma:

"Si uno cree que el Espíritu Santo existe, nadie puede demostrar que se equivoque. Eso no es contraconocimiento." (Pág. 38)

Evidentemente, el Sr. Thompson (que es editor jefe de Catholic Herald) incurre en la inversión de la carga de la prueba. Nadie tiene que demostrar que el Espíritu Santo no exista, es el que sostiene su existencia el que debe probarlo. El creer en la existencia de entes sin presentar prueba alguna paar ello sí es contraconocimiento tanto si hablamos del Espíritu Santo como del fantasma de Michael Jackson.

De momento, hemos visto elementos positivos y alguno negativo aunque el balance general me parezca lo primero. No puedo decir lo mismo del capítulo segundo sobre Creacionismo y contraconocimiento. No faltan en él afirmaciones que subscribo como que con ser grave el problema del antievolucionismo ligado a las creencia religiosas cristianas en los EEUU, es mucho más grave el antievolucionismo ligado a las creencias religiosas islámicas. Nuevamente el ejemplo de su país es sangrante. Menos del 10% de los musulmanes del Reino Unido aceptan el Darwinismo. Con ser un procentaje ridículo es una maravilla en comparación con Indonesia, Pakistán y Egipto (entre el 2,5 y el 3%). No obstante, no estoy de acuerdo con una cuestión de fondo, si el Diseño Inteligente es o no Creacionismo. No dudo que dentro de los partidarios del DI haya de todo y que los más radicales de ellos puedan, a efectos prácticos, equipararse con los creacionistas, pero recordemos que la definición de Creacionismo (referida al campo de la Biología) es: " Doctrina que, en contraposición a la teoría de la evolución, defiende que cada una de las especies es el resultado de un acto particular de creación." Eso a muchos partidarios del DI les parece un absurdo porque no niegan la evolución de las especies sino que consideran que ésta no es un producto de mutaciones azarosas sino que es un proceso dirigido por una inteligencia (que para muchos de ellos, no todos, es identificable con Dios). Estos partidarios "moderados" del DI no son antievolucionistas sino antidarwinistas. Confundirlos con creacionistas me parece tanto un fallo en el rigor con el que debemos manejar las definiciones como una fuente de errores en al estrategia que se debe emplear con ellos.

Piensen en lo ridículo que es intentar convencer a alguien que acepta la evolución de las especies de que éstas no han sido creadas sino que han evolucionado de otras formas de vida anteriores. El resultado es una pérdida de tiempo y risible para más señas. El esfuerzo debe dirigirse a mostrar que la creencia en que la evolución está dirigida por cualquier forma de inteligencia es imposible de conciliar con el registro fósil. Que, por ejemplo, no tiene ninguna lógica que esa supuesta inteligencia rectora elaborara un plan para que apareciera el Hombre de Neanderthal... y que éste desapareciera sin dejar descendencia (somos sus primos, no sus hijos).

Los siguientes capítulos son los que me convencieron de que estaba ante un libro que merecía mi recomendación. En especial el tercero, titulado El retorno de la pseudohistoria y el quinto La industria del contraconocimiento me parecieron muy interesantes entre otras cosas por poner en su lugar varios disparates pseudohistóricos que no han merecido casi réplica en nuestro país, como las obras de Graham Hancock con o sin la colaboración de Robert Bauval o 1421: El año en que China descubrió el mundo de Gavin Menzies.

Me parecen clarísimos y lúcidos los otros dos capítulos, el cuarto Remedios desesperados (dedicado, por supuesto, a las pseudoterapias como la homeopatía) y el sexto Vivir con el contraconocimiento como resumen y reflexión sobre lo antedicho. La visión implacable y pesimista de este último sospecho que no gustará nada a los políticamente correctos pero ¿qué escépticos seríamos si prefiriésemos una mentira por reconfortante que ésta sea a la verdad por desasosegante que resulte?

 

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