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Escritos desde el páramo

Arturo ¿rey? (I)

 

 

 

 

 

Juguemos a preguntas y respuestas (yo también preferiría jugar a los médicos con Carmen Electra pero esto es lo que hay). ¿Qué relación encuentran Vds. entre el rey Arturo y la saga de Indiana Jones? Para que no digan que se lo pongo muy difícil les doy a elegir entre varias opciones:

a) Los dos son personajes de ficción
b) Sean Connery
c) El Grial


No se quiebren la cabeza porque como las madres no hay más que una, o lo que es lo mismo, practiquen el seso seguro ya que cualquiera de esas respuestas es válida como habrán apreciado a poco que sepan de Cine y de Historia que, no por casualidad, son dos de mis grandes pasiones (bueno, de las que son confesables).

No obstante, también es posible (casi diría que es seguro) que sus amores hayan encontrado otros objetos de adoración (cursi estoy hoy, ¡por Jehová¡) diferentes a los míos y que, por tanto, crean que Suzuki es una marca japonesa de coches o que Nagasaki es la segunda ciudad que fue destruida por una bomba atómica (ahora que lo pienso…). Por si éste fuera el caso, permítanme unas palabras sobre estas relaciones peligrosas entre cinematografía, mitos y pseudohistoria.

Que I.J. (no, por una vez no es Íker Jiménez) es un personaje de ficción no precisa de mayores aclaraciones. Tal vez si sean necesarias en lo que respecta al rey Arturo. Por de pronto, ¿de quién pensamos que estamos hablando cuando mencionamos su nombre? Puesto que estamos tratando sobre el Cine, hay una imagen que siempre viene a mi mente, la de un grupo de caballeros revestidos de relucientes armaduras cabalgando hacia la batalla (y la muerte) por un campo de frutales en flor. La película es Excalibur (Boorman, 1981) y la bellísima escena, por si la han olvidado, es ésta.

Ésa, más o menos, es la estética que asociamos con el rey Arturo en películas anteriores como Lancelot du Lac (Bresson, 1974), posteriores como First Knight (Zucker, 1995), musicales como Camelot (Logan, 1967), de dibujos animados como The Sword in the Stone (Reitherman, 1963), parodias como Monty Python and the Holy Grail (Guilliam & Jones, 1975) e incluso en versiones pornográficas (haberlas haylas, pero no voy a darles ningún enlace a ellas).

Dejemos por un momento a Arturo y vayámonos a una escena de otra película, concretamente de Jesus Christ Superstar (Jewison, 1973). Recuerden que, supuestamente, estas escenas de la Pasión de Jesús tuvieron lugar circa el año 30 de nuestra era. ¿Hay algo que les parezca fuera de lugar? La lista sería interminable. Un sumo sacerdote mostrando que es hombre de pelo en pecho, soldados con pantalones, camisetas indescriptibles, cascos de acero inoxidable que parecen un bol para ensaladas e, incluso algún subfusil (vulgo metralleta) podrían hacer que nos preguntáramos si al director “se le había ido la olla” o si era incapaz de diferenciar el S I del S XX (bueno, de una versión más cursi que una perdiz con ligas del siglo anterior porque alguno de los “modelitos” es para salir corriendo). No obstante, por esta vez esos anacronismos son intencionados. La mezcla de elementos antiguos y modernos sugería la atemporalidad del mensaje de Jesús, que su figura trascendía de su propia época para llegar al presente (entiéndase, la década de los 70 del siglo pasado).

Volvamos a la escena de la Cabalgada de Excalibur. ¿Hay algo que les parezca fuera de lugar? Prescindamos de que la música es Carmina Burana (concretamente, es el O Fortuna) una obra de Carl Orff que aunque está basada en textos medievales fue estrenada en 1937 (y dedicada al entonces Canciller de Alemania que no necesitan que les diga quién era) así que un poco tardía para tener nada que ver con Arturo y su época.

Olvidémonos de cuestiones discutibles como, por ejemplo, si resulta creíble que los caballeros de Arturo monten caballos de raza árabe o que empleen estribos porque hay un error sin paliativos, un anacronismo equivalente a colocar un equipo GPS en la Santa María en una película sobre el “Descubrimiento” de América. Por si aún no se han dado cuenta de cuál es ese error, veamos unas escenas de una película moderna que, al menos, intentó (no lo consiguió) reflejar al Arturo histórico y no al legendario, se trata de King Arthur (Fuqua, 2004).

¿Un rey Arturo con armadura y casco romanos? ¿Les sorprende? Pues no debería hacerlo, lo que sí tendría que haberlo hecho es la iconografía que hemos asumido sobre Arturo y sus caballeros, soldados cubiertos con armaduras de los S XIV y XV es decir, entre 800 y 900 años posteriores a la supuesta existencia de Arturo.

Vale, la Cinematografía no se ha cubierto de gloria precisamente a la hora de reflejar la época artúrica aunque en su descargo debamos añadir que es un error que arranca desde casi el principio. En 1485 el editor William Caxton publicó una de las grandes obras de la Literatura mundial, Le Morte Darthur, texto que Sir Thomas Malory había terminado en 1469 o 1470. Tomando como base los romances existentes sobre Arturo, el Grial, Lanzarote del Lago, Merlín… y añadiendo elementos de su propia creación, Malory forma una novela coherente (más o menos) que supone la culminación del mito artúrico, la obra a la que artistas, escritores… recurren para recrear el mito (por ejemplo, la película Excalibur es la plasmación cinematográfica de La Muerte de Arturo). Cualquiera que sea la antigüedad de las fuentes que Sir Thomas empleara (ya veremos algo más sobre esto) las ensambló de acuerdo a su propia visión, la de un noble (lo que no obsta para que, a juzgar por lo poco que sabemos –o creemos saber- de él, fuera también un sinvergüenza redomado) del S XV imbuido por los ideales de la Caballería cuando, precisamente, la caballería como fuerza militar (lo que supone repercusiones en su papel político-social) estaba en pleno declive (recuerden las batallas de Crecy -1346-, Poitiers -1356- y Agincourt -1415-). De igual forma que él creó un Arturo conforme a su propia época (tal vez sería más correcto decir que conforme a la utopía intelectual de su propia época), los ilustradores de su novela representaron al Rey y a sus Caballeros de acuerdo con sus contemporáneos, al igual que lo hicieron los iluminadores que trabajaron en los manuscritos de las obras del ciclo artúrico anteriores a Malory y como hicieron artistas de todo tipo desde escultores a tapiceros en todo tipo de soportes, desde los ya vistos al mosaico.

Con los años, el éxito de la novela de Malory dio paso al olvido. Conocemos, además de la editio princeps de William Caxton ya mencionada, dos ediciones de su discípulo Wynkyn de Worde de 1498 y 1529, la de William Copland de 1559, la de Thomas East de 1582 o 1585 y la de Thomas Stansby de 1634. Después el silencio hasta 1816, en pleno triunfo del Romanticismo inglés. Es sabido que el Romanticismo supuso la exaltación de los sentimientos frente a la razón, de la libertad frente a la norma, lo que se tradujo en una atracción tanto por los países “exóticos” (Portugal, España, y lo que hoy son Italia, Grecia, Marruecos, Turquía…) como por la Edad Media ya que aquéllos les parecían el triunfo del sentimiento vital en contraste con su propio país y en ésta veían la supremacía de los ideales y el individualismo, la antítesis de su presente cada vez más industrializado, urbano y deshumanizado. Con ese ideario no es extraño que encontraran en Arturo y sus Caballeros de la Tabla Redonda (espero que me disculpen el empleo de la palabra “tabla” en su significado que aún conserva aunque esté en desuso de “mesa”. La tradición es la tradición) su propio Santo Grial.

Este “medievalismo” tuvo dos caras, una positiva (por ejemplo, la revalorización del arte gótico –recuérdese que este término peyorativo fue acuñado durante el Renacimiento- que en la siguiente generación se tradujo en la obra de John Ruskin y de Eugène Viollet-le-Duc) y otra negativa, lo que podríamos llamar “medievalismo de charanga y pandereta”. En un movimiento que confería preponderancia a los sentimientos frente a la razón, no puede extrañar que ese acercamiento a la Edad Media no se realizara, en muchas ocasiones, desde supuestos históricos sino estéticos. La Edad Media duró desde la caída del Imperio Romano de Occidente (deposición de Rómulo Augústulo en el año 476) hasta la caída de Constantinopla (29 de mayo de 1453) según algunos autores y, según otros, hasta el viaje de Cristóbal Colón a América (12 de octubre de 1492). Dentro de la absoluta ficción que supone el intentar poner unos límites fijos a un periodo histórico, vemos como el Medioevo dura unos mil años. Un milenio es mucho tiempo, tanto como para que varíe prácticamente todo, estructuras sociales, políticas, económicas, ideológicas… y, sin embargo, para muchos Románticos todo era Edad Media sin mayores distingos.

¿Qué quedaba de la Edad Media para que pudiera servir de inspiración a los artistas del S XIX? Como es lógico, y salvo circunstancias excepcionales, los restos conservados de cualquier tipo (literatura, pintura, escultura…) son más numerosos los que proceden de los siglos finales de la Edad Media que los de sus comienzos. Por tanto, numerosos intelectuales románticos veían la Edad Media desde el prisma de lo que, en realidad, fue sólo su final. Incluso si el amor cortés, los ideales caballerescos… fueran algo más que una construcción ideológica, aun así no serían una característica del Medioevo sino sólo de alguno de sus periodos.

En la figura de Arturo se han acumulado, al menos, dos anacronismos. Cuando su figura comienza a popularizarse con la obra de Geoffrey de Monmouth Historia regum Britanniae (Historia de los reyes de Britania) corre el S XII (se cree que esta obra fue terminada circa 1136). El escritor galés montó un pandemónium entre elementos de distintas épocas en los que sólo falta la figura de Cantinflas para que el absurdo fuera absoluto. ¿Qué escribió Geoffrey de Monmouth? Pues si están habituados a la versión de Malory (o de los cineastas, escritores… que se basan en él) la narración resulta un poco extraña, pero esto es algo que veremos en el próximo capítulo.

-Continuará-

 

 

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