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Escritos desde el páramo

Lo imprevisto

 

 

 

 

 

 

 

¿Cuál es, según su opinión, el autor de obras literarias (o algo así) que ha tenido un éxito popular más inmerecido? Para que el Sr. Brown (Dan para sus amigos) no se lleve todos los votos, permítanme limitar la pregunta a aquellos escritores cuya obra viera la luz en el siglo pasado. Si, además de pensarlo, quiere Vd. hacer pública su opinión ya sabe que para eso están los comentarios.

Mi respuesta es Isaac Asimov. ¿Por qué? Tuvo un inmenso éxito en vida (afortunadamente, parece que su obra va siendo olvidada por las nuevas generaciones) pese a ser un pésimo escritor. Además, mostró toda su vida un profundo desconocimiento de la Historia que se tradujo tanto en unos libros deleznables conocidos como Historia Universal Asimov como en el motivo central de su obra más famosa, la Trilogía (por cierto, es una trilogía formada por siete novelas lo que la convierte en la "trilogía" más completa del mundo mundial) de la Fundación. Prescindamos de las cuatro novelas (dos secuelas y dos "precuelas" que no colaron en ningún caso) con las que Asimov quiso hacer caja treinta años después y vamos con la Trilogía original escrita a comienzos de los años 50, Fundación, Fundación e Imperio, Segunda Fundación.

Si las han leído (y si no lo han hecho no se han perdido nada) saben que arranca de algo denominado Psicohistoria, una Ciencia que permite predecir la Historia mediante modelos matemáticos (cada vez que escribo esto, la ternilla se va por el suelo). Como esto debió sonar muy raro hasta para su desconocimiento enciclopédico de la Historia, introdujo una analogía científica, es muy difícil predecir el comportamiento de una molécula determinada de gas pero no el de un gran número de ellas. Obviamente, el comportamiento humano es mucho más complejo que el de una molécula de gas entre otras "cosillas" porque somos conscientes, tenemos la posibilidad de modificar nuestro comportamiento según las circunstancias... algo que también sucede cuando en vez de hablar de un hombre como individuo hablamos de un colectivo más amplio.

Por mucho que se diga que la masa es ciega y que sigue al líder, incluso si aceptáramos la premisa (que va a ser que no) tendremos que el comportamiento del líder como individuo es imprevisible. Cualquier vistazo a la Historia por somero que resulte, nos mostrará la gran importancia que adquieren en ocasiones cuestiones a priori nimias e impredecibles. Pongamos un ejemplo, un asesinato doméstico en la línea de las novelas de Agatha Christie que acabó siendo un factor importante para que el Reino Unido aboliera (en la práctica) la pena de muerte en 1965. Como alguno de Vd. ya habrá deducido, vamos a recordar el caso de los asesinatos en el número 10 de Rillington Place.

En abril de 1948 el matrimonio formado por Timothy y Beryl Evans se trasladó a vivir al número 10 de Rillington Place, una antigua casa victoriana de tres pisos que habían sido convertidos en minúsculos apartamentos independientes formados por una habitación, un comedor y una cocina. Todos tenían en común un lavadero y un retrete situados en el patio accesible desde la planta baja. Ya vivían allí (desde 1938) el matrimonio formado por John y Ethel Christie que ocupaban la planta baja y, desde la década de los 20, Charles Kitchener, un jubilado de los ferrocarriles de unos sesenta años con graves problemas de visión, que vivía en el primer piso. En octubre de 1948 los inquilinos del nº 10 de Rillington Place aumentaron con el nacimiento de Geraldine Evans, hija de Timothy y Beryl. Geraldine, según parece, trajo la felicidad a sus padres pero no sucedió lo mismo cuando en el verano de 1949 Beryl se quedó nuevamente embarazada. La familia Evans ya lo estaba pasando mal en el terreno económico y un nuevo hijo era una catástrofe que no querían afrontar. Las discusiones en el matrimonio fueron aumentando y, finalmente, decidieron que Beryl tenía que abortar, algo que era ilegal en el Reino Unido en 1949.

En noviembre de 1949 Timothy Evans abandonó el 10 de Rillington Place después de vender todas las propiedades del matrimonio y se transladó a su Gales natal. El 30 de noviembre de 1949 acude a la policía y les comunica que su mujer Beryl había fallecido al intentar abortar con un medicamento que él había adquirido a un desconocido y que había depositado su cadáver en una alcantarilla frente a su antigua vivienda. La policía intenta confirmar esa confesión, pero pronto se dan cuenta de que es falsa. La tapa de la alcantarilla es tan pesada que hicieron falta tres agentes para levantarla cuando Timothy Evans era una persona físicamente débil y, además, estaba vacía. Ante esos hechos, Evans cambia su confesión. Ahora sostiene que su vecino John Christie se había ofrecido a practicar el aborto a su esposa Beryl y que algo había salido mal durante la operación. Cuando él llegó a casa la tarde del martes 8 de noviembre había visto su cadáver tendido en la cama con el rostro ensangrentado y con sangre también en lo que el Sr. Evans eufemísticamente llamó "the bottom part". El Sr. Christie le dijo que permaneciera en la cocina mientras él forzó la puerta del apartamento del Sr. Kitchener aprovechando que éste había sido conducido al hospital para ser operado y depositó allí el cuerpo con la intención, siempre según el relato del Sr. Evans, de esconderlo en la alcantarilla. Cuando el Sr. Evans regresó al día siguiente (miércoles 9 de noviembre) de trabajar, el Sr. Christie le dijo que conocía un matrimonio del East Acton que podría hacerse cargo de Geraldine. Al día siguiente (jueves 10 de noviembre) le comunicó que ya había dejado a Geraldine con la pareja citada, que ya se había desecho del cadáver y que lo mejor sería que él (el Sr. Evans) abandonara Londres. Entre el viernes 11 y el domingo 13 negoció la venta de sus propiedades y el lunes 14 de noviembre después de vaciar su piso tomó el tren con destino a Gales. Interrogado por la policía acabó admitiendo que él había ayudado al Sr. Christie a bajar el cadáver de Beryl hasta el piso del Sr. Kitchener cuando se dio cuenta de que no podía hacerlo solo.

El resto de la historia era, desgraciadamente, previsible. El 2 de diciembre la policía encontró en el lavadero comunal del nº 10 de Rillington Place los cadáveres de Beryl y Geraldine Evans. Ambas habían sido estranguladas. La policía mostró a Timothy Evans la ropa que llevaban los cuerpos y le preguntó si lo había hecho él. El Sr. Evans contestó que sí. Después realizó dos confesiones completas en las que se atribuía el asesinato de su mujer e hija.

El juicio contra Timothy Evans por el asesinato de su hija Geraldine comenzó el 11 de enero de 1950. En él, el Sr. Evans se desdijo de sus confesiones y acusó de los asesinatos a su vecino, el Sr. Christie pero aparte de sacar a relucir los antecedentes penales de éste (unos pequeños robos y agresiones sucedidos entre 1921 y 1933) la defensa no fue capaz de suscitar una duda razonable en el jurado. El pasado del Sr. Christie en ambas guerras mundiales (combatiente gaseado en la I y policía voluntario en la II) jugó a su favor así como el hecho de que su declaración como testigo de cargo fue corroborada por la de su esposa Ethel. El 13 de enero, después de cuarenta minutos de deliberación, el jurado emitió un veredicto de culpabilidad y fue sentenciado a muerte. El 9 de marzo de 1950 Timothy Evans fue ahorcado.

Éste hubiera podido ser el final de la historia, pero el juicio hizo mella en el Sr. Christie. Habían salido a la luz pública sus antecedentes penales y, además, se había visto implicado en un delito atroz. Fue despedido de su trabajo y el matrimonio comenzó a tener problemas. En diciembre de 1952 desapareció Ethel Christie sin que fuera vista nunca más, pero el fin llegó cuando John Christie fue deshauciado el 20 de marzo de 1953 por haber intentado realizar un realquiler de su vivienda en Rillington Place. El 24 de marzo el nuevo inquilino, Beresford Dubois Brown, realiza unas obras en la cocina para las que derriba un tabique. En el hueco que aparece tras él encuentra los cadáveres de tres mujeres. Posteriormente la policía encontró dos cadáveres más sepultados en el jardín y el de la Sra. Christie bajo la tarima del suelo de su dormitorio. Todas ellas habían sido estranguladas. Cuando fue detenido, John Christie confesó siete asesinatos incluido el de Beryl Evans (negó, no obstante, haber asesinado a la niña Geraldine).

El 22 de junio de 1953 comenzó el juicio contra John Christie acusado del asesinato de su esposa Ethel Christie. La defensa alegó que su cliente estaba loco, pero el jurado sólo necesito veintidós minutos para emitir un veredicto de culpabilidad. Condenado a muerte, John Christie fue ahorcado el 15 de julio de 1953.

Hasta aquí los hechos en cuya exposición he procurado ser tan objetivo como me ha sido posible. Lo que supuso para la opinión pública británica (que no era mayoritariamente contraria a la pena capital) el convencimiento de que al ahorcar a Timothy Evans se había ejecutado a un inocente (aunque nadie duda que si se hubiera sabido en el momento de juicio que John Christie era un asesino en serie -ya había estrangulado a las dos mujeres que aparecieron posteriormente enterradas en el "jardín"- el Sr. Evans no hubiera sido condenado, existen serias dudas de que Christie asesinara a Beryl y Geraldine Evans. Las confesiones que realizó Evans y la que realizó Christie admitiendo haber asesinado a Beryl Evans contienen, en todos los casos, afirmaciones que son demostrablemente falsas lo que obliga a que nos planteemos la duda sobre su veracidad. Posiblemente nunca se sepa con certeza qué sucedió en el 10 de Rillington Place. Los que aún investigan el tema sostienen teorías diversas como que Timothy Evans asesinó a su mujer e hija, que asesinó a su mujer pero que fue Christie el que mató a la niña, que fue Christie el que estranguló a ambas... y todos ellos presentan indicios y deducciones que apoyan sus hipótesis) fue un ejercicio de catarsis. Una cosa es que todo el mundo fuera consciente en el plano teórico de que la Justicia es falible y la pena capital irreversible y otra bien distinta el estar ante un caso real de ejecución de un inocente (bueno, dejémoslo en que no debió haber sido condenado por la existencia de una duda razonable). El horror ante los asesinatos se vio incrementado con el horror por lo que todo el mundo consideró como un error judicial de imposible reparación.

El choque para la opinión pública fue de tal calibre que un grupo de parlamentarios intentó, en vano, que se aplazara la ejecución de John Christie hasta que hubiera sido sometido a nuevos interrogatorios para averiguar qué sucedió realmente en el 10 de Rillington Place. Tampoco tuvo éxito su intento de reunirse en la cárcel con él para intentar que confesara la verdad.

Una autora tan popular entonces como ahora, Agatha Christie, ya había expuesto en varias de sus novelas la posibilidad de que un inocente fuera acusado y/o condenado por unos crímenes que no había cometido ("El misterio de la guía de ferrocarriles" 1936, "Matar es fácil" 1939, "Cinco cerditos" 1942, "Hacia cero" 1944, "La Sra. McGuinty ha muerto" 1952...) pero era mera ficción... hasta que se hizo realidad. El debate, que prácticamente había desaparecido en Gran Bretaña después de la II Guerra Mundial y los consiguientes Juicios de Nuremberg, sobre la abolición de la pena de muerte encontró en el caso Evans-Christie su alimento. En 1965 se estableció una moratoria para la pena capital como castigo por los delitos de homicidio que, en la práctica suponía su derogación. Al año siguiente, Timothy Evans recibió el indulto póstumo por el asesinato de su hija Geraldine.

Hoy todo eso está prácticamente olvidado en nuestro país. Si acaso algunos cinéfilos recordarán una magnífica película 10 Rillington Place que quiso ser tan fiel a los hechos que se rodó en un edificio real de Rillington Place, concretamente en el nº 8, gemelo del nº 10 (aunque peca, como el libro homónimo de Ludovic Kennedy en el que se basó, de una nada disimulada creencia en la inocencia del Sr. Evans), pero no busquen Rillington Place en ningún callejero de Londres. Su nombre fue cambiado a petición de los vecinos hartos de que se les relacionase con esos crímenes. En 1971, el edificio número 10 de Ruston Close (la nueva denominación de Rillington Place) fue demolido. La zona fue remodelada de una forma tan radical que hoy ni siquiera existe la calle con cualquier denominación.

Fuera cual fuese la verdad de lo sucedido en el 10 de Rillington Place hoy sólo puede ser objeto de juegos intelectuales pero las lecciones que se desprendieron de aquellos crímenes continúan vigentes. Hoy nadie puede ser ejecutado en el Reino Unido (ojalá pudiéramos decir lo mismo de todos y cada uno de los países de la Tierra). La Justicia puede equivocarse, pero al menos hay una posibilidad de reparación en tal caso. La pena capital es odiosa por sí misma. Incluso Albert Pierrepoint, el célebre verdugo británico que ejecutó a Timothy Evans y John Christie (además de otras 400 personas aunque algunos elevan la cifra hasta los 600) en su autobiografía renegó de la condena a muerte (aunque no está claro que ese pasaje respondiera realmente a su sentir).

Otras lecciones, por contra, necesitan ser recordadas de continuo. En su día nadie dudó de la culpabilidad de Evans y, posteriormente, nadie dudó de la culpabilidad de Christie. El juicio mediático ya se había producido antes de sus condenas. Hoy en día, la situación no ha cambiado y basta con mirar a nuestro país para ver cómo los medios se emepeñan en ejercer de jueces.

¿Algo de todo ello era previsible? Todavía hoy nos cuesta creer que pasara como para que fuera previsto por medio alguno, tan inútiles son en este sentido las cartas del tarot o los horóscopos astrológicos como los modelos matemáticos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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