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Escritos desde el páramo

Concesión del premio Favila el Osado

Bueno, ya me he divertido bastante durante las últimas fechas así que ya es hora de que retome el serio tono habitual en esta bitácora (es decir, que se van a aburrir como monos), para ello nada mejor que una nueva concesión de nuestro prestigioso galardón dedicado a tantas y tantas personas que se esfuerzan diariamente en soltar la mayor "burrada" histórica que imaginarse pueda (perdón, en realizar las afirmaciones más alejadas de la realidad histórica. ¿En qué estaría yo pensando para faltar así al respeto debido a los asnos?)
En las fechas en las que anduve ocupado con la crítica a Los Guardianes del Secreto y en hablar del deplorable momento que atraviesa el escepticismo en nuestro país, se quedaron sin su merecido premio numerosas afirmaciones de lo más disparatado que vieron los siglos pasados y esperan ver los venideros (considerando como está el patio, en dos días destrozan la plusmarca).
Pudiera parecer, por otra parte, que la parálisis estival nos habría dejado sin candidatos pero ¡quia! las altas temperaturales veraniegas parecen haber recalentado las sinapsis neuronales de algunos hasta dejarlas inútiles porque en caso contrario no se explican las selectas "perlas" con las que nos obsequian.
Bueno, también hay que reconocer que el descenso habitual de noticias (aunque esto año mucho menos pronunciado) deja vacantes nicho ecoilógicos (sic) en los que medran las serpientes de verano con la inestimable colaboración de las "preparadas" hordas de becarios que suelen trabajar en los medios de comunicación en estas fechas y de las que podemos decir que, al igual que sucede con las ediciones del diccionario de la R.A.E., cada nueva promoción hace añorar a la precedente. Nos esperan tiempos muy divertidos. Ray Bradbury era un optimista incorregible. No van a hacer falta ni bomberos para encontrarnos en un mañana ágrafo.
Decíamos, antes de perdernos en las habituales digresiones marca de la casa, que no habían faltado candidatos. De hecho reunimos la Triada Capitolina. Comenzamos por considerar digno de nuestro excelso galardón al Excelentísmo Ayuntamiento de Sevilla por los motivos expuestos en la anterior entrega. No obstante, el hecho de que, por el momento, sólo se está planteando si invita a Dan Brown o no, le hizo perder votos en la ronda final. A fin de cuentas si fuera lo mismo pensar algo que realizarlo, nuestra vida sexual sería aún más divertida. Bueno, eso en el improbable caso de que no estuviéramos criando malvas porque alguien hubiera pensado que la humanidad estaría mucho mejor sin ese "peazo cabrito ya crecidito". Es lo que tiene la vocación de moscón cojonero, que siempre hay alguien que desearía tener al alcance de la mano el bote de Raid Extra Dry. En fin, dejémoslo correr como el río de Heráclito no sea que me acusen de promover broncas.
Nuestro segundo finalista fue el ínclito Minigtro (sic) de Defensa egpañol (sic), D. José Bono tanto por su confusión entre el ejército español y la Legión Tebana de san Mauricio como por su contribución a enmarañar el presente complicando así el trabajo de las futuras generaciones de historiadores (en el improbable caso de que mañana haya alguien con el sexo lo bastante grande o el seso lo bastante pequeño como para osar desafiar a Su Fordería Mustafá Mond con la reconstrucción objetiva del pasado).
Pretender que la obligación principal de un soldado español es la de estar dispuesto a morir por su patria, aparte de recordar las leyendas hagiográficas (algo nada extraño si tenemos en cuenta de quién estamos hablando, ora pro nobis) es tanto como "cargarse" toda la tradición castrense que intenta preparar al militar no para morir y sí para matar ("El buen soldado no es el que muere por la patria, es el que hace que su enemigo lo haga por la suya"). Y no, no me venga con historias de "Dulce et decorum..." para que no tengamos que recordar que cuando el poeta latino autor de esa frase entró en batalla, soltó el escudo y avanzó a pecho descubierto... en dirección contraria a la que ocupaba el enemigo. Dulce et decorum... ¡y una leche!
La verdad, la guerra es una mierda lo bastante grande como para que no admita intentos de camuflaje con bellas palabras e ideas altisonantes: sacrificio, honor, valentía... Libertad, Independencia, Triunvirato y Avenida de los Incas que decían Les Luthiers (y si conocen Buenos Aires no necesitan que les explique el chiste) porque la realidad es tan brutal como sencilla, un ejército es el conjunto de hombres y equipamiento preparado para derrotar (y eso implica matar) al enemigo. Y si eso no le gusta, tal vez resulte más adecuado que en vez de ministro de defensa sea ministro metodista.
Si tuviéramos poco con su visión de tropas formadas por futuros mártires (que resultarían tan inútiles como el corbatero de Tarzán), ahora anda empeñado en convencernos (temo que con éxito) de que un helicóptero militar artillado es lo más parecido que existe al trineo de Papá Noël, que el ejército es una ONG supermegaguay... y que una guerra es una crisis humanitaria (que lo es, pero también es mucho más que eso). Ya pueden ir tomando notas los futuros historiadores, Afganistán no es una guerra, no hay, por tanto, una misión arriesgada para las tropas que allí están y por eso los soldados que mueren no tienen derecho a la condecoración con distintivo rojo o azul y deben conformarse (sus familiares, claro) con el distintivo amarillo. Por si no se aclaran de qué importancia tiene esto (algo bastante probable dado el éxito social de las afirmaciones de que las medallas son meros trozos de metal, las banderas trapos... despreciando que no son interesantes como objetos materiales y sí como símbolos) permítanme que les dirija a este enlace donde podrán aclarar dudas al respecto.
Sin embargo, y pese a sus evidentes méritos, tampoco decidimos premiar al "minigtro" José Bono por varias razones. La primera resulta evidente, es un "mandado". La segunda es porque de los historiadores futuros se deberán preocupar ellos mismos. La tercera porque habida cuenta de la afición del "minigtro" a autocondecorarse no es cosa de hacerle un favor y otorgarle un galardón aunque sea con distintivo negro (por similitud con las banderillas negras, obviamente).
Nuestro tercer candidato y, él sí, receptor de nuestra distinción es (redoble de tambores) James H. Charleswoth. ¿Y quién es este caballero? -se estarán preguntado Vds-. Nada mejor para ello que enlazar las declaraciones que le han hecho merecedor de ganar en dura lid nuestro premio.
Vayamos por partes. Primero, veamos qué dice el capítulo 9 del Evangelio de Juan. Como pueden ver, Juan no da ninguna descripción de cómo es ni de dónde está la piscina de Siloé. Afirmar, por tanto, que: "Ahora hemos encontrado la piscina de Siloé… exactamente en el lugar en el que Juan dijo que estaba" es una memez.
Parece que el experto en el Nuevo Testamento (ejem, ejem) ha confundido la piscina de Siloé con la otra mencionada en el Evangelio de Juan, concretamente en el capítulo 5, la piscina de Betesda que estaba junto a la Probática, de la que Juan sí aporta algún detalle más.
No obstante, ¿qué puñetas son estas piscinas? ¿Son lo mismo que entendemos nosotros por ese término? Pues no. No piensen en los judíos de tiempos de Jesús acudiendo con la colchoneta hinchable y el flotador de patito a una masa de agua para hacer más llevaderos los calores estivales. El término griego kolimbetra que emplea Juan es la traducción del hebreo miqveh (o mikveh) que significa acumulación. No obstante, el término en hebreo suele designar una piscina ritual para proceder a la purificación. Como lugares que deben cumplir con una serie de condiciones (véase el artículo enlazado) los mikvaot (plural de mikveh) se presentan con frecuencia agrupados en las cercanías de fuentes naturales o de conducciones de agua excavadas en la roca. Así, Benjamin Mazar encontró más de cuarenta mikvaot al sudeste del lugar que ocupó el Templo, alguno tan lujoso como éste. También en Qumrán se han encontrado numerosos mikvaot.
¿Por qué, entonces, habríamos de aceptar la identificación del mikveh encontrado con el mencionado en el evangelio de Juan? Por nada en absoluto.
No obstante, supongamos que se encontrara alguna inscripción que demostrara que ésa es realmente la piscina de Siloé. Aun así, ¿sería aceptable la pretensión de que eso demuestra la historicidad de tal Evangelio? Para nada. ¿Qué pensarían Vds. de alguien que pretendiera que la existencia de molinos de viento en la Mancha confirma la historicidad del Quijote? Pues ésa, ni más ni menos, es la burra que nos están intentado vender.
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