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Escritos desde el páramo

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (VIII)

Viene de aquí
A finales de 1209 el dominio de Simón de Monfort sobre su nuevo feudo se muestra como una ficción. Cuando el grueso del ejército de los Cruzados regresa a casa, comienzan las revueltas, tanto en los castels de la llanura como en las fortalezas de La Montaña Negra y Les Corbières.
Monfort escribe al papa comprometéndose a pagar un tributo anual a cambio de que Inocencio III le confirme como nuevo señor de las tierras que le fueron adjudicadas por el Consejo de los Cruzados. También pide ayuda militar.
En noviembre recibe la respuesta. El papa le confirma su título de vizconde de Carcassonne lo que le confiere legitimidad tanto ante sí mismo como ante los demás.
Los refuerzos, conducidos por la condesa de Montfort, llegan en marzo de 1210. Sin embargo, esta nueva fase de la guerra presenta mal cariz para el nuevo vizconde. Las fortalezas de las montañas eran difíciles de asediar y más aún cuando la mayoría del país le era hostil. No es de extrañar que Simón de Monfort recurriera, de nuevo, a la estrategia del terror. En abril, asedia y toma Bram. Monfort ordena sacar los ojos a toda la guarnición excepto a un soldado al que se limitan a dejar tuerto para que pueda guiar tan siniestra comitiva hasta Cabaret que también se había rebelado. Cuando el ejército Cruzado llegue ante sus puertas, nadie osará resistir.
No obstante, no siempre sucede lo mismo y otras fortalezas sí le plantan cara. Simón de Monfort necesita tropas y, en esta ocasión, no puede permitirse el ser selectivo. La predicación de la Cruzada se extiende por Francia, Bretaña, Inglaterra, Frisia (Holanda) y Renania (Alemania) y, además, toma un nuevo carácter. Ya no se dirige sólo a los caballeros sino también al pueblo. Como nuevos ideólogos y propagandistas de la Cruzada destacan Jacques de Vitry y Robert de Courçon, profesores de la Universidad de París, que no sólo predicarán que el pueblo llano en el mundo real es tan digno de la salvación como un monje en su convento sino que también organizan una especie de servicio militar. Los nuevos Cruzados son enviados a los obispos que se encargan de que se les adiestre y de conducirles junto a las tropas de Monfort. El resultado es que nada tuvieron que ver estas tropas con las hordas que capitaneó Pedro el Ermitaño en la I Cruzada.
Pronto tuvieron ocasión de demostrar su valía. El asedio de la fortaleza de Termes en Les Corbières se había convertido en un quebradero de cabeza para Monfort. Entonces recibe el refuerzo de unos Cruzados de Lorena de los que el cronista Pierre des Vaux-de-Cernay indica que "llegan a pie" [1] (Pág. 161), es decir, que no eran nobles que combatían a caballo. Aunque Vaux-de-Cernay señala lo siguiente hablando de los disparos de las catapultas: "bordeando la ineficacia durante la presencia de nobles en el campo, se hace tan exacto tras su partida que cada bala de piedra parecía conducida por el propio Dios..." [1] (Pág. 161) es evidente que no comprende lo que está viendo, la demostración de que en el asedio a un castillo es más eficaz la infantería plebeya que la caballería noble. Así que cuando un "soldadito de a pie" de Chartres, un "pobre y no noble" [1] (Pág. 161) captura a Raymond, castellano de Termes, es, sin duda, "por una disposición de la justicia divina" [1] (Pág. 161); pero aunque el cronista no lo comprenda, algo está cambiando en los usos de la guerra y esa variación tendrá, con el tiempo, repercusiones sociales y políticas.
En la villa de Lavaur, en la que se había rebelado Amaury de Montréal junto con noventa caballeros, vuelven a tener un papel destacado los soldados no pertenecientes a la nobleza, en este caso los miembros de la confraternidad de los Blancos del obispo de Toulouse Fulko de Marsella. Con la rendición de la guarnición llega una nueva matanza. Amaury es ahorcado y los restantes caballeros son pasados a cuchillo mientras la hermana de Amaury es vejada por los Cruzados y después arrojada a un pozo. Por si acaso pudiera haber sobrevivido, se la cubre de piedras.
Pese a su dedicación a los asuntos militares, Simón de Monfort no olvida cuál es el objetivo de la Cruzada. Posiblemente se considera a sí mismo como un buen católico que asiste a misa con asiduidad, es amigo de Domingo de Guzmán, facilita la predicación anti-cátara y, por supuesto, organiza la quema de todo hereje que no abjure de sus creencias (es decir, que van a la pira casi todos). Caen ciento cuarenta en Minerve, sesenta en Cassès y entre trescientos y cuatrocientos en Lavaur. A fin de cuentas, él cumple con lo que había pedido el papa, mano dura.
Ante la brutal persecución, los cátaros se dispersan. Unos optan por refugiarse en lugares a los que no había llegado la Cruzada como Montségur, otros se ocultan en las localidades campesinas, otros se transladan a las comunidades cátaras de Toulouse o de Italia, pocos abjuran y algunos toman las armas contra los Cruzados, algo que es frecuentemente ignorado por sus panegiristas actuales. Sin embargo, y por ejemplo, un caballero mortalmente herido en combate se hizo conducir a la casa de los Perfectos en Miraval para recibir el Consolamentum.
El éxodo a Toulouse reabrió el problema (nunca bien cerrado) de la actitud de Raimundo VI hacia la herejía. Éste ya se había dado cuenta de que Simón de Monfort era un rival más temible que el difunto Raymond-Roger Trencavel. Pese a ello, cuando se le solicita que entregue a los herejes de Toulouse (algo a lo que estaba obligado en virtud de las cláusulas de su reconciliación) se niega lo que le acarrea una nueva excomunión. El conde, que sabe que no puede ir a un enfrentamiento directo con los Cruzados, mueve sus hilos mediante la diplomacia. Recurre a Felipe Augusto de Francia, al Emperador Otón IV, a Pedro II de Aragón y ¿como no? a Inocencio III ante el que proclama, nuevamente, su inocencia. Fruto de esas gestiones es la convocatoria de dos Concilios, el de Saint-Gilles (julio de 1210) y el de Montpellier (febrero de 1211), para intentar solucionar, de una vez por todas, el problema. Arnaud Amaury, que siempre había considerado la anterior reconciliación de Raimundo VI como una farsa (no sé porqué, la verdad), logra que se le impongan unas condiciones humillantes para una nueva absolución (no puede tener consejeros judíos, debe perseguir la herejía, desmantelar sus castillos, impedir que la nobleza resida en las ciudades y, además, debe abandonar su feudo y transladarse a Tierra Santa hasta que el papa autorice su regreso).
Dado que el acceder a ello hubiera supuesto el desmantelamiento de hecho de la casa tolosana, Raimundo debió pensar algo no reproducible y marchó a preparar la defensa de su feudo que ya sabía iba a ser el próximo objetivo de Monfort. Lo primero que hace es expulsar de Toulouse al obispo Fulko por aquello de la quinta columna...
En junio de 1211 se produce el primer (y fallido) asedio de la ciudad tolosana. Aunque los Cruzados tienen que levantar el cerco, Raimundo sabe que su caída es mera cuestión de tiempo pese a que el ataque de Simón de Monfort logró lo que parecía inconcebible, unir a los tolosanos, a la nobleza en torno al concepto de paratge (es decir, la solidaridad debida a los miembros de la misma familia, al mismo linaje) y a los burgueses y al pueblo en torno a un concepto que, todavía hoy, no nos deja indiferentes, el de la libertad; y a todos ellos alrededor de la figura del conde como garante de uno y otra.
Pero esa unión (a buenas horas, mangas verdes) aunque indispensable no era suficiente, así que Raimundo recurre a su único aliado viable, a su cuñado Pedro II de Aragón que en ese mismo año de 1212 se había cubierto de gloria en la batalla de Las Navas de Tolosa (y que tampoco había dudado en proclamar en las constituciones de 1197 que los valdenses y demás herejes -y, por tanto, también los cátaros- debían abandonar su reino y que el que no lo hiciera así sería quemado). Por ello, nadie en su sano juicio podía considerar a Pedro II como un heterodoxo, pero eso no impidió que en el Concilio de Lavaur (1213) se rechazaran todas sus propuestas para resolver de forma pacífica el conflicto. La guerra era, pues, inevitable.
El 12 de septiembre de 1213 en las llanuras de Muret se enfrentaron los ejercitos occitano-aragonés y el Cruzado de Simón de Monfort. Raimundo, sabedor de la superioridad técnica de los caballeros franceses, propuso una táctica revolucionaria, emplear a los ballesteros de las milicias ciudadanas para diezmar las fuerzas enemigas y, después, cargar contra los supervivientes. El rey Pedro, confiado en su superioridad numérica, quería una batalla "convencional", carga de caballería y "el que más chifle, capador". Su apego a las normas de la tradición le costó la batalla y la vida porque la caballería francesa destrozó a sus oponentes.
Es el fin (por el momento) de Raimundo VI. El victorioso Simón de Monfort entra en Toulouse. En enero de 1215 el Concilio de Montpellier solicita que se le reconozca como único señor de todo el país. El IV Concilio de Letrán (noviembre de 1215) acepta su título de conde de Toulouse. La guerra, aparentemente, ha terminado.
Si la cuestión bélica parecía haber sido zanjada, durante esos años Domingo de Guzmán había continuado su labor errante hasta que en 1215 recibe el encargo del nuevo legado papal, Pedro de Benevento, de predicar a los tolosanos. Se instala en una casa donada por Pierre Seila, un comerciante enriquecido que termina por incorporarse a la orden de predicadores, siempre bajo el estímulo del obispo Fulko que será quién defina los objetivos de la comunidad religiosa:
"Extirpar la corrupción de la herejía, desterrar los vicios, enseñar las reglas de la Fe, inculcar a los hombres costumbres sanas..." [1] (Pág. 168)
Domingo acude al IV Concilio de Letrán para solicitar el reconocimiento de su nueva orden. Allí coincide con una persona que busca el mismo objetivo para sus "hermanos menores" que quieren llegar al corazón de la gente mediante una vida de pobreza y humildad. Su nombre era Giovanni di Bernardone, aunque todo el mundo le conocía como Francisco, y había nacido en Asís. Con una enorme visión de futuro (el Espíritu Santo debía de estar de vacaciones ese día), el Concilio se niega a reconocer las dos nuevas órdenes pero como quién manda, manda, Inocencio III no tiene el menor reparo en llevar la contraria a los conciliares y autoriza ambas órdenes que hoy conocemos como Dominicos y Franciscanos.
De regreso a Toulouse y después de la muerte de Inocencio III (1216), en 1217 Domingo de Osma ordena a sus predicadores que salgan al mundo real y que se establezcan en las ciudades de París y Bolonia. No es ninguna casualidad que ambas fueran sedes de las Universidades más famosas de la época. El propio Domingo, que había sido estudiante en la Universidad más antigua de Castilla (la de Palencia), sabía la importancia de una buena formación intelectual en general y teológica en particular. Desde ese momento, el papado contará con una orden muy capacitada, absolutamente fiel y de vida ejemplar, un arma perfecta contra la herejía. El nombre de dominicos hará fácil un juego de palabras, Domini canes, los perros del Señor.
Podría parecer que ya estaba todo en vías de solución, el Languedoc estaba reunido bajo un mando político único que estaba, además, "a partir un piñón" con la Iglesia que, por su parte, estaba renovándose y aprendiendo tanto de los errores propios como de los aciertos cátaros.
Sin embargo, Simón de Monfort comenzó a demostrar que era tan capaz en su papel de líder militar como incompetente en política.
En 1212 doce miembros (con una representación minoritaria de los laicos occitanos) preparan los Estatutos de Pamiers con la intención, según Pierre des Vaux-de-Cernay, de "hacer reinar la buena moral, barrer la basura herética... implantar las buenas costumbres." [1] (Pág. 178). En realidad, supusieron la implantación de una legislación descaradamente favorable a la Iglesia y totalmente ajena a las costumbres occitanas. Así, debían pagarse los diezmos además de un impuesto anual extraordinario, los clérigos sólo podrían ser juzgados por tribunales eclesiásticos, se consagraba la exención del pago de impuestos a los monjes y sus hombres, se prohíbe la edificación de iglesias en los castillos, se impiden los mercados dominicales, se obliga a la asistencia a misa (excepto en caso de enfermedad) bajo pena de multa, los herejes reconciliados no pueden acceder a las principales magistraturas, se impide el matrimonio de viudas o herederas de la nobleza que posean bien castillos o bien castels con "un indígena de esta tierra hasta dentro de diez años sin la autorización del conde. Pero pueden casarse con los franceses que quieran sin requerir el consentimiento" [1] (Pag. 180), además se instaura la figura del primogénito como receptor de la herencia y se regula el servicio de huestes (es decir, las condiciones en la que el vasallo debía ponerse a disposición del señor para servicios de tipo militar).
Lo que sucedió a continuación era perfectamente previsible (excepto para Simón de Monfort). Monasterios, abadías... comienzan a exigir la devolución de las propiedades y diezmos usurpados por la nobleza a lo largo de los siglos. Cuando no lo logren por las buenas, recurrirán a los Cruzados. Privadas de sus medios económicos, muchas familias se arruinan. Por otra parte, los hijos no primogénitos se encuentran con que acaban de ser desheredados "por real decreto". Las ciudades pierden los derechos conquistados (desaparece la figura de los cónsules electos). En Lodève y Nimes los nuevos señores de las ciudades son sus respectivos obispos. En otras localidades se entregan las fortificaciones a obispos, abades... comenzando por Toulouse cuyo castillo pasa a ser controlado por los hombres del obispo Fulko. Además, Simón de Monfort quiere que esta ciudad pague un cuantioso tributo.
Aparecen nobles franceses (Guy de Lèvis, Hugues de Lacy...) que ocupan el lugar de las antiguas familias occitanas, pero sus vasallos no les aceptan como nuevos señores. Muchos caballeros tienen que convertirse en faidits (nobles sin posesiones) obligados a buscarse la vida como buenamente (o malamente) puedan.
Los enfrentamientos de Simón de Monfort con las milicias urbanas durante 1214-1215 (por ejemplo, en Narbona y en Montpellier) son buena muestra de que el barril de pólvora estaba preparado. Sólo faltaba una chispa para provocar el desastre. Esa chispa fue Raimundo VII, el hijo de Raimundo VI, el antiguo conde de Toulouse.
NOTAS:
[1] Citado en Los cátaros. Paul Labal. Traducción de Octavi Pellissa. Ed. Crítica. Barcelona, 2000.
-Continuará-
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