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Escritos desde el páramo

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (IX)

Viene de aquí
En el IV Concilio de Letrán, Inocencio III no quiso hacer "leña del árbol caído" en exceso. La aceptación de Simón de Montfort como nuevo conde de Toulouse estuvo acompañada del reconocimiento de alguno de los derechos feudales de Raimundo VII, hijo del excomulgado Raimundo VI. En concreto, se le concedió el título de marqués de la Provenza y las tierras que pertenecían a su dinastía en la margen izquierda del Ródano, región en la que los cátaros no habían conseguido implantarse. Por ello, el que estuvieran en manos de la casa de Toulouse (siempre sospechosa de amparar la herejía) no suponía, en principio, mayores problemas.
Sin embargo, Raimundo VII pronto comprueba el descontento con los Cruzados que existe en ciudades como Avignon, Arles y Marsella. La razón para ello es sencilla de comprender. Se trataba de poblaciones casi independientes al modo de la ciudad-estado italiana. Les inquietaba lo sucedido en Toulouse y veían en los ejércitos franceses un serio peligro para sus libertades.
El marqués de la Provenza es también plenamente consciente del odio hacia los Cruzados que existe en el Languedoc y que se había incrementado con las medidas despóticas de los Estatutos de Pamiers de los que hablamos en la anterior historia. Raimundo debió pensar aquello de "Blanco y migado, sopas de leche" y obtuvo ayuda de Marsella y Avignon para formar un ejército con el que atraviesa el Ródano regresando así a los dominios tradicionales de la casa condal tolosana. Cerca Beaucaire. Simón de Montfort acude a auxiliar a la guarnición asediada y logra rescatarla, pero debe ceder el terreno a su enemigo. Es su primera derrota y el fin del mito de la invencibilidad del ejército francés. Mensajeros de Raimundo recorren el Languedoc y provocan una insurrección general.
Por si la situación de Montfort no fuera ya lo bastante peligrosa, Raimundo VI (que se había refugiado en el reino aragonés) cuando recibe las noticias de lo que está sucediendo, organiza a los faidits exiliados y cruza los Pirineos. Con el apoyo de los condes de Comminges y Foix ataca Toulouse y la rinde con facilidad puesto que las murallas habían sido parcialmente derruidas para que no pudieran servir de protección en caso de levantamiento de los ciudadanos. No obstante, el castillo Narbonés (llamado así porque estaba junto al camino a Narbona), que domina la ciudad, permanece en poder de los fieles a Montfort y eso le da esperanzas de poder recuperar el control de su feudo. Concentra a los mejores hombres que le quedan, pide que se vuleva a predicar la Cruzada y ataca Toulouse tal vez creyendo que sería una operación tan sencilla como la que había protagonizado Raimundo VI.
No obstante, allí se habían reunido los ejércitos de Raimundo VI y Raimundo VII y la multitud enardecida había comenzado a reparar las murallas y a construir máquinas de guerra. Cuando llega Simón de Montfort se encuentra con "un hueso muy duro de roer" que termina por costarle la vida cuando es alcanzado por una piedra disparada desde lo alto de la muralla. Es el 25 de junio de 1218.
A Simón le sucede su hijo Amaury que no tiene ni la experiencia ni, posiblemente, la capacidad militar de su padre. Sabe que sin ayuda externa no puede conservar sus dominios así que el obispo Fulko y la condesa de Montfort acuden a solicitar el auxilio de Felipe Augusto. Éste, libre por una vez de problemas internacionales y tal vez temeroso de que el conflicto comenzara en la margen izquierda del Ródano lo que suponía una extensión del problema del Languedoc, envía un poderoso ejército al mando de su primogénito, Luis.
Éste cerca Marmande y al asedio se une Amaury de Montfort. La plaza capitula y toda la población es pasada es cuchillo. Sin embargo, esta vez la estrategia del terror no funciona. Posiblemente la cantidad de horrores vividos durante los años de guerra habían creado una cierta insensibilización en los occitanos. Así que cuando el ejército francés llega a Toulouse, no tiene más remedio que iniciar un asedio en toda regla. Seguramente esto no entraba en los planes de Luis que debía esperar una guerra rápida y sin mayores complicaciones como la de la Cruzada de 1209, así que el 1 de agosto de 1219 dice que ya ha terminado sus cuarenta días de servicio y regresa a casa.
Abandonado a su suerte, Amaury va perdiendo lo conquistado por su padre. Raimundo Trencavel, hijo del difunto Raymond-Roger, amenaza la ciudad de Carcassonne con la ayuda del conde Roger-Bernard de Foix y con el visto bueno de Raimundo VII. Las grandes casas nobiliarias del Languedoc deciden olvidar viejas rivalidades y unirse contra el enemigo común que, evidentemente, sabe que ha perdido la guerra. Amaury se retira de Carcassonne sin presentar batalla y termina por regresar a sus dominios franceses olvidándose de Occitania. De hecho, en febrero de 1224 cede sus derechos sobre Toulouse, Carcassonne... a Luis VIII, rey de Francia, que ya conocía el terreno porque es el mismo Luis que había dirigido el ejército francés en la fallida expedición de 1219.
En el Languedoc, la huida de Amaury de Montfort supone el reconocimiento de su victoria, aparentemente definitiva, para la casa condal tolosana. Es el momento de entregarse a la "vendetta". Las matanzas se suceden aunque ahora van en la dirección contraria. Cualquier francés capturado es pasado a cuchillo. No sólo ellos sufren las represalias. El 1 de septiembre de 1220 Raimundo VI y Raimundo VII otorgan derecho a los cónsules de Toulouse a perseguir a los malefactores, los colaboradores occitanos de los Cruzados (no consta que los cónsules emplearan esa carta blanca para molestar a Raimundo VI por su participación en la Cruzada de 1209 -esto es una pequeña maldad, obviamente-). El obispo Fulko fue desterrado.
Algunos de los faidits que regresan (y que ya eran anticlericales antes de exilio) vuelven cargados de odios no disimulados. Aunque se habla frecuentemente de que este periodo supuso una gran tolerancia religiosa que quedaría demostrada por la vitalidad de la comunidad dominica de Toulouse y del convento femenino de Prouille, eso debe ser matizado. Por de pronto en ambos establecimientos quedaron los naturales del Languedoc y ambos estaban bajo la protección de las grandes casas nobiliarias. Sin embargo, dónde no llegan éstas la situación no tenía porqué mantenerse dentro de límites civilizados. El 23 de enero de 1224 Honorio III, sucesor de Inocencio III, se queja a Luis VIII de Francia:
"mientras los católicos se marchan y son puestos en fuga, los herejes ocupan su lugar con sus creyentes, sus agitadores, sus encubridores..." [1] (Pág. 182).
En efecto, con la nobleza regresan (o abandonan la vida clandestina, o abjuran de su reconciliación con la Iglesia católica...) los cátaros. En 1226 se reúnen en Pieusse un centenar de Perfectos para discutir sobre la creación de una quinta diócesis en el Languedoc, la del Razès, señal de que volvían a estar activos y en pleno crecimiento.
Todo ello, sin embargo, está en peligro. La renuncia de Amaury de Montfort de todos sus derechos en beneficio de Luis VIII cambia completamente la situación. Ya no se trata de que el rey francés quiera o no ayudar a uno de sus vasallos, sino que ahora es su propio feudo. Raimundo VII así lo entiende (su padre había fallecido en 1222, así que él es ahora la única cabeza de la casa condal tolosana) e intenta llegar a un acuerdo con el papado. Entre julio y agosto de 1224 se celebra una conferencia en Montpellier. Los obispos católicos se muestran contrarios al reconocimiento de Raimundo VII como legítimo conde de Toulouse así que el papa nombra un legado para solucionar el conflicto. Se trata de Romano Frangipani, cardenal de Sant´Angelo, que reúne un concilio en Bourges ante el que comparece Raimundo sólo para enterarse de que no tiene nada que hacer, que nunca se le va a conceder el título condal.
Finalmente, el 12 de enero de 1226 es excomulgado. Esto es lo que necesitaba Luis VIII para intervenir y toma la Cruz aunque, eso sí, esta vez impone sus condiciones: carta blanca para dirigirla como le plazca, libertad para disponer del condado de Toulouse y los restantes bienes de Raimundo VII, la dirección espiritual correrá a cargo de obispos franceses y el dinero para financiarla saldrá, en exclusiva, de los fondos de la Iglesia.
El ejército francés se reúne en Lyon en junio de 1226 y ataca una ciudad fortificada que se consideraba inexpugnable, Avignon. El asedio es largo hasta el punto de que el conde de Champagne se vuelve a casa pretextando que ya había cumplido con sus cuarenta días de servicio (parece que se había leído la biografía de Luis VIII -obviamente, esto es otra pequeña maldad-). No obstante el "au revoir" del conde, la ciudad se rinde el 9 de septiembre. Esta vez no habrá ninguna matanza y, sin embargo, la toma de Avignon hunde la moral de los occitanos. Lo que Luis VIII no logró con la masacre de Marmande lo consigue con el perdón a los ciudadanos de Avignon: Béziers, Carcassonne y Pamiers se rinden sin combatir. Sin embargo, el conde de Foix, Raimundo Trencavel y Raimundo VII están dispuestos a resistir. Toulouse se prepara para un nuevo asedio. No obstante, Luis VIII decide esperar al año siguiente para luchar con tropas de refresco y en una época más propicia (estamos en octubre). Parte del ejército regresa a Francia mientras las restantes tropas permanecen sobre el terreno al mando de Humbert de Beaujeu asistido por Guy de Montfort (hermano de Amaury e hijo, por tanto, de Simón de Montfort).
El 3 de noviembre de 1226 Luis VIII fallece en Montpesier por una enfermedad. Su hijo y heredero, Luis IX, es sólo un niño por lo que el reino entra en un periodo de regencia bajo Blanca de Castilla que debe enfrentarse a continuas revueltas nobiliarias que buscan recuperar los derechos que habían ido perdiendo a lo largo del tiempo en beneficio de la corona.
Pese a estas dificultades, la guerra prosigue en el Languedoc de forma encarnizada durante tres años. Las tropas de Raimundo VII y de Humbert de Beaujeu se enfrentan por cada fortaleza que pueda darles una ventaja sobre sus enemigos. Sin embargo, esta guerra no se libra sólo en los campos de batalla. Los franceses, bajo inspiración del obispo Fulko, comienzan a realizar incursiones contra los campos que rodean Toulouse para destruir las construcciones, arrasar las cosechas y arrancar la vides. Además, en 1227 el nuevo papa, Gregorio IX, prohíbe el acceso a las importantes ferias de Champagne de todos los mercaderes tolosanos. Obviamente, se estaban atacando las fuentes de financiación de los occitanos.
Si la situación del ejército del Languedoc no era buena, la del francés tampoco era "para tirar cohetes". Los problemas con los nobles levantiscos hacían que a Blanca de Castilla le urgiera el acabar de una vez con la guerra occitana.
Dados los problemas de ambos contendientes, Raimundo VII piensa (tal vez impulsado por problemas internos en Toulouse) que es el momento de negociar. Con la mediación del conde de Champagne, Thibaut IV, se acuerda celebrar una conferencia en Meaux en la tierras de Champagne. Sin embargo, Raimundo VII es capturado y la supuesta conferencia se convierte en una imposición de condiciones. Aunque el pueblo occitano, en su momento, vio el tratado de Meaux como un desastre, los compromisos adquiridos (de mejor o peor grado) por Raimundo eran duros pero no descabellados. Pierde sus posesiones en la margen izquierda del Ródano en beneficio de la Iglesia y las de la margen derecha pasan, nominalmente, a poder del rey de Francia aunque se permite, graciosamente, que el conde siga gobernando:
"la diócesis de Tolosa... la diócesis de Agen y de Rodez... la diócesis de Cahors menos la villa de Cahors..." [1] (Pág. 190) además de las tierras al norte del Turn en la diócesis de Albi. Esto supone, sencillamente, legalizar la situación que ya existía en el campo de batalla.
Además, la boda entre Jeanne, la única hija de Raimundo VII, con un hermano de Luis IX suponía que en un futuro la dinastía tolosana seguiría conservando esos dominios excepto si el matrimonio no tuviera descendencia en cuyo caso las propiedades irían a poder del rey francés.
Las cláusulas realmente duras eran las que concernían a la destrucción de fortificaciones en Toulouse, Fanjeaux, Lavaur... y la entrega, durante diez años, de los estratégicos castillos Narbonés (en Toulouse), Penne y Cordes a los ejércitos reales. Todo ello suponía garantizar que el conde iba a estarse "quietecito" y sin posibilidad de afrontar una nueva guerra.
De igual forma debía pagar a la Iglesia (en especial a la orden del Císter) cuantiosas indemnizaciones.
Por supuesto debía perseguir la herejía e, incluso, ayudar al rey francés contra sus anteriores aliados (de Raimundo) como el conde de Foix.
Todo ello hubiera debido suponer el final de las guerras occitanas, pero aún quedaba un último capítulo.
NOTA:
[1] Citado en Los cátaros. Paul Labal. Traducción de Octavi Pellissa. Ed. Crítica. Barcelona, 2000.
-Continuará-
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