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Escritos desde el páramo

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (XI)

Viene de aquí
¿A qué viene este soberano peñazo que les he "largado" en incómodos plazos? Pues además de porque este tema es uno de mis favoritos (lo siento, han tenido mala suerte) creo que era necesario para que tuvieran una base (suponiendo que no conocieran de antemano la historia de la Cruzada contra los Albigenses) para poder examinar las afirmaciones que realiza el Sr. Fernández Bueno sobre los cátaros.
Lo primero que me sorprendió es que D. Lorenzo plantea este periodo de extraordinaria complejidad "a la cátara", es decir con un dualismo absoluto. Lo que el Sr. Fernández Bueno escribe es algo así como:
Érase una vez que se era, unas personas encantadoras a las que llamaban cátaros que siempre iban "con su verdad siempre clara y transparente" (Pág. 157) y que fueron "custodios del secreto, fue la verdad de este lo que les precipitó a los abismos del fuego eterno. Guardianes de un Grial mal interpretado..." (Pág. 157). Tenían además grandes cualidades "haciendo gala de una humildad y pobreza que contrastaba con la lujuriosa ambición de los ministros de Dios, obispos y prelados que confundían la riqueza espiritual con la material." (Pág. 157) Aunque hubieran debido ser felices y comer besugo (las perdices estaban prohibidas por ser carne) no pudo ser porque "sufrieron la intolerancia de aquellos que se negaron a ceder un ápice de sus pretensiones , y que juraron no desvelar la mentira, manteniendo oculto el misterio..." (Pág. 157) y eso que los buenos cátaros "No eran más que gente que quería vivir su espiritualidad en paz, y en suma, pensaban, poco daño podía hacer esto a las todopoderosas naciones del momento." (Pág. 158)
Como vivían en una nueva Arcadia, el Languedoc, un país "inmerso en una evolución, social, filosófica y religiosa sin parangón hasta la fecha." (Pág. 155) sufrieron la envidia de un señor muy malo, muy malo, el papa que era un ambicioso "la ambición de Inocencio III no conocía límites" que les envió a los Cruzados "Era un vasto ejército de mercenarios curtidos en Tierra Santa, dispuesto a todo con tal de saciar sus ansias de oro, sangre y sexo." (Pág. 159) Al frente de estos sanguinarios ladrones y violadores iban "el siniestro Arnau Amalric, clérigo cisterciense sin escrúpulos, ávido de sangre y dispuesto a lo que precisare para acabar con la herejía." (Pág. 158) y Simón de Montfort "cualquier maltrato pareció ser insuficiente para la mente enfermiza de Simon de Monfort, guiado por una fe sin fisuras, capaz de sucumbir al crimen con tal de mantener firmes los preceptos de su convicción." (Pág. 169) Como los cátaros eran tan buenos, tenían un príncipe (bueno, sólo era vizconde pero se merecía un ascenso) azul que los protegía "Raimond-Roger Trencavel, joven enérgico y combativo...".
Llegados a este punto uno espera la aparición, en cualquier momento, de Caperucita Roja (que, por supuesto, era cátara) y del Lobo Feroz (que, por supuesto, era un Cruzado) para que nada falte en el "cuento chino" (en este caso occitano) que está narrando. La realidad no tiene nada que ver con esa película en blanco y negro y sí con una infinita gama de grises. D. Lorenzo tienen a bien olvidarse (no dejes que la realidad te estropee un libro) de un montón de datos como que el Languedoc no tenía nada de idílica Arcadia sino que había estado en guerra hasta "cuatro días" antes, que el catarismo se extendió en un ambiente casi anárquico con las grandes casas nobiliarias enfrentadas entre sí pero también con sus propios barones y con unas ciudades en las que la naciente burguesía intentaba conseguir derechos y libertades; que existía una nobleza enfrentada a la Iglesia católica no por cuestiones dogmáticas sino por el vil dinero, por el control de los diezmos; que Raimundo V de Toulouse estaba a favor de una intervención del rey de Francia para acabar con los cátaros; que Raimundo VI se unió a la Cruzada contra los Albigenses; que hubo matanzas por ambos lados... y que los cátaros eran tan perfectamente capaces de mentir, de apreciar el dinero y de ejercer la violencia como sus adversarios católicos y que ambos grupos de creyentes competían en fanatismo e intolerancia.
Con esas premisas no es extraño que la narración de la Cruzada que realiza hubiera debido incluir el aviso de que "Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia". Aunque el Sr. Fernández Bueno no tiene más remedio que reconocer que el desencadenante de la Cruzada fue el asesinato de Pierre de Castelnau (por cierto, cambiando la fecha de 14-15 de enero a febrero): "A mediados de febrero de ese mismo año Castelnau caía abatido..." (Pág. 158) ), a partir de ese momento comienza a desbarrar: "...la excusa para que el Santo Padre encomendara a las huestes del rey Felipe de Francia a emprender la cruzada..." (Pág. 158). En realidad, como ya dijimos, Felipe Augusto de Francia no quiso dirigir la Cruzada y se limitó a conceder autorización a alguno de sus barones para que se unieran al ejército (y que otros se sumaron "sin encomendarse a Dios ni al diablo"). Por otra parte, no sólo hubo franceses entre los Cruzados.
La descripción que realiza del ejército Cruzado aporta un curioso y novedoso dato a la indumentaria medieval en la Edad Media: "En pocos días un poderoso ejército de más de cien mil hombres vestía los pendones reales para fulminar de la faz de la Tierra a aquellos lujuriosos..." (Pág. 158) Por de pronto eran más Cruzados (se estima que unos trescientos mil) y, aunque hubiera resultado de lo más fashion, los soldados no vestían los pendones reales (una lástima, con lo monísimos que hubieran quedado), se limitaban a combatir bajo ellos.
Comienza a narrar el desarrollo de la primera fase de la Cruzada y su descripción de la masacre de Béziers es de nota (siendo generosos merece un cero): "No tardaron en plantar sus tiendas frente al primer bastión cátaro, Béziers..." (Pág. 159). Béziers de bastión cátaro no tenía nada. Recordemos que la lista de herejes cuya entrega exigieron los Cruzados constaba de poco más de doscientos veinte nombre y eso mezclando a cátaro y valdenses (que nada tenían que ver con aquéllos). Prosigue: "El 22 de julio de 1208 más de veinte mil personas, jóvenes, ancianos, mujeres, cristianos inclusive, fueron pasados a cuchillo..." (Pág. 159) No es cristianos inclusive, es que la inmensa mayoría eran católicos. Hagan Vds. una sencilla resta, se cree que el número de los asesinados en Béziers fueron entre veinte y treinta mil personas, si los herejes eran unos doscientos veinte...
Por supuesto, el Sr. Fernández Bueno no se entera de qué se pretendió (y logró) con la matanza de Béziers así que por allí aparece "un inhumano Amalric, atisbando el horizonte con sonrisa, espetó: "Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos"." (Pág. 159) No sólo da por bueno que la frase de marras se pronunció (algo que posiblemente nunca sucedió) sino que sabe qué estaba haciendo Amaury en ese momento "atisbando el horizonte con sonrisa". Esa imaginación... ¿Seguro que no se estaba "zampando" un potaje de alubias mientras se rascaba los... lóbulos de los orejas? Puestos a fabular...
Por descontado que tampoco hace la menor mención a la "espantada" protagonizada por Raymond-Roger Trencavel cuando encomendó la defensa de la plaza a los ciudadanos mientras él se iba a Carcassonne. Pese a ese sospechoso comportamiento, es calificado de "enérgico y valiente" (Pág. 159) "valiente muchacho" (Pág. 160) y "aguerrido" (Pág. 169). Pues vale.
Con el asedio a Carcassonne más de lo mismo. Como había presentado a Amaury como un fanático sediento de sangre ahora tiene problemas para explicar porqué en esta ciudad no se repitieron los horrores de Béziers, así que "mete con calzador" la intervención de Pedro II de Aragón a favor de su vasallo: "Sin embargo algo de humanidad debió de insuflar el monarca aragonés a ser tan despiadado que este, en un alarde de inusual condescendencia, perdonó la vida al vizconde de Carcasona y a doce de sus caballeros..." (Pág. 160) Veamos qué pasó realmente. El asedio de Carcassonne estaba degenerando en violentos combates. En esos momentos, llegó al campamento de los Cruzados Pedro II que fue muy bien recibido. Quería obtener una rendición honorable para Raymond-Roger, pero sólo consiguió que se le permitiera abandonar la ciudad con doce caballeros mientras que el resto debía permanecer en Carcassonne que sería saqueada por los vencedores. Cuando se le notificó esto a Raymond-Roger éste dijo que prefería que le desollasen vivo a entregar uno solo de sus súbditos a los Cruzados. Esto se convierte, merced a la fértil imaginación de D. Lorenzo, en: "¿Cómo se atreve ese asesino a proponer tal condición? ¿Acaso su deleite es observar la humillación de un pueblo cuya cultura y evolución sobrepasa a la chusma que él representa? pensó el valiente muchacho." (Por cierto, el "muchacho" tenía veinticinco años). No es por nada, pero me gusta más lo que dijo que lo que el Sr. Fernández Bueno imagina que pensó. Hasta el momento no hay excesiva discrepancia entre lo que cuenta D. Lorenzo y lo sucedido realmente, pero la cuestión clave es que después de la respuesta de Raymond-Roger a la propuesta de rendición, Pedro II se fue a su casa y, sin embargo, los habitantes de Carcassonne no fueron masacrados, así que tan bonita explicación se va al garete.
El Sr. Fernández Bueno presenta la rendición de Carcassonne como fruto de una traición. Raymond-Roger había ido a parlamentar y fue capturado haciendo caso omiso de la bandera blanca. Se le olvida el pequeño detalle de que, en realidad, Raymond-Roger había ido a rendir la plaza porque no tenían agua al haberse secado los pozos de la ciudad. Después de la capitulación los Cruzados permitieron a los habitates de Carcassonne que abandonaran la ciudad aunque, eso sí, en calzón y camisa para que no pudieran llevarse nada. Pese a que la resistencia había sido dura y cruenta, la matanza de Béziers no se repitió y nada tuvo que ver en ello la intervención de Pedro II. ¿A ver si, después de todo, resulta que Amaury no era un loco sediento de sangre y si se produjo la masacre en Béziers fue de forma premeditada para sembrar el terror entre los enemigos?
Por si fuera poco, despacha la muerte en prisión de Raymond-Roger con una de las frases más desafortunadas que pueda imaginarse: "no sabemos si asesinado o muerto de impotencia" (Pág. 169). No, no voy a reírme porque las cuestiones privadas es mejor que permanezcan en ese ámbito y no andarlas aireando.
Por desgracia, D. Lorenzo no parece ser de la misma opinión y nos revela: "Amaury de Monfort, hijo del batallador Simon, flirteaba en la corte con un cada vez más detestable príncipe Luis..." (Pág. 170) Sin comentarios.
Sorprendentemente, el Sr. Fernández Bueno pasa como sobre ascuas por todo el periodo que discurre entre la caída de Carcassonne y el asedio a Montségur. De forma aún más extraña (bueno, siendo sinceros no me asombra lo más mínimo porque hubiera sido tanto como reconocer que esos cátaros tan perfectos sólo existieron en su imaginación) consigue no decir ni media palabra de la matanza de Avignonet que fue determinante para la decisión de acabar con Montségur, pero esto lo veremos el próximo día.
-Continuará-
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