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Escritos desde el páramo

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (II)

Viene de aquí
Antes de continuar y puesto que estamos hablando (y continuaremos con ellos por un tiempo) de los cátaros y Vds. no tienen la menor obligación de saber quiénes eran estos "buenos hombres" (nunca mejor dicho), me permito recomendarles que visiten estos artículos en la página de Zkeptik en los que podrán encontrar respuestas claras a las dudas que puedan tener sobre ellos.
Los cátaros: más acá del mito (I)
Los cátaros: más acá del mito (II)
Los cátaros: más acá del mito (III)
Los cátaros: más acá del mito (IV)
Los cátaros: más acá del mito (y V)
Después de que disfruten con este magnífico ejemplo de cómo deben escribirse artículos sobre Historia desde un punto de vista escéptico (con amenidad, rigor, sencillez y contestando a las afirmaciones pseudohistóricas que estén de moda en cada momento) podemos proseguir con D. Lorenzo y sus cátaros superhipermegaguay del Paraguay.
Siempre me ha sorprendido la manía de algunos por convertir en angelicales cuantos movimientos históricos hayan sido machacados por las "fuerza de la opresión" (es especial si esa fuerza es la de la Iglesia Católica). Precisamente en los capítulos que nos quedan por comentar de "Los guardianes del secreto. La revelación del mayor enigma de Occidente" hay un claro ejemplo de esa hagiografía de los perseguidos referida a cátaros y a templarios-francmasones. Sin embargo, vistos desde una perspectiva actual (que, recordémoslo, no es coincidente con la visión de su propia época) unos y otros presentan unas inmensas sombras. El ocultarlas por un concepto mal entendido de solidaridad con el perseguido sólo conduce a la no comprensión de la Historia. Por ello, podrán leer afirmaciones que dejan en mal lugar a cátaros y a templarios. No las entiendan como un intento de justificar su aniquilación porque no son tal, sino como el tributo que debemos pagar a la objetividad y la veracidad aunque todos sintamos simpatía por la épica de los derrotados. Una vez hechas las aclaraciones pertinentes, podemos proseguir.
Después de reproducir el desternillante "emilio" de Geoffrey del que hablamos en la historia anterior, el Sr. Fernández Bueno se va a Montségur. Como no puede ser menos (joder con lo políticamente correcto) D. Lorenzo da una visión idílica del catarismo:
"De manera tan simplista describían las enciclopedias la filosofía que reinó la Occitania durante más de dos siglos, para mayor gozo y manifiesta prosperidad de los habitantes que libremente se acogieron al nuevo movimiento.
Hubo un tiempo en que la fantasía se materializó en un pedazo de tierra cuyas gentes carecían de prejuicios fanáticos. Hubo un tiempo en el que ese mismo pedazo de tierra fue la envidia de una Europa salvaje y consumida por sus propios males entre los márgenes despiadados de la Baja Edad Media. Una región codiciada por todos, y por todos repudiada, heredera de la cultura de Oriente y Occidente, ajena a un mundo que no les pertenecía." (Pág. 154)
"El Languedoc había alcanzado un nivel de prosperidad tal que le convertía en una región al margen del resto del territorio galo, una pieza muy codiciada y cada vez más alejada cultural y económicamente de su entorno, algo que los monarcas veían con evidente malestar. En aquellas abruptas montañas convivían en un ejemplo de tolerancia propio de Al-Andalus musulmán, judíos, arrianos, cristianos, y por supuesto, los cátaros.
Protegido de los avatares de una época fascinante y convulsa, el Languedoc se ocultaba tras la formidable cordillera pirenaica, inmerso en una evolución social, filosófica y religiosa sin parangón hasta la fecha." (Pág. 155)
"Aquellos extraños predicadores que siempre iban en parejas, se acercaban a las poblaciones más recónditas, a los grandes núcleos urbanos... con el fin de mostrar su concepción del Evangelio, haciendo gala de una humildad y pobreza que contrastaba con la lujuriosa ambición de los ministros de Dios, obispos y prelados que confundían la riqueza espiritual con la material. Vestidos de negro, con su verdad siempre clara y transparente, los nuevos misioneros participaban en la vida de los feligreses, trabajaban cuando había que trabajar, compartiendo las bienaventuranzas, y por supuesto los miedos y tristezas. La integración religiosa era mucho más directa, y el intermediario, mucho más humano." (Pág. 157)
La serie de tópicos sobre los cátaros continúa, continúa... pero, curiosamente, en ningún momento explica el Sr. Fernández Bueno qué es un cátaro, en qué creía... como tampoco ofrece ningún tipo de prueba para sus afirmaciones. En realidad, la nueva doctrina (para la Iglesia herejía) de novedosa tenía más bien poco porque se basa en algo tan antiguo como el dualismo que no es más que un intento de responder a una pregunta lógica: si Dios (o los dioses) son buenos y han creado el mundo ¿por qué existe el mal?
En el S XI en Occidente comienzan a aparecer casos de herejías con unos rasgos comunes. En el año 1000 el campesino Leutard está labrado el campo en Vertus cuando tiene una revelación celestial. Fruto de ella, expulsa a su mujer de su casa para vivir en castidad y rompe la imagen de Jesús en la iglesia del pueblo. Detenido y condenado por herejía, Leutard se suicidó. Entre los años 1017 y 1022 en la zona de Toulouse existían grupos de herejes que negaban la cruz y el bautismo, practicaban la castidad y se abstenían de comer algunos alimentos. En 1022 en Orleans estalla un gran escándalo por la importancia de los herejes implicados, el canónigo Lisois, del capítulo catedralicio, y Étienne, confesor de la reina Constanza, aseguran que Cristo no pudo nacer de María y niegan la Pasión y aseguran que los dones del Espíritu Santo pueden transmitirse por una imposición de manos. Ambos fueron arrojados a la hoguera junto con sus discípulos por orden del rey Roberto el Piadoso. En 1025 aparece un nuevo foco en Arras. Los herejes sostienen que la salvación no puede proceder de sacerdotes indignos que emplean cosas materiales. Niegan, por tanto, el bautismo, la unción sacerdotal y la eucaristía. La cruz, las reliquias, los templos y la propia estructura de la Iglesia no tienen ningún valor. Practican la no violencia, viven en comunidades igualitarias y repudian el matrimonio. En 1028 sucederá en Monteforte (Italia). También rechazan la misa y la eucaristía. Niegan la Trinidad y el bautismo. Condenan el acto sexual y el comer carne. Cristo no se encarnó, era un espíritu inmaterial. La justicia civil les obliga a escoger entre la retractación y la hoguera. Optan por el fuego. Entre 1043 y 1048 cerca del pueblo de Leutard existen comunidades que rechazan el matrimonio y son vegetarianos. En 1052 en Goslar (Alemania) se ahorca a gente de Lorena por negarse a matar animales. ¿Qué estaba sucediendo? Todavía hoy se discute si esos movimientos estuvieron conectados o no. Hay razones para sostener ambas hipótesis. Por ejemplo, se dice (el cronista le Glabre) que los sacerdotes de Orleans fueron conducidos a la herejía por una mujer italiana y se sabe que el jefe de la comunidad de Arras era un italiano de nombre Gandulfo, pero los casos de Leutard y Monteforte son locales. Debemos a Paul Labal en su obra "Los cátaros" (Ed. española en Crítica. Barcelona, 2000) el haber encontrado un nexo común a todos estos casos, la influencia cultural del Renacimiento carolingio. La razón para ello es que durante ese periodo se copiaron, tradujeron... textos desconocidos (o casi) en Occidente entre los que figuraban escritos neoplatónicos. La fusión entre los elementos filosóficos griegos y las creencias católicas fue el caldo de cultivo de estas herejías que tienen en común el desprecio del mundo material (recuérdese que para Platón el universo material es la creación necesariamente imperfecta del Demiurgo que toma como modelo las Ideas) que es una cárcel para el alma. Esta consideración de lo material no ya como algo imperfecto sino como algo corrupto lo volveremos a encontrar muy pronto y de forma aún más extrema. Incluso el caso más aparentemente inconexo de este contexto cultural (el del labrador Leutard) no lo es tanto si atendemos al relato de su revelación. Según dijo, su visión consistió en que se quedó dormido. Entonces un enjambre de abejas se le metió por el culo y le salió por la boca. Tras haberle martirizado de esa forma, se pusieron a hablarle y le revelaron cosas portentosas. Después de eso expulsó a su mujer de casa. Si prescindimos de lo que hay de risible en esa narración (algo difícil, lo reconozco) existe una relación entre abejas y repudio de la mujer. No parece que sea una coincidencia que en esa época se considerara a la abeja con una doble simbología, la de la elocuencia y la de la castidad. Esto último se debe a que San Isidoro, San Ambrosio y Alcuino consideraban que la abeja se reproducía sin necesidad de acto sexual. Cuando le preguntaron a Gerardo (el líder del grupo de herejes de Monteforte) que cómo seguiría existiendo la humanidad si se dejaba de practicar el sexo éste contestó que los hombres cuando renunciaran a la corrupción del sexo se reproducirían como las abejas, sin coito. Si en el caso de Gerardo pudo acceder a estas ideas por sí mismo, en el caso de Leutard más parece que las adoptara por alguna mala interpretación de algún sermón escuchado ya que la demonización del sexo era entonces algo aún más frecuente que hoy.
Si Escoto había pretendido que la división sexual existía por culpa del pecado (según él, si no fuera por eso el hombre se reproduciría como los ángeles, de golpe. Ahora hay un hombre y ¡pum! ahora hay dos) ¿qué podría pensar el pueblo de que los sacerdotes frecuentemente estuvieran casados? (la norma del celibato sacerdotal era frecuentemente vulnerada, lo que entonces se conocía como nicolaísmo). Pues que incurrían en pecado ellos mismos y que, por tanto, eran indignos de ejercer de intermediarios entre Dios y los hombres. Tanto más cuando al nicolaísmo se unía, con frecuencia, la simonía (es decir, la compra de un cargo eclesiástico). Lujuria y avaricia que debían ser contrarrestadas con la castidad y la pobreza. La reacción a los errores de la Iglesia fue tanto interna (reforma gregoriana) como externa (herejías) aunque aquélla, posiblemente, no hubiera existido sin éstas. Cuando la Iglesia asiste entre el desconcierto y la represión al surgimiento de las herejías es entonces cuando toma conciencia del problema. De momento el tema quedó solucionado. Las herejías desaparecen durante cincuenta años. Cuando vuelvan, lo harán de una forma mucho más peligrosa porque entonces sí formarán un todo organizado que desafiará a la Iglesia. A partir de ese momento, sí podremos hablar de cátaros.
-Continuará-
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