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Escritos desde el páramo

Blanco y negro

 

Hay días en los que me gustaría tener la voz prodigiosa del difunto Fernando Fernán Gómez para gritar ¡A la mierda! como un Júpiter tonante. Hoy es uno de esos días en los que recuerdo al general Cambronne (¿o fue el general Michel?) contestando en Waterloo a la propuesta de rendición inglesa con un sonoro "Merde!" (supongo que no necesitan traducción ¿verdad?) aunque según Hugo (Víctor para los amigos) lo que respondió fue "La Guardia muere, pero no se rinde". Con todos mis respetos al autor de "Los miserables" (título que, pese a que pudiera parecerlo, no se inspira en la clase política actual por la sencilla razón de que fue publicado en 1862) cuando un general cree estar a las puertas de la muerte (y está ante una derrota histórica) lo de ponerse a costruir frases hermosas no parece demasiado creíble. Hay que ser tan cursi como Rutger Hauer para pensar lo contrario (alusión cinéfila que espero pase desapercibida porque si no me va a caer la enésima lapidación virtual. Lo siento, el monólogo final de su personaje en Blade Runner me parece la gilipollez más grande jamás contada).

Hoy es uno de esos días en los que me gustaría mandarlo todo a la mierda y si no lo hago es para no ofender a la mierda. Ya, ya sé que España es un país en la que el mérito sólo se reconoce después de muerto (y eso si hay suerte). Que somos así de imbéciles, envisiosos... lo tengo asumido pero me indigna cuando en una semana puedo contraponer el ninguneo a una gran persona con los ditirambos a un personaje siniestro.

El pasado día 21 de junio falleció Julio Valdeón Baruque. Pese a ser uno de los grandes medievalistas españoles, su muerte ha pasado casi desapercibida. Permítanme decir algunas cosas sobre él. Fue un magnífico historiador como se ha reconocido unánimemente (catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Valladolid, miembro de la Academia de la Historia, Premio Nacional de Historia en el año 2004...) y como podemos atestiguar todos los que tuvimos el placer de recibir su magisterio, pero quedarse ahí sería pecar de reduccionismo. Entre las cosas que no dice la Wiki en su semblanza biográfica está el hecho de que su padre, el maestro socialista Julio Valdeón Díaz, fue fusilado poco después de nacer él. Aquella tragedia familiar dentro de la gran tragedia, el horror inmediato dentro del horror general, lo narró así su nieto, Julio Valdeón Blanco. Lo que fue su infancia dentro del mundo absurdo de la postguerra española, huérfano y con el estigma añadido de hijo de "rojos" no quiero, no puedo imaginarlo. Tal vez por su historia familiar se presentó a las primeras elecciones democráticas en las listas (para el Senado) del Partido Comunista de España (aunque figuraba como independiente). Aunque no fue elegido, su figura sí tuvo una inmensa importancia política en el nacimiento de la Comunidad Autónoma de Castilla y León. Cuando por aquí lo de autonomía sonaba a chino y, además, no le importaba a casi nadie (léase que, en realidad, todos estábamos deseosos de ver realizarse las aspiraciones autonomistas de Castilla que dormían desde la época de los Comuneros... y el resto del discurso oficial que se pueden imaginar) él fue de los fundadores y presidente de Ámbito Ediciones, una editorial que si no son castellanos y leoneses posiblemente no les dirá nada, pero que fue fundamental para que mi generación aprendiera lo que habíamos sido y decidiéramos lo que teníamos que ser.

Con el profesor Valdeón Baruque se nos ha ido un gran historiador, un gran castellano, una gran persona. No se me ocurre mejor epitafio.

Hoy (o ayer) se ha muerto otra persona (bueno, se habrán muerto muchas, pero ya entienden lo que quiero decir). Pese a que la noticia llene primeras páginas de periódicos y abra informativos, soy lo bastante maldeducado (o no soy lo bastante hipócrita, según si prefieren la versión positiva o la negativa) como para tener que cambiar mi opinión sobre él cuando estaba vivo. Si entonces se me antojaba una persona repugnante su muerte lo único que ha cambiado es que en vez de una persona es un cadáver.

¿Escandalizados? Pues me permito recordarles aquella poesía en forma de pseudoepitafio que comienza:

Aquí yace micer de la Florida y en la que figuran unos versos que, no sé porqué, me vienen hoy a la cabeza: ...fue enemigo de Herodes y sus gentes/ no porque degolló a los inocentes/ mas porque siendo niños y tan bellos/ mandólos degollar y no jodellos." como prueba de que no soy la única persona para la que la muerte no supone una mejora en la catadura moral del personaje. Y sí, ya sé que con D. Francisco las únicas características que comparto son la miopía, la perilla y la mala hostia, pero menos es nada (y comía nieve).

 

 

 

In memoriam, Victoriano Crémer

Esta madrugada, a los 102 años de edad se calló para siempre la voz del, para mí, último gran poeta español vivo, el leonés Victoriano Crémer. Autodidacta, anarquista, fundador de la revista Espadaña en la que publicaron los poetas opuestos al régimen franquista... su vida parece fruto de la imaginación de un escritor folletinesco. Detenido durante la Guerra Civil, salvado gracias a sus buenas relaciones con algunos sacerdotes, oculto en un edificio en el que existía un burdel, en continuo conflicto con las autoridades franquista... una peripecia que recogió, en parte, en este magnífico apunte biográfico que demuestra, aparte de un magnífico sentido del humor, que era un gran prosista además de un magnífico poeta.

Como homenaje postero, permítanme hablarles con sus propias palabras:

"CANCIÓN SERENA

Un día puro, alegre, libre quiero.
Fray Luis de León

No me dejéis así:
Sorbido por la tierra
hondísima y vibrante como el clamor penúltimo;
con este olor maduro de soles y horizontes
abriéndome en el pecho un surco luminoso.

No es que el cuerpo me suene a cristal derramado
ni que diez corazones me alanceen las yemas,
ni que cielos redondos agolpen sus rebaños
a mis ojos mastines, ladradores de cimas.

Es que un mar fugitivo rinde velas y senos
y pétalos y espumas en la gozosa playa
donde el rumor se atreve a mancillar la sombra.
¡Y se me ciegan labios y gritos y pupilas!

Es que siento que el aire es de carne dulcísima
y la luz sólo luz. Que el contorno me huye
a bandadas blanquísimas de palomas y lirios
y me abandonan manos y dientes y melenas.

¡No! ¡No me dejéis así! Moriría desnudo
sin sentirme morir.

Y mi pobre vestido, con su sangre caliente,
se hundiría, esperando mi imposible retorno."

Nueva concesión del premio Favila el Osado...

 

 

 

 

 

 

...o cuando el arte es morirte de frío.

Fanfarria de chirimías, redoble de tambores, timbales por doquier. ¡Qué emoción más grande! Nueva concesión de nuestro deplorable galardón y esta vez relacionado con el Arte. No sé si podrán aguantar tanto suspense. ¿Pueden? ¿Pueden? ¿Pueden despertase de una vez? Que sí, que ya llegó el verano, ya llegó la fruta y el que no se agache es... no me acuerdo como acababa tan inspirada poesía, muestra de las profundas simas a las que es capaz de llegar la lírica popular española. Decía que ya sé que ha llegado la canícula (no confundir con Calígula que era una película a la que podría calificar de... no sé cómo expresarlo así que diré que era una película X) y con ella el sopor a ésta y a cualquier otra hora, pero como no se despierten ipso facto amenazo con interpretar una sardana a los sones de una gaita galaica. ¿Ven cómo sí podían despertarse? Abrimos el sobre quitando el lacre, desprendemos el lacre, eliminamos el p..o lacre que se nota que es barato y, por fin, and the winner is and the Favila goes to...

Two winners? Chicos, que no vamos a arruinar si damos los premios de dos en dos... Ex aequo? Y lo próximo qué va a ser ¿un jamón con chorreras? ¿Que como no me calle el próximo premio lo presenta Billy Cristal? Quia nominor Leo? Entendido, Leo, entendido.

Decíamos que los ganadores son, en primer lugar (por una mera cuestión cronológica ya que sus méritos son equivalentes) la galería Tate por mostrar en su exposición Arte Contemporáneo en la Tate Britain la obra Monochrome Till Receipt (White) logro de la extraordinaria artista Ceal Floyer (retengan ese nombre que me da la impresión de que nos deparará grandes alegrías en el futuro). Por si acaso alguno de Vds. un poco despistado por el/la calor/a considera que me he pasado, que dentro del hiperrealismo la reproducción pictórica casi fotográfica de objetos cotidianos es algo que ya está asumido, me permito aclarar que la obra anteriormente enlazado no es la reproducción de un ticket sino que es el resguardo de una compra realizada en los almacenes Morrisons tal y como salió de la caja registradora.

No, no esa pesadilla producida por una indigestión de un potaje garbancero, es que algún "genio" (cuyo nombre omitiremos piadosamente para que la familia del comisario de la exposición Mr. Andrew Wilson no tenga motivos para avergonzarse) ha considerado que un ticket de la compra tiene valor artístico. Como incluso dentro de las notables tragaderas que críticos, público especializado (no sé en qué, pero en algo seguro que lo está), galeristas... muestran con el arte contemporáneo, este asunto se pasaba de castaño oscuro, la artista ha explicado (lo mejor está en la explicación del artista que siempre añade a la contumacia la contumelia) que su obra es un bodegón moderno en el que no representa los objetos sino que es el espectador el que imagina los objetos formando así una imagen mental del bodegón. Es una pena (o no) que Diego de Silva y Velázquez no cayera en la cuenta de esta genialidad y pintara a Baco rodeado de borrachos en lugar de haber pegado en el lienzo en blanco la factura de compra de cuatro garrafones de vino La Parra (el que lo bebe, la agarra) adquiridos en el hiper de la esquina.

La cortedad de miras de otro de los considerados grandes pintores de la historia ha dado pie a la curiosa historia que motiva nuestro ex aequo. Un tal Miguel Ángel (que pese al nombre no sabía nada de tenis) Buonarroti se anticipó unos cuantos siglos a los grafiteros contemporáneos y puso los muros vaticanos tan perdidos de pintura que ni siquiera hoy han sido capaces de terminar de limpiarlos. Aunque sus pintadas más famosas son las que realizó en la Capilla Sixtina, también dejó dos obras en la capilla Paulina, La conversión de san Pablo y La crucifixión de san Pedro. Alguien (no me pregunten quién) consideró que sería una buena idea restaurar los frescos de la capilla Paulina después de que la limpieza de la capilla Sixtina hubiera conseguido devolver las pinturas de Miguel Ángel a su estado original y, como consecuencia de ello, hundido el buen nombre como pintor del florentino (esos colores inenarrables parecen surgidos de un mal viaje de LSD del Todo a 100 psicodélico).

Dentro de unos días se inaugura la restauración con la asistencia de unos cuatro millones de japoneses que, por si no han alucinado lo bastante con los colorines de la Sixtina, ahora podrán conseguir una nueva dosis en la capilla Paulina, pero lo divertido no es eso. Lo gracioso (como una patada en los mismísimos tegumentos procreativos) es que han descubierto un supuesto autorretrato de Miguel Ángel, pero no se ponen de acuerdo en dónde. Como el asunto es muy curioso, veamos dos enlaces:

La noticia en El País

La noticia en el ABC

No me negarán que es divertido. Para El País (y otros medios de comunicación como El Mundo y La Vanguardia) el autorretrato aparece en el fresco de La crucifixión de san Pedro y el supuesto Miguel Ángel es el romano montado a caballo y tocado con un turbante azul que aparece a la izquierda del fresco.

Para el ABC el autorretrato aparece en el fresco de La conversión de san Pablo y el supuesto Miguel Ángel es el propio san Pablo.

Por fortuna no hay más frescos porque si llega a haber otro de La natividad del Señor, no hubiera faltado algún experto (o algún periódico español) que hubiera visto un autorretrato de Miguel Ángel en el asno. ¿Que no se lo creen? Pues miren aquí y verán como el supuesto autorretrato aparece en el inexistente fresco de La crucifixión de Cristo.

Bueno ¿cuál de ellos tiene razón? Si han tenido el humor de leer el artículo de El País, habrán visto que el experto tiene razones de peso para su identificación, el personaje lleva un turbante azul y Miguel Ángel se ponía un turbante blanco para pintar y, además, está montado a caballo, actividad que complacía en gran manera al pintor florentino. Con tan buenas razones uno estaría tentado a asentir ante tal muestra de sabiduría pero, por desgracia, el señor del turbante azul es un joven y Miguel Ángel comenzó a pintar el fresco de La crucifixión de san Pedro en la capilla Paulina en 1545 y lo concluyó en 1550. Puesto que Miguel Ángel nació en Caprese en 1475 o se quitaba más años que una folclórica o no es su autorretrato puesto que tenía 70 años cuando lo empezó y 75 cuando lo terminó.

Parece que el ABC va mejor encaminado porque san Pablo aparece representado como un anciano ¿verdad? Pues parece que no, porque acaban de cargarse el artículo original y se suman a las afirmaciones de los demás medios de que el autorretrato aparece en La crucifixión de san Pedro demostrando así que rectificar no siempre es de sabios porque si comparamos al joven del turbante azul con el Retrato de Miguel Ángel de Volterra (de 1541) o con el Retrato de Miguel Ángel de Venusti (de 1535) vemos cómo estos expertos le han echado mucha imaginación a la hora de encontrar parecidos.

En fin, que había que dar publicidad a la capilla Paulina y lo han logrado con la complicidad de todos los medios de comunicación del mundo mundial incluso de los que oyen campanas y no saben dónde.

Post Scriptum

Lo del diario ABC es de nota (de Muy Deficiente siendo generosos). Después de publicar la información sobre el supuesto autorretrato de Miguel Ángel en la figura del san Pablo, corregirla para atribuir el supuesto autorretrato al caballero con turbante azul en La crucifixión de Pedro, ahora en este artículo afirman:

"A medida que limpiaban la suciedad acumulada durante cuatro siglos y medio, los restauradores descubrían en el personaje del Apóstol de los Gentiles el rostro de un hombre anciano que también recuerda extraordinariamente a los retratos de Miguel Ángel realizados por sus contemporáneos y al conocido busto en bronce esculpido por Giambologna. El San Pablo-Miguel Ángel tiene los ojos cerrados, cegado por la luz del cielo, y un gesto de dolor que recuerda el sufrimiento personal del pintor durante aquellos años del ocaso de su vida."

Es decir, rectificamos... pero seguimos diciendo lo mismo. Bueno, pues ya puestos también pueden rectificar este párrafo:

"En 1557 inició otro autorretrato, esta vez en la «Pietá» llamada Bandini, conservada en la catedral de Florencia, mucho menos conocida que la primera, la de la basílica de San Pedro, tallada en 1499 cuando el escultor tenía sólo 24 años. Miguel Ángel empezó a esculpir la última en 1557, ya con 81 años, y la destinaba como monumento para su propia tumba. Con gran sufrimiento y esfuerzo se autorretrató en mármol en el personaje de Nicodemo, que sostiene el cuerpo de Jesús en la bajada de la Cruz y se lo está entregando a su madre."

Y aconsejar a su corresponsal en Italia, el Sr. Boo que compre y lea cualquier libro sobre Miguel Ángel antes de volver a escribir sobre él. Se evitará el encadenar errores como:

"En 1557 inició otro autorretrato... cuando se cree que la "Piedad florentina" (nombre con el que se designa habitualmente a esta obra) fue iniciada en 1550 y existía sin duda en 1555 (o 1556) porque fue destruida por el propio Miguel Ángel según Vasari porque el bloque de mármol empleado ocasionaba tales problemas al escultor que éste acabó perdiendo la paciencia. Pasó a propiedad de Francesco Bandini (de ahí lo de Piedad Bandini) y fue restaurada por Tiberio Calcagni.

"...conservada en la catedral de Florencia..." No busquen esta escultura en la Catedral de Santa María de las Flores porque desde 1960 no se encuentra allí. Se expone desde esa fecha a su lado, en el Museo dell´Opera del Duomo.

"...Miguel Ángel empezó a esculpir la última en 1557, ya con 81 años, y la destinaba como monumento para su propia tumba." Según Vasari, esta escultura fue creada por Miguel Ángel para su propia tumba, pero la fecha está equivocada y, además, la Piedad florentina no fue la última. Tal "honor" corresponde a la Piedad Rondanini en la que trabajaba el escultor cuando falleció en 1564.

Un periodista español dijo "Escribir en España es llorar" antes de pegarse un tiro. Hoy podemos decir que "Escribir en España es matar de risa a los lectores".

Post post scriptum:

El diario ABC continúa divirtiendo a sus lectores. En este artículo vuelven a afirmar que el autorretrato descubierto en la restauración está en la figura de san Pablo. Por si cambian el contenido del texto en los próximos minutos, lo que ahora está escrito es:

"Corrigiendo el error de buena parte de la prensa europea, que siguió confiadamente a “The Times” en la difusión de una noticia equivocada de "La Repubblica", Benedicto XVI clarificó que el autorretrato de Miguel Ángel en su última obra pictórica es precisamente el rostro de San Pablo – como informó el jueves ABC.es- y no el “hombre del turbante azul”."

Se olvidan de que entre los que siguieron confiadamente a The Times estaban ellos y que, en efecto, informaron de que el autorretrato estaba en el san Pablo pero prefieren pasar por alto que se corrigieron a sí mismos para seguir al resto de la prensa escrita. Claro que, por si acaso, dicen:

"Aunque el “hombre del turbante azul”, un personaje secundario, recuerda a Michelangelo Buonarroti, lo espectacular de los dos grandes frescos a ambos lados de la Capilla Paulina, es que se centran en los rostros de los dos Apóstoles. Pedro es un desconocido, pero Pablo es claramente Miguel Ángel anciano, con los ojos cerrados y un gesto de dolor como tantos que sufrió por los problemas para completar la Capilla Paulina. "

Y todo el mundo contento... ¿o no? Ya dije el primer día que todo esto me parecía una forma de publicitar el final de la restauración de la capilla Paulina y su previsible apertura al público... de pago. No veo por ningún lado el supuesto autorretrato en el hombre del turbante azul (un hombre joven cuando entonces Miguel Ángel era un anciano) y es más probable el del san Pablo. ¿Cuál es el problema entonces? Pues el mismo que tuvo el personaje de Les Luthiers que acertó a fundar Caracas en pleno centro de Caracas que ya estaba fundada:

"La mayoría ve en el derribado los rasgos del mismo Miguel Ángel;"

(La obra pictórica completa de Miguel Ángel. Ettore Camesasca. Traducción de Francisco J. Alcántara. Col. Clásicos del Arte nº 1. Ed. Noguer-Rizzoli editores. Milán, 1968. Págs. 105-106)

La identificación como un autorretrato de Miguel Ángel del hombre del turbante azul no hay por dónde sostenerla, la identificación como un autorretrato de Miguel Ángel del san Pablo no es ninguna novedad y, por tanto, nada tiene que ver con la restauración (y eso sin entrar en si lo es realmente o tampoco).

 

 

 

 

 

 

Un libro modélico... o casi

Pocas veces leo un libro que me guste. Pocas veces escucho una música que me guste. Pocas veces veo una película que me guste. Entiendo que es una secuela indeseada (que no indeseable) de mi escepticismo. Sencillamente, cuando uno se acostumbra a exigir rigor en las argumentaciones, en la presentación de pruebas... acaba extendiendo idéntica demanda a otros campos ajenos al debate intelectual.

Ignoro si es verídica o no la anécdota del rey francés que, atormentado por las continuas demandas de sus cortesanos que le pedían juzgase su mérito como poetas, acabó pidiendo consejo a un conocido escritor que le respondió: "Majestad, decid siempre que sus poesías son horrorosas. Acertaréis 99 veces de cada 100."

Podemos discutir si ese consejo linda con el cinismo, si es un mero enunciado fáctico o si el conocido escritor francés era un optimista de consideración. Me inclino por esto último. La cantidad de libros que no me gustan (por distintos motivos, desde los intelectuales a los formales) supera el 99% del total. Tal vez por ello, cuando un título supera el nivel de exigencia, siento la alegría del pescador de ostras que encuentra una margarita de magnífico oriente.

Me acerqué a Los nuevos charlatanes de Damian Thompson (Trad. Joan Lluís Riera. Col. Ares y Mares. Ed. Crítica S.L. Barcelona, 2009) sin ninguna gana. El título en español (el original es Counterknowledge. How we surrender to conspiracy theories, quack medicine, bogus science and fake history) me hizo pensar lo peor, que era una descalificación desde el bando escéptico del mundo de los "otros" sin mayores argumentos, algo por desgracia cada vez más frecuente.

El comienzo del libro me dejó una sensación agridulce. Me pareció muy bien que empezara criticando el (in)documental Loose Change (por si no lo saben, es el que nutrió la conspiranoia sobre el 11-S) desmontando tanto alguna de sus afirmaciones como desvelando los vínculos entre ese documental y la American Free Press y entre ésta y la revista neonazi Barnes Review que, curiosidades de la vida, tienen la misma dirección postal. Sin embargo, me parece innecesario el reproducir sobre este tema una frase de Matt Taibbi: "No me cabe ninguna duda de que cada vez que alguno de esos cabrones de Loose Change abre la boca, en algún lugar un republicano gana cinco votos" (Pág. 16) porque además de resultar muy discutible, no añade nada a la cuestión y resulta innecesariamente ofensiva. Por contra, resulta muy divertido el momento en que señala que los autores de Loose Change se "tragaron" la afirmación de la AFP que negó que una pieza de motor encontrada in situ en el atentado contra el Pentágono correspondiera a un Boeing 757 porque habían preguntado a una compañía aeronáutica si reconocían ese objeto como parte de uno de los motores que fabricaban y la respuesta fue negativa... porque se equivocaron de compañía fabricante.

También me parece magnífica la expresión medio cúltico creada por el sociólogo Colin Campbell para designar un medio cultural en el que no hay reglas, en el que todo vale. Desde la pertenencia a un medio cúltico son aceptables las ideas de que el 11-S fue un autoatentado, el Creacionismo o la negación del Holocausto. ¿Por qué? Porque estas ideas están estigmatizadas por el sistema. Por tanto, sus partidarios se ven como seguidores de un movimiento contracultural alternativo lo que resulta atractivo por sí mismo aunque, por supuesto, cualquier parecido entre los medios cúlticos y la realidad sea inexistente.

Debo aceptar, aunque me pese, la afirmación del Sr. Thompson de que estos medios cúlticos (antes minoritarios e inconnexos) están cada vez más extendidos e intercomunicados gracias a Internet. Eso ha permitido crear "alianzas" a priori absurdas entre, por ejemplo, grupos racistas blancos y negros que han descubierto que les el un antisemitismo visceral. Todo ello nos enfrenta a una monumental paradoja, los avances tecnológicos se emplean para atacar la Ciencia que los hace posibles. No esperen una solución a esa paradoja, sencillamente es así y la situación empeora por la actitud de los medios de comunicación de masas que en muchas ocasiones hacen de caja de resonancia acrítica de las afirmaciones generadas por los medios cúlticos. Esto es tanto más grave cuando esas afirmaciones se refieren a cuestiones sensibles como la infancia, la condición femenina, las minorías étnicas... cuando entramos en el terreno de lo políticamente correcto. El autor afirma:

"La izquierda ha contribuido a diseminar el contraconocimiento con su insistencia en el derecho de las minorías étnicas, sexuales y religiosas a creer falsedades que las hagan sentirse mejor con ellas mismas." (Pág. 34)

El ejemplo que da el Sr. Thompson para ilustrar su afirmación es pavoroso. En su país (Gran Bretaña) hay profesores de historia que eliminan cualquier referencia al Holocausto para no crear polémica con los alumnos musulmanes que niegan su existencia.

Por supuesto la izquierda no es la única culpable. El autor reparte sus "palos" a editoriales que pagan fortunas a los autores de engendros como El código Da Vinci, canales televisivos o periódicos que publicitan pseudoterapias, líderes islámicos que condenan la vacunación de la población o líderes católicos que afirman que los preservativos no son eficaces para prevenir el SIDA o, peor aún, que afirman que están contaminados para exterminar así a la población africana (si se están preguntando quién dijo tamaña barbaridad, fue el arzobispo de Maputo Francisco Chimoio). Sin embargo, en este tema de la religión tengo un desacuerdo con el Sr. Thompson que afirma:

"Si uno cree que el Espíritu Santo existe, nadie puede demostrar que se equivoque. Eso no es contraconocimiento." (Pág. 38)

Evidentemente, el Sr. Thompson (que es editor jefe de Catholic Herald) incurre en la inversión de la carga de la prueba. Nadie tiene que demostrar que el Espíritu Santo no exista, es el que sostiene su existencia el que debe probarlo. El creer en la existencia de entes sin presentar prueba alguna paar ello sí es contraconocimiento tanto si hablamos del Espíritu Santo como del fantasma de Michael Jackson.

De momento, hemos visto elementos positivos y alguno negativo aunque el balance general me parezca lo primero. No puedo decir lo mismo del capítulo segundo sobre Creacionismo y contraconocimiento. No faltan en él afirmaciones que subscribo como que con ser grave el problema del antievolucionismo ligado a las creencia religiosas cristianas en los EEUU, es mucho más grave el antievolucionismo ligado a las creencias religiosas islámicas. Nuevamente el ejemplo de su país es sangrante. Menos del 10% de los musulmanes del Reino Unido aceptan el Darwinismo. Con ser un procentaje ridículo es una maravilla en comparación con Indonesia, Pakistán y Egipto (entre el 2,5 y el 3%). No obstante, no estoy de acuerdo con una cuestión de fondo, si el Diseño Inteligente es o no Creacionismo. No dudo que dentro de los partidarios del DI haya de todo y que los más radicales de ellos puedan, a efectos prácticos, equipararse con los creacionistas, pero recordemos que la definición de Creacionismo (referida al campo de la Biología) es: " Doctrina que, en contraposición a la teoría de la evolución, defiende que cada una de las especies es el resultado de un acto particular de creación." Eso a muchos partidarios del DI les parece un absurdo porque no niegan la evolución de las especies sino que consideran que ésta no es un producto de mutaciones azarosas sino que es un proceso dirigido por una inteligencia (que para muchos de ellos, no todos, es identificable con Dios). Estos partidarios "moderados" del DI no son antievolucionistas sino antidarwinistas. Confundirlos con creacionistas me parece tanto un fallo en el rigor con el que debemos manejar las definiciones como una fuente de errores en al estrategia que se debe emplear con ellos.

Piensen en lo ridículo que es intentar convencer a alguien que acepta la evolución de las especies de que éstas no han sido creadas sino que han evolucionado de otras formas de vida anteriores. El resultado es una pérdida de tiempo y risible para más señas. El esfuerzo debe dirigirse a mostrar que la creencia en que la evolución está dirigida por cualquier forma de inteligencia es imposible de conciliar con el registro fósil. Que, por ejemplo, no tiene ninguna lógica que esa supuesta inteligencia rectora elaborara un plan para que apareciera el Hombre de Neanderthal... y que éste desapareciera sin dejar descendencia (somos sus primos, no sus hijos).

Los siguientes capítulos son los que me convencieron de que estaba ante un libro que merecía mi recomendación. En especial el tercero, titulado El retorno de la pseudohistoria y el quinto La industria del contraconocimiento me parecieron muy interesantes entre otras cosas por poner en su lugar varios disparates pseudohistóricos que no han merecido casi réplica en nuestro país, como las obras de Graham Hancock con o sin la colaboración de Robert Bauval o 1421: El año en que China descubrió el mundo de Gavin Menzies.

Me parecen clarísimos y lúcidos los otros dos capítulos, el cuarto Remedios desesperados (dedicado, por supuesto, a las pseudoterapias como la homeopatía) y el sexto Vivir con el contraconocimiento como resumen y reflexión sobre lo antedicho. La visión implacable y pesimista de este último sospecho que no gustará nada a los políticamente correctos pero ¿qué escépticos seríamos si prefiriésemos una mentira por reconfortante que ésta sea a la verdad por desasosegante que resulte?

 

La Bella cada día más Desconocida

 

 

 

Que soy (y ejerzo de) palentino no es ningún secreto. Al contrario, siempre he dicho que el banco de mi personalidad se asienta en estas cuatro patas: ser ateo, republicano, escéptico, "colchonero" y palentino (habrán deducido dos cuestiones al respecto, que me va la marcha sado-maso y que no me va la aritmética).

Francamente, sé que tengo idéntica imposibilidad de ver la extensión en España de un ateísmo respetuoso con las creencias de los demás, de vivir la instauración pacífica de la III República, de contemplar cómo el pensamiento crítico se extiende a amplias capas de la población, de admirar a Neptuno descollando en un mar rojiblanco o de gozar de una Palencia en el lugar que merece, pero soy lo que quiero ser aunque debo reconocer que nacer en Palencia me facilitó la cuestión de ser palentino sin necesidad de retorcer la verdad al estilo del célebre poeta dramaturgo y no-velista (no, no es un lapsus calami, es un sarcasmo) cordobés que nació en Brazatortas (Ciudad Real). Y sí, reconozco que cuando uno va por la vida ejerciendo de escritor exquisito resulta de los más anticlimático declarar su nacimiento en un pueblo manchego con un nombre tan poco poético aunque estoy convencido de que los verdaderos torteños están tan justamente orgullosos de su localidad como yo de la mía.

Dejémonos de oropeles vacuos y de galas prescindibles para ir a la catedral de mi ciudad. Si les preguntara qué catedrales de entre las españolas son las que más admiran sospecho que me encontraría (el orden no importa) con Burgos, León, Toledo, Sevilla, Barcelona, Palma de Mallorca... Me extrañaría que citaran la palentina. No crean que el cariño por mi tierra me ciega. El exterior de la seo de mi ciudad es un horror (salvo el bellísmo ábside gótico), infortunio que cabe achacar al cambio en el plan inicial (cuando ya estaba construyéndose el crucero se decidió que la catedral era demasiado pequeña así que se alargó motivando que existan un crucero y un pseudocrucero, dos capillas mayores, cuatro portadas... y una desproporción de lo más antiestética). El plan (pelín faraónico, la verdad) tuvo otras dos consecuencias negativas, la primera llevar la ejecución de la obra al periodo de transición artística entre el Gótico y el Renacimiento lo que motivó una indefinición estilística que podemos apreciar en las dos portadas del crucero, la Puerta del Obispo en estilo pseudogótico (arcos ojivales con apostolado -realizado en el S XVII- adosado a las columnas, la figura de María -también del S XVII- que debió coronar un parteluz inexistente... mezclados con casetones con decoración renacentista a base de puttis, candelieri...) y la Puerta de los Reyes con la misma confusión entre arcos ojivales (y de medio punto y óculos), decoración con casetones renacentistas y, para empeorar la mezcolanza estilística, esculturas en hornacinas rematadas con frontones. Un par de columnas salomónicas es lo único que hubiera faltado para terminar de jo... artísticamente hablando, claro. La segunda consecuencia negativa es que la Catedral quedó inacabada. La que hubiera debido ser la fachada principal (la de los pies) nunca se realizó, lo que explica su deplorable aspecto que no mejoró con la construcción en fechas recientes (en 1980) de la puerta pseudorrenacentista obra del Sr. Chueca Goitia que no se lució con el proyecto arquitectónico precisamente.

¿Faltaba algo más para que el exterior sea perfectamente descriptible (si no lo hago es por no caer en la escritura cacofónica)? Pues la torre. Su ¿estética? según los bienintencionados se debe a un carácter utilitario, a que se concibió como una torre militar. Como yo sigo sin saber qué pito toca en esa época (segunda mitad del S XV) una especie de torre del homenaje anexa a un templo (y, para más INRI, en el lugar que no corresponde) silenciaré mi opinión sobre esa obra arquitectónica. Me basta con señalar que, por desgracia, un gran arquitecto modernista, don Jerónimo Arroyo, no pudo realizar su proyecto de substituir eso por una torre neogótica (que era un pastiche de cuidado, pero mejor lo kistch que un montón de...)

Si el exterior puede lograr el milagro de ahuyentar a un turista japonés antes de que haga ni una sola foto, el interior es completamente distinto. Lo que en el exterior es pesadez, fealdad... se convierte en la elegancia de sus bóvedas, la mezcla de estilos que resulta penosa en el exterior consigue en el interior el milagro de la Capilla de los Reyes, lo que en el exterior es un conjunto de errores penosos se transmuta en una sucesión de logros artísticos extraordinarios, retablo de la Capilla del Sagrario, Altar Mayor, retablo de la Capilla de San Ildefonso, retablo de la Capilla de San Gregorio y, por supuesto, el Trascoro... por citar sólo unas pocas obras. Si unimos a ellos pinturas como El martirio de san Sebastián de El Greco, Díptico de Pedro Berruguete, Los desposorios místicos de santa Catalina de Mateo Cerezo (una de las dos versiones que realizó el autor sobre este tema, la otra se conserva en el Museo del Prado) o el Políptico de los Dolores de la Virgen de Jan Joest de Kalkar (o de Calcar), esculturas como el Cristo de las Batallas (el nombre viene de que, según la tradición, ante este Cristo las tropas palentinas presentaban sus pendones antes de ir al combate a las órdenes del obispo de turno que, para eso, tenía el señorío de esta ciudad), los relieves del Púlpito del obispo D. Luis Cabeza de Vaca obra de los entalladores Juan de Cambray y Pedro del Flandes y del escultor Juan Ortiz el Viejo I (también se supone que trabajaron en él los doradores Andrés y Miguel de Espinosa, pero dado que no presenta ningún tipo de dorado...), los relieves de la puerta del arco en esviaje atribuidos a Miguel Álvarez... además de obras de orfebrería como el Altar de plata de Andrés Francisco y Juan Francisco Espetillo, y Juan Francisco Velasco o la Custodia de Juan de Benavente, además de los Tapices de la catedral de Palencia, libros, documentos... que forman un museo extraordinario. De ahí el apodo de la Bella Desconocida que recibe nuestra catedral.

Pese a que pudiera parecer que es cada día un poco menos desconocida y que cada día más bella gracias lo primero a la celebración de las Edades del Hombre en 1999 que supuso una puesta de largo ante miles de turistas que se quedaron ojipláticos ante lo que estaban viendo, y lo segundo gracias a las continuas obras de restauración que realiza el obispado con la colaboración de organismos público y privados. Sin embargo, nuestra catedral también es muy palentina, su severidad exterior contrasta con la belleza interior pero también parece complacerse en guardarse secretos que sólo desvela de vez en cuando. En el siglo pasado (en 1905) fue el descubrimiento de que la cripta románica ocultaba una sorpresa, un recinto visigótico de mediados del siglo VII. Posteriormente (en 1971) fue el descubrimiento de lo que fue, casi sin duda, la mesa de altar de la antigua catedral románica. Estaba tapada con materiales de relleno y madera en la Capilla del Sagrario y consta de una losa de más de 3,30 m X 1,60 m que se apoya en dos columnas (con basa, fuste y capitel) románicas de unos 90 cms. El ara es de ágata de 30 X 20 cms. Ya en nuestro siglo, al proceder a reabrir los vanos del claustro (habían sido cegados para evitar su hundimiento a finales del S XVII) se encontraron restos de las vidrieras antiguas de las que existe prueba documental que fueron realizadas por Juan de Valdivieso y Arnao de Flandes. El último hallazgo se ha hecho público en estos días y se produjo al proceder a la renovación del pavimento tras la Puerta de los Novios y es un modillón (o canecillo) románico y, según dicen los que lo han visto, muy arcaico a juzgar por su estilo.

Esto nos lleva a la historia de la Catedral. Ya hemos dicho que hay restos de una edificación visigótica de mediados del S VII de la que ignoramos qué fue e incluso cuál es su tamaño real (se cree que es más amplia que el recinto diminuto que podemos ver pero no puede seguir excavándose sin poner en peligro la propia estructura del templo) e incluso si fue un edificio construido al aire libre y que se convirtió en subterráneo al aumentar el nivel de los terrenos adyacentes o si siempre ha sido una cripta. A este edículo se le adosó a comienzos del S XI esta construcción que pueden encontrar descrita como románica, prerrománica o protorrománica de 17 X 8 metros y que, ésta sí, ya fue construida como una cripta dada la robustez de los arcos fajones (aunque haya quien lo niegue dada la existencia de "ventanas", éstas son ciegas y aprecen ser un mero motivo decorativo). El "problemilla" es que, al igual que sucede con la parte visigótica, sabemos que hay edificaciones adyacentes a esta sala que no pueden ser excavadas. La parte hipogea de la catedral palentina es, en gran parte, un enigma lo que da pie a la existencia de numerosas afirmaciones sin prueba alguna que las sustenten (por ejemplo, que la edificación visigótica se realizó en el lugar que ocupaba un templo romano).

Por contra, el resto de la historia pensábamos que lo conocíamos mejor. Sobre esa cripta se comenzó a edificar una catedral románica a mediados del S XII que fue consagrada en 1212 y que fue siendo derruida y substituida por la actual desde 1321 hasta 1516 (fecha de la supuesta finalización de las obras que, en realidad, permanecen inconclusas hasta el día de hoy) aunque algunos capiteles (y otros elementos) se reaprovecharon en la nueva catedral. La obra se inició en el ábside y fue avanzando hacia los pies con el replanteo debido a la decisión de ampliar el templo del que ya hablamos. Hasta aquí lo que sabíamos porque es lo que está documentado. El "problemilla" es que hay cosas que no casan. Veamos el plano de la catedral de Palencia. Pueden ver el pseudocrucero (que une las Puertas de los Novios y de los Canónigos marcadas con las letras A y B en el plano) y por "encima" de él la capilla Mayor antigua (hoy capilla del Sagrario marcada con el número 1) y las siete capillas absidiales marcadas con los números 2 al 7 -si se pregunta el porqué hay una capilla sin numeración es porque está tapiada y dedicada a calefacción-) y entre ambos elementos, la girola. Como dijimos, esta parte es la más antigua de la catedral gótica, la construida entre 1321 y 1426. Pues bien, por debajo de esta línea y correspondiendo, supuestamente, a las obras realizadas entre 1426 y 1486 encontramos elementos góticos para entonces ya en desuso como dos bóvedas de crucería cuatripartitas en la torre y en uno de los dos tramos de la Sacristía (número 23 en el plano) mientras que el otro tramo se cubre con una bóveda estrellada como es propio de esta época. Esto unido a la extraña tipología de la propia torre y a su inusual localización ha conducido a algunos a pensar que es un reaprovechamiento de una construcción ya existente de carácter militar (por ejemplo, véase el artículo Catedral de Palencia en la wikipedia en su cuarto párrafo). Debo reconocer que para mí eso no resuelve el problema, sólo lo replantea porque ¿cuál es la razón de que se decidiera reaprovechar una torre de carácter militar cuando estéticamente es un horror y ya no tenía ningún sentido práctico? No obstante, no son los únicos elementos fuera de lugar. En la capilla del Baptisterio (número 2 en el plano) hay un arco ojival muy primitivo y que, para más INRI, no tiene ninguna función. Sencillamente, está ahí.

Todo eso nos lleva a concluir que aún hay muchas cosas que desconocemos, que la catedral de Palencia sigue siendo una gran desconocida y que, tal vez, las excavaciones arqueológicas que van a iniciarse en la zona de la Puerta de los Novios y en las que se plantean alcanzar el estrato situado a -4 metros desde el nivel actual del pavimento permiten conocer algunas respuestas a estos enigmas aunque, con mayor probabilidad, nos haga enfrentarnos a nuevos misterios.

 

 

 

Lo imprevisto

 

 

 

 

 

 

 

¿Cuál es, según su opinión, el autor de obras literarias (o algo así) que ha tenido un éxito popular más inmerecido? Para que el Sr. Brown (Dan para sus amigos) no se lleve todos los votos, permítanme limitar la pregunta a aquellos escritores cuya obra viera la luz en el siglo pasado. Si, además de pensarlo, quiere Vd. hacer pública su opinión ya sabe que para eso están los comentarios.

Mi respuesta es Isaac Asimov. ¿Por qué? Tuvo un inmenso éxito en vida (afortunadamente, parece que su obra va siendo olvidada por las nuevas generaciones) pese a ser un pésimo escritor. Además, mostró toda su vida un profundo desconocimiento de la Historia que se tradujo tanto en unos libros deleznables conocidos como Historia Universal Asimov como en el motivo central de su obra más famosa, la Trilogía (por cierto, es una trilogía formada por siete novelas lo que la convierte en la "trilogía" más completa del mundo mundial) de la Fundación. Prescindamos de las cuatro novelas (dos secuelas y dos "precuelas" que no colaron en ningún caso) con las que Asimov quiso hacer caja treinta años después y vamos con la Trilogía original escrita a comienzos de los años 50, Fundación, Fundación e Imperio, Segunda Fundación.

Si las han leído (y si no lo han hecho no se han perdido nada) saben que arranca de algo denominado Psicohistoria, una Ciencia que permite predecir la Historia mediante modelos matemáticos (cada vez que escribo esto, la ternilla se va por el suelo). Como esto debió sonar muy raro hasta para su desconocimiento enciclopédico de la Historia, introdujo una analogía científica, es muy difícil predecir el comportamiento de una molécula determinada de gas pero no el de un gran número de ellas. Obviamente, el comportamiento humano es mucho más complejo que el de una molécula de gas entre otras "cosillas" porque somos conscientes, tenemos la posibilidad de modificar nuestro comportamiento según las circunstancias... algo que también sucede cuando en vez de hablar de un hombre como individuo hablamos de un colectivo más amplio.

Por mucho que se diga que la masa es ciega y que sigue al líder, incluso si aceptáramos la premisa (que va a ser que no) tendremos que el comportamiento del líder como individuo es imprevisible. Cualquier vistazo a la Historia por somero que resulte, nos mostrará la gran importancia que adquieren en ocasiones cuestiones a priori nimias e impredecibles. Pongamos un ejemplo, un asesinato doméstico en la línea de las novelas de Agatha Christie que acabó siendo un factor importante para que el Reino Unido aboliera (en la práctica) la pena de muerte en 1965. Como alguno de Vd. ya habrá deducido, vamos a recordar el caso de los asesinatos en el número 10 de Rillington Place.

En abril de 1948 el matrimonio formado por Timothy y Beryl Evans se trasladó a vivir al número 10 de Rillington Place, una antigua casa victoriana de tres pisos que habían sido convertidos en minúsculos apartamentos independientes formados por una habitación, un comedor y una cocina. Todos tenían en común un lavadero y un retrete situados en el patio accesible desde la planta baja. Ya vivían allí (desde 1938) el matrimonio formado por John y Ethel Christie que ocupaban la planta baja y, desde la década de los 20, Charles Kitchener, un jubilado de los ferrocarriles de unos sesenta años con graves problemas de visión, que vivía en el primer piso. En octubre de 1948 los inquilinos del nº 10 de Rillington Place aumentaron con el nacimiento de Geraldine Evans, hija de Timothy y Beryl. Geraldine, según parece, trajo la felicidad a sus padres pero no sucedió lo mismo cuando en el verano de 1949 Beryl se quedó nuevamente embarazada. La familia Evans ya lo estaba pasando mal en el terreno económico y un nuevo hijo era una catástrofe que no querían afrontar. Las discusiones en el matrimonio fueron aumentando y, finalmente, decidieron que Beryl tenía que abortar, algo que era ilegal en el Reino Unido en 1949.

En noviembre de 1949 Timothy Evans abandonó el 10 de Rillington Place después de vender todas las propiedades del matrimonio y se transladó a su Gales natal. El 30 de noviembre de 1949 acude a la policía y les comunica que su mujer Beryl había fallecido al intentar abortar con un medicamento que él había adquirido a un desconocido y que había depositado su cadáver en una alcantarilla frente a su antigua vivienda. La policía intenta confirmar esa confesión, pero pronto se dan cuenta de que es falsa. La tapa de la alcantarilla es tan pesada que hicieron falta tres agentes para levantarla cuando Timothy Evans era una persona físicamente débil y, además, estaba vacía. Ante esos hechos, Evans cambia su confesión. Ahora sostiene que su vecino John Christie se había ofrecido a practicar el aborto a su esposa Beryl y que algo había salido mal durante la operación. Cuando él llegó a casa la tarde del martes 8 de noviembre había visto su cadáver tendido en la cama con el rostro ensangrentado y con sangre también en lo que el Sr. Evans eufemísticamente llamó "the bottom part". El Sr. Christie le dijo que permaneciera en la cocina mientras él forzó la puerta del apartamento del Sr. Kitchener aprovechando que éste había sido conducido al hospital para ser operado y depositó allí el cuerpo con la intención, siempre según el relato del Sr. Evans, de esconderlo en la alcantarilla. Cuando el Sr. Evans regresó al día siguiente (miércoles 9 de noviembre) de trabajar, el Sr. Christie le dijo que conocía un matrimonio del East Acton que podría hacerse cargo de Geraldine. Al día siguiente (jueves 10 de noviembre) le comunicó que ya había dejado a Geraldine con la pareja citada, que ya se había desecho del cadáver y que lo mejor sería que él (el Sr. Evans) abandonara Londres. Entre el viernes 11 y el domingo 13 negoció la venta de sus propiedades y el lunes 14 de noviembre después de vaciar su piso tomó el tren con destino a Gales. Interrogado por la policía acabó admitiendo que él había ayudado al Sr. Christie a bajar el cadáver de Beryl hasta el piso del Sr. Kitchener cuando se dio cuenta de que no podía hacerlo solo.

El resto de la historia era, desgraciadamente, previsible. El 2 de diciembre la policía encontró en el lavadero comunal del nº 10 de Rillington Place los cadáveres de Beryl y Geraldine Evans. Ambas habían sido estranguladas. La policía mostró a Timothy Evans la ropa que llevaban los cuerpos y le preguntó si lo había hecho él. El Sr. Evans contestó que sí. Después realizó dos confesiones completas en las que se atribuía el asesinato de su mujer e hija.

El juicio contra Timothy Evans por el asesinato de su hija Geraldine comenzó el 11 de enero de 1950. En él, el Sr. Evans se desdijo de sus confesiones y acusó de los asesinatos a su vecino, el Sr. Christie pero aparte de sacar a relucir los antecedentes penales de éste (unos pequeños robos y agresiones sucedidos entre 1921 y 1933) la defensa no fue capaz de suscitar una duda razonable en el jurado. El pasado del Sr. Christie en ambas guerras mundiales (combatiente gaseado en la I y policía voluntario en la II) jugó a su favor así como el hecho de que su declaración como testigo de cargo fue corroborada por la de su esposa Ethel. El 13 de enero, después de cuarenta minutos de deliberación, el jurado emitió un veredicto de culpabilidad y fue sentenciado a muerte. El 9 de marzo de 1950 Timothy Evans fue ahorcado.

Éste hubiera podido ser el final de la historia, pero el juicio hizo mella en el Sr. Christie. Habían salido a la luz pública sus antecedentes penales y, además, se había visto implicado en un delito atroz. Fue despedido de su trabajo y el matrimonio comenzó a tener problemas. En diciembre de 1952 desapareció Ethel Christie sin que fuera vista nunca más, pero el fin llegó cuando John Christie fue deshauciado el 20 de marzo de 1953 por haber intentado realizar un realquiler de su vivienda en Rillington Place. El 24 de marzo el nuevo inquilino, Beresford Dubois Brown, realiza unas obras en la cocina para las que derriba un tabique. En el hueco que aparece tras él encuentra los cadáveres de tres mujeres. Posteriormente la policía encontró dos cadáveres más sepultados en el jardín y el de la Sra. Christie bajo la tarima del suelo de su dormitorio. Todas ellas habían sido estranguladas. Cuando fue detenido, John Christie confesó siete asesinatos incluido el de Beryl Evans (negó, no obstante, haber asesinado a la niña Geraldine).

El 22 de junio de 1953 comenzó el juicio contra John Christie acusado del asesinato de su esposa Ethel Christie. La defensa alegó que su cliente estaba loco, pero el jurado sólo necesito veintidós minutos para emitir un veredicto de culpabilidad. Condenado a muerte, John Christie fue ahorcado el 15 de julio de 1953.

Hasta aquí los hechos en cuya exposición he procurado ser tan objetivo como me ha sido posible. Lo que supuso para la opinión pública británica (que no era mayoritariamente contraria a la pena capital) el convencimiento de que al ahorcar a Timothy Evans se había ejecutado a un inocente (aunque nadie duda que si se hubiera sabido en el momento de juicio que John Christie era un asesino en serie -ya había estrangulado a las dos mujeres que aparecieron posteriormente enterradas en el "jardín"- el Sr. Evans no hubiera sido condenado, existen serias dudas de que Christie asesinara a Beryl y Geraldine Evans. Las confesiones que realizó Evans y la que realizó Christie admitiendo haber asesinado a Beryl Evans contienen, en todos los casos, afirmaciones que son demostrablemente falsas lo que obliga a que nos planteemos la duda sobre su veracidad. Posiblemente nunca se sepa con certeza qué sucedió en el 10 de Rillington Place. Los que aún investigan el tema sostienen teorías diversas como que Timothy Evans asesinó a su mujer e hija, que asesinó a su mujer pero que fue Christie el que mató a la niña, que fue Christie el que estranguló a ambas... y todos ellos presentan indicios y deducciones que apoyan sus hipótesis) fue un ejercicio de catarsis. Una cosa es que todo el mundo fuera consciente en el plano teórico de que la Justicia es falible y la pena capital irreversible y otra bien distinta el estar ante un caso real de ejecución de un inocente (bueno, dejémoslo en que no debió haber sido condenado por la existencia de una duda razonable). El horror ante los asesinatos se vio incrementado con el horror por lo que todo el mundo consideró como un error judicial de imposible reparación.

El choque para la opinión pública fue de tal calibre que un grupo de parlamentarios intentó, en vano, que se aplazara la ejecución de John Christie hasta que hubiera sido sometido a nuevos interrogatorios para averiguar qué sucedió realmente en el 10 de Rillington Place. Tampoco tuvo éxito su intento de reunirse en la cárcel con él para intentar que confesara la verdad.

Una autora tan popular entonces como ahora, Agatha Christie, ya había expuesto en varias de sus novelas la posibilidad de que un inocente fuera acusado y/o condenado por unos crímenes que no había cometido ("El misterio de la guía de ferrocarriles" 1936, "Matar es fácil" 1939, "Cinco cerditos" 1942, "Hacia cero" 1944, "La Sra. McGuinty ha muerto" 1952...) pero era mera ficción... hasta que se hizo realidad. El debate, que prácticamente había desaparecido en Gran Bretaña después de la II Guerra Mundial y los consiguientes Juicios de Nuremberg, sobre la abolición de la pena de muerte encontró en el caso Evans-Christie su alimento. En 1965 se estableció una moratoria para la pena capital como castigo por los delitos de homicidio que, en la práctica suponía su derogación. Al año siguiente, Timothy Evans recibió el indulto póstumo por el asesinato de su hija Geraldine.

Hoy todo eso está prácticamente olvidado en nuestro país. Si acaso algunos cinéfilos recordarán una magnífica película 10 Rillington Place que quiso ser tan fiel a los hechos que se rodó en un edificio real de Rillington Place, concretamente en el nº 8, gemelo del nº 10 (aunque peca, como el libro homónimo de Ludovic Kennedy en el que se basó, de una nada disimulada creencia en la inocencia del Sr. Evans), pero no busquen Rillington Place en ningún callejero de Londres. Su nombre fue cambiado a petición de los vecinos hartos de que se les relacionase con esos crímenes. En 1971, el edificio número 10 de Ruston Close (la nueva denominación de Rillington Place) fue demolido. La zona fue remodelada de una forma tan radical que hoy ni siquiera existe la calle con cualquier denominación.

Fuera cual fuese la verdad de lo sucedido en el 10 de Rillington Place hoy sólo puede ser objeto de juegos intelectuales pero las lecciones que se desprendieron de aquellos crímenes continúan vigentes. Hoy nadie puede ser ejecutado en el Reino Unido (ojalá pudiéramos decir lo mismo de todos y cada uno de los países de la Tierra). La Justicia puede equivocarse, pero al menos hay una posibilidad de reparación en tal caso. La pena capital es odiosa por sí misma. Incluso Albert Pierrepoint, el célebre verdugo británico que ejecutó a Timothy Evans y John Christie (además de otras 400 personas aunque algunos elevan la cifra hasta los 600) en su autobiografía renegó de la condena a muerte (aunque no está claro que ese pasaje respondiera realmente a su sentir).

Otras lecciones, por contra, necesitan ser recordadas de continuo. En su día nadie dudó de la culpabilidad de Evans y, posteriormente, nadie dudó de la culpabilidad de Christie. El juicio mediático ya se había producido antes de sus condenas. Hoy en día, la situación no ha cambiado y basta con mirar a nuestro país para ver cómo los medios se emepeñan en ejercer de jueces.

¿Algo de todo ello era previsible? Todavía hoy nos cuesta creer que pasara como para que fuera previsto por medio alguno, tan inútiles son en este sentido las cartas del tarot o los horóscopos astrológicos como los modelos matemáticos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hoy tendrán que disculparme por meterme en terrenos más propios de D. César Coca y su muy recomendable blog Divergencias pero acabo de terminar la lectura de una novela que me ha sorprendido tan gratamente que quiero compartir ese sentimiento con Vds.

No sé si se habrán percatado de que no soy muy aficionado al género fantástico, de ciencia-ficción... no porque odie la literatura temática sino, sencillamente, porque no suelen ser literatura. Un libro puede tener muchas utilidades, desde decorar un estante vacío a nivelar la pata de una mesa pero algunos somos tan raros que pedimos que la ficción sea capaz de emocionarnos y de movernos a la reflexión. No nos basta conque nos haga pasar un rato entretenido y, después, olvidarlo como si nunca lo hubiéramos leído. Queremos que nos provoque algún sentimiento (no necesariamente tiene por qué ser agradable) y que nos haga pensar. Por desgracia, la inmensa mayoría de las novelas (y los cuentos, no los olvidemos) que he leído y que pertenecían a esos géneros sólo me han suscitado el sentimiento del tedio y el pensamiento de cuánto tiempo llevaba el autor sin obrar para haber producido tal descarga de m....

Ese rechazo nada apriorístico no respeta ni siquiera a los considerados grandes. Habrán apreciado que Asimov no es santo de mi devoción como tampoco lo son Arthur C. Clarke, Philip K. Dick, John Ronald Reuel Tolkien, Clive Staples Lewis... e, incluso, autores cuyas primeras obras sí me parecieron excelentes como Orson Scott Card o Frank Patrick Herbert no consiguieron renovar mi estima con sus obra posterior. ¿Y el terror? Pues además de ser lo que siento cada vez que alguien me habla de una novela con elfos y trolls o con androides y robots (y si lo mezclamos todo, es mi particular idea del inexistente infierno), por lo demás la situación es idéntica. Como Edgar Allan Poe, Jan Nepomucen Potocki de Pilawa, Mary Wollstonecraft Godwin... fallecieron cuando el mundo editorial todavía tenía vergüenza (si lo hubieran hecho hoy, se hubieran "encontrado" los manuscritos póstumos de "Los nuevos asesinatos en la rue Morgue", "Más papeles encontrados en Zaragoza" y "El regreso de Frankenstein o el modernísmo Prometeo") no parece probable que aporten nuevas obras al género, tenemos que conformarnos con Stephen King (¡Viva la república!), Peter Francis Straub, Dean R. Koontz (¡no, otra novela más, no!)... y otros incluso peores (y ser peor escritor que el Sr. Koontz tiene mucho mérito pero es posible y si no que se lo pregunten a James Herbert).

Bueno, después de no haber dejado títere con cabeza llega el momento en que los títeres se levantan convertidos en zombis, ya saben, esas "simpáticas" criaturas tomadas del folclore haitiano y convertidas por obra y gracia de George Andrew Romero en la versión gore del vampiro. Sí, ya sé que en las primeras apariciones de los vampiros en la literatura occidental éstos son tan aristocráticos como Belén Esteban hablando de "almóndigas" ya que, entre otras cosas, son necrófagos lo cual no queda demasiado presentable, pero la idea de todos tenemos ahora es la del conde Drácula (que se parecía mucho al gran sir Christopher Frank Carandini Lee) creado por Abraham Stoker, así que reconozco que el encanallarlos un poco no deja de ser una vuelta a sus orígenes, pero no es algo que me guste.

Sabiendo todo eso pueden suponer la cara que puse cuando mi amigo Guillermo me trajo este libro con la recomendación de que lo leyera. Como todavía le debo el favor de haberme dado a conocer la saga de la Canción de hielo y fuego de George Raymond Richard Martin le hice caso aunque el libro tenía todas las posibilidades de gustarme tanto la canción del verano que este año no ha habido (afortunadamente). Máxime cuando vi que su autor, Maximillian Brooks es hijo de su señor padre (acabaría de quedarme calvo si no fuera porque lo soy desde que nací) al que debo alguno de los peores momentos vividos en una sala de cine (sí, es él). Bueno, también es hijo de Anne Bancroft a la que debemos esa maravilla que es 84, Charing Cross Road (sí, tienen razón, la produjo su marido así que no debería meterme mucho con él) así que la admiración por su madre se equilibra con la aversión al cine paterno. Además, los seres humanos no somo caballos de carreras para tener que mirar el pedigree.

Bueno, pues héme aquí ante una novela titulada Guerra mundial Z. Una historia oral de la guerra zombi, escrita por un señor del que no sabía nada y publicado por una editorial (editorial Almuzara) que me resultaba tan conocida como el Sr. Brooks. Por lo demás todo perfecto. Esperaba encontrarme con la habitual dosis de casquería propia del terror serie Z (va sin segundas), con una nueva La noche de los muertos vivientes pero en color y con más vísceras (sí, tienen razón, acabo de describir No profanar el sueño de los muertos). Lo que no esperaba es una novela ambiciosa y bien construida.

La guerra zombi ha terminado con la victoria de la humanidad. Las Naciones Unidas redactaron una historia oficial de la guerra, pero sienten que se ha perdido el calor humano. Para remediarlo una persona recibe el encargo de recoger los testimonios de los supervivientes que aporten esos rasgos. Su supuesto informe es Guerra mundial zombi. Estamos pues ante la equivalencia literaria del Puntillismo. Tenemos una serie de relatos que, cada uno por sí mismo, no dice gran cosa. Sólo la unión de todos ellos cobra sentido. Esto ya es una decisión arriesgada del escritor porque si está bien hecha la novela es magnífica, pero el menor error la convierte en algo deslavazado, incapaz de atraer la atención del lector. El Sr. Brooks la conduce por buen camino evitando las dificultades y los tópicos al uso.

La estructura, no obstante es clásica, planteamiento, nudo y desenlace. Asistimos al comienzo de la epidemia en China, los intentos de ocultamiento que sólo consiguen empeorar la situación, la extensión del problema hasta el punto que la humanidad está a punto de desaparecer y entonces llega el plan Redeker desde Sudáfrica, uno de los grandes aciertos de la novela. Creado por Paul Redeker en la Sudáfrica de la supremacía blanca para garantizar la supervivencia de la clase dirigente en caso de un revuelta generalizada de la población negra, será adaptado a la nueva situación. Gracias a Paul Redeker la humanidad vence la amenaza zombi pero después de aplicar el plan Redeker ¿es humana la humanidad? Como verán esto tiene poco que ver con una historia de terror convencional porque entramos de lleno en cuestiones éticas y políticas. ¿Se acuerdan del muchacho de La carretera de Cormac McCarthy preguntando a su padre si ellos son los buenos? Al final, como aquel niño, acabamos preguntándonos si nosotros somos los buenos.

los zombis están allí como una amenaza omnipresente, pero la humanidad post Redeker no es un modelo de simpatía. La depresión, la locura y el suicidio acechan a esos hombres obligados a hacer cosas terribles para sobrevivir, comenzando por el trágico destino del propio Paul Redeker incapaz de soportar el peso de la culpa y terminando por los soldados "victoriosos", héroes y heroínas cansados que lloran por los compañeros caídos y por sí mismos. Victoria al fin y al cabo pero tan trágica que nos preguntamos si estamos ante una victoria pírrica, si en su empeño por sobrevivir la humanidad no se ha convertido en algo peor que los propios zombis.

Preguntas que cada uno debe responderse porque el Sr. Brooks no lo hace. Al contrario, la estructura de la novela como un conjunto de supuestas declaraciones de testigos presenciales deja inmensas lagunas en la narración que el lector debe rellenar con su propia imaginación, como también debe poner nombre a los personajes en los casos en los que, obviamente, están basados en personas reales como el presidente de Sudáfrica o el presidente negro (no, no es él) y el vicepresidente blanco de los EEUU.

En fin, una novela más que digna que no es literatura de altísima calidad (ni afortunadamente lo pretende) y que en su sencillez aparente que no real me parece mucho más digna de ser leída que los tochos infumables tipo "La reina que se quemó los piercings con un bidón de gasolina porque los hombre no la amaban" o algo así.

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando las imágenes valen más que las palabras

La máxima autoridad del ocultismo mundial habla sobre los rituales en el vudú y me ahorra el tener que comentar nada más. Pueden verlo aquí.