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Escritos desde el páramo

Crítica a la pseudohistoria

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (III)

Viene de aquí
1143. Evervin, preboste de un establecimiento premonstratense en Steinfeld, acude a un juicio por herejía en Colonia. Dos líderes de una secta, a los que califica como un obispo y su asistente, fueron arrojados por la multitud enfurecida a la hoguera.
En 1150 un monje, Eckbert o Egberto, entró en contacto con unos herejes en Bonn. En 1163 Egberto escribe una serie de trece sermones contra esa herejía a la que identifica como maniquea. Advierte sobre su peligrosidad potencial que se ve incrementada por no depender de ningún líder carismático sino que poseía una ideología propia. Esto la permitiría perdurar en el tiempo y no estar confinada a una zona determinada. Describe así una ceremonia de estos sectarios:
"El infortunado que va a ser bautizado, o catarizado, está de pie en el centro y el archicátaro está junto a él sosteniendo un libro que es usado para este oficio. Pone el libro encima de su cabeza y lo convierte en un hijo de la Gehenna... A esto lo llaman el bautismo por el fuego." [1] (Pág. 42)
Evidentemente, esa herejía es el catarismo y la ceremonia sacramental que describe Egberto es el Consolamentum que convertía al fiel que lo recibía en Perfecto. Hora es ya de que hablemos de las creencias de los cátaros.
Son un movimiento dualista. Es decir, que a la pregunta de ¿por qué existe el mal en el mundo si el Dios creador es bueno? responden afirmando que existen dos principios creadores, uno bueno y otro malo. En el caso del catarismo, el mundo material ha sido creado por Satanás lo que le convierte en impuro mientras que el mundo de los espíritus sí ha sido creado por Dios y es, por tanto, puro. Sobre esta premisa se desarrolla una teología tan sutil como una patada en los cojones (obviamente esto es una opinión personal).
De su rechazo de la materia se deriva una serie de creencias como es el rechazo del matrimonio con fines reproductivos puesto que cada nuevo nacimiento suponía que un alma pura quedaba encarcelada en la materia impura. De ahí se sigue la negativa a consumir alimentos que proceden de la generación como la carne, los huevos y la leche. No así el pescado porque como sabe todo el mundo los peces son un fruto espontáneo del agua...
Niegan los sacramentos católicos en especial el bautismo ya que no sólo empleaba una sustancia material (y por tanto impura), el agua, sino que, además, no había sido instituido por Cristo y sí por Juan Bautista. Por ello, lejos de convertir al bautizado en parte del pueblo de Dios lo convertía en esclavo de Satanás. Sí celebraban una especie de Eucaristía pero con carácter simbólico (ya que no podía haber transubstanciación por la razón que luego veremos) bendiciendo el pan y dándolo a los fieles. Con ello querían representar la palabra divina que había venido a despertar a las almas recordándoles que eran creación suya.
No obstante, eso suponía el problema de cómo Jesús pudo haberse encarnado (según la creencia cristiana) en un cuerpo material y, por tanto, impuro. Solucionaron el problema con una "sutileza" admirable. Sencillamente, Jesús nunca fue un ser humano real. Tan sólo aparentaba serlo (lo que se conoce como docetismo). Por tanto, no existió un verdadero nacimiento como tampoco una pasión ni una resurrección. Por ello tampoco podía haber transubstanciación eucarística ya que el pan era imposible que se convirtiera en el cuerpo de Cristo ya que éste carecía de tal. Todo ello negaba la idea cristiana de que el sacrificio de Jesús supusiera la redención del ser humano (obvio, puesto que no hubo tal sacrificio). La verdadera importancia de Cristo radica en que su predicación logró despertar las almas de los hombres que, aprisionadas en un mundo diabólico, habían olvidado que eran creación divina. Ese recuerdo hace nacer el anhelo de volver a reunirse con Dios algo que era posible gracias a la muerte.
Negaban la Trinidad ya que Cristo y el Espíritu Santo no eran personas distintas si no emanaciones de la divinidad. Tampoco aceptaban la resurrección de los cuerpos.
Después de esto, no es precisamente una muestra de coherencia que aceptasen el Nuevo Testamento (no así el Antiguo que consideraban como una obra de Satanás aunque, en una nueva muestra de incoherencia, tomaban de él las partes que les interesaba como el Éxodo al que consideraban como una especie de metáfora de las almas que querían escapar de la esclavitud del mundo material) al que añadían un texto apócrifo, "La Cena secreta", y un escrito perteneciente al género de la polémica "El libro de los dos principios".
En lugar de los sacramentos católicos practicaban el consolamentum, el bautismo por el espíritu. Al igual que el bautismo católico tenía el poder de limpiar los pecados pero no se administraba nunca a niños sino sólo a los que lo solicitaran voluntariamente ya que comportaba una serie de renuncias. De lo expuesto hasta este momento, habrán podido entender que el catarismo no era una religión con preceptos cómodos (vegetarianismo casi absoluto, vida ascética, castidad...) Sería incomprensible que hubiera tenido éxito si no advertimos de una "trampa". Esas obligaciones las contraían los Perfectos (es decir, los que habían recibido el consolamentum) pero no así los creyentes que podían casarse, tener hijos, comer carne... Por ello, el consolamentum se recibía muchas veces sólo a las puertas de la muerte. Los que, por el contrario, asumían ese género de vida sin estar a punto de "irse al otro barrio" se convertían en los dirigentes de la iglesia cátara. Sólo ellos podían rezar el Padrenuestro (la única oración que admitían), podían bendecir el pan, de entre ellos se elegía a los obispos cátaros, los creyentes estaban obligados a mantenerlos... y a cambio debían llevar una vida ejemplar llegando incluso al martirio.
Visto lo visto, no puede sorprender que consideraran a la Iglesia católica como una institución diabólica aunque, eso sí, copiaron de ella lo que les vino en gana, desde los predicadores ambulantes que les sirvieron de ejemplo de vida virtuosa con fines propagandísticos (algo de lo que existían antecedentes en la Iglesia. Recuérdese el caso de Pedro el Ermitaño predicando la I Cruzada o de Robert d´Arbrissel en Poitou) o la copia de la organización eclesiástica con obispos al cargo de unas diócesis con unos limites geográficos definidos, con unos obispos ayudantes, el filius major y el filius minor, con un diaconato y con un sacerdocio (los Perfectos).
Se ha hablado mucho (demasiado y mal) de si los cátaros practicaron la igualdad de sexos (algo que se explicaría por el desprecio al cuerpo humano). Aunque sí había Perfectas (algo impensable para la Iglesia católica) no hay ninguna noticia de que existieran diaconisas ni, mucho menos, obispas ni siquiera auxiliares. Debemos considerar, por tanto, que si bien las cátaras tenían mayores oportunidades que las católicas no estaban en un plano de estricta igualdad. Además la inmensa mayoría de las Perfectas pertenecían a familias de la nobleza lo que pone en tela de juicio su supuesto igualitarismo social. Lo siento por los políticamente correctos.
Tampoco es cierto que los cátaros fueran unos pobres hombres (y mujeres) que se dejaran matar como corderitos por unos malvadísimos católicos. Esto ya lo veremos con mayor detenimiento cuando hablemos de la Cruzada contra los Albigenses (es decir, contra los cátaros) pero como muestra de su "tolerancia" y "respeto" a las creencias ajenas (además de su consideración de la Iglesia como una institución diabólica) citaremos sólo un caso, el de un cátaro de Toulouse al que no se le ocurrió otra cosa que entrar en una iglesia tolosana, cagar junto al altar y limpiarse el culo con el paño que cubría el ara.
Por último, todo lo expuesto es un resumen de su doctrina pero eso no debe hacer pensar en que los cátaros tuvieron un credo rígido. Desde el primer punto, el del dualismo, hay diferencias ya que en el catarismo conviven un dualismo absoluto (Satanás crea el mundo material) predominante en Francia y un dualismo mitigado (Dios crea la materia pero ésta es corrompida por el diablo) mayoritario en Italia. Esto que en apariencia es una chorrada sin mayor importancia da lugar a concepciones teológicas diferentes y no siempre bien avenidas (de hecho, uno de los capítulos de "El libro de los dos principios" está dedicado a dar un "repasito" nada amigable a los dualistas mitigados o garatenses).
Hasta el momento nos hemos limitado a hablar de la aparición en Occidente de los cátaros así como de las herejías con puntos comunes que les precedieron (y a las que se denomina por ello como precátaras o protocátaras) así como de su corpus de creencias. En próximos capítulos trataremos de su origen, así como de las razones para su triunfo en algunas regiones y su desaparición en otras.
NOTA:
[1] Citado en La otra historia de los cátaros. Malcolm Lambert. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2001.
BIBLIOGRAFÍA:
Además de las obras señaladas en la anterior historia:
Documentos cátaros. Anónimo. No figura traductor. Ed. Jorge A. Mestas Ediciones, Col. Clásicos esotéricos. Madrid, 2001.
Viaje al país de los cátaros. Jesús Mestre Godes. Traducción de Mª Dollors Gallart Iglesias. Ed. Círculo de Lectores por cesión de Ediciones Península S.A. Barcelona, 2001.
Las grandes herejías de la Europa cristiana. Eduardo Mitre y Cristina Granda. Ed. Istmo, Col. Fundamentos. Madrid, 1999.
-Continuará-

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (IV)

Viene de aquí
El hecho de que en las primeras menciones de los cátaros (que vimos en la historia anterior), éstos aparezcan ya dotados de una estructura desarrollada (en el caso del juicio de Colonia se habla de un obispo) plantea un problema ¿desde cuándo existían?
Según ellos:
"nosotros y nuestros padres, de descendencia apostólica, hemos permanecido en la gracia de Cristo y en ella permaneceremos hasta el fin de los tiempos." [1] (Pág. 44) y
"...permenecido oculto desde los tiempos de los mártires hasta el presente y que de esa manera ha persistido en Grecia y en otras tierras." [1] (Pág. 45)
Es decir, pretendían ser un movimiento con orígenes en la época apostólica y que había seguido existiendo de forma oculta hasta el presente (el presente del S XII, claro) en Grecia y otros lugares. Sin embargo, ya hemos dicho que pocas afirmaciones resultan más sospechosas que las referidas a la antigüedad de los diversos credos. En esta ocasión no es admisible una fundación en tiempos de los apóstoles. Aunque sí existió en fecha relativamente temprana (S III) una doctrina dualista (la de Menes a cuyos seguidores se los conocía como maniqueos) no existe una transmisión desde ésta a los cátaros. Para comprobarlo basta con señalar que en ninguno de los escritos de esta secta se menciona a Menes para nada. Aunque los primeros escritores católicos que se ocuparon de ellos sí les consideran maniqueos es, sencillamente, porque era la doctrina dualista más conocida por los escritos de San Agustín.
Si exageran, como es habitual, su origen temporal, están mucho más acertados en cuanto a la geográfica. En el S X un sacerdote conocido como Bogomil (tal vez fuera un pseudónimo y no un nombre real) inició un movimiento revolucionario en Bulgaria con raíces tanto socio-económicas (situación de opresión del campesinado por parte de sus señores) como religiosas (pervivencia de antiguas creencias en un pueblo recientemente cristianizado y contestación a unos superiores eclesiásticos formados en Constantinopla). En los bogomilos encontramos alguno de los rasgos que también se documentan en los cátaros (rechazo del matrimonio y la procreación, rezo del Padrenuestro como única oración admisible, oposición al bautismo infantil...)
En el S XI, Basilio Bulgaróctonos, basileus del Imperio Bizantino, conquista Bulgaria. Los bogomilos aparecen en Constantinopla en un momento de pesimismo generalizado por la muerte de Basilio y la derrota de Manzikert. Su líder más conocido, Basilio el Doctor, intenta, incluso, la conversión del basileus Alejo Comneno y de su hermano Isaac. En lo que parece una trama de comedia de enredo, Alejo e Isaac fingieron estar dispuestos a la conversión y se entrevistan con Basilio... mientras un escribano oculto tras una cortina tomaba nota de las palabras del Doctor.
A esta añagaza y a los posteriores interrogatorios a Basilio debemos un buen conocimiento de las creencias bogomilas en esta época (finales del S XI y comienzos del XII). Creían ser los auténticos herederos de la tradición apostólica que había sido falseada por los Padres de la Iglesia (mostraban una particular inquina a San Juan Crisóstomo), consideraban que Adán había sido creado mediante un pacto entre Lucifer (que para ellos es ¡el hijo primogénito de Dios!) y el propio Dios por el que la divinidad dotaría de alma al cuerpo creado por el diablo y ambos tendrían poder conjunto sobre la criatura, pero Satanás logra hacer pecar a Eva y Dios concede al demonio pleno poder sobre la humanidad... pero sólo por un tiempo pasado el cual envía a su otro hijo (que identifican con San Miguel Arcángel) que entra por la oreja derecha de María y adquiere una apariencia humana y termina por derrotar a Lucifer. El Fin del Mundo consistiría (según sus creencias en la destrucción de todo lo material lo que libararía a las almas encadenadas por este mundo.
Tenían una ceremonia iniciática en la que al aspirante se le colocaba el Evangelio de San Juan sobre la cabeza y se solicitaba la presencia del Espíritu Santo. Tras esto el aspirante pasaba un periodo de prueba mientras se examinaban sus méritos. Si se le consideraba apto, volvían a reunirse y se le colocaba nuevamente el Evangelio sobre la cabeza. A partir de ese momento debía mantenerse célibe y llevar una vida de gran ascetismo con frecuentes ayunos.
Sólo aceptaban del Antiguo Testamento Salmos y Profetas y rechazaban la existencia de templos.
Vemos que hay coincidencias entre doctrinas bogomilas y cátaras pero eso ¿significa que hay una relación real entre ambas o es una mera coincidencia? No está de más señalar que también existen diferencias así que la pregunta es perfectamente pertinente.
Por otra parte ¿cómo pudo llegar el bogomilismo desde Bulgaria o Constantinopla hasta Occidente? No parece que existiera una labor misionera porque nunca se señala en los primeros escritos sobre ellos la presencia de extranjeros en sus comunidades (después si aparecerán como ya veremos) ¿Debemos resignarnos a no encontrar respuestas a estar cuestiones?
En 1266-1267 el inquisidor de Lombardía Anselmo de Alejandría escribió una reconstrucción de la historia de los cátaros para uso de los restantes inquisidores. En ella leemos:
"Y entonces, griegos de Constantinopla, que eran vecinos de Bulgaria a una distancia de tres días de viaje, fueron como mercaderes a este último país; y, al volver a sus tierras natales y viendo que su número crecía, establecieron a un obispo que es el llamado obispo de los griegos. Después unos franceses fueron a Constantinopla, con la intención de conquistar la tierra, y descubrieron a esta secta; incrementándose en número, establecieron un obispo que es llamado el obispo de los latinos. A continuación, ciertas personas de Esclavonia, es decir, del área llamada Bosnia, fueron como mercaderes a Constantinopla. Al volver a su tierra, predicaron y, habiendo aumentado en número, establecieron un obispo que es llamado el obispo de Esclavonia o de Bosnia. Más adelante, los franceses que habían ido a Constantinopla volvieron a su tierra natal y predicaron y, conforme crecía su número, establecieron un obispo en Francia..." [1] (Pág. 61)
Aunque parezca que este testimonio ya es definitivo tanto para establecer la relación entre bogomilos y cátaros y para clarificar las vías de penetración (comerciales y durante las Cruzadas) en Occidente, debemos señalar que la fuente de Anselmo era, muy probablemente, la tradición oral cátara con todo lo que ello supone de posible tergiversación intencional o accidental.
De hecho varios historiadores han señalado que resulta poco creíble que los Cruzados que actuaban movidos por ideales religiosos se dejaran comducir con facilidad a doctrinas herejes. Además, cuando los normandos de Bohemundo se encontraron con paulicianos incendiaron la ciudad en la que habitaban lo que muestran a las claras lo que pensaban de las herejías.
Sin embargo hay hechos que suponen una confirmación del relato de Anselmo. Se sabe que dirigentes cátaros viajaron al área de los Balcanes y a Constantinopla para reunirse con obispos bogomilos. Además, en el Concilio cátaro de San Félix de Caramán (1167) aparece un personaje llamado Nicetas de Constantinopla que ya antes había visitado (y conducido a la escuela de Dragovitsa -dualismo absoluto- a los que antes eran de la escuela de Bulgaria -dualismo mitigado-) a las comunidades cátaras de Lombardía nombrando como su obispo a Marcos. Parece sorprendente que en un Concilio en que se reunieron los obispos cátaros Robert d´Epernon (obispo de Francia -entiéndase del norte de Francia-), Sicard el Cillero (obispo de Albi) y Marcos (obispo de Lombardía) la "voz cantante" la llevara Nicetas. Tanto más cuando la razón para su invitación parece haber sido la de mediar en un asunto espinoso pero de carácter local, la división de la diocésis de Albi (la única que existía en el Langedoc) en cuatro (Albi, Toulouse, Carcassonne y Agen). Aún más, Nicetas da el consolamentum e inviste como obispos a Robert d´Epernon (obispo de Francia), Sicard el Cillero (obispo de Albi), Bernard Raymon (obispo de Toulouse), Guiraud Mercier (obispo de Carcassonne) y Raymond de Casals (obispo de Agen) pese a que todos ellos ya eran Perfectos y los dos primeros ya eran obispos. ¿Por qué? Lo primero que queda claro es su inmenso prestigio. Cuando pronuncia un sermón proponiendo a los reunidos como ejemplo a imitar, la coexistencia pacífica de las iglesias de Oriente basada en una clara delimitación territorial consigue que la división de la diócesis de Albi se realice. Lo de "reconsolar" y "reinvestir" sólo tiene una explicación. Para los cátaros si la persona de la que recibías el consolamentum se mostraba indigna en cualquier momento de su vida como Perfecto eso suponía que, en realidad, nunca había sido digno de serlo y eso significaba que todos sus actos carecían de valor. Por tanto, los consolaciones en que hubiera participado eran ilegítimas y los (pseudo)Perfectos debían volver a recibir el consolamentum so pena de no poderse salvar (esto parece una chorrada, pero cuando, posteriormente, llegaron a Lombardía noticias de que los actos del propio Nicetas podían verse afectados de esa falta de legitimación al caer en indignidad -parece que por cuestión de unas "canitas al aire" en compañía femenina- el obispo Simón que había investido a Nicetas, se "armó la de San Quintín"). Así pues, parece que Nicetas logró convencer a todo el mundo de que sus consolaciones e investiduras eran ilegítimas por lo que debían volver a recibirlas. Consiguió así que se adoptara como linea "oficial" el dualismo absoluto de la escuela de Dragovitsa (en el Langedoc continuaría así, pero Lombardía, después de lo antes narrado, volvió mayoritariamente al dualismo mitigado). Todo ello sólo tiene sentido si los cátaros reconocían el prestigio de las iglesias de Oriente. Por supuesto, eso sí demuestra la relación entre bogomilos y cátaros.
Queda aún pendiente la cuestión de cómo llegó la doctrina bogomila a Occidente. Pese a las críticas ya expuestas al relato del inquisidor Anselmo de Alejandría, éste puede estar también en lo cierto en la doble vía comercial y militar (a través de los Cruzados). Por de pronto hay que poner en duda que todos los Cruzados participaran en esa empresa por una mera cuestión religiosa y que todos tuvieran una actitud tan ortodoxa como la de los normandos de Tancredo. Además hay que tener en cuenta que los primeros brotes de catarismo aparecen en Francia y Alemania, los países que participaron con más soldados en la I Cruzada. ¿Es simple casualidad? La verdad es que no podemos probar que sea otra cosa.
NOTA:
[1] Citado en La otra historia de los cátaros. Malcolm Lambert. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2001.
-Continuará-

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (V)

Viene de aquí
Sólo transcurren veinticuatro años desde que Evervin recoge la primera mención a los cátaros que ha llegado a nosotros, hasta el Concilio de San Félix de Caramán y, sin embargo, todo parece haber cambiado.
En Colonia el obispo cátaro y su asistente fueron conducidos a la pira por una multitud enfurecida. En el castillo de San Félix se reúnen tres obispos de la iglesia cátara en Occidente y numerosos Perfectos sin que nadie les moleste. La primera iglesia cátara de la que tenemos noticias estaba en Alemania. En el Concilio no existe representación de ese país porque, posiblemente, ya había desaparecido o estaba próxima a hacerlo. De las regiones que sí estuvieron representadas, la de Francia (recuérdese que es el norte de Francia) entra en un proceso de decadencia y termina por morir. Las otras dos zonas, el Languedoc y el norte de Italia, verán, por el contrario, una fuerte implantación de los cátaros. La pregunta parece inevitable ¿por qué en unos casos la herejía triunfa y en otros no?
Tenemos que dejar a un lado las posibles causas personales (tales como el mayor o menor carisma de sus primeros líderes, sus dotes de oradores, su preparación intelectual...) porque nada de todo ello aparece en la documentación conservada de esta época inicial, pero sí hay otras circunstancias que podemos señalar.
Es evidente que hay una inmensa diferencia en cuanto a la oposición que se encontraron las primeras comunidades. Si en Alemania encontramos entre sus críticos tempranos a personas como Evervin (que no duda en pedir ayuda a San Bernardo de Claraval), los hermanos Eckbert y Santa Isabel de Schönau, y Santa Hildegard von Bingen, no hay nadie comparable a ellos en el Languedoc e Italia. Aunque San Bernardo realizó una gira por el sur de Francia en 1145 y predicó con notable éxito contra diversos grupos de herejes (en especial contra Henri el Monje) ni es seguro que se encontrara con comunidades cátaras (algunos historiadores creen que un grupo de "arrianos" de Toulouse eran, en realidad, cátaros, pero no existe certeza sobre ello) ni su acción tuvo continuidad tal vez por el desaliento que le ocasionó el incidente de Verfeil cuando un grupo de caballeros le impidió sermonear a la multitud.
Tampoco la represión fue la misma. Ya vimos lo sucedido en Colonia. Por el contrario, en 1165 se reúnen en Lombers los obispos católicos de Albi y Lodève, el arzobispo de Narbona, el vizconde de Béziers y Constanza, esposa de Raimundo V, conde de Toulouse, por una parte y varios dirigentes cátaros por la otra. Los herejes comienzan negando la autoridad del Antiguo Testamento, consideran indignos a los prelados católicos por pretender ser los herederos de la verdadera Iglesia, se niegan a responder a las preguntas que hubieran dejado en evidencia su oposición a los dogmas católicos... Cuando el debate toma mal cariz para los cátaros, éstos apelan al pueblo y realizan una declaración de lo más ortodoxa. Los representantes católicos les condenan... pero no toman contra ellos medida represiva alguna. Más que de un caso de tolerancia, es un caso de impotencia. Sencillamente no se atreven a hacerlo.
Que esta actitud no se debía a tolerancia es algo evidente si leemos la carta que Raimundo V dirigió al capítulo general del Císter en 1177:
"En lo que a mí respecta, que estoy armado de los dos poderes divinos y que estoy investido para ser el vengador y el ministro de la cólera de Dios, cuando me esfuerzo en poner coto y acabar de una vez con un tal abandono de la fe, debo confesar que carezco de medios para llevar a cabo una tarea de este tipo y de esta importacia: los más nobles de mi tierra, atacados por el mal de la infidelidad, se han dejado corromper y con ellos gran multitud de hombres que han abandonado la fe, lo que significa que ni me atrevo ni puedo llevar a buen término esta tarea..." [1] (Págs. 99-100)
La respuesta no se hizo esperar y acudieron varios clerigos encabezados por el abad de Claraval, Henri de Marcy, y por el legado papal, Pedro de Pavía. Aunque lograron algún éxito inicial como la pública confesión de sus errores de Pierre Maurand en Toulouse, otra cosa fue su intento de conseguir la liberación del obispo católico de Albi. Sabedores de la buena relación de Roger II Trencavel, vizconde de Carcassonne, con los cátaros quisieron entrevistarse con él, pero éste se negó lo que le valió la excomunión. Ante ese fracaso, emitieron salvoconductos para Bernard Raymond, obispo cátaro de Toulouse, y para Raymond de Bainiac, su filius major (es decir, su obispo auxiliar). La entrevista tuvo lugar en la catedral tolosana y supuso la reedición del suceso de Lombers. Los Perfectos repitieron el paripé. Realizan una profesión de fe aparentemente católica y cuando Pedro de Pavía comienza a interrogarles sobre el contenido de un sermón que pronunciaron en la iglesia de Saint-Jacques en el que habían vertido afirmaciones heréticas, ambos lo niegan ganándose la acusación de mentirosos por parte de Raimundo V que había estado presente en aquella ocasión. Sin embargo, los cátaros están protegidos por el salvoconducto y abandonan la reunión sin que nadie se lo impida. Se refugian en Lavaur a sólo treinta y cinco kilómetros de Toulouse lo que es una nueva muestra de la impotencia del conde para actuar contra ellos incluso en las cercanías de su capital. En 1181 Henri de Marcy logra reunir un contigente armado y toma Lavour apresando a los dirigentes cátaros que reciben, por todo castigo, la obligación de realizar una retractación pública de sus errores después de lo cual... ¡son nombrados canónigos de Toulouse! La iglesia cátara se limitó a nombrar un nuevo obispo de Toulouse aunque transladaron su sede a Saint Paul Cap de Joux, en las posesiones de los Trencavel lo que supuso, en la práctica, su impunidad. La Iglesia católica sin el apoyo de los nobles estaba en una situación de impotencia y Raimundo V no podía hacer nada más porque ni siquiera podía contar con el apoyo de sus vasallos (de hecho, el Concilio de San Félix de Caramán se celebró en un castillo que, supuestamente, estaba bajo su dominio). Ésta es una nueva diferencia entre el Languedoc y otras regiones. En aquéllas en las que la Iglesia y la nobleza actuó unida (entre otras cosas porque el alto clero y los señores feudales solían pertenecer a las mismas familias y tenían la misma sensación de ser la clase dirigente) el catarismo fue yugulado con rapidez y brutalidad. Por razones distintas no lo fue en Italia (pugna entre el Papado y el Emperador) ni en el Languedoc.
Si la situación ya era mala para la Iglesia católica no tardaría en empeorar. En 1193 y 1194, respectivamente, fallecen Raimundo V y Roger II Trencavel. Ambos son sucedidos por sus hijos, Raimundo VI y Raymond-Roger Trencavel. Raimundo VI no tenía nada que ver con su padre. Era, y lo siguió siendo toda su vida, un católico peculiar. Realizó grandes donaciones a diversas órdenes religiosas y falleció aferrado al hábito de los hospitalarios. Sin embargo simpatizaba con los cátaros y no dudó en actuar contra prelados católicos (encarcelamiento de los abades de Moissac y Montauban y deposición de los obispos de Vaidon y Agen). No pudo ser enterrado en sagrado por estar excomulgado. Con el cambio al frente del condado de Toulouse la Iglesia perdió su único apoyo incondicional de importancia en el Languedoc.
Por su parte, Raymond-Roger Trencavel tenía nueve años, así que debía tener un regente. El elegido por su padre fue Bertrand de Saissac notorio simpatizante de los cátaros y conocido anticlerical.
La tercera gran casa nobiliaria de la región era la de los condes de Foix, cuya jefatura ostentaba en ese momento Raymond-Roger (homónimo del vizconde de Carcassonne, pero no eran la misma persona). Aunque Raymond-Roger nunca se convirtió al catarismo, su familia (en especial las mujeres) sí estaba involucrada con los heterodoxos hasta el punto de que su hermana Esclaremonde había recibido el consolamentum. Su esposa le dejó para ir a dirigir una casa de Perfectos.
Si por parte de los grandes señores no podía esperar la Iglesia católica ayuda alguna, el resto de las circunstancias tampoco eran favorables a sus intereses. El Languedoc era una zona conflictiva porque tres dinastías mantenían pretensiones sobre la región, la francesa, la inglesa y la aragonesa. Eso hacía que todas ellas tuvieran que actuar con enorme tiento para no provocar una guerra abierta. De hecho, en la carta antes citada, Raimundo V afirma que desea la intervención del rey de Francia Luis VII para acabar con la herejía:
"Para que ello pueda realizarse, soy de la opinión de que el señor rey de Francia venga de vuestras regiones, poque pienso que, a través de su presencia, se pondrá fin a tan grandes males. Cuando esté aquí, le abriré las ciudades; ofreceré burgos y castillos a su discreción; le mostraré los herejes y en cualquier lugar donde lo necesite le asistiré hasta la efusión de mi sangre con el objeto de reducir a todos los enemigos de Cristo." [1] (Pág. 100) Sin embargo, ésta no se produjo.
Resulta curiosa, en principio, la contradicción entre la actuación de los grandes señores nobiliarios y sus creencias personales. Ya hablamos del caso del conde Raimundo VI, pero también es reseñable que Raymond-Roger Trencavel según Guillermo de Tudela:
"Era un buen católico; fiadores de ello son un buen número de clérigos y canónigos." [1] (Pág. 96) y que Raymond-Roger de Foix acabó sus días como monje cisterciense en la abadía de Boulbonne. ¿Había mucho talante en aquella época? Posiblemente sea más cercano a la verdad el resaltar que ninguno de ellos tuvo otra opción. La razón para no poderse oponer a los cátaros es que éstos estaban apoyados por los señores feudales de menor importancia (después veremos las razones para ello que tienen muy poco que ver con la religión) y ninguna de las grandes casas podía permitirse el perder su apoyo máxime cuando las relaciones vasalláticas en el Languedoc tenían mucho de ficción. El problema comienza cuando Raimundo IV de Toulouse acude a la I Cruzada en el momento en que comenzaban a forjarse las naciones como tales. Privada de su dirección, la casa tolosana pierde el carro de la historia y más cuando, al fallecimiento del conde en Siria, su hijo Beltrán se va a Oriente y deja Toulouse en manos de su hermano menor, Alfonso Jordán, que era un niño. Cuando se hace adulto, los señores feudales, en vez de haber ido perdiendo sus derechos como sucedió en Francia, los han ido aumentando hasta el punto de que son, en la práctica, independientes. Alfonso Jordán intenta recuperar el tiempo perdido pero se alza en contra suya una coalición de todos sus oponentes. Por si esto fuera poco, San Bernardo llama a la II Cruzada y Alfonso Jordán acude a Tierra Santa donde muere. Además, el vasallaje nunca fue en el Languedoc tan estricto como en Francia porque en aquél no había una relación de subordinación sino de acuerdo inter pares. Si a esto le unimos que la reforma gregoriana supuso una ruptura entre iglesia y estado por la querella de las investiduras (con anterioridad, la elección de prelados se hacía por acuerdo entre el poder laico y el poder religioso lo que suponía un terreno abonado para el nepotismo y la simonía. Con posterioridad, la elección la realizaba en solitario el poder religioso). Esta nueva situación supuso mil y un enfrentamientos entre poderes que intentaban salvaguardar sus prerrogativas. Para complicar la situación aparece un nuevo poder en alza, las ciudades. Aprovechando tanto las luchas entre los nobles como entre éstos y la Iglesia, las urbes van adquiriendo derechos y libertades. En 1166 Raimundo Trencavel pierde la vida en Béziers. En 1168 Roger II Trencavel conquista la ciudad con el auxilio de tropas mercenarias aragonesas y ordena la ejecución de toda la población masculina (la femenina fue entregada a las tropas para su diversión). En 1189 Toulouse se revela y Raimundo V debe refrendar sus libertades para que cese la insurrección. A partir de ese momento, la ciudad será regida por dos cónsules electos por su población tanto masculina como femenina. De hecho se convierte en una ciudad-estado que incluso llega a desarrollar una política exterior propia. Así, los dominios del conde de Toulouse son un no-estado en el que hay vizcondados virtualmente independientes (y con el añadido del enfrentamiento con los territorios de los Trencavel), terrenos bajo soberanía eclesiástica que también está enfrentada con el conde y una ciudad-estado además de otras que aspiran a serlo (Narbona, Nimes, Montpellier...) El enfrentamiento entre los condes de Toulouse y el vizconde de Carcassonne venía de antiguo y se veía complicado por la contienda simultánea entre el condado tolosano y el barcelonés (posteriormente, con el reino de Aragón cuando ambos quedan unidos por matrimonio). La razón, claro, es la lucha por la hegemonía desde que Ramón Berenguer, conde de Barcelona, se casa con Dulce, condesa de Provenza, lo que supone que territorios de ésta pasan a soberanía catalana. En 1125 se reparte la Provenza entre ambos condados pero el acuerdo no satisface a nadie. En 1148 comienza la gran guerra meridional después de que el conde de Barcelona se convierta en rey de Aragón. Los enfrentamientos se sucederán tanto entre las dos Provenzas como entre el condado de Toulouse y el vizcondado de Carcassonne que aspira a la independencia de hecho. Para que no faltara de nada, Enrique II Plantagenet sitia Toulouse en 1159 lo que provoca la intervención de Luis VII que le obliga a levantar el cerco. Pese a que la paz llegó en 1198 (conferencia de Perpiñán) las heridas abiertas no podían ser restañadas. Las consecuencias de la guerra se hacen sentir. Además de los problemas económicos, la falta de lealtad de los supuestos vasallos con el conde de Toulouse obliga a que la guerra se haga con ejércitos mercenarios que siembran el desorden y el terror por doquier. En esa situación nadie podía permitirse el enfrentarse con la pequeña nobleza. Así lo reconoce Guillermo de Tudela cuando habla de Raymond-Roger Trencavel:
"Además todos los caballeros albergaban cátaros, bien en los castillos, bien en las torres..." [1] (Pág. 96)
Pero ¿por qué apoyaba la pequeña nobleza al catarismo? La respuesta viene dada por un fuerte sentimiento anticlerical previo a la herejía tanto por la querella de las investiduras como por razones económicas. En el Languedoc no existía la concentración de la herencia en beneficio del primogénito por lo que los nobles terminaron encontrándose en muchos casos como propietarios de explotaciones tan reducidas que ni siquiera bastaban para mantener su tren de vida y menos cuando habían participado en dos Cruzadas y una guerra prolongada. Esta situación de penuria se veía incrementada por la existencia de numerosos alodios (terrenos no sujetos a derechos señoriales) y de propiedades eclesiásticas. Así, la captación de recursos en forma de tierras, rentas y diezmos se convirtió en una cuestión de supervivencia. Durante el S X los señores se apoderaron de propiedades y diezmos eclesiásticos, pero durante el S XII la Iglesia comienza a intentar su recuperación. El enfrentamiento era inevitable tanto más cuando las explotaciones en manos de la Iglesia comienzan a expandirse aprovechándose de la mala situación económica de muchos nobles adquiriendo sus fincas a bajo precio. En esas circunstancias, la predicación cátara de que no había ninguna obligación de mantener económicamente a la Iglesia católica tuvo que sonarles a "música celestial" y mucho más cuando la pronto enriquecida iglesia cátara (sus dirigentes debieron pensar que una cosa es que lo material sea producto del demonio y otra muy distinta el ser tontos de capirote) comenzó a emplear sus recursos para conceder préstamos sin intereses usurarios. La pequeña nobleza apoyaba a los cátaros y las grandes casas nobiliarias no podían hacer nada sin ella. Sin el apoyo de los señores de las fortaleza de la región de La Montaña Negra (Roquefort, Hautpoul, Cabaret, Surdespine y Quertinheux) el vizcondado de Carcassonne estaba muy expuesto a un ataque desde el norte. Sin los castellanos de la región de Les Corbières (Miremont, Termes, Puylaurens, Peyrepertuse, Queribus...) lo estaba a un ataque desde el sur. El condado de Toulouse sin el apoyo de los vizcondes (prácticamente independientes) de Nimes, Agde, Montpellier, Narbona... y sin el apoyo de sus aliados (por muy laxo que fuera este vínculo), los condes de Foix, Comminges y Valentinois no era prácticamente nada. No es que no quisieran acabar con los cátaros, es, sencillamente, que no podían como no pudieron poner coto a los desmanes de algunos señores que decidieron cuadrar su "cuenta de resultados" por el expeditivo procedimiento de dedicarse al pillaje. Muchas de esas fortalezas situadas en lugares casi inaccesibles eran inexpugnables salvo después de un largo asedio que no podían permitirse las grandes casas señoriales.
Para terminar de complicar la situación de la Iglesia en el Languedoc, tampoco podían esperar un entusiasta apoyo popular y, además, la situación de la Iglesia en esta región era particularmente mala, pero esto lo veremos en la próxima entrega.
NOTA:
[1] Citado en Los cátaros. Paul Labal. Traducción de Octavi Pellissa. Ed. Crítica. Barcelona, 2000
-Continuará-

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (VI)

Viene de aquí
El papa Inocencio III dedicó un "encendido elogio" a los obispos católicos del Languedoc: "criaturas ciegas, perros estúpidos que ya no ladran" [1] (Pág. 95) El animus iniurandi es tan claro que sólo podía haber añadido la lista de tarifas de las Sras. madres de los Ilmos. Sres. obispos para que el insulto fuera completo. Razones no le faltaban para ello porque obispos católicos impresentables hubo unos cuantos, desde el arzobispo de Narbona, monseñor Pons, que se dedicó a dilapidar el patrimonio diocesano precisamente en la época en la que los Perfectos cátaros hacían pública ostentación de pobreza, hasta su sucesor, monseñor Berengar, sobrino del rey aragonés, al que le importó tres pitos el catarismo y cuya única preocupación era recuperar lo despilfarrado por su antecesor. Tampoco monseñor Guilhem Peyre, obispo de Albi, se mostró especialmente combativo contra la herejía. Preocupado por recuperar los privilegios de su diócesis no quería indisponerse con los señores feudales que protegían a los cátaros.
Así las cosas, no es de extrañar que Inocencio III depusiera a los obispos de Fréjus, Carcassonne, Béziers, Viviers, Toulouse, Valence y Rodez y a los arzobispos de Auch y Narbona. Una muestra del nuevo talante que deseaba el papa podemos apreciarlo en el nombramiento en 1206 del nuevo obispo de Toulouse, monseñor Fulko de Marsella. Este ex-trovador practicaba la misma pobreza de los Perfectos cátaros, era un magnífico predicador y ortodoxo hasta el punto de que era amigo de Santo Domingo y fue uno de los impulsores espirituales de los Dominicos. La disyuntiva aparentemente irresoluble que había paralizado a los restantes obispos (es decir, si actuamos contra los cátaros nos indisponemos con los señores feudales que los protegen, pero necesitamos a esos señores -consideraciones económicas aparte- para poder perseguir la herejía) él la solucionó con el recurso a los laicos burgueses mediante la creación de los Blancos, una fraternidad dedicada a la lucha contra la herejía y la usura (señal de que Mons. Fulko había comprendido a la perfección las razones económicas que había detrás del apoyo de la pequeña nobleza a los cátaros y quería luchar con sus mismas armas). No obstante, éste era un ejemplo que llegó tarde y que, además, fue la excepción que confirmaba la regla.
Si el alto clero presentaba esa situación de pasividad y ostentación, el resto no era mejor. Mal preparado intelectualmente, su forma de vida, con frecuencia, era motivo de escándalo hasta el punto de que algunos sacerdotes ocultaban públicamente que lo eran. El Concilio de Avignon de 1209 condenó a los sacerdotes cuya forma de vida fuera idéntica a la de los laicos.
Del monacato masculino hubieran podido surgir los opositores al catarismo, pero eso quedó imposibilitado por la consideración de la época de que el monasterio era una imagen del cielo en la tierra de la que lo mejor era que permaneciera al margen de los conflictos mundanos. Eso sin contar aquéllos que no podían intervenir. Se ha hablado mucho de la presunta connivencia entre cátaros y templarios. La razón de que éstos no participaran en combates contra aquéllos es muy sencilla y se encuentra en las Penitencias (el régimen disciplinario de los templarios) que estipulaba la expulsión de la orden, entre otras causas para:
"el que mata a un cristiano o una cristiana o causa su muerte." [2] (Pág. 95) y los cátaros podían ser todo lo herejes que se quisiera, pero eran cristianos.
El monacato femenino era casi inexistente en el Languedoc. No existían los grandes conventos de monjas vinculados a grandes familias. Tan sólo algunos pequeños y pobres monasterios. La razón para ello es que la mujeres de la nobleza se empleaban como moneda de cambio para forjar alianzas mediante matrimonios concertados, algo de lo más necesario en una región que, como ya vimos, "gozaba" de una atomización ocasionada por lazos muy laxos entre los distintos nobles. Eso explica lo bien recibido que fue el catarismo entre las mujeres nobles. Aquéllas que no sentían atracción por la vida mundana (no sé porqué no se sentían gustosas de casarse con un tipo al que no conocían o por el que podían sentir incluso repulsión para "gozar" del destino de ser madre de todos los hijos que pudiera concebir -espero que se entienda la ironía-) no tenían dentro del catolicismo en el Languedoc más opción que recluirse en un convento mísero. La iglesia cátara les abrió una opción mucho más apetecible aunque no igualitaria con los hombres.
Si por parte de la iglesia del Languedoc la situación "pintaba mal", con el pueblo no mejoraba. No puede sorprender que la población que no tenía buena opinión de sus mandatarios eclesiásticos por su escandalosa forma de vida y su sed de riquezas, recibiera, en cambio, con mucho mejor talante a los Perfectos cátaros que hacían gala de castidad y pobreza y a los que no se les "caían los anillos" por compartir su propia vida. Además, la nobleza del Languedoc tenía una función ejemplarizante que no podemos desdeñar. La razón para ello es que las rentas que se pagaban por el alquiler de tierras eran fijas lo que suponía, a la larga, tanto las dificultades económicas del señor (la inflación no es un invento actual) como que el campesinado obtenía protección a bajo precio. Por ello, los nobles eran bien vistos y si éstos eran amigos de los cátaros... Por si fuera poco, los cátaros invitaban a no pagar los diezmos eclesiásticos y ahorrarse un impuesto no era ni entonces ni ahora motivo de tristeza y preocupación sino todo lo contrario.
Los burgueses, como ya dijimos, estaban en pleno proceso de conquista de libertades lo que les enfrentaba tanto a la Iglesia como a la nobleza. Sin embargo, los insultos continuos contra las ciudades (a las que se presenta frecuentemente como antros de perdición, la nueva Babilonia...) en los escritos eclesiásticos de la época eran un nuevo motivo de fricción. Así las cosas, ¿qué apoyos tenía la Iglesia en el Languedoc que permitieran la lucha eficaz contra la herejía? Pues más bien ninguno.
No obstante ¿era esa lucha necesaria? Desde un punto de vista de la doctrina católica sin lugar a duda. Se ha usado (y en mi opinión abusado) de la imagen del "buen hombre" y la "buena mujer" que, sin comerlo ni beberlo, fueron masacrados por una Iglesia intolerante y fanática. La verdad es que el catarismo, desde el primer momento, no fue menos fanático que la Iglesia a la que, también, atacó desde un principio. El catolicismo y el catarismo eran absolutamente irreconciliables como pueden comprobar por sí mismos a poco que recuerden las doctrinas cátaras y las comparen con las católicas que, por si no las conocen o las tienen un poco oxidadas, se plasman en el Credo. Los dos principios creadores de los cátaros se oponen al único Dios creador de los católicos, el Cristo cátaro que sólo tiene apariencia de persona se enfrenta al Cristo católico verdadera persona que nace, padece y muere, la iglesia cátara se opone a la iglesia católica ya que ambas tienen idéntica pretensión de ser la verdadera heredera de la tradición apostólica, el Consolamentum cátaro se enfrenta al bautismo católico, la liberación de las almas cátara se opone a la católica resurrección de los muertos... y, tal vez por encima de todo ello, Cristo y el Espíritu Santo según los cátaros son meras emanaciones de la divinidad mientras que para los católicos son personas distintas aunque un único Dios junto con el Padre. Desde un primer momento los cátaros consideran a la Iglesia como una creación diabólica, a sus ministros como indignos y a sus sacramentos como falsos (opinión que, a la recíproca, también funciona). Para ambos, sólo dentro de su propia Iglesia es posible la salvación lo que niega tal posibilidad para el contrario. La guerra doctrinal era, pues, inevitable y en ella unos y otros emplearon todos los trucos sucios que pudieron. Si los católicos queman y condenan porque tienen el apoyo del poder político para hacerlo, los cátaros mienten en público sobre sus verdaderas creencias e intentan socavar el poder económico de la iglesia rival. Esto puede parecer una diferencia de grado, pero cuando los cátaros tengan suficiente complicidad con el poder político también asesinarán. No es, pues, una diferencia de actitud sino de poder. Y, en ambos grupos, idéntico fanatismo. Los católicos consideran mártires y elevan a los altares a sus propios muertos mientras los cátaros van a la hoguera cantando felices de ser liberados de la cárcel material e infernal que es este mundo.
Si además de atender a los cuerpos de creencias vamos a la vida real, puede que esta situación de enfrentamiento sea (desde el punto de vista actual) más inexplicable. En última instancia ¿realmente el catarismo alcanzó una importancia tal que supusiera un peligro para la Iglesia católica? La respuesta a esa pregunta es mucho menos clara si atendemos al número de fieles (considerando como tales tanto a los meros oyentes como a los Perfectos). En Albi, ciudad que se considera como capital de la herejía en el Langedoc (de la que deriva el nombre de albigenses por el que también se conoce a los cátaros) no parece que sobrepasaran en ningún momento el 10% de la población. En Béziers, la lista de herejes se limita a doscientas veinticuatro personas y no todas eran cátaras porque metieron en el mismo saco a los valdenses que nada tenían que ver con ellos. Además, su capacidad de contagio era muy relativa incluso en lugares como el condado de Foix en los que contaban con la simpatía de los señores. El número de creyentes era reducido como lo demuestra el que no tuvieran obispado propio. Hemos visto los motivos por lo que existía simpatía hacia ellos pero simpatía no significa conversión. Mucha gente se sentía agradecida por diversos motivos como el que los cátaros convencieran a los señores feudales de que dejaran de practicar el pillaje lo que supuso un aumento de la seguridad en la región, pero eso no significaba que se hubieran convertido. Ya vimos el caso de los titulares de las grandes casas nobiliarias que por mucha simpatía (o gratitud) que sintieran por el catarismo nunca dejaron de ser católicos. El problema (desde el punto de vista de la Iglesia católica) no era cuantitativo sino cualitativo. No podían permitirse que la nobleza hiciera "la vista gorda" porque el permitir la libre prédica de los Perfectos podía suponer, más pronto o más tarde, el empeoramiento de la situación. Además, la complacencia (o el apoyo) del poder político ya estaba suponiendo problemas como los diezmos no percibidos.
Cuando el papa Inocencio III accede a la sede de Pedro, es perfectamente consciente de que no se puede permitir el no hacer nada. Si, como hemos visto, poco apoyo podía obtener en el propio Languedoc, su solución fue recurrir a extraños (al menos en cuanto a su formación intelectual). Comienzan las predicaciones de los cistercienses Ralph de Fontfroide, Pierre de Castelnau y Arnaud Amaury, pero su éxito se limita a conseguir la no expansión de la herejía con el compromiso adquirido por las ciudades de Montpellier, Arles, Carcassonne y Toulouse (ésta pasándose por el "arco del triunfo" su supuesta dependencia de Raimundo VI) por de adoptar medidas contra los herejes. Los señores de la Provenza oriental aceptaron (excepto Raimundo VI) la misma "obligación". Sin embargo, nada lograron de la nobleza rural. En 1206 los cistercienses contactan por casualidad con dos castellanos, Diego de Osma y Domingo de Guzmán que sugieren cambiar la estrategia y usar las mismas armas de los cátaros, predicadores ambulantes de vida ejemplar. Recorren el país de aldea en aldea y logran conversiones en ocasiones muy espectaculares (Montréal y Servián). Habían comprendido que lo que hacía atractivos a los cátaron no era su doctrina sino su ejemplo de vida ascética. La decisión de Domingo de Guzmán de crear un monasterio femenino en Prouille en 1206 refleja que también había comprendido que esa carencia impulsaba al catarismo a muchas damas de la nobleza.
Sin embargo, el papa no tiene paciencia para continuar durante años esa labor que estaba dando buenos resultados. Si el problema reside en la nobleza del Languedoc es allí donde debe actuar y recurre al rey de Francia, Felipe Augusto, para que éste o intervenga directamente (solución que ya había apuntado años antes el difunto Raimundo V como ya vimos) o presione a Raimundo VI que, nominalmente, era vasallo suyo. Sin embargo, Felipe Augusto no tiene el menor deseo de intervenir militarmente (posiblemente teme la reacción hostil tanto de la nobleza del Languedoc como del rey Pedro II de Aragón). En 1207 Raimundo VI es excomulgado por su connivencia con los herejes e Inocencio vuelve a hablar de la intervención francesa. En esta ocasión el conde Toulouse se asusta y accede a reunirse con Pierre de Castelnau. Sin embargo, el encuentro acaba con una fuerte discusión y con amenazas. La situación era tan explosiva que cualquier incidente podía ser el detonante de una guerra. Ese casus belli fue el asesinato de Pierre de Castelnau.
NOTAS:
[1] Citado en La otra historia de los cátaros. Malcolm Lambert. Traducción de Albert Solé. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2001.
[2] Citado en El código templario. J. M. Upton-Ward. Traducción de Albert Solé. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2000.
-Continuará-

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (VII)

Viene de aquí
Las circunstancias de la muerte del legado papal Pierre de Castelnau señalaban a Raimundo VI, conde de Toulouse. Aunque es muy posible que éste fuera inocente y que hubiera sido cometido por alguien que creía hacerle un favor, la verdad es que el conde se portó, por una vez, como un imbécil integral. Ni condenó el crimen ni hizo nada por capturar al asesino. No es raro, por tanto, que la Iglesia le considerase como responsable.
Inocencio III está harto. Miembro de una familia de la nobleza, está acostumbrado al empleo de la violencia como forma de resolver un conflicto. Por ello toma una decisión aparentemente extraña, convocar una Cruzada contra personas que eran cristianas. Ya se había hecho contra los musulmanes, pero nunca contra miembros de su misma religión. En la carta que dirigió el 9 de marzo de 1208 a obispos, nobleza y pueblo de Francia, expone sus motivos:
"Poned todo vuestro empeño en destruir la herejía por todos los medios que Dios os inspirará. Con más firmeza todavía que a los sarracenos, puesto que son más peligrosos, combatid a los herejes con mano dura y brazo tenso..." [1] (Pág. 150)
Por si la gente no se sentía bastante motivada para ir a matar esos herejes (o a ser muerto por ellos) que suponían una amenaza mayor que los sarracenos, no se le pasó por alto hacer unas cuantas promesas de orden material y espiritual que supusieran un acicate para los Cruzados:
"Despojadles de sus tierras para que habitantes católicos sustituyan en ellas a los herejes eliminados..." [1] (Pág. 150)
"Os prometemos la remisión de vuestros pecados a fin de que, sin demoras, pongáis coto a tan grandes peligros." [1] (Pág. 150)
La promesa de perdonar los pecados y la esperanza de conseguir tierras en una región que los juglares cantaban como un nuevo Edén son dos poderosos incentivos, tanto que Inocencio III puede permitirse el restringir esos beneficios para aquéllos que estén en disposición de combatir. No quiere gente sin experiencia y sin equipo (la inutilidad de las masas populares ya había quedado clara en la I Cruzada con las "tropas" de Pedro el Ermitaño).
El papa insta a Felipe Augusto a que acaudille la Cruzada que se llamará contra los Albigenses. Éste se niega, pero para no indisponerse contra Inocencio III concede autorización al duque de Borgoña y al conde de Nevers para que se unan a ella junto con sus mesnadas. Otros nobles harán lo propio "pasando olímpicamente" del requisito de la autorización real. Pierre des Vaux-de-Cernay, uno de los cronistas de la Cruzada, los relaciona:
El conde de Saint-Pol, el conde de Monfort, el conde de Bar-sur-Seine, Guichard de Beaujeu, Guillaume des Roches, senescal de Anjou, Gaucher de Joigny..." [1] (Pág. 154) además de los obispos de Sens, Autun, Clermont y Nevers, todos ellos con sus correspondientes huestes.
A ellos se unirían, sin duda, segundones sin fortuna, bandidos, mercenarios... y demás personajes habituales en estas "movidas" con la esperanza de "pillar" algo en el saqueo de las ricas ciudades del Languedoc.
Cuando las tropas se reúnen en la región de Lyon, Raimundo VI, que hasta el momento se había limitado a enviar una embajada al papa para proclamar su inocencia, ve "las orejas al lobo" y, repentinamente, siente un ansia incontenible de reconciliarse con la Santa Madre Iglesia. Inocencio III acepta, pero no deja pasar la ocasión de humillar en grado extremo a quién le había ocasionado tantos quebraderos de cabeza.
El conde de Toulouse tiene que comparecer desnudo ante la gente y hacer pública penitencia, así como jurar obediencia a los nuevos legados, Milon y Thédise, y ser flagelado. Después de eso, recibe la absolución.
Para celebrar que ya no está excomulgado, Raimundo VI se une a la Cruzada. No es el único noble del Languedoc que lo hace. El conde de Valentinois y el vizconde de Anduze siguen sus pasos. Lo propio hace Fulko de Marsella, el obispo de Toulouse, al mando de su confraternidad de los Blancos.
Por si acaso pertenecen al grupo de personas que ven altamente sospechoso tanto ardor religioso en el conde de Toulouse (y harán muy bien porque ni entonces se lo creyó nadie) añadiremos que con esa actitud pretendía no ser objetivo de la Cruzada y, además, participar en la lucha contra la persona que pasó a ser blanco primordial del ejército papal, su gran rival Raymond-Roger Trencavel, vizconde de Carcassonne, Albi y Béziers, que se había negado a someterse a una humillación semejante a la de Raimundo.
En julio de 1209 los Cruzados se dirigen a Béziers. Al tener noticias de su proximidad, Raymond-Roger siente la imperiosa necesidad de abandonar la plaza para dirigirse a Carcassonne no sin encomendar a los ciudadanos la responsabilidad de defender la villa. Por su parte, el obispo de Béziers intenta mediar, sin éxito, entre unos y otros solicitando la entrega de poco más de doscientos cuarenta herejes (cátaros y valdenses) cuyos nombres relaciona. La ciudad se niega a pacto alguno y prepara la defensa. Las razones para ello son difíciles de entender si recordamos que en 1168 la población masculina de Béziers fue pasada a cuchillo (pueden imaginarse lo que sucedió con la femenina) por las tropas de Roger II Trencavel como represalia por la muerte de su padre, Raimundo Trencavel, en 1166, así que no parece que existieran muchos motivos para que guardaran fidelidad a la dinastía. Tal vez esperaban que su actitud fuera recompensada con la concesión de libertades similares a las de Toulouse o, quizás, sólo fue un acto de orgullo.
Sea como fuere, no solamente no aceptan la rendición sino que hacen una salida para atacar a los Cruzados. Parece que su valor era superior a sus conocimientos militares porque el contraataque del ejército papal los conduce hasta el centro de la ciudad.
Lo que siguió fue una matanza indiscriminada en la que no se respetó nada (ni siquiera el asilo en terreno sagrado) ni a nadie. Sobre el episodio han corrido ríos de tinta comenzando por las palabras que el cronista Cesáreo de Heisterbach puso en boca de Arnaud Amaury, antiguo legado papal y dirigente de la Cruzada, cuando le requirieron instrucciones para distinguir a los herejes de los católicos:
"Matadlos, pues Dios conoce a los suyos." [2] (Pág. 144)
Sin embargo, cuando se cita esta frase o alguna de sus variantes, no suele añadirse que antes de esas palabras, Cesáreo escribe:
"se cuenta que dijo:" [2] (Pág. 144)
Esto es señal de que el cronista se limitó a recoger un rumor (por cierto, quince años después de sucedidos los hechos). En realidad, esa frase que tanta fortuna ha encontrado y que es repetida continuamente como ejemplo del fanatismo religioso en general y del catolicismo en general, posiblemente no fue nunca pronunciada.
Por de pronto, los Cruzados no tenían ninguna necesidad de saber diferenciar a herejes y a católicos porque conocían los nombres de aquéllos (la lista del obispo de la que ya hablamos) pero es que, además, la masacre de Béziers no fue fruto de un "calentón" fanático sino que estaba fríamente prevista desde mucho tiempo atrás.
Cuando se preparó la Cruzada, se determinó que el tiempo mínimo de servicio para acceder a las indulgencias era de cuarenta días. Esto sólo puede significar que se planificó una campaña relámpago, algo que choca con la realidad de una región de difícil orografía y salpicada de castillos, torres, ciudades amuralladas y castels (que no son castillos, sino castros, aldeas fortificadas). ¿Cómo es eso posible? La explicación más plausible (un exceso de optimismo o de incompetencia militar casa mal con la terrible eficacia que demostraron) es que se había planeado desde un principio el acabar con la resistencia mediante el uso del terror. Así lo recoge, expresamente, otro de los cronistas de la Cruzada, Guillermo de Tudela:
"Los barones de Francia y de los alrededores de París... convinieron entre ellos que en cada villa fortificada, ante la cual se presentara el ejército y se negara a rendirse, tras el asalto final todos sus habitantes deberían ser pasados a cuchillo... Por esta razón fueron asesinados en masa todos los habitantes de Béziers; se acabó con todos y todavía no les bastaba: nada pudo salvarlos, ni la cruz ni el altar, ni el crucifijo... Dios acoja sus almas, si así lo desea, en su paraíso..." [1] (Pág. 157)
Consiguieron lo que se proponían. No encontraron ninguna resistencia hasta Carcassonne en la que Raymond-Roger (esta vez sí) trató de defenderse, pero la ciudad no tenía agua y capituló al poco tiempo. No hubo matanza, pero los ciudadanos debieron abandonar la villa en calzón y camisa. Raymond-Roger fue capturado y conducido a prisión en la que moriría pocos días después (tan oportunamente que quizás fuera asesinado aunque los síntomas eran los de una disentería). Sus propiedades fueron ofrecidas al duque de Borgoña y al conde de Nevers que las rechazaron. Al fin, una comisión de nobles y obispos presidida por Arnaud Amaury designó como nuevo señor a Simón de Monfort, que ya poseía territorios en Île-de-France y era, además, conde de Leicester. Antiguo Cruzado en Oriente y militar de extraordinaria competencia, era completamente fiel a la Iglesia por lo que parecía la persona adecuada para ser el brazo secular de la lucha contra la herejía. La Cruzada parecía haber terminado, pero cuando concluyen los cuarenta días de servicio a la Cruzada, la mayoría de sus miembros regresan a casa. Simón de Monfort se queda con sólo treinta caballeros y el resto de sus tropas son poco más que una banda de forajidos en medio de un territorio hostil. La guerra acaba de empezar y Simón de Monfort lo sospecha.
NOTAS:
[1] Citado en Los cátaros. Paul Labal. Traducción de Octavi Pellissa. Ed. Crítica. Barcelona, 2000.
[2] Citado en La otra historia de los cátaros. Malcolm Lambert. Traducción de Albert Solé. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2001.
-Continuará-"

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (VIII)

Viene de aquí
A finales de 1209 el dominio de Simón de Monfort sobre su nuevo feudo se muestra como una ficción. Cuando el grueso del ejército de los Cruzados regresa a casa, comienzan las revueltas, tanto en los castels de la llanura como en las fortalezas de La Montaña Negra y Les Corbières.
Monfort escribe al papa comprometéndose a pagar un tributo anual a cambio de que Inocencio III le confirme como nuevo señor de las tierras que le fueron adjudicadas por el Consejo de los Cruzados. También pide ayuda militar.
En noviembre recibe la respuesta. El papa le confirma su título de vizconde de Carcassonne lo que le confiere legitimidad tanto ante sí mismo como ante los demás.
Los refuerzos, conducidos por la condesa de Montfort, llegan en marzo de 1210. Sin embargo, esta nueva fase de la guerra presenta mal cariz para el nuevo vizconde. Las fortalezas de las montañas eran difíciles de asediar y más aún cuando la mayoría del país le era hostil. No es de extrañar que Simón de Monfort recurriera, de nuevo, a la estrategia del terror. En abril, asedia y toma Bram. Monfort ordena sacar los ojos a toda la guarnición excepto a un soldado al que se limitan a dejar tuerto para que pueda guiar tan siniestra comitiva hasta Cabaret que también se había rebelado. Cuando el ejército Cruzado llegue ante sus puertas, nadie osará resistir.
No obstante, no siempre sucede lo mismo y otras fortalezas sí le plantan cara. Simón de Monfort necesita tropas y, en esta ocasión, no puede permitirse el ser selectivo. La predicación de la Cruzada se extiende por Francia, Bretaña, Inglaterra, Frisia (Holanda) y Renania (Alemania) y, además, toma un nuevo carácter. Ya no se dirige sólo a los caballeros sino también al pueblo. Como nuevos ideólogos y propagandistas de la Cruzada destacan Jacques de Vitry y Robert de Courçon, profesores de la Universidad de París, que no sólo predicarán que el pueblo llano en el mundo real es tan digno de la salvación como un monje en su convento sino que también organizan una especie de servicio militar. Los nuevos Cruzados son enviados a los obispos que se encargan de que se les adiestre y de conducirles junto a las tropas de Monfort. El resultado es que nada tuvieron que ver estas tropas con las hordas que capitaneó Pedro el Ermitaño en la I Cruzada.
Pronto tuvieron ocasión de demostrar su valía. El asedio de la fortaleza de Termes en Les Corbières se había convertido en un quebradero de cabeza para Monfort. Entonces recibe el refuerzo de unos Cruzados de Lorena de los que el cronista Pierre des Vaux-de-Cernay indica que "llegan a pie" [1] (Pág. 161), es decir, que no eran nobles que combatían a caballo. Aunque Vaux-de-Cernay señala lo siguiente hablando de los disparos de las catapultas: "bordeando la ineficacia durante la presencia de nobles en el campo, se hace tan exacto tras su partida que cada bala de piedra parecía conducida por el propio Dios..." [1] (Pág. 161) es evidente que no comprende lo que está viendo, la demostración de que en el asedio a un castillo es más eficaz la infantería plebeya que la caballería noble. Así que cuando un "soldadito de a pie" de Chartres, un "pobre y no noble" [1] (Pág. 161) captura a Raymond, castellano de Termes, es, sin duda, "por una disposición de la justicia divina" [1] (Pág. 161); pero aunque el cronista no lo comprenda, algo está cambiando en los usos de la guerra y esa variación tendrá, con el tiempo, repercusiones sociales y políticas.
En la villa de Lavaur, en la que se había rebelado Amaury de Montréal junto con noventa caballeros, vuelven a tener un papel destacado los soldados no pertenecientes a la nobleza, en este caso los miembros de la confraternidad de los Blancos del obispo de Toulouse Fulko de Marsella. Con la rendición de la guarnición llega una nueva matanza. Amaury es ahorcado y los restantes caballeros son pasados a cuchillo mientras la hermana de Amaury es vejada por los Cruzados y después arrojada a un pozo. Por si acaso pudiera haber sobrevivido, se la cubre de piedras.
Pese a su dedicación a los asuntos militares, Simón de Monfort no olvida cuál es el objetivo de la Cruzada. Posiblemente se considera a sí mismo como un buen católico que asiste a misa con asiduidad, es amigo de Domingo de Guzmán, facilita la predicación anti-cátara y, por supuesto, organiza la quema de todo hereje que no abjure de sus creencias (es decir, que van a la pira casi todos). Caen ciento cuarenta en Minerve, sesenta en Cassès y entre trescientos y cuatrocientos en Lavaur. A fin de cuentas, él cumple con lo que había pedido el papa, mano dura.
Ante la brutal persecución, los cátaros se dispersan. Unos optan por refugiarse en lugares a los que no había llegado la Cruzada como Montségur, otros se ocultan en las localidades campesinas, otros se transladan a las comunidades cátaras de Toulouse o de Italia, pocos abjuran y algunos toman las armas contra los Cruzados, algo que es frecuentemente ignorado por sus panegiristas actuales. Sin embargo, y por ejemplo, un caballero mortalmente herido en combate se hizo conducir a la casa de los Perfectos en Miraval para recibir el Consolamentum.
El éxodo a Toulouse reabrió el problema (nunca bien cerrado) de la actitud de Raimundo VI hacia la herejía. Éste ya se había dado cuenta de que Simón de Monfort era un rival más temible que el difunto Raymond-Roger Trencavel. Pese a ello, cuando se le solicita que entregue a los herejes de Toulouse (algo a lo que estaba obligado en virtud de las cláusulas de su reconciliación) se niega lo que le acarrea una nueva excomunión. El conde, que sabe que no puede ir a un enfrentamiento directo con los Cruzados, mueve sus hilos mediante la diplomacia. Recurre a Felipe Augusto de Francia, al Emperador Otón IV, a Pedro II de Aragón y ¿como no? a Inocencio III ante el que proclama, nuevamente, su inocencia. Fruto de esas gestiones es la convocatoria de dos Concilios, el de Saint-Gilles (julio de 1210) y el de Montpellier (febrero de 1211), para intentar solucionar, de una vez por todas, el problema. Arnaud Amaury, que siempre había considerado la anterior reconciliación de Raimundo VI como una farsa (no sé porqué, la verdad), logra que se le impongan unas condiciones humillantes para una nueva absolución (no puede tener consejeros judíos, debe perseguir la herejía, desmantelar sus castillos, impedir que la nobleza resida en las ciudades y, además, debe abandonar su feudo y transladarse a Tierra Santa hasta que el papa autorice su regreso).
Dado que el acceder a ello hubiera supuesto el desmantelamiento de hecho de la casa tolosana, Raimundo debió pensar algo no reproducible y marchó a preparar la defensa de su feudo que ya sabía iba a ser el próximo objetivo de Monfort. Lo primero que hace es expulsar de Toulouse al obispo Fulko por aquello de la quinta columna...
En junio de 1211 se produce el primer (y fallido) asedio de la ciudad tolosana. Aunque los Cruzados tienen que levantar el cerco, Raimundo sabe que su caída es mera cuestión de tiempo pese a que el ataque de Simón de Monfort logró lo que parecía inconcebible, unir a los tolosanos, a la nobleza en torno al concepto de paratge (es decir, la solidaridad debida a los miembros de la misma familia, al mismo linaje) y a los burgueses y al pueblo en torno a un concepto que, todavía hoy, no nos deja indiferentes, el de la libertad; y a todos ellos alrededor de la figura del conde como garante de uno y otra.
Pero esa unión (a buenas horas, mangas verdes) aunque indispensable no era suficiente, así que Raimundo recurre a su único aliado viable, a su cuñado Pedro II de Aragón que en ese mismo año de 1212 se había cubierto de gloria en la batalla de Las Navas de Tolosa (y que tampoco había dudado en proclamar en las constituciones de 1197 que los valdenses y demás herejes -y, por tanto, también los cátaros- debían abandonar su reino y que el que no lo hiciera así sería quemado). Por ello, nadie en su sano juicio podía considerar a Pedro II como un heterodoxo, pero eso no impidió que en el Concilio de Lavaur (1213) se rechazaran todas sus propuestas para resolver de forma pacífica el conflicto. La guerra era, pues, inevitable.
El 12 de septiembre de 1213 en las llanuras de Muret se enfrentaron los ejercitos occitano-aragonés y el Cruzado de Simón de Monfort. Raimundo, sabedor de la superioridad técnica de los caballeros franceses, propuso una táctica revolucionaria, emplear a los ballesteros de las milicias ciudadanas para diezmar las fuerzas enemigas y, después, cargar contra los supervivientes. El rey Pedro, confiado en su superioridad numérica, quería una batalla "convencional", carga de caballería y "el que más chifle, capador". Su apego a las normas de la tradición le costó la batalla y la vida porque la caballería francesa destrozó a sus oponentes.
Es el fin (por el momento) de Raimundo VI. El victorioso Simón de Monfort entra en Toulouse. En enero de 1215 el Concilio de Montpellier solicita que se le reconozca como único señor de todo el país. El IV Concilio de Letrán (noviembre de 1215) acepta su título de conde de Toulouse. La guerra, aparentemente, ha terminado.
Si la cuestión bélica parecía haber sido zanjada, durante esos años Domingo de Guzmán había continuado su labor errante hasta que en 1215 recibe el encargo del nuevo legado papal, Pedro de Benevento, de predicar a los tolosanos. Se instala en una casa donada por Pierre Seila, un comerciante enriquecido que termina por incorporarse a la orden de predicadores, siempre bajo el estímulo del obispo Fulko que será quién defina los objetivos de la comunidad religiosa:
"Extirpar la corrupción de la herejía, desterrar los vicios, enseñar las reglas de la Fe, inculcar a los hombres costumbres sanas..." [1] (Pág. 168)
Domingo acude al IV Concilio de Letrán para solicitar el reconocimiento de su nueva orden. Allí coincide con una persona que busca el mismo objetivo para sus "hermanos menores" que quieren llegar al corazón de la gente mediante una vida de pobreza y humildad. Su nombre era Giovanni di Bernardone, aunque todo el mundo le conocía como Francisco, y había nacido en Asís. Con una enorme visión de futuro (el Espíritu Santo debía de estar de vacaciones ese día), el Concilio se niega a reconocer las dos nuevas órdenes pero como quién manda, manda, Inocencio III no tiene el menor reparo en llevar la contraria a los conciliares y autoriza ambas órdenes que hoy conocemos como Dominicos y Franciscanos.
De regreso a Toulouse y después de la muerte de Inocencio III (1216), en 1217 Domingo de Osma ordena a sus predicadores que salgan al mundo real y que se establezcan en las ciudades de París y Bolonia. No es ninguna casualidad que ambas fueran sedes de las Universidades más famosas de la época. El propio Domingo, que había sido estudiante en la Universidad más antigua de Castilla (la de Palencia), sabía la importancia de una buena formación intelectual en general y teológica en particular. Desde ese momento, el papado contará con una orden muy capacitada, absolutamente fiel y de vida ejemplar, un arma perfecta contra la herejía. El nombre de dominicos hará fácil un juego de palabras, Domini canes, los perros del Señor.
Podría parecer que ya estaba todo en vías de solución, el Languedoc estaba reunido bajo un mando político único que estaba, además, "a partir un piñón" con la Iglesia que, por su parte, estaba renovándose y aprendiendo tanto de los errores propios como de los aciertos cátaros.
Sin embargo, Simón de Monfort comenzó a demostrar que era tan capaz en su papel de líder militar como incompetente en política.
En 1212 doce miembros (con una representación minoritaria de los laicos occitanos) preparan los Estatutos de Pamiers con la intención, según Pierre des Vaux-de-Cernay, de "hacer reinar la buena moral, barrer la basura herética... implantar las buenas costumbres." [1] (Pág. 178). En realidad, supusieron la implantación de una legislación descaradamente favorable a la Iglesia y totalmente ajena a las costumbres occitanas. Así, debían pagarse los diezmos además de un impuesto anual extraordinario, los clérigos sólo podrían ser juzgados por tribunales eclesiásticos, se consagraba la exención del pago de impuestos a los monjes y sus hombres, se prohíbe la edificación de iglesias en los castillos, se impiden los mercados dominicales, se obliga a la asistencia a misa (excepto en caso de enfermedad) bajo pena de multa, los herejes reconciliados no pueden acceder a las principales magistraturas, se impide el matrimonio de viudas o herederas de la nobleza que posean bien castillos o bien castels con "un indígena de esta tierra hasta dentro de diez años sin la autorización del conde. Pero pueden casarse con los franceses que quieran sin requerir el consentimiento" [1] (Pag. 180), además se instaura la figura del primogénito como receptor de la herencia y se regula el servicio de huestes (es decir, las condiciones en la que el vasallo debía ponerse a disposición del señor para servicios de tipo militar).
Lo que sucedió a continuación era perfectamente previsible (excepto para Simón de Monfort). Monasterios, abadías... comienzan a exigir la devolución de las propiedades y diezmos usurpados por la nobleza a lo largo de los siglos. Cuando no lo logren por las buenas, recurrirán a los Cruzados. Privadas de sus medios económicos, muchas familias se arruinan. Por otra parte, los hijos no primogénitos se encuentran con que acaban de ser desheredados "por real decreto". Las ciudades pierden los derechos conquistados (desaparece la figura de los cónsules electos). En Lodève y Nimes los nuevos señores de las ciudades son sus respectivos obispos. En otras localidades se entregan las fortificaciones a obispos, abades... comenzando por Toulouse cuyo castillo pasa a ser controlado por los hombres del obispo Fulko. Además, Simón de Monfort quiere que esta ciudad pague un cuantioso tributo.
Aparecen nobles franceses (Guy de Lèvis, Hugues de Lacy...) que ocupan el lugar de las antiguas familias occitanas, pero sus vasallos no les aceptan como nuevos señores. Muchos caballeros tienen que convertirse en faidits (nobles sin posesiones) obligados a buscarse la vida como buenamente (o malamente) puedan.
Los enfrentamientos de Simón de Monfort con las milicias urbanas durante 1214-1215 (por ejemplo, en Narbona y en Montpellier) son buena muestra de que el barril de pólvora estaba preparado. Sólo faltaba una chispa para provocar el desastre. Esa chispa fue Raimundo VII, el hijo de Raimundo VI, el antiguo conde de Toulouse.
NOTAS:
[1] Citado en Los cátaros. Paul Labal. Traducción de Octavi Pellissa. Ed. Crítica. Barcelona, 2000.
-Continuará-

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (IX)

Viene de aquí
En el IV Concilio de Letrán, Inocencio III no quiso hacer "leña del árbol caído" en exceso. La aceptación de Simón de Montfort como nuevo conde de Toulouse estuvo acompañada del reconocimiento de alguno de los derechos feudales de Raimundo VII, hijo del excomulgado Raimundo VI. En concreto, se le concedió el título de marqués de la Provenza y las tierras que pertenecían a su dinastía en la margen izquierda del Ródano, región en la que los cátaros no habían conseguido implantarse. Por ello, el que estuvieran en manos de la casa de Toulouse (siempre sospechosa de amparar la herejía) no suponía, en principio, mayores problemas.
Sin embargo, Raimundo VII pronto comprueba el descontento con los Cruzados que existe en ciudades como Avignon, Arles y Marsella. La razón para ello es sencilla de comprender. Se trataba de poblaciones casi independientes al modo de la ciudad-estado italiana. Les inquietaba lo sucedido en Toulouse y veían en los ejércitos franceses un serio peligro para sus libertades.
El marqués de la Provenza es también plenamente consciente del odio hacia los Cruzados que existe en el Languedoc y que se había incrementado con las medidas despóticas de los Estatutos de Pamiers de los que hablamos en la anterior historia. Raimundo debió pensar aquello de "Blanco y migado, sopas de leche" y obtuvo ayuda de Marsella y Avignon para formar un ejército con el que atraviesa el Ródano regresando así a los dominios tradicionales de la casa condal tolosana. Cerca Beaucaire. Simón de Montfort acude a auxiliar a la guarnición asediada y logra rescatarla, pero debe ceder el terreno a su enemigo. Es su primera derrota y el fin del mito de la invencibilidad del ejército francés. Mensajeros de Raimundo recorren el Languedoc y provocan una insurrección general.
Por si la situación de Montfort no fuera ya lo bastante peligrosa, Raimundo VI (que se había refugiado en el reino aragonés) cuando recibe las noticias de lo que está sucediendo, organiza a los faidits exiliados y cruza los Pirineos. Con el apoyo de los condes de Comminges y Foix ataca Toulouse y la rinde con facilidad puesto que las murallas habían sido parcialmente derruidas para que no pudieran servir de protección en caso de levantamiento de los ciudadanos. No obstante, el castillo Narbonés (llamado así porque estaba junto al camino a Narbona), que domina la ciudad, permanece en poder de los fieles a Montfort y eso le da esperanzas de poder recuperar el control de su feudo. Concentra a los mejores hombres que le quedan, pide que se vuleva a predicar la Cruzada y ataca Toulouse tal vez creyendo que sería una operación tan sencilla como la que había protagonizado Raimundo VI.
No obstante, allí se habían reunido los ejércitos de Raimundo VI y Raimundo VII y la multitud enardecida había comenzado a reparar las murallas y a construir máquinas de guerra. Cuando llega Simón de Montfort se encuentra con "un hueso muy duro de roer" que termina por costarle la vida cuando es alcanzado por una piedra disparada desde lo alto de la muralla. Es el 25 de junio de 1218.
A Simón le sucede su hijo Amaury que no tiene ni la experiencia ni, posiblemente, la capacidad militar de su padre. Sabe que sin ayuda externa no puede conservar sus dominios así que el obispo Fulko y la condesa de Montfort acuden a solicitar el auxilio de Felipe Augusto. Éste, libre por una vez de problemas internacionales y tal vez temeroso de que el conflicto comenzara en la margen izquierda del Ródano lo que suponía una extensión del problema del Languedoc, envía un poderoso ejército al mando de su primogénito, Luis.
Éste cerca Marmande y al asedio se une Amaury de Montfort. La plaza capitula y toda la población es pasada es cuchillo. Sin embargo, esta vez la estrategia del terror no funciona. Posiblemente la cantidad de horrores vividos durante los años de guerra habían creado una cierta insensibilización en los occitanos. Así que cuando el ejército francés llega a Toulouse, no tiene más remedio que iniciar un asedio en toda regla. Seguramente esto no entraba en los planes de Luis que debía esperar una guerra rápida y sin mayores complicaciones como la de la Cruzada de 1209, así que el 1 de agosto de 1219 dice que ya ha terminado sus cuarenta días de servicio y regresa a casa.
Abandonado a su suerte, Amaury va perdiendo lo conquistado por su padre. Raimundo Trencavel, hijo del difunto Raymond-Roger, amenaza la ciudad de Carcassonne con la ayuda del conde Roger-Bernard de Foix y con el visto bueno de Raimundo VII. Las grandes casas nobiliarias del Languedoc deciden olvidar viejas rivalidades y unirse contra el enemigo común que, evidentemente, sabe que ha perdido la guerra. Amaury se retira de Carcassonne sin presentar batalla y termina por regresar a sus dominios franceses olvidándose de Occitania. De hecho, en febrero de 1224 cede sus derechos sobre Toulouse, Carcassonne... a Luis VIII, rey de Francia, que ya conocía el terreno porque es el mismo Luis que había dirigido el ejército francés en la fallida expedición de 1219.
En el Languedoc, la huida de Amaury de Montfort supone el reconocimiento de su victoria, aparentemente definitiva, para la casa condal tolosana. Es el momento de entregarse a la "vendetta". Las matanzas se suceden aunque ahora van en la dirección contraria. Cualquier francés capturado es pasado a cuchillo. No sólo ellos sufren las represalias. El 1 de septiembre de 1220 Raimundo VI y Raimundo VII otorgan derecho a los cónsules de Toulouse a perseguir a los malefactores, los colaboradores occitanos de los Cruzados (no consta que los cónsules emplearan esa carta blanca para molestar a Raimundo VI por su participación en la Cruzada de 1209 -esto es una pequeña maldad, obviamente-). El obispo Fulko fue desterrado.
Algunos de los faidits que regresan (y que ya eran anticlericales antes de exilio) vuelven cargados de odios no disimulados. Aunque se habla frecuentemente de que este periodo supuso una gran tolerancia religiosa que quedaría demostrada por la vitalidad de la comunidad dominica de Toulouse y del convento femenino de Prouille, eso debe ser matizado. Por de pronto en ambos establecimientos quedaron los naturales del Languedoc y ambos estaban bajo la protección de las grandes casas nobiliarias. Sin embargo, dónde no llegan éstas la situación no tenía porqué mantenerse dentro de límites civilizados. El 23 de enero de 1224 Honorio III, sucesor de Inocencio III, se queja a Luis VIII de Francia:
"mientras los católicos se marchan y son puestos en fuga, los herejes ocupan su lugar con sus creyentes, sus agitadores, sus encubridores..." [1] (Pág. 182).
En efecto, con la nobleza regresan (o abandonan la vida clandestina, o abjuran de su reconciliación con la Iglesia católica...) los cátaros. En 1226 se reúnen en Pieusse un centenar de Perfectos para discutir sobre la creación de una quinta diócesis en el Languedoc, la del Razès, señal de que volvían a estar activos y en pleno crecimiento.
Todo ello, sin embargo, está en peligro. La renuncia de Amaury de Montfort de todos sus derechos en beneficio de Luis VIII cambia completamente la situación. Ya no se trata de que el rey francés quiera o no ayudar a uno de sus vasallos, sino que ahora es su propio feudo. Raimundo VII así lo entiende (su padre había fallecido en 1222, así que él es ahora la única cabeza de la casa condal tolosana) e intenta llegar a un acuerdo con el papado. Entre julio y agosto de 1224 se celebra una conferencia en Montpellier. Los obispos católicos se muestran contrarios al reconocimiento de Raimundo VII como legítimo conde de Toulouse así que el papa nombra un legado para solucionar el conflicto. Se trata de Romano Frangipani, cardenal de Sant´Angelo, que reúne un concilio en Bourges ante el que comparece Raimundo sólo para enterarse de que no tiene nada que hacer, que nunca se le va a conceder el título condal.
Finalmente, el 12 de enero de 1226 es excomulgado. Esto es lo que necesitaba Luis VIII para intervenir y toma la Cruz aunque, eso sí, esta vez impone sus condiciones: carta blanca para dirigirla como le plazca, libertad para disponer del condado de Toulouse y los restantes bienes de Raimundo VII, la dirección espiritual correrá a cargo de obispos franceses y el dinero para financiarla saldrá, en exclusiva, de los fondos de la Iglesia.
El ejército francés se reúne en Lyon en junio de 1226 y ataca una ciudad fortificada que se consideraba inexpugnable, Avignon. El asedio es largo hasta el punto de que el conde de Champagne se vuelve a casa pretextando que ya había cumplido con sus cuarenta días de servicio (parece que se había leído la biografía de Luis VIII -obviamente, esto es otra pequeña maldad-). No obstante el "au revoir" del conde, la ciudad se rinde el 9 de septiembre. Esta vez no habrá ninguna matanza y, sin embargo, la toma de Avignon hunde la moral de los occitanos. Lo que Luis VIII no logró con la masacre de Marmande lo consigue con el perdón a los ciudadanos de Avignon: Béziers, Carcassonne y Pamiers se rinden sin combatir. Sin embargo, el conde de Foix, Raimundo Trencavel y Raimundo VII están dispuestos a resistir. Toulouse se prepara para un nuevo asedio. No obstante, Luis VIII decide esperar al año siguiente para luchar con tropas de refresco y en una época más propicia (estamos en octubre). Parte del ejército regresa a Francia mientras las restantes tropas permanecen sobre el terreno al mando de Humbert de Beaujeu asistido por Guy de Montfort (hermano de Amaury e hijo, por tanto, de Simón de Montfort).
El 3 de noviembre de 1226 Luis VIII fallece en Montpesier por una enfermedad. Su hijo y heredero, Luis IX, es sólo un niño por lo que el reino entra en un periodo de regencia bajo Blanca de Castilla que debe enfrentarse a continuas revueltas nobiliarias que buscan recuperar los derechos que habían ido perdiendo a lo largo del tiempo en beneficio de la corona.
Pese a estas dificultades, la guerra prosigue en el Languedoc de forma encarnizada durante tres años. Las tropas de Raimundo VII y de Humbert de Beaujeu se enfrentan por cada fortaleza que pueda darles una ventaja sobre sus enemigos. Sin embargo, esta guerra no se libra sólo en los campos de batalla. Los franceses, bajo inspiración del obispo Fulko, comienzan a realizar incursiones contra los campos que rodean Toulouse para destruir las construcciones, arrasar las cosechas y arrancar la vides. Además, en 1227 el nuevo papa, Gregorio IX, prohíbe el acceso a las importantes ferias de Champagne de todos los mercaderes tolosanos. Obviamente, se estaban atacando las fuentes de financiación de los occitanos.
Si la situación del ejército del Languedoc no era buena, la del francés tampoco era "para tirar cohetes". Los problemas con los nobles levantiscos hacían que a Blanca de Castilla le urgiera el acabar de una vez con la guerra occitana.
Dados los problemas de ambos contendientes, Raimundo VII piensa (tal vez impulsado por problemas internos en Toulouse) que es el momento de negociar. Con la mediación del conde de Champagne, Thibaut IV, se acuerda celebrar una conferencia en Meaux en la tierras de Champagne. Sin embargo, Raimundo VII es capturado y la supuesta conferencia se convierte en una imposición de condiciones. Aunque el pueblo occitano, en su momento, vio el tratado de Meaux como un desastre, los compromisos adquiridos (de mejor o peor grado) por Raimundo eran duros pero no descabellados. Pierde sus posesiones en la margen izquierda del Ródano en beneficio de la Iglesia y las de la margen derecha pasan, nominalmente, a poder del rey de Francia aunque se permite, graciosamente, que el conde siga gobernando:
"la diócesis de Tolosa... la diócesis de Agen y de Rodez... la diócesis de Cahors menos la villa de Cahors..." [1] (Pág. 190) además de las tierras al norte del Turn en la diócesis de Albi. Esto supone, sencillamente, legalizar la situación que ya existía en el campo de batalla.
Además, la boda entre Jeanne, la única hija de Raimundo VII, con un hermano de Luis IX suponía que en un futuro la dinastía tolosana seguiría conservando esos dominios excepto si el matrimonio no tuviera descendencia en cuyo caso las propiedades irían a poder del rey francés.
Las cláusulas realmente duras eran las que concernían a la destrucción de fortificaciones en Toulouse, Fanjeaux, Lavaur... y la entrega, durante diez años, de los estratégicos castillos Narbonés (en Toulouse), Penne y Cordes a los ejércitos reales. Todo ello suponía garantizar que el conde iba a estarse "quietecito" y sin posibilidad de afrontar una nueva guerra.
De igual forma debía pagar a la Iglesia (en especial a la orden del Císter) cuantiosas indemnizaciones.
Por supuesto debía perseguir la herejía e, incluso, ayudar al rey francés contra sus anteriores aliados (de Raimundo) como el conde de Foix.
Todo ello hubiera debido suponer el final de las guerras occitanas, pero aún quedaba un último capítulo.
NOTA:
[1] Citado en Los cátaros. Paul Labal. Traducción de Octavi Pellissa. Ed. Crítica. Barcelona, 2000.
-Continuará-

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (X)

Viene de aquí
12 de abril de 1229, festividad de Jueves Santo. En Notre-Dame, en París, Raimundo VII hace pública penitencia. Descalzo y vestido sólo con calzón y camisa, confiesa sus errores pasados. Entre los asistentes están los vencedores, Luis IX de Francia, su madre, Blanca de Castilla, el cardenal de Sant´Angelo, el obispo de Toulouse Fulko de Marsella... Después recibe la absolución y se levanta su excomunión.
Por una vez, parece que se va a cumplir lo "pactado" en Meaux... pero es mera apariencia.
Por ejemplo, en 1229 se crea la Universidad tolosana. En un primer momento tiene cierto éxito porque acuden profesores y estudiantes de la de París que llevaban semanas en huelga (conflicto que se prolongó hasta 1231. Eso es una huelga y no las de ahora...) Pero, cuando el paro termine dos años después, los maestros (y con ellos sus discípulos) regresan a París "a toda leche" por la sencilla razón de que Raimundo había "olvidado" abonarles la primera paga (y la segunda y la tercera y...)
En 1229 se reúne en Toulouse el Concilio provincial que debía organizar la represión contra los herejes. Entre los asistentes se encuentran el conde y los cónsules tolosanos. Se acuerda que la persecución se efectuará tanto contra los Perfectos como contra los meros creyentes (es decir, los que aún no habían recibido el Consolament). Para detectar a los sospechosos los sacerdotes deberán llevar el registro de sus fieles y controlar quiénes comulgan menos de tres veces al año. Además se instituye la delación sistemática. Los hombres de más de catorce años y las mujeres de más de doce están obligados a prestar juramento de que denunciarán a los herejes. Los que muestren poco interés en hacerlo serán, ellos también, objeto de persecución.
Además, en cada parroquia se debe formar una comisión de investigación que buscará a los herejes casa por casa, sin olvidarse de posibles escondrijos en los bosques. Si se encuentran, deben ser destruidos y los cátaros detenidos serán entregados al obispo o la persona en quién éste delegue.
Los castigos van desde la prohibición de ostentar magistraturas, ejercer la medicina (según parece, algunos Perfectos aprovechaban el ser médicos para obligar a los pacientes a recibir el Consolament), expulsión de su lugar de residencia, destrucción de su morada, llevar un signo distintivo en la ropa (dos cruces de distinto color) hasta, si no se entregaban voluntariamente, penas de cárcel. Para los Perfectos, diáconos y obispos si no existía abjuración, la hoguera.
Este Concilio también nos informa de que no todos los nobles siguieron el ejemplo de Raimundo. Se califica de "violadores de la paz" a varios señores (entre ellos diversos castellanos de Les Corbières) a los que ponen fuera de la ley y condenan a todos aquéllos que los ayuden. Evidentemente, la resistencia continuaba en las comarcas de más difícil acceso.
Todo esto sobre el papel, porque en la realidad la persecución contra los cátaros encontró dificultades hasta en los dominios del conde. La razón es el apoyo popular que hacía que Raimundo se encontrara de continuo "encendiendo una vela a Dios y otra al diablo" arte en el que era un consumado maestro y eso que, al contrario que su padre, no sentía por ellos la menor simpatía.
El obispo Fulko falleció el 25 de diciembre de 1231 y fue sustituido por el dominico occitano Raymond du Falga que, si me permiten el juicio personal, era una mala bestia. En un primer momento, no obstante, parece que obtuvo la colaboración de su homónimo, el conde de Toulouse. En 1232 capturó con su ayuda a diecimueve Perfectos en la región de La Montaña Negra, en 1233 el obispo cátaro de Agen fue quemado en la capital tolosana, en esa misma época fueron capturados cuatro herejes cerca de Montségur y ejecutados como contumaces (es decir, que no abjuraron de sus creencias) con la plena aquiescencia de Raimundo...
Sin embargo, ni siquiera eso le parecía suficiente a Gregorio IX que sabe que el poder político secular (en este caso, el conde de Toulouse) se muestra colaborador u obstruccionista según sus propios intereses y eso provocaba que los obispos hicieran seguidismo de sus vaivanes. Falta así la necesaria (necesaria para Gregorio IX, claro) constancia en la represión, así que "toma el rábano por las hojas" y, alegando que los obispos tienen otras preocupaciones más acuciantes, pone la lucha contra la herejía en manos de tribunales especializados. Acaba de nacer una institución que, a la larga, empañaría el nombre de la Iglesia con toda clase de horrores, la Inquisición.
El anuncio tuvo lugar en 1233. La tarea recae en los Dominicos y son los provinciales de esta orden los que deben nombrar a los Inquisidores. Curiosamente, el Inquisidor para Francia (es decir, para el norte de Francia) era un ex-Perfecto, Robert le Bougre ("no hay peor cuña que la de la misma madera" debió pensar alguien), mientras que en el Languedoc para la diócesis de Albi fue designado Arnaud Cathala, y para Cahors y Toulouse, Pierre de Seila y el jurista Guillaume Arnaud.
Sin embargo, su trabajo no fue fácil. En Castelnaudary no habla "ni Dios" (con perdón) con los Inquisidores y en Albi, en 1234, Arnaud está a punto de ser conducido a una carnicería y degollado cuando quiso desenterrar a una hereje condenada póstumamente. En 1235, en Narbona, una multitud enfurecida atacó el convento de los Dominicos, quemó los legajos referidos a procesos inquisitoriales y expulsó a la comunidad de religiosos.
En Toulouse, el intento de ejecutar a un tal Jean Tisseyre degeneró en motín cuando el acusado proclamó su inocencia (sin embargo, conducido de nuevo a prisión recibió el Consolament de un Perfecto detenido y esta vez no le salvó "ni Dios" de la pira). También hubo bronca en 1235 cuando el obispo Raymond du Falga fue confundido por una moribunda con el obispo cátaro (digamos que du Falga no hizo nada para desengañarla y sí todo lo contrario). La confesión de la enferma hizo que el obispo ordenara, de inmediato, su ejecución que se cumplió al instante entre la indignación de los tolosanos. Los cónsules canalizaron ese sentimiento en forma de lo que hoy llamaríamos "boicot". Nadie vendió alimentos a du falga y éste tuvo que abandonar la ciudad.
En Carcassonne, en 1235, Guillaume Arnaud inicia diligencias contra cinco cónsules de la ciudad. Éstos se presentan a la puerta del convento acompañados de una multitud y expulsan a toda la comunidad de Dominicos. Raimundo VII tuvo que recibir "un toquecito" del papa recordándole lo que se había comprometido en Meaux y en el Concilio de Toulouse, a perseguir la herejía.
En 1236 uno y otros regresarán a las ciudades y pronto obtendrán un gran éxito en Toulouse cuando el Perfecto Raymond Gros "cante" hasta "La Traviata" (lo que no deja de ser curioso porque faltan unos cuantos siglos para que nazca un tal Verdi) provocando una cascada de detenciones y quemas de cadáveres (ni los muertos se libraban de la persecución inquisitorial y como éstos ya no podían abjurar...)
Sin embargo, desde 1237 la Inquisición entra "en punto muerto" hasta el punto de que el 13 de mayo de 1238 Gregorio IX ordena paralizar sus actividades durante tres meses, pero "olvida" ordenar su reanudación durante tres años, concretamente hasta su fallecimiento. No es que el papado, de pronto, sintiera escrúpulos de conciencia ni nada parecido. Sencillamente, Gregorio IX estaba haciendo lo mismo que reprochaba a Raimundo VII, condicionar la persecución de la herejía a sus intereses políticos.
En 1237, el monarca inglés Enrique III se acuerda de que los territorios franceses de Normandía, Anjou y Poitou habían pertenecido a su corona y piensa en su reconquista. Por supuesto piensa en el conde de Toulouse como un posible aliado contra Luis IX.
Por su parte, el emperador Federico II sueña con una expansión por Italia de sus posesiones en Sicilia. En 1237 en la batalla de Cortenuova derrota a la Liga Lombarda, aliada del papa. Roma está amenazada y Raimundo VII...
Éste, desde 1234, está solicitando al papa diversos favores. La devolución del título (y los feudos anexos) de marqués de Provenza que por el tratado de Meaux habían pasado a la Iglesia. También pide la anulación de su matrimonio con Sancha de Aragón porque quiere casarse con una hija del conde de Provenza. No piensen en el amor porque eso no importaba. Sencillamente Raimundo quiere "matar dos pájaros de un tiro". El primero es asegurarse descendencia porque el matrimonio de su hija Jeanne con Alphonse de Poitiers (hermano de Luis IX) acordado en Meaux no tenía hijos y, si eso seguía así, el condado de Toulouse acabaría en poder de la Corona gala. El segundo es consolidar sus dominios en la margen izquierda del Ródano. Además, también quería que su padre, Raimundo VI fuera enterrado en tierra sagrada (algo que no podía ser porque murió, como ya dijimos, excomulgado).
Con la nueva situación internacional, Raimundo VII (que de tonto no tenía ni medio pelo) comienza a jugar con dos barajas. Negocia con el papa y obtiene la paralización de la actividad inquisitorial que era de los más impopular. Gana así tranquilidad interna. Por otra parte, se acerca al emperador para forzar a Gregorio IX a acceder a sus peticiones. Sin embargo, en 1241 debió creer que ya era cosa hecha porque ordena a sus vasallos que tomen partido por el papa en su querella contra Federico II. Sin embargo, el 22 de agosto, Gregorio IX fallece y su sucesión es muy complicada. No obstante, y aprovechando que tanto el rey de Francia como el papa estaban ocupados con otros problemas, aprovechó para reconstruir las fortificaciones de las ciudades en la frontera con el antiguo vizcondado de Carcassonne.
La razón para ello es que el conde de Toulouse no es el único que aprovecha el "follón" internacional para mover ficha. En abril de 1240 Raimundo Trencavel regresa a su feudo tradicional al frente de un ejército de faidits. Los castellanos de Minerve, La Montaña Negra y Les Corbíères se unen a su causa. En Carcassonne la población toma partido por él (lo demostraron pasando a cuchillo a treinta y tres sacerdotes) pero la guarnición que se ha hecho fuerte en la cité fortificada resiste el asedio. Raimundo VII permanece neutral. No ayuda a Raimundo Trencavel pero tampoco a los sitiados. Sin embargo, cuando un ejército francés se aproxima a Carcassonne interviene para lograr que Raimundo Trencavel pueda huir.
No es que de pronto Raimundo VII sintiera una inmensa preocupación por el bienestar de la dinastía rival sino que, tal vez, estuviera ya diseñando un plan que precisaba de todas las lealtades que pudiera conseguir.
El monarca inglés, Enrique III, estaba dispuesto a enfrentarse a Luis IX por sus antiguas posesiones en el continente. Cuenta con la colaboración de Raimundo VII y éste, a su vez, con la ayuda de Jaime I "el Conquistador" de Aragón que no había olvidado la muerte de su padre Pedro II en Muret. También con el apoyo del conde de Provenza y de sus vasallo en el Languedoc. La colaboración de los nobles del antiguo vizcondado de Carcassonne era, pues, algo muy interesante. Para que no faltara nadie, en la coalición antifrancesa también aparece Federico II, éste, aparte de para vengar viejas derrotas de los emperadores alemanes, porque los Capeto y el papado eran aliados y el amigo de tu enemigo...
Si todo esto se estaba preparando en las comarcas en las que Raimundo VII mantenía un mayor o menor control, la situación era aún peor (para los intereses de la Iglesia) en aquéllos en los que el conde no pintaba nada. En Roquefort las mujeres de la población la emprendieron a pedradas y palos con un sargento que intentó detener a dos Perfectas y, en otra ocasión, ocultaron una ceremonia de Consolament por el expeditivo procedimiento de apedrear la casa del cura con lo que éste no pudo salir de ella hasta que concluyó. Obviamente, los móviles todavía no se habían inventado así que los cátaros pudieron ir y venir sin que nadie les molestara.
También existen noticias de algunos caballeros cátaros como Bernard de Quiriès, de Le Mas, que hacían más o menos lo que les daba la real gana como mear en la tonsura de un acólito para injuriar a los católicos o robar los caballos del prior de Le Mas amenazando con matar a cualquier monje que intentara impedírselo. Otra "buena pieza" fue Bernard Oth que desde 1232 la emprendió con el arzobispo de Narbonne. Robó su ganado, quemó sus edificios y atacó a sus hombres lo que no le impidió, más adelante, intentar llegar a un acuerdo con él para que anulara su matrimonio con su mujer, Nova, a cambio de que Bernard denunciara a los Perfectos que vivían en su castillo (estaba tan harto de su "costilla" que antes quiso obligarla a que recibiera el Consolament con lo que ésta hubiera debido de abandonarle).
Los apoyos populares que antes hemos citado, no obstante, tampoco deben ser exagerados porque sabemos que, en otros casos, el auxilio a los cátaros perseguidos no tenía nada de desinteresado. Por ejemplo, Pedro de Corneliano y su tío escoltaron a siete Perfectos a cambio de una promesa de diez sólidos... que nunca llegó porque los Perfectos se negaron a pagar (después de esto, Pedro de Corneliano no quiso saber más de los cátaros). Mejor suerte tuvo en 1237 Arnaud Roger de Mirepoix que sí cobró por seguir de guía en un desplazamiento de Perfectos y volvió a hacerlo (por el equivalente a medio kilo de pimienta en una época en que las especias eran un bien precioso) en 1238 acompañando a un grupo de ocho cátaros de Montségur. B. Remon pagó cincuenta sólidos a las personas que escondieron a su hermana, que era Perfecta, y a sus acompañantes.
Y es que contrariamente a lo que parecen creer sus panegiristas actuales, los cátaros, a lo largo de los años no sólo crearon adhesiones sino también enemistades. No deja de resultar chocante que una iglesia que consideraba lo material como creación del diablo fuera, en cambio, extraordinariamente rica, una evidente contradicción que sus adversarios no dejaban de echarles en cara. Fruto de las donaciones recibidas (en especial cuando daban el Consolament a un moribundo, por ejemplo, Arnaud Daniel de Sorege entregó trescientos sólidos a los Perfectos que lo realizaron), de su dedicación al comercio o de los préstamos que hacían, disponían de cuantiosos fondos tanto más cuando no tenían gastos (los Perfectos debían ser mantenidos por los fieles y no tenían templos que hubiera que mantener) así que cuando la persecución se incrementaba no faltaba dinero para comprar guías, lugares seguros y protección armada y, llegado el caso, para efectuar sobornos y lograr la libertad de algunos cautivos. Algunos ejemplos pueden servir para ilustrar esto. Ugo Rotland de Puylaurens en 1252 tenía una olla con seiscientos sólidos enterrada en su casa. Alamán de Roaix en Toulouse estaba más al tanto de las nuevas (entonces, claro) técnicas comerciales y eso ya en 1237. Éste disponía de cartas de pago por las que podía disponer de las donaciones testamentarias realizadas a la iglesia cátara. Por otra parte, cuando Bertrand Marty fue arrestado en 1233, una colecta reunió trescientos sous. Poco después y de forma "misteriosa", el cátaro fue liberado en un bosque.
Sin embargo, había odios que podían más que el oro. Por ejemplo, Ermessende Viguier, de Cambiac, que se la tenía jurada desde que en una reunión de cátaros a la que asistió se rieron de ella por estar embarazada diciendo que llevaba un demonio en sus entrañas (y no era ninguna broma, eran coherentes con su doctrina sobre la procreación y el mundo material). Guardó la ofensa para sí misma durante veintitres años hasta que, en 1245, denunció a sus vecinos cátaros ante la Inquisición pese a que éstos la maltrataron en presencia de su hijo para "convencerla" de que la interesaba guardar silencio.
Toda esta situación de alianzas políticas, de odios, de simpatías... se precipitó hacia el desastre total en 1241. Como ya dijimos, el 22 de agosto de ese año falleció Gregorio IX y con él la paralización de la Inquisición en el momento menos propicio para los intereses de Raimundo VII. Éste, visto que no podía conseguir sus objetivos por un acuerdo con el papado, empezó a poner en práctica sus planes de conspiración antifrancesa. Para ello necesitaba de los señores aliados de los cátaros pero ¿y si éstos eran detenidos y revelaban lo que sabían? No obstante, el papel jugado por alguno de ellos en la revuelta previa de Raimundo Trencavel como el obispo cátaro Pierre Polhan que, curiosidades de la vida, siempre aparecía en una ciudad justo antes de que se organizara en ella "la de San Quintín" hacía imprescindible su concurso. No obstante, era un juego muy peligroso en el que alguien podía equivocarse y eso es lo que pasó.
El 15 de mayo de 1242 Enrique III de Inglaterra desembarca en Royan. Pocos días después, los Inquisidores Guillaume Arnaud y Étienne de Saint-Thibéry llegan a Avignonet y se hospedan en un castillo propiedad de Raymond de Alfaro, senescal de Raimundo VII y que era la persona que estaba coordinando la sublevación en el Languedoc, pero esto era algo que, posiblemente, los Inquisidores desconocían. El 27 de mayo un mensajero suyo (de Raymond de Alfaro) llega a Montségur, plaza que estaba bajo pleno control cátaro y protegida por una guarnición de fieles y soldados mercenarios bajo mando de Pierre-Roger de Mirepoix. El día 28, Pierre-Roger abandona Montségur con cincuenta de sus hombres a los que se unen más voluntarios por el camino. Por la noche llega a Avignonet y los hombres de Raymond de Alfaro les abren las puertas del castillo. Los dos Inquisidores, sus ayudantes y el prior de Avignonet que había ido a visitarles, diez personas en total, son asesinados y mutilados.
¿Esto fue ordenado por Raimundo VII? Pues aunque Raymond de Alfaro fuera su senescal y, para más "inri", estuviera casado con una hermana (ilegítima) del conde parece que no porque esto supuso que todo el plan se fuera al mismísimo "carajo". Se tuvo que adelantar la rebelión y quedó patente para Luis IX la connivencia entre el ataque inglés y el levantamiento en el Languedoc. Así las cosas, éste actuó rápido. El 22 de julio ya se enfrenta a los hombres de Enrique III en Taillebour. El monarca inglés no debió ver el asunto nada claro así que se embarcó para su casa sin dar más guerra. Este primer abandono motivó el de Jaime I de Aragón. Por si el asunto no estaba lo bastante "jodido" para los intereses de la casa condal tolosana, el conde de Foix no sólo dejó de ayudar sino que se pasó al enemigo "con armas y bagajes". En octubre de 1242 y después del monumental fiasco, Raimundo VII se rinde a Luis IX. Éste, por su parte, no quiso humillar al conde de Toulouse (posiblemente ya lo estaba bastante) y en enero de 1243 por la paz de Lorris se limita a que Raimundo jure que no romperá por la fuerza los acuerdos de Meaux. Sorprendentemente, esta vez sí lo cumplió.
Si no hubo castigo para Raimundo VII, no sucedió lo mismo con Montségur. Todo el mundo sabía que era de allí de donde habían salido los asesinos de los Inquisidores y que éste era el principal dominio cátaro, el refugio de sus líderes más destacados y su tesorería central. Durand, obispo de Albi, y Hugues d´Arcis, senescal de Carcassonne, reclutan tropas por toda la región. Pese a que Montségur se considera inexpugnable (está bien defendida tanto por una numerosa guarnición que cuenta incluso con una catapulta, como por lo escarpado de la montaña en que se encuentra) están decididos a acabar con ese reducto cátaro. El asedio comienza en junio de 1243 y se prolongó hasta el 16 de marzo de 1244. Doscientos (o más) Perfectos se encontraron en la disyuntiva de elegir entre la abjuración y la hoguera. Eligieron lo segundo.
Era el fin. Algunas familias muy vinculadas al catarismo se apresuraron a reconciliarse con Luis IX. Gérard de Niort entregó su castillo a los hombres del rey. Olivier de Termes incluso acompañó al rey francés en su Cruzada a Tierra Santa y llegó a ser uno de sus hombres de confianza. Aunque algunos (tal vez por ideales, tal vez porque estaban tan involucrados con los cátaros que no confiaban en el perdón real) prosiguieron la lucha (de hecho, la última fortaleza cátara tomada no fue Montségur en 1244 sino Quéribus en Les Corbières en 1255) las guerras occitanas a gran escala habían terminado.
Raimundo VII, uno de sus grandes protagonistas, mudó de actitud. Desde ese momento y hasta su muerte en 1249 persiguió ferozmente a los cátaros incluso con mayor saña que la propia Inquisición. Poco antes de su muerte, en Agen, ordenó quemar a ochenta creyentes (es decir, que no habían recibido el Consolament) pese a que, como tales, la Inquisición posiblemente no les habría condenado a muerte. ¿Estaba haciendo méritos o estaba haciéndoles pagar por lo de Avignonet y todo lo que siguió al asesinato de los Inquisidores? Aunque nunca renunció a sus pretensiones de volverse a casar y tener descendencia que asegurase la continuidad de la casa de Toulouse no lo logró. La muerte le sorprendió cuando se preparaba para unirse a la Cruzada de Luis IX.
Desde 1249 hasta 1271, el condado tolosano fue gobernado por Alphonse de Poitiers, hermano de Luis IX, como esposo de Jeanne de Toulouse. Falleció el 21 de agosto de 1271. Su mujer se le unió tres días más tarde. No habían tenido descendencia por lo que el feudo pasó a la Corona francesa como se había acordado en Meaux. La casa condal tolosana desaparece y aparece Francia.
Griales, descendientes de Jesús, tesoros fabulosos... ¿quién necesita estos alicientes? La realidad es mucho más fascinante. La Edad Media, ese difuso periodo cronológico, según algunos acabó con la caída de Constantinopla y según otros con el descubrimiento de América. Sin embargo, empezó a morir cuando los estados nacionales con una autoridad central comenzaron a desmantelar los feudos y las relaciones vasalláticas. Las guerras occitanas (en la que el catarismo fue más una excusa que una razón) son un periodo capital en ese proceso. No hemos visto el Grial, pero sí el nacimiento de Francia como nación moderna. Hemos comenzado a despedir la Edad Media y vemos el nacimiento del mundo moderno.
Ahora ya podemos volver con el Sr. Fernández-Bueno no sin antes recomendarles la lectura de los siguientes libros en los que podrán encontrar los datos que aquí hemos manejado y muchos más (y por supuesto, mucho mejor y más ampliamente expuestos):
"Los cátaros. Herejía y crisis social." Paul Labal. Traducción de Octavi Pellissa. Ed. Crítica. Barcelona, 2000.
"La otra historia de los cátaros. Malcolm Lambert. Traducción de Albert Solé. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2001.
-Continuará-