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Escritos desde el páramo

Crítica a la pseudohistoria

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (XIX)

Viene de aquí
Dejemos al Sr. Javaloys con sus afirmaciones esotéricas (que, eso sí, aparecieron en portada de una supuesta revista de historia supuestamente seria, Historia 16 nº 313) porque son tan aburridas y tienen tan poca gracia como un programa de Gomaespuma (y no quiero abusar aún más de su paciencia) y vayamos a su sufrida fuente, es decir, al Dr. Zuckerman.
Pese a que cometa errores graves no puedo por menos de sentir simpatía por su persona porque si hay un destino peor para una obra historiográfica que el ser mal acogida por los historiadores y por el público, es el convertirse en objeto de culto para "escribidores" esotéricos. Ambas cosas sucedieron con "A Jewish Princedom in Feudal France, 768-900" y si aquélla fue completamente merecida, ésta no lo fue porque la obra del Dr. Zuckerman no pretendía ser escandalosa y, mucho menos, convertirse en terreno abonado para Griales, matrimonios de Jesús con María Magdalena y otras hierbas semejantes.
Toda esta "movida" que todavía hoy colea en engendros literarios como "El Código da Vinci" comenzó de una forma tan discreta que pasó casi desapercibida. En 1965 el Dr. Zuckerman publicó un artículo titulado: "The Nasi of Frankland in the Ninth Century and the Colaphus Judaeorum in Toulouse" en Proceedings of the American Academy for Jewish Research (nº 33, Págs. 51-82) que se basaba en parte en su tesis doctoral "The Jewish Patriarchate in Western Europe During the Carolingian Age" (Columbia University, 1963).
¿Qué decía en dicho artículo? Defendía la identificación entre el lider de la comunidad judía (el Nasi) y el conde Bernard. De ahí se infería que el linaje franco del conde Bernard coincidía con el de los Nesiim de Narbonne o lo que es lo mismo, que se habían concedido títulos nobiliarios francos a una familia judía. No obstante las implicaciones del artículo, éste pasó prácticamente inadvertido. No sucedió lo mismo en 1972, cuando el Dr. Zuckerman amplía su artículo para convertirlo en "A Jewish Princedom in Feudal France, 768-900". Entonces sí que se levantó una polvareda considerable que adoptó la forma de artículos que criticaban los contenidos de dicho texto. Las cuatro publicaciones de réplica más importantes son:
"La dynastie des "rois juifs" de Narbonne (IXe- XIVe siècles)" de Aryen Graboïs, publicado en Narbonne: archéologie et histoire. Colloque... tenue à Narbonne, les 14, 15 et 16 avril 1972. 3 Vols (Montpellier, 1973) Tomo II, Págs. 49-54.
"Une principauté juive dans la France du Midi à l´epoque carolingienne?" de Aryen Graboïs, publicado en Annales du Midi nº 85 (1973) Págs. 191-202.
"The Nasi of Narbonne: A Problem in Medieval Historiography" de Jeremy Cohen, publicado en AJS Review nº 2 (1977) Págs. 45-76.
"On the role of the Jews in the establishment of the Spanish March (768-914)" de Bernard Bachrach, publicado en Hispanica Judaica: Studies in the History, Language and Literature of the Jews in the Hispanic World. Barcelona, 1980. Págs. 11-19.
Éstos son sólo lo más representativos porque desde 1973 se publicaron más críticas en revistas históricas, genealógicas o dedicadas al estudio del judaísmo. Que pese a esa amplia oposición, el texto no alcanzara la popularidad ligada al escándalo es buena muestra de que la disputa se mantuvo en todo momento dentro de la discusión académica. El Dr. Zuckerman no quiso aprovecharse de ello para alcanzar un éxito espúreo (actitud, por desgracia, muy poco frecuente y es que hay quién vende su primogenitura por un plato de lentejas). No obstante, cuando existe una contestación generalizada suele ser por una de estas dos causas (o por ambas simultáneamente porque no son excluyentes):
El texto ha "tocado demasiadas narices".
El texto presenta graves fallos.
En este caso concreto hubo algo de ambas consideraciones. El presentar a las monarquías europeas como descendientes de la casa de David no es, sin embargo, tan explosivo como pueda parecer (salvo para los "animalitos" antisemitas, claro). El linaje de cualquier casa real presenta elementos tan impresentables que el añadir a los monarcas davídicos (que según la Biblia, fueron con frecuencia unos "puntos filipinos" de cuidado) no supone ninguna afrenta. No obstante, aceptar la teoría del Dr. Zuckerman significaría que estaba equivocado todo lo que creía saberse de las comunidades judías durante la época carolingia, que sin llegar a los niveles de intolerancia de la España visigoda o la Francia merovingia, los israelitas no habían sido una minoría tratada en pie de igualdad ya que la tesis de Zuckerman suponía que, al menos una familia, había sido privilegiada.
Por muchos trabajos que hubieran debido irse a la papelera, si las pruebas presentadas hubieran sido suficientes, se habría aceptado. El problema es que no lo fueron.
Antes de comenzar la evaluación de las pruebas es conveniente trazar el marco general en el que vamos a movernos. La invasión árabe del reino visigodo no sólo tuvo repercusiones en lo que hoy es España. A partir del 714 los musulmanes cruzan los Pirineos e invaden la Septimania (lo que hoy conocemos como Languedoc). En medio de la crisis generalizada, un bastardo de la dinastía de los Heristal que llevaban años ocupando la dignidad de Mayordomos de Palacio que suponía el gobierno efectivo del reino merovingio, se hizo con el poder. Su nombre era Carlos y se le conocía por el apodo de Martel ("Martillo"). En el 732 derrota a los árabes en la batalla de Poitiers (¿debería decir que fomentó la "alianza de civilizaciones" o cualquier otra gilipollez políticamente correcta semejante?) lo que le dejaba en una posición inmejorable para convertirse en monarca de iure además de rey de facto y más cuando falleció Teodorico (o Thierry) IV en el 737. Sin embargo, Carlos Martel no quiso dar ese paso aunque, eso sí, dejó atada su sucesión en manos de sus hijos Carlomán y Pipino (conocido como "el Breve" porque tenía la estatura de un enanito de jardín, pulgada arriba, pulgada abajo) que llegan al poder en el 741 al fallecer su padre. No obstante, las presiones del resto de la aristocracia les obligó a poner un nuevo monarca en el trono, Childerico (o Khilderico) III en el 743. No obstante, Carlomán se mantuvo como Mayordomo de Palacio de Austrasia mientras Pipino el Breve lo era de Neustria y Borgoña. La renuncia de Carlomán en el 747 para ingresar en un monasterio, deja todo el poder en manos de Pipino el Breve y éste decide aprovecharlo. En el 749 envió una embajada al papa Zacarías para preguntarle si "Estaba bien que fuese Rey de Francia quien ahora no ejercía el poder real". La respuesta de Zacarías (que estaba demasiado ocupado con sus propios problemas para acordarse de aquello de "A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César") fue: "Es preferible proclamar Rey a quien detenta el poder de hecho antes que al que lo tiene sólo de nombre." Lo que siguió era, por tanto, perfectamente previsible. En el 751, Childerico III es despojado del reino y obligado a entrar en un convento. El nuevo rey fue, por supuesto, Pipino el Breve que, para que no hubiera dudas de su legitimidad, se hizo ungir por Bonifacio (que más tarde sería elevado a los altares) en el 752 y, por si acaso quedaba algún incrédulo, en el 754 se repitió la ceremonia a manos del papa Esteban II y esta vez fueron ungidos Pipino el Breve y sus hijos Carlomán y Carlos. Es decir, frente a la monarquía tradicional hereditaria, se estaba propugnando una monarquía por la gracia de Dios. El descarado apoyo del papado ni fue desinteresado ni gratuito. La expansión lombarda amenazaba Roma y Esteban II pidió una "ayudita" a Pipino el Breve. Éste invade Italia inmediatamente y en el 756 ha derrotado a los lombardos. Lo que vino a continuación parece demasiado gracioso para ser cierto, pero lo es. El Papa se inventa un documento por el que Constantino habría cedido unas posesiones terrenales al papado, lo que se conoce como "Donación de Constantino" y que, repetimos, es más falsa de una moneda de siete euros. Presenta tal bodrio a Pipino y éste (no sabemos si desconocedor de la trampa o plenamente consciente de ella) confirma la supuesta "Donación de Constantino", es decir, le regala al Papa (además de Roma) el Exarcado (Rávena, Ferrara, Bolonia...) y la Pentápolis (Rímini, Pésaro, Fano, Senigallia y Ancona). De forma tan curiosa, nacen los Estados Pontificios.
Sin embargo, las actuaciones de Pipino no se limitaron a su campaña en Italia. Desde el 752 ataca la Septimania que aún estaba en manos musulmanas. En el 759 consigue apoderarse de Narbonne (o Narbona). Entre el 760 y el 768 consigue la anexión de Aquitania (es decir, el SO francés). En ese mismo año muere y el reino es dividido entre sus dos hijos, a Carlos le corresponde un arco de tierras que iba desde Turingia y Lorena hasta la Aquitania Atlántica mientras que a Carlomán le toca en suerte Borgoña, Provenza, Septimania y la Aquitania Oriental. Ambos hermanos iban a tener ocasión de demostrarse su amor filial (como Caín y Abel, más o menos) cuando se produce una revuelta de los aquitanos al conocerse la muerte de Pipino. Carlos pide ayuda a Carlomán y éste se la niega. Carlos tiene que enfrentarse en solitario a los rebeldes y los derrota. Es la primera de una serie de victoria que le valdrán el apodo de Magnus que, unido a su nombre, determinan la expresión con la que ha pasado a la historia, Carolus Magnus o Carlomagno.
La relación entre ambos hermanos había quedado lo bastante deteriorada como para que se previera una guerra entre ambos que no llegó a estallar porque en 771 murió Carlomán. Carlomagno se apoderó de los territorios de su hermano haciendo caso omiso de los derechos de su cuñada y sus sobrinos que acabaron refugiándose en la corte lombarda.
Ahora que ya hemos concretado el escenario, podemos pasar a examinar las afirmaciones del Dr. Zuckerman. Según este autor, tras la caída de Narbonne en el 759 en manos de Pipino el Breve, éste quiso recompensar la colaboración de los judíos narboneses concediendo privilegios y tierras a un tal Makhir, descendiente de la casa de David, traído desde Babilonia donde se le conocía como Natronai. Makhir es el primero de los nesiim (los líderes de la comunidad judía de Narbonne). Su linaje, además de ser los nesiim, recibieron títulos nobiliarios francos.
Como vemos, esta hipótesis tendría que demostrar dos cosas distintas, la existencia de una especie de "reyes judíos" en Narbonne y, por otra parte, la identificación de los nesiim con algunos miembros de la nobleza carolingia, algo tanto más problemático cuando el propio Dr. Zuckerman asegura que en épocas de mayor intolerancia contra el judaísmo se eliminaron de los documentos escritos las referencias a los nesiim.
¿Qué nos queda entonces? Pues una glosa añadida a un manuscrito del Sefer Ha-Kaballah de Abraham ibn Daud y, también, una narración épica en latín, la "Gesta Karoli Magni ad Carcassonam et Narbonam". Sin embargo estas dos fuentes presentan similitudes, pero también diferencias. Ambas coinciden en señalar la existencia de los nesiim, pero son completamente divergentes en cuanto a los detalles. Para el Addendum a ShK, Carlomagno hace venir de Babilonia a Makhir y lo nombra nasi de Narbonne. En la "Gesta", confirma en su puesto a un nasi que ya existía.
Así las cosas debemos preguntarnos ¿tiene alguna de estas fuentes la menor credibilidad? Ninguna de las dos es contemporánea a los hechos narrados. El Addendum a ShK está copiado en los S XIV o XV y la supuesta crónica original no sería anterior a los S XII o XIII. De esta misma época data la "Gesta". Así pues, lo único que prueban ambos textos es que en torno al S XII existía una tradición en Narbonne que ligaba a los líderes de su comunidad judía con la casa de David y que el proceso de instauración o confirmación de los nesiim se debió a Carlomagno que quiso así premiar la actuación de los israelitas durante la toma de la ciudad. Sin embargo ¿esa tradición se basa en hechos reales o legendarios?
A poco que lo pensemos, reúne todas las características de un mito etiológico, intenta embellecer el origen de algo (en este caso, de los nesiim) asociándolo con personalidades conocidas y presentándolo como muy antiguo. Veamos, la conquista de Narbonne (759) no se debió a Carlomagno sino a su padre, Pipino el Breve. Por tanto sería a él al que le correspondería la concesión de recompensas. Carlomagno no hubiera podido hacerlo hasta doce años después, hasta la muerte de su hermano Carlomán (771) puesto que Narbonne estaba incluida en la herencia de éste. Hasta ese momento, Carlomagno no tuvo soberanía alguna sobre la ciudad.
Obviamente, y al igual que en otros casos similares, estas tradiciones correspondían a un intento de las minorías de embellecer su pasado en un intento de legitimarse a los ojos de la mayoría. En España, por ejemplo, las tradiciones judías señalaban que los sefardíes descendían de los israelitas desterrados después de la primera destrucción del Templo. Con ello querían dejar claro que sus antepasados no tuvieron nada que ver con la Crucifixión de Jesús, que era la excusa esgrimida con frecuencia para justificar la discriminación a la que estaban sometidos.
Todo ello está perfectamente claro desde un punto de vista historiográfico así que al Dr. Zuckerman no le quedaban más que dos salidas, buscar fuentes que corroborasen el contenido de esos textos antes citados o bien reconocer que su postura se basaba en la fe y no en pruebas sólidas.
Zuckerman creyó encontrar ese documento corroboratorio en la confirmación de los límites de la abadía de Caunes realizada por Magnario, conde de Narbonne, fechada el 5 de diciembre del 791. Aunque el documento original se ha perdido, se conserva su facsímil que está incluido en la obra "De re diplomatica" de Jean Mabillon (París, 1681). Para el Dr. Zuckerman el nombre del conde era Maghario, una forma latinizada de Makhir. Además, dado que Magnario aparece como conde de Narbonne, Zuckerman creyó que tenía la doble prueba que necesitaba. Por un lado confirmaba el Addendum a ShK en cuanto a la existencia de Makhir y, por otra, identificaba a Makhir como uno de los condes de Narbonne. Sin embargo, estaba equivocado.
Zuckerman reparó en que la ligadura que aparece en el grupo "gn" de la palabra Magnario era completamente distinta a la que presenta (en este mismo documento) el grupo "gn" en la palabra incompleta regna (de regnante). De ahí, supuso que eso se debía a que el primer grupo no era, en realidad, una "gn" sino una "gh". En realidad, las diferentes ligaduras vienen dadas por las letras anteriores "a" en el caso de Magnario y "e" en el caso de regna. Además, en ninguno de los documentos conservados de los S VIII y IX aparece una "h" ligada y, en todos ellos, las pocas veces que aparece esta letra (que entonces era muy poco empleada) está claramente diferenciada (igual que hoy en día) por el "palito" vertical correspondiente.
Por otra parte, el nombre Magnario está documentado con anterioridad al supuesto nombramiento como nasi y conde de Narbonne de Makhir. Por ejemplo, a mediados del S VII el obispo de Guadalix tenía ese nombre. Además, la redacción del documento, el lenguaje jurídico empleado... no presentan ninguna influencia oriental sino que es plenamente visigodo (la Septimania había formado parte del reino visigodo durante siglos). Así pues, la presunta confirmación documental es inútil en cuanto a ese propósito.
Sigamos hablando de los condes de Narbonne, título que, supuestamente, continuaron empleando los descendientes de Makhir (o Maghario, según Zuckerman). Están documentados los nombres de Milo (782), Magnario (791), Sturmio (entre 778 y 814) y Ademar (comienzos del S IX) pero después desaparece tal título nobiliario que, posiblemente, fue asumido por el marqués de Septimania o Gothia desde la reforma del año 817. Con posterioridad, aparece el título de corregidor (vidame) de Narbonne convertido más tarde en vizconde de Narbonne. Aunque Zuckerman intenta relacionar a los vizcondes de Narbonne con Makhir vuelve a equivocarse. Entre los vizcondes aparecen varios con el nombre de Aymericus (o Aymeri, Aimeri, Aymeric...) y, para Zuckerman este nombre deriva de "Al-Makhiri" una supuesta corrupción árabe de Makhir. Además, aporta como "prueba" la existencia de un cantar de gesta titulado "Aymeri de Narbonne" en la que aparece como el héroe de la conquista de esta ciudad y su primer conde. Sin embargo, ese nombre aparece en la familia de los vizcondes de Narbonne de forma tardía, ya que Aymeric I nació en 1055. Hasta ese momento, aparecen los condes ya citados, los corregidores Francón, Lindoin... los vizcondes Mayeul, Ulbérad, Matfred, Raymond, Bérenger... sin ninguna relación con la onomástica hebrea. El nombre de Aymeri no está documentado en Narbonne durante todo el S VIII y aparece antes (ya en el 940) entre los arzobispos de Narbonne (que se repartían la soberanía sobre la ciudad con los vizcondes) que entre los nobles.
A partir de ese momento, el declive de la obra del Dr. Zuckerman es imparable. Ya que, en su opinión, había establecido la identificación entre Makhir con el inexistente Aymeri continúa con esa misma línea. Varios de los cantares de gesta franceses forman una serie conocida como Ciclo de Guillaume de Orange, tan inexistente como el Aymeri de Narbonne del que era, según los poemas, hijo. Como la figura legendaria de Guillaume está basada en parte en una persona real, Guillaume de Gellone, conde de Toulouse y marqués de Septimania (entre otros títulos), ya tenemos establecido (según Zuckerman) la línea sucesoria. El nasi Makhir (también conocido como como Maghario y Aymeri) es el padre de Guillaume de Gellone. Esta afirmación, no obstante, tropieza con un pequeño problemilla, que el padre de Guillaume de Gellone era Teodorico (o Thierry), conde de Autun. Sin embargo, esto no importa. El Dr. Zuckerman solventa este inconveniente asegurando que Teodorico es el nombre equivalente a Aymeri (algo completamente falso) y que, por tanto, a los nombres ya "conocidos" de Makhir alias Maghario, alias Aymeri hay que añadir el alias de Teodorico.
Si en este mismo momento Vds. están pensando que eso más que el linaje de una familia nobiliar franca parece la ficha policial de un estafador, tienen toda la razón. En este punto, Zuckerman rebasó la fina línea por la que se estaba moviendo porque no hay ni una sola prueba (ni siquiera discutible, producto de una mala interpretación...) que permita relacionar a Teodorico de Autun con Narbonne. Sencillamente, tenemos que creernos (o no) que como Teodorico es Maghario, también fue conde de Narbonne. No existe ni una única fuente contemporánea en la que aparezca el nombre de Teodorico en relación con esta ciudad.
Otro problema que plantea el "meter en el ajo" a Guillaume de Gellone es que éste es más conocido por los católicos como Saint Guillaume porque fue canonizado en el S XI (su fiesta se celebra el 28 de mayo). Como lo de canonizar a un nasi (es decir, a un judío) era algo increíble hasta para el Dr. Zuckerman, éste tiene que salir del paso señalando que se había convertido al catolicismo algo de lo que, nuevamente, no existe la menor prueba.
Resumamos la situación. Partiendo de dos fuentes tardías, intencionales y contradictorias en los detalles, el Dr. Zuckerman defiende que Pipino (pese a que tanto el Addendum a ShK como la Gesta digan que fue Carlomagno, pero en ese caso las fechas no casarían) hizo venir de Oriente a Makhir, de la casa de David, al que concedió los títulos de conde de Autun y de Narbonne, además de casarlo con su hermana Aude -unión de la que nacería entre otros Guillaume de Gellon (aquí tienen la genealogía de la familia)- además de ser nasi de la comunidad judía. Para sostener todo eso se basa en los legendarios cantares de gesta muy posteriores o, directamente en nada en absoluto, porque el Addendum a ShK no menciona en ningún momento los títulos que le concedió "Carlos" a Makhir, sólo dice que le hizo noble. Las restantes pruebas aportadas son, como hemos visto, lecturas erróneas, el parecer del propio autor cuando no, falsedades obvias.
Así las cosas ¿puede extrañarles que, pasada la tormenta inicial, la obra fuera completamente olvidada? Porque si todavía hoy se escucha hablar de ella no es en boca de historiadores, genealogistas... sino por obra de los escritores esotéricos que se empeñan en presentar al Dr. Zuckerman como prueba de lo que éste nunca dijo. Por ejemplo, Baigent, Leigh y Lincoln en "El enigma sagrado" convertirán ese supuesto linaje judeo-franco en la descendencia del propio Jesús, y Javaloys los convierte en protectores de los cátaros haciendo tabla rasa de que para un judío un cátaro estaba más alejado de sus creencias religiosas que un católico (recuerden que los albigenses no concedían ninguna autoridad al Antiguo Testamento). Bastante tuvo el Dr. Zuckerman con sus propios errores (fruto de una mala praxis historiográfica) como para tener que cargar con los ajenos (fruto de una imaginación desbocada).
BIBLIOGRAFÍA:
La crítica a la obra de Zuckerman de la que se han obtenido los datos para este artículo es:
"Saint William, King David, and Makhir: A controversial medieval descent" por Nathaniel L. Taylor. Publicado en The American Genealogist nº 72 (1997), Págs. 203-221.
-Continuará-

Decimotercer misterio jocoso: Heterodoxos de verdad (y XX)

Viene de aquí
Terminadas con más pena que gloria la exposición de las teorías (hoy me siento generoso) de los Sres. Javaloys y Zuckerman, D. Lorenzo vuelve a reunirse con su álter ego, el maestro (¿de ebanistería? porque lo que es de otra cosa...) Geoffrey. Como viene siendo habitual, si el libro siempre es divertido, cuando aparece el magistral Geofredo es para desternillarse.
"Su rostro denotaba la excitación de aquel que después de décadas de soledad, después de batallas en la sombra y trabajo ingrato, se sentía, por fin, recompensado en la presencia de un joven que no solo le escuchaba, sino que además seguía sus "enseñanzas", atisbando los flecos que para otros, en su inmensa grandilocuencia, pasaron totalmente desapercibidos." (Pág. 203)
No me negarán que tiene mucha gracia que el Sr. Fernández Bueno hable de la "inmensa grandilocuencia" ajena ("Dijo la sartén al cazo: Apártate, que me tiznas"). Es aún mejor que Geoffrey se sienta realizado porque su "discípulo" ha entendido, después de arduas "investigaciones", lo mismito que está escrito en "El enigma sagrado". Así que menos décadas de soledad, batallas en la sombra y gaitas galaicas, porque el portentoso secreto está publicado (con éxito para mí incomprensible) desde el año 1982.
Por si acaso los lectores tuvieran el nivel intelectual de Dan Brown, Geoffrey-Fernández Bueno se siente en la necesidad de hacer un resumen de lo dicho hasta el momento así como de lo que va a venir, dos cosas completamente innecesarias porque no hay el menor peligro de que nadie olvide tan divertida sucesión de chorradas y lo que falta por llegar es completamente previsible.
No obstante, como hay que llenar páginas, nos dice lo siguiente:
"...la realidad textual de una historia que jamás debiera haber sido escrita: el matrimonio de Jesús y María Magdalena, reflejado en un episodio bíblico: las Bodas de Caná, y la descendencia que surgió de esa unión. Además los textos referían la marcha de Jesús tras escapar con vida de la crucifixión -si es que fue crucificado- a una región perdida situada al norte de la India, donde pasó sus últimos días, y el desembarco en costas francesas de su esposa María Magdalena con varios miembros del clan, apóstoles de la religión, así como los hijos de ambos." (Pág. 204)
¡Ay, Dios! La única pena, penita, pena, pena de mi corazón... es que todavía no nos ha explicado el extraño caso de la bilocación del cuerpo de Jesús. Ya saben, está sepultado en Cachemira desde que murió allí y también estaba cerca de Rennes-le-Château en el sepulcro de los Pontiles. No importa, como era hijo de Dios esas cosas estaban a su alcance. Si, a fin de cuentas, había al menos dos cabezas de Juan el Bautista ¿por qué no va a haber dos cuerpos de Jesús? Hombre, ya puestos a solucionar dudas, nos gustaría saber las causas de la separación entre Jesús y María Magdalena. ¿Alguna tercera persona? Debe ser eso, porque como Jesús, según Andreas Faber-Kaiser, tuvo hijos en Cachemira... Coñe, ya que ha adoptado las formas del periodismo (pido perdón a los profesionales del periodismo por llamarlo así) rosa de hacer declaraciones sin pruebas (porque ya hemos visto lo que valen las que ha presentado) porque añada un poco de cotilleo no va a pasar nada. ¿Y quién es ella, a qué dedica el tiempo libre...?
"Incluso también es probable, y a ello se refiere el autor que anteriormente has citado, que parte de los manuscritos descubiertos narraran la epopeya de Makhir-Natronai y su llegada al reino de los francos, donde acaudilló el principado de la Septimania como representante del linaje davídico." (Pág. 204)
No, hombre, no. Según me ha revelado el sabio maestro Yogourth, los manuscritos contenían los guiones de la séptima, octava y novena entrega de La Guarra (sic) de las Galaxias. Las pruebas de tan sensacional descubrimiento se harán públicas diez minutos después de que el Sr. Fernández Bueno presenta las que avalen sus propias afirmaciones (algo que no hay el menor peligro de que suceda, claro).
En fin, que después de tanto rollo macabeo, por fin revela la tercera pregunta que le hizo a Saqbel Zos (ya saben, el de la Comuna con pinta de puticlub de todo-a-100):
""¿Qué halló Sauniére?", le pregunté, esperando atisbar parte de la sabiduría oculta que según decían encerraba en su interior, pero que para mí resultaba críptica y exasperante. Mirándome fijamente, sin pestañear, murmuró: "la sangre de Cristo..."." (Pág. 206)
Para ese burro no hacían falta albardas. Que un cura católico encuentre la sangre de Cristo no es ninguna revelación de crípticos-secretos-misteriosos-y-esotéricos-que-no-deben-contarse. Según sus creencias eso es lo que pasa cada vez que consagran el vino (y considerando los miles de misas que cobraba por celebrar el amigo Saunière, eso debía pasar unas 20 veces al día). Vamos, que tener que pillarse un colocón de la leche para que te cuenten esa chorrada...
Bueno, con eso hemos acabado con el capítulo dedicado a los cátaros, pero no se alegren en exceso porque ahora llegan... ¡los Templarios! ¿A que nunca lo hubieran sospechado?
-Continuará-

Decimocuarto misterio jocoso: Templarios destemplados (I)

Viene de aquí
Después de inventarse unos cátaros irreconocibles hasta para la madre que los parió, D. Lorenzo se dedica a revisar (fabular, más bien) la historia de la Orden del Temple. Así que se va a Tierra Santa y, aprovechando que el Jordán pasa por allí, comienza a hablar de los Manuscritos del Mar Muerto (¿cómo no?) y ¿cómo no? vuelve a equivocarse:
"Algo hubo de intuir porque preso de una celeridad inusitada adquirió cuatro rollos. En esos instantes no lo sabía, pero acababa de comprar los primeros textos sagrados de la historia del cristianismo." (Pág. 211)
Pues va a ser que no. Entre los manuscritos de Qumrán (designación específica mucho más correcta que la genérica Manuscritos del Mar Muerto que incluye los manuscritos de Qumrán, de Masada, de Murabba´at... de épocas y contenidos muy diversos) no hay ni uno sólo en el que se mencione al cristianismo o a las personas que tuvieron que ver con su aparición. No busquen menciones a Jesús, Juan el Bautista, Pedro, Juan... porque no las van a encontrar. La razón es muy sencilla, la mayoría de los textos fueron escritos antes de que naciera Jesús y todos ellos antes de que el cristianismo fuera una religión claramente diferenciada del judaísmo. Por cierto, los cuatro rollos de marras eran 1QIsª, 1QpHab, 1QS y 1QapGen (aprovecho para aclarar que la designación de los textos de Qumrán se hace de la siguiente forma: en primer lugar se indica el número de la cueva en que se localizó que va de 1 a 11 -en la cueva 9 sólo se encontró un fragmento de papiro sin identificar y en la 10 un óstracon- seguido de la Q de Qumrán y, a continuación, la identificación específica mediante abreviaturas o mediante una serie numérica y en el caso de que haya dos manuscritos diferentes con el mismo contenido se indica de cuál se trata mediante pequeñas letras elevadas que siguen el orden alfabético). Lo que para el Sr. Fernández Bueno eran "los primeros textos sagrados de la historia del cristianismo" ¿qué son en realidad? Apliquemos lo que acabo de decirles:
1QIsª: Libro de Isaías procedente de la cueva nº 1 de Qumrán. Es el primer manuscrito (existe otro con el mismo contenido que está catalogado como 1QIsb -bueno, la "b" debería aparecer en pequeño y elevada-).
1QpHab: Pesher (comentario) al libro de Habacuc procedente de la cueva nº 1 de Qumrán.
1QS: Serek (regla de la comunidad) procedente de la cueva nº 1 de Qumrán.
1QapGen: Génesis apócrifo procedente de la cueva nº 1 de Qumrán.
¿Relación de todos ellos con el cristianismo? Pues aparte de que el libro de Isaías (como el resto del Antiguo Testamento) fue adoptado por el cristianismo, ninguna en absoluto.
Ya sabemos que, una vez que D. Lorenzo comienza a hilar errores, lo difícil es conseguir que se detenga. Así nos descubre:
"El 25 de noviembre de 1947, el profesor Eliézer Sukenik tuvo acceso a un fragmento con parte de su superficie escrita." (Pág. 212)
En realidad, el profesor Sukenik adquirió para la Universidad Hebrea de Jerusalén tres manuscritos, 1QIsb (la segunda copia del libro de Isaías de la que hablamos antes), 1QH (Hodayot-Himno) y 1QM (Milhamah-Regla de la guerra).
"Tras no pocas horas de análisis dictaminó que el lenguaje utilizado por aquellos remotos cronistas pertenecía al alfabeto hebreo denominado "cuadrado", un dialecto en curso doscientos años antes del nacimiento de Jesús." (Pág. 212-213)
La ternilla a tomar por saco... El alfabeto hebreo cuadrado es un dialecto del hebreo, con un par como los del caballo de Espartero... Pues no. El alfabeto hebreo cuadrado es una evolución del alfabeto protohebreo (por cierto, el alfabeto hebreo cuadrado es el que todavía hoy se usa). Como cualquier evolución se fue produciendo a lo largo del tiempo y eso, el que registre pequeñas variantes, es lo que permite datar un fragmento por comparación con otros textos ya datados por otros métodos. En el caso concreto de Qumrán, la datación paleográfica fue posteriormente confirmada por C-14 cuando a partir de 1987 se pudo emplear la técnica de AMS (con anterioridad, hubiera habido que destruir grandes porciones de los manuscritos para efectuar la prueba del Carbono-14). Seguimos.
"Incluso hubo quien se atrevió a afirmar que en las cuevas de Qumram se escondían parte de los "apócrifos" que narraban la vida de un Jesús bastante distinto al de los evangelios. Claro que dicho aspecto fue rápidamente negado por una Iglesia que desconocía lo que tenía entre manos." (Pág. 217)
Si es que ya se sabe que hay gente capaz de afirmar cualquier cosa... ¿verdad, D. Lorenzo? En cualquier caso, lo de los manuscritos de Qumrán tiene su gracia. Hagamos un poco de historia. Después de las primeras adquisiciones de los manuscritos localizados por los beduinos, se hacía necesario tanto el adquirir lo que aún estaban en su poder (o en posesión de anticuarios) como efectuar excavaciones en la zona. Para todo ello hacía falta dinero... que el gobierno jordano no tenía. En distintas fases, patrocinaron las adquisiciones la Universidad McGill de Montréal, la Biblioteca Vaticana, la Universidad de Manchester, la Universidad de Heilderberg, el McCormick Theological Seminary de Chicago, la All Souls Church de Nueva York, la Universidad de Oxford, la American School of Oriental Research y la Koninlijke Nederlandse Akademie van Wetenschappen. Todas ellas recibieron, como compensación, el derecho de publicación de los manuscritos (por supuesto, previo estudio) así como el derecho de propiedad de parte de los mismos. Además, las excavaciones fueron realizadas por el Departamento de Antigüedades de Jordania y por la Escuela Bíblica Francesa de Jerusalén. Por si faltaba algo más para aumentar el caos, en 1961 el gobierno jordano declaró bienes nacionales los manuscritos que aún estaban en el Museo Arqueológico Palestino de Jerusalén lo que suponía la prohibición de que abandonaran el país. Como se trataba de una expropiación encubierta, el gobierno jordano compensó a las instituciones perjudicadas limitando el acceso a los manuscritos a un comité internacional de expertos formado por los representantes designados por las instituciones referidas. Por aquello de que "éramos pocos y parió la abuela" en 1967 Israel conquistó Jerusalén Este... incluido el Museo Arqueológico Palestino. El comité internacional (en el que, por cierto, había personas de diversas confesiones religiosas) se encontró con que pasó de depender del estado jordano a estar bajo supervisión del estado israelí lo que originó problemas diplomáticos y políticos.
Además, el comité estaba formado por muy pocos miembros y la tarea era abrumadora así que la publicación de las traducciones avanzaba muy lentamente. Esto hizo que se corriera el bulo de que se trataba de un retraso deliberado por el contenido explosivo de los manuscritos, pero esto era rotundamente falso como pudo comprobarse en 1991. En previsión de un desastre que destruyera los manuscritos (no sé porqué pensaron eso si estaban en un remanso de paz y tranquilidad como era la Jerusalén de los años 50 y 60) se habían microfilmado todos los restos. Esta actividad fue financiada por Elizabeth Hay Betchel que recibió, como muestra de agradecimiento, una copia de los microfilms. A su muerte, ese material pasó a la Biblioteca Huntington que se ofreció a suministrar copias a cualquier persona que las solicitase. Además, la Biblical Archaelogy Society publicó la mayoría de las fotografías de los manuscritos que aún estaban inéditos. Ante esa situación, el gobierno de Israel (que estaba hasta las narices de que le acusaran de ocultamiento cuando se estaba limitando a aplicar los acuerdos alcanzados por las autoridades jordanas y las instituciones que habían pagado las adquisiciones y las excavaciones) publicó los microfilms de la totalidad de los manuscritos en 1993 (en 1997 se editaron en CD-rom).
Conocidos los hechos, podemos evaluar las afirmaciones de D. Lorenzo. La Iglesia (supongo que se refiere a la católica) sabía perfectamente lo que se traía entre manos porque sí tenía (a través de la Biblioteca Vaticana) acceso al contenido de los manuscritos. Es cierto que en los manuscritos de Qumrán no hay ninguna referencia a Jesús ni escandalosa ni ortodoxa. Los que sugirieron lo contrario son los que no sabían lo que estaban diciendo porque como ni tenían ni tienen la menor idea de papirología, paleografía, hebreo... no formaban parte del comité internacional y, por tanto, no tenían acceso al contenido de los manuscritos (y ahora que sí lo tienen como cualquier otra persona que esté interesada en ellos tampoco saben de qué van). Estos "conspiranoicos" dudo que sepan lo que tienen entre manos hasta cuando están meando.
"De lo que ya no tenía duda alguna, tras hablar con varios "iniciados", es que una vez dio comienzo el estudio de los manuscritos a cargo del equipo internacional reunido para tal fin, estos se cuidaron en demasía por distanciar las fechas de los escritos de la figura del nazareno." (Pág. 217)
Si es que estos expertos no tienen vergüenza. ¿Quiénes son ellos para fechar unos manuscritos por comparación paleográfica y por evidencias arqueológicas -por cierto, y como ya dijimos, acertando con la datación posteriormente confirmada por el C-14-? ¿Qué técnicas poco fiables son ésas? Lo que tenían que haber hecho era hablar con unos "iniciados" (por cierto, ¿en qué están iniciados? ¿En jugar al mus? Pensándolo bien, no creo. Ése es un juego demasiado complejo...) y dar una datación del S II D.C., por ejemplo, pasando por alto el pequeño detalle de que el asentamiento de Qumrán fue destruido en el año 68 durante la Guerra Judía. ¿Y qué atrevimiento es ése de decir que allí no hay nada relacionado con Jesús? Tenían que haber dicho que habían encontrado el certificado de matrimonio de Jesús con María Magdalena, las partidas de nacimiento de sus hijos y una teta disecada de Agustina de Aragón por lo menos.
Pero no se apuren, que el Sr. Fernández Bueno también tiene un experto a su disposición:
"Sin embargo, a la cabeza me vinieron entonces las palabras pronunciadas en 1770 por Federico el Grande, quien sin pudor alguno afirmó en más de una ocasión que "Jesús estaba empapado de ética esenia." (Pág. 217).
No vean el valor que tiene lo que dijo alguien en el S XVIII sobre una secta que ahora se conoce bien precisamente por los manuscritos de Qumrán. Por cierto, tal vez la próxima vez D. Lorenzo tenga a bien citar la frase de marras justo antes de empezar a hablar del supuesto matrimonio de Jesús y María Magdalena, añadiendo que los esenios permanecían célibes... ¿Jesús estaba empapado de ética esenia o levemente salpicado? Federico, por muy Grande que fuera, de tocar la flauta sabía mucho, pero de esenios no, por la sencilla razón de que entonces eran casi desconocidos. Su opinión, por tanto, no está fundada y traerla a colación es un nuevo disparate.
No obstante, no sean Vds. duros con el Sr. Fernández Bueno porque él es un escéptico de tomo y lomo. Lean, lean:
"Siendo sincero el primer pensamiento que se me pasó por la cabeza, objetivo y razonado, fue que de unir todos los fragmentos correspondientes a cada uno de los manuscritos y descifrar su mensaje, jamás nos harían partícipes del contenido de los mismos. Es probable que aquellas primeras crónicas fueran algo molestas para los jerarcas del Vaticano." (Pág. 219)
¿Qué les decía? Fíjense Vds. que hasta es capaz de elaborar un pensamiento "objetivo y razonado" que si se llegase a poder reconstruir la totalidad de los manuscritos de Qumrán, no le harían partícipe de su contenido. Ya sólo falta que nos aclare qué tiene eso de "objetivo y razonado" porque eso es su opinión, su creencia, su parecer... es decir, todo lo contrario de un pensamiento objetivo. Por otra parte, ¿tiene alguna razón para creer eso? ¿Conoce algún manuscrito de Qumrán que no esté microfilmado y accesible a quién lo desee porque lo haya impedido alguien para no molestar a la jerarquía vaticana? Más aún ¿por qué presupone que existe entre los restos fragmentarios algo que pueda resultar incendiario para la Iglesia? Ítem más, ¿de qué datos dispone Vds. para pensar que la Iglesia puede silenciar las investigaciones sobre los manuscritos de Qumrán? Si no tiene respuestas coherentes a estas preguntas, lo suyo tampoco es un pensamiento razonado. Me queda una duda, si su pensamiento "objetivo y razonado" ni es objetivo ni es razonado ¿es, al menos, un pensamiento o es una petunia?
Lo más gracioso de todo esto, es que esa sabia reflexión surge de una noticia publicada en El Mundo en la que afirman que estaban intentando agrupar los fragmentos de los manuscritos mediante una investigación del ADN de las cabras de las que se obtenía ese material. Verán cuando se entere D. Lorenzo de que muchos de los manuscritos de Qumrán están escritos sobre papiro la desilusión que se va a llevar.
En fin, que después de su sabia disertación sobre los manuscritos de Qumrán el Sr. Fernández Bueno pasea por las calles de Jerusalén:
"Caminé por la Vía Dolorosa en un acto de contricción inimaginable." (Pág. 220)
No, si no me extraña que después de escribir esas cosas, realizara un acto de contricción inimaginable. Es lo mínimo que podía hacer. Ya sólo falta que tenga propósito de la enmienda y no nos "obsequie" con "Los guardianes del secreto II" (eso no me lo creo ni yo).
"Se fuera creyente o no, los cimientos de la cultura occidental estaban basamentados sobre los sucesos acaecidos en esta tierra, y eso no se podía obviar; y eso, en momentos tales, erizaba el vello y sobrecogía el alma." (Pág. 220)
Pues nada, ya saben. Los cimientos de la cultura occidental están "basamentados" en algo. Vistos los frutos que da, la cultura occidental debe estar "basamentada" en arena.
"El autor de espaldas al Muro de las Lamentaciones, lugar de culto y únicos restos del Templo de Salomón." (Pág. 223)
Del de Herodes y, en realidad, tampoco son restos del Templo sino de un muro de contención de la terraza sobre la que asentaba (o "basamentaba"). En efecto, un lugar de culto en el que sólo faltaba la egregia ministra Dña. Carmen Calvo para que la cultura quedara patente.
En fin, que llevamos dieciséis páginas de un capítulo dedicado a los Templarios y éstos no es que hayan estado muy presentes, la verdad. No se preocupen. D. Lorenzo comienza a hablar con un desconocido que resulta ser Salomón Vizenthal que, curiosidades de la vida, resulta ser un experto en la Orden del Temple, pero esto quedará para el próximo día.
BIBLIOGRAFÍA:
"Textos de Qumrán". Edición y traducción de Florentino García Martínez. Editorial Trotta S.A. Valladolid, 2000.
"Paganos, judíos y cristianos en los textos de Qumrán". Textos de diversos autores con coordinación de Julio Trebolle Barrera. Editorial Trotta S.A. Valladolid, 1999."

Decimocuarto misterio jocoso: Templarios destemplados (II)

Viene de aquí
Decíamos ayer que el Sr. Fernández Bueno es abordado en plena calle por un tal Salomón Vizenthal. Como, por lo que se ve, D. Lorenzo "hizo novillos" el día que dijeron aquello de "No tenéis que hablar con desconocidos", se ponen a "darle a la húmeda". Por casualidad (o tal vez no) la conversación recae en los Templarios (afortunadamente, porque teníamos poco con la digresión anterior para que ahora se hubieran puesto a hablar de las variantes sobre la receta del bacalao al pil-pil) tema en el que el simpático ancianito de enorme pajarita multicolor es un experto.
Así, en amena compañía, el Sr. Fernández Bueno y su nuevo álter ego se encaminan hacia el Muro de las Lamentaciones, un lugar cuyo nombre está más que justificado porque según D. Lorenzo:
"En el interior del muro, los hebreos aumentan su fe y ello es visible en la virulencia de sus movimientos." (Pág. 224)
No me extraña que los judíos hagan movimientos virulentos si alguien se empeña en situarlos "en el interior del muro" como si se tratasen de un sillar cualquiera.
Y, por fin, llegan los Templarios:
"Hugues de Payen, descendiente de los condes de Troyes, arribó a Tierra Santa a inicios de 1118 en compañía de otros ocho caballeros piadosos, diestros en el uso de las armas, y fueron acogidos con agrado por el rey Balduino II, necesitado de soldados capaces de dar la vida por su fe. De este modo el monarca les facilitó unos aposentos en la parte oriental de su palacio, junto a la mezquita de al-Akhsa..." (Págs. 225-226)
En realidad, no tenemos ni idea de cuándo llegó Hugues de Payns a Palestina. Sabemos que fue señor de Montigny-Lagesse (unos 50 Kms. al S. de Troyes) y que formaba parte del séquito del poderoso conde Hugues de Champagne. Por tanto es posible (no hay ninguna prueba de ello) que acompañara a éste en su peregrinación a Tierra Santa en 1104-1105. Si lo llegó a hacer, regresó, no obstante, a Francia porque en 1113 firmó un documento como testigo del conde Hugues. Es probable (nuevamente tampoco hay ninguna evidencia de ello) que acompañara en 1114 al conde de Champagne cuando éste decidió establecerse definitivamente en Jerusalén (algo que, por cierto, no cumplió).
Así las cosas, no hay ninguna razón para sostener que llegara a Jerusalén en 1118. Esta fecha supongo que se basa en la afirmación del cronista Guillermo de Tiro de que en dicho año se produjo la fundación de la Orden del Temple. Sin embargo, estaba equivocado. En el prólogo a la Regla del Temple se dice:
"...nos reunimos en Troyes en la festividad de san Hilario, en el año de la encarnación de Jesucristo 1128, en el noveno año después de la fundación de la antes mencionada orden." [1] (Pág. 34) Por tanto, la fundación debió tener lugar en 1119, pero en numerosas zonas de Francia desde comienzos del S XII se consideraba que el nuevo año no comenzaba hasta el 25 de marzo, fiesta de la Encarnación de Jesús. Por tanto, el 13 de enero (festividad de S. Hilario) del "año de la encarnación de Jesucristo 1128" era, en realidad, el 13 de enero de 1129 y la fundación del Temple habría tenido lugar en 1120. El hecho que seguramente motivó su creación tuvo lugar en la Pascua de 1119, cuando un grupo de unos setecientos peregrinos que se dirigían al Jordán fue atacado por una partida musulmana que mató a cerca de trescientos fieles y capturó y vendió como esclavos a unos sesenta.
Una última puntualización, lo que el rey Balduino II necesitaba no eran hombre capaces de morir por su fe sino hombres capaces de matar por su fe. En una carta que S. Bernardo dirigió en 1124 o 1125 al papa Calixto II sobre el propósito de Arnoldo, abad de Morimond, de establecerse en Tierra Santa, dice:
"...¿a quién puede escapársele que lo que se necesita allí son caballeros capaces de guerrear en vez de monjes que canten y giman?" [2] (Pág. 30)
"Las dimensiones descomunales de la nueva Casa del Templo contrastaba con el contado número de miembros que componía el colectivo en esos primeros tiempos. No en vano los fundadores cerraron las puertas a la integración de más guerreros en los nueve años previos al reconocimiento de la Orden de manera oficial." (Pág. 226)
La sombra de Guillermo de Tiro y sus errores es alargada. Los fundadores no cerraron su puerta a nuevos miembros y, pese a que Guillermo de Tiro dijese lo contrario, sí aumentaron su número (si es que alguna vez fueron realmente nueve miembros) porque en caso contrario no se explica que seis de sus miembros volvieran a Europa en 1127 lo que hubiera dejado "en cuadro" a la Orden en Jerusalén e imposibilitada de cumplir sus funciones. Miguel el Sirio afirma que los caballeros iniciales fueron unos treinta lo que parece mucho más creíble. Que no tenían sus puertas cerradas se demuestra porque el conde Fulko V de Anjou se unió a ellos como seglar asociado durante su peregrinación a Tierra Santa en 1120 y porque Hugues, conde de Champagne, se hizo templario en 1125-1126 cuando regresó, esta vez sí de forma definitiva, a Tierra Santa.
"Durante una década, tiempo que pasó el joven Hugues en su nueva morada, los historiadores insisten en afirmar que fue la etapa menos venturosa del nuevo colectivo, obligados a cumplir los rígidos parámetros de la Regla de San Agustín que asumieron, pero con privilegios contados." (Pág. 226)
Sobre la palabra Regla sitúa una llamada a pie de página que indica:
"Era la "Constitución" de la Orden, severas normas redactadas por San Bernardo de Claraval, que habían de acatar sin rechistar." (Pág. 226)
Por de pronto, Hugues de Payns en esta época no tenía nada de joven. Si en 1100 ya aparece documentado como miembro del séquito del conde de Champagne, pueden imaginarse veintitantos años después lo mal que le cuadraba lo de "joven".
Además, voy a plantearles una pregunta dificilísima ¿quién estableció los principios de la Regla de San Agustín? Pues según D. Lorenzo fue S. Bernardo. Evidentemente el Sr. Fernández Bueno "oye campanas y no sabe dónde". Confunde la primera Regla que adoptaron los Templarios (la de S. Agustín, porque ésa era la que profesaban los Canónigos del Santo Sepulcro que ejercían de Capítulo de Warmundo de Picquigny, Patriarca de Jerusalén y protector de los Templarios) con la Regla aprobada por el Concilio de Troyes que, además, tampoco fue redactada por Bernardo de Claraval (luego veremos algo más sobre este tema).
"En el año 1127, abatido y consternado, Hugues de Payen regresó a su hogar con la intención de obtener el beneplácito de la aristocracia, y por ende, los correspondientes beneficios dinerarios para poner en marcha su proyecto: crear una orden de caballeros de estructura poderosa e indestructible. Tuvo fortuna. Cerca de la villa que regentaba, en Troyes, se celebró en el año 1128 un concilio al que acudieron representantes de la curia pontificia de dentro y fuera del país." (Pág. 226)
En realidad la fortuna tuvo muy poco que ver, porque Hugues de Payns venía muy bien recomendado. Su viaje (que no tuvo nada de regreso al hogar y sí de gira propagandística) había sido precedido por una carta de Balduino II (anterior a octubre de 1126) a San Bernardo en la que le pedía que hablase a favor de las pretensiones templarias de obtener una nueva Regla, además de usar sus influencias ante monarcas y nobles para que obtuvieran fondos con los que sostener su lucha contra los enemigos de la fe.
Alguno de los primeros caballeros del Temple pertenecían a importantes familias nobiliarias y también hicieron valer sus influencias. Teobaldo, el nuevo conde de Champagne y sobrino del ex-conde Hugues que se hizo templario en 1125 o 1126, dona a la Orden unas propiedades en Barbonne. Además, concede permiso a sus vasallos para que puedan ceder tierras a los Templarios. También el conde de Flandes les otorgó beneficios.
Hugues de Payns desarrolló una gran actividad en estos años. Posiblemente comenzó su viaje visitando al papa Honorio II aunque no hay evidencias de ello, pero es lógico dado que uno de los motivos de su regreso era la obtención de una nueva Regla. El 31 de mayo de 1128 está en Anjou donde asiste a la toma de la cruz del conde Fulko V (al que ya conocía porque había sido seglar asociado al Temple durante su estancia en Tierra Santa). El conde Fulko tenía tal confianza en Hugues de Payns que éste interviene como mediador en un asunto espinoso, el conflicto que existía entre Hugues d´ Amboise (uno de los más importantes vasallos del conde de Anjou) y los monjes de Marmontier.
Posiblemente asistiera el 22 de junio en Le Mans al matrimonio entre Geoffroy, primogénito del conde Fulko, y Mathilde, hija de de Enrique I de Inglaterra y viuda de Enrique V de Alemania (de este matrimonio surge la dinastía de los Plantagenet). En esa celebración o en cualquier otra circunstancia, Hugues de Payns fue recibido por el monarca inglés que donó para la orden una fuerte suma en oro y plata.
A continuación pasó a Inglaterra y Escocia donde recibió nuevas donaciones y reclutó a una gran cantidad de voluntarios para que fueran a Jerusalén.
A mediados de septiembre está en Cassel, en Flandes, donde recibe la confirmación de los benificios ya otorgados por el conde Guillermo Clito de manos del nuevo conde, Thierry de Flandes.
No sólo la alta nobleza entrega bienes. También la pequeña nobleza y el pueblo hicieron lo propio.
Si ello ya era importante con vistas al desarollo de la Orden aunque la economía del Temple no parece haber sido nunca precaria pese a lo que dijeran autores como Guillermo de Tiro y a que, posteriormente, la Orden exagerase la pobreza de sus propios orígenes en lo que no pasa de ser un mito etiológico (sencillamente, no es creíble tal penuria porque, aparte de las donaciones de los primeros miembros, contaban con rentas regulares como las treinta libras angevinas que recibían anualmente del conde Fulko, los ciento cincuenta besantes que entregaban los Canónigos del Santo Sepulcro, los ocho sextarios de grano que percibían de la iglesia de S. Bartolomé de La Motte-Palayson... y, además, con la protección del Rey y el Patriarca de Jerusalén) faltaba la concesión de una nueva Regla, acorde con su carácter peculiar de monjes-soldados.
El 13 de enero de 1119 se reúne el Concilio Provincial de Toyes con el objetivo de dotar al Temple de una nueva Regla. Entre los asistentes se encuentran los más conocidos (e influyentes) religiosos de la época:
"El primero fue Mateo, obispo de Albano, por la gracia de Dios legado de la Santa Iglesia de Roma; Renaud, arzobispo de Reims; Henri, arzobispo de Sens; y luego sus sufragantes: Gocelin, obispo de Soissons; el obispo de París; el obispo de Troyes; el obispo de Orleans; el obispo de Auxerre; el obispo de Meaux; el obispo de Châlons; el obispo de Laon; el obispo de Beauvais; el abad de Vézelay, que más tarde fue hecho arzobispo de Lyon y legado de la Iglesia de Roma; el abad de Cîteaux; el abad de Pontigny; el abad de Trois-Fontaines; el abad de Saint-Denis de Reims; el abad de Saint-Etienne de Dijon; el abad de Molesmes; el ya mencionado Bernard, abad de Claraval, cuyas palabras los antes mencionados elogiaron profusamente." [1] (Pág. 34) Es decir, San Bernardo, abad de Claraval, San Esteban Harding, abad de Cîteaux, San Hugues de Montaigu, obispo de Auxerre... Y con ellos la alta nobleza, los condes Fulko de Anjou, Teobaldo de Champagne y Guillermo de Auxerre, Nevers y Tonnerre.
Se ha dicho, por las palabras antes citadas, que la Regla del Temple la escribió San Bernardo, sin embargo eso no es cierto. Según se indica en el documento conservado (posterior y que incluye modificaciones a la Regla aprobada en Troyes) el que tomó la palabra en primer lugar fue Hugues de Payns y los artículos fueron aprobados por consenso de los asistentes:
"Y la conducta y comienzos de la Orden de Caballería oímos en capítulo común de labios del antes mencionado maestre, el hermano Hugues de Payens; y según las limitaciones de nuestro entendimiento lo que nos pareció bueno y beneficioso lo alabamos, y lo que nos pareció malo lo dejamos a un lado." [1] (Pág. 34)
"Y quiso el concilio común que las deliberaciones que fueron hechas allí y la consideración de las Sagradas Escrituras que fueron diligentemente examinadas con ayuda de la sabiduría de mi señor Honorio, papa de la Santa Iglesia de Roma, y del patriarca de Jerusalén y con el asentimiento del capítulo, junto con el acuerdo de los Pobres Caballeros del Cristo del Templo que está en Jerusalén..." [1] (Pág. 35)
Y en lo que pudiera haber de problemático en la nueva regla, lo dejan en manos del Papa y el Patriarca de Jerusalén:
"...lo dejamos en manos de nuestro honorable padre el gran Honorio y del noble patriarca de Jerusalén, Esteban, quien conocía los asuntos de Oriente y los de los Pobres Caballeros de Cristo..." [1] (Pág. 34)
Es más, ni siquiera fue San Bernardo el que la puso por escrito sino un tal Jean Michel:
"Por lo tanto yo, Jean Michel, a quien fue encomendado y confiado ese divino oficio, por la gracia de Dios he servido como humilde amanuense del presente documento por orden del concilio y del venerable padre Bernardo, abad de Claraval." [1] (Pág. 34)
Por más destacada que fuese la intervención de San Bernardo (que sin duda lo fue) la Regla demuestra tal conocimiento de la realidad cotidiana de los monjes-soldados que hay que atribuirla en lo esencial a los propios Templarios, posiblemente con la ayuda para su redacción del entonces Patriarca de Jerusalén, Warmundo de Picquigny, que no llegó a ver su aprobación porque falleció en el verano de 1128. Por cierto, el que en el documentos antes citado aparezca como patriarca de Jerusalén Esteban (de la Ferté) que sólo lo fue desde finales del verano de 1128 prueba que la fecha real del Concilio de Troyes no pudo ser la del 13 de enero de 1128, como ya dijimos antes.
Ajeno a toda esta historia, prosigue D. Lorenzo por boca del experto (o algo así) D. Salomón:
"El evento hubiera pasado a ojos de la historia desapercibido de no ser porque a él acudió el abad de Claraval, hombre culto, teólogo fervoroso y de gran carisma que habría de contribuir a que los anhelos de Hugues se hicieran palpables. Era San Bernardo, fundador de la sagrada congragación cisterciense y firme defensor de la creación de al orden guerrera para acabar con todo aquello que se opusiera al cristianismo católico romano." (Pág. 226)
Como ya hemos visto, San Bernardo fue uno más de los asistentes entre los que se encontraban personas de más alto rango en la jerarquía eclesiástica y, al menos, una persona tan influyente como él, San Esteban Harding. Por cierto, San Bernardo no fue el fundador del Císter (nombre que deriva de la denominación latina de Cîteaux -Cistercium-, cuyos tres primeros abades, San Roberto de Molesmes, San Alberico y San Esteban Harding son considerados -en especial este último como redactor de la Carta de Caridad- como los fundadores de la orden cisterciense) aunque sí fue su principal impulsor en esa época.
"Acostumbrado a batallar en el campo de la dialéctica con monarcas, obispos y nobles, al finalizar el concilio Bernardo logró consumar con éxito sus propósitos; por un lado dejar constituida la Orden de los Caballeros Pobres del Templo de Salomón, y por otro, evitar que adquirieran demasiada libertad en sus actos, punto que solventó dictando él en persona la Regla Templaria, en la que incluyó los dictados más rígidos de la suya propia, esto es, la cisterciense." (Págs. 226-227)
Por de pronto, San Bernardo no pudo dejar constituida la Orden del Temple en el concilio de Troyes porque ya lo estaba, la Regla que aprobó el Concilio de Troyes no fue dictada por San Bernardo (como ya vimos) y aunque se basa en la interpretación cisterciense de la Regla de San Benito, está adaptada a unas circunstancias que no tenían igual en ninguna orden monástica ya existente. La verdad, no parece que a San Bernardo se le hubiera podido ocurrir la conveniencia de que los Templarios de Ultramar dispusieran de camisas de lino desde la Pascua hasta Todos los Santos (punto 20 de la Regla del Temple) o que ropa y calzado debían ser fáciles de quitar y poner (punto 18 de la Regla del Temple).
"A fin de garantizar la buena marcha y expansión de la misma, en el año de 1130 el citado Bernardo escribió la declaración de intenciones que había de caracterizar al buen templario en su obra De laude novae militiae ad Milites Templi. (Pág. 227)
La realidad que hay detrás de "Liber ad milites Templi de laude novae militiae" (literalmente, "Libro a los soldados del Templo acerca del mérito de la nueva milicia", y más conocido por "Elogio de la nueva milicia templaria") es mucho más compleja que un mero deseo de San Bernardo de ejercer de propagandista de la Orden. Por de pronto, el título ya especifica a quién se dirige "ad milites Templi" (a los soldados del Templo, es decir, a los propios Templarios). Esto queda confirmado en el Prólogo, dirigido a Hugo, Caballero de Cristo y maestre de su Milicia (es decir, a Hugues de Payns, el maestre de los Templarios):
Una, y dos, y hasta tres veces, si mal no recuerdo, me has pedido, Hugo amadísimo, que escriba para ti y para tus compañeros un sermón exhortatorio." [3] (Pág. 39)
¿Por qué solicitaba con insistencia Hugues des Payns a Bernardo que escribiera un sermón exhortatorio destinado a los que ya eran templarios? Porque pese a la aprobación del Concilio de Troyes y al éxito de su gira europea, entre los propios Templarios había dudas (reflejo de las que existían en la propia Iglesia) sobre su misión. Probablemente en 1128, una carta de Guigues, prior de la Gran Cartuja, dirigida a Hugues de Payns no deja lugar a dudas de que no todo el mundo dentro de la Iglesia tenía una visión positiva de la nueva Orden:
"En efecto, es vano atacar a los enemigos exteriores si no dominamos primero nuestros enemigos del interior..." [4] (Pág. 45] y después cita la Epístola a los Efesios:
"Pues no es contra adversarios de carne y hueso contra los que tenemos que luchar..." [4] (Pág. 46)
Que estas dudas afectaban también a los propios Templarios, queda demostrado por la Carta firmada por un tal Hugo Peccator (en el que se ha querido ver erróneamente al propio Hugues de Payns) y dirigida a los hermanos de Ultramar (es decir, a los Templarios de Palestina porque fue escrita en Europa. Cuando la palabra Ultramar se escribía en Palestina significaba, por el contrario, Europa) en el que se calificaba la consideración de que las actividades militares de la Orden apartaban a los monjes de lo que debía ser su verdadera dedicación (la oración) de astucias diabólicas. Eso sí, reconoce que eso ha hecho surgir dudas en el propio seno de los monjes-soldados y, para combatirlas, exhorta a los Templarios a abandonar las dudas porque el dudar es símbolo de orgullo. En última instancia, es un llamamiento a la obediencia ciega y una puerta abierta al fanatismo.
Aunque no fue el redactor de esta Carta, sin duda Hugues de Payns la aprobaba, pero quería aún más, que eso mismo lo dijera (y lo razonara) alguien que pudiera acabar de una vez y para siempre con esas dudas que amenazaban la propia existencia de la Orden cuando comenzaba su gran expansión. Por ello pide insistentemente a Bernardo de Claraval que ponga "manos a la obra". Sin embargo, Bernardo de Claraval se hace de rogar. ¿Por qué? Ya dijimos que él mismo era consciente de la necesidad de enviar tropas y no monjes a Palestina. Tuvo una intervención destacada en el Concilio de Troyes en el que, además, debió quedar impresionado por el propio Hugues de Payns. Añadamos que Hugues de Champagne y Bernardo de Claraval eran íntimos amigos de antiguo porque habían sido los condes de Champagne los que donaron los terrenos en los que se construyó la abadía de Clairvaux (o de Claraval). Por si todo ello era poco, su tío materno, André de Montbard, se hace Templario en 1129 (aunque algunos digan que fue uno de los supuestos nueve miembros fundadores no es cierto. Cuando se fundó el Temple tenía unos diecisiete años -demasiado joven- y, además, está documentada su presencia en Francia ya que aparece como testigo en varios documentos). ¿Por qué entonces ese retraso? Posiblemente, el propio Bernardo tenía dudas. En 1125 o 1126, cuando supo que Hugues de Champagne íba a tomar el hábito templario (es una forma de hablar, porque entonces, al parecer, aún no usaban hábito) le mandó una carta felicitándole por su decisión de abandonar su posición privilegiada, sus riquezas... pero, a la vez, le reprochaba veladamente que no se hubiera hecho monje cisterciense. En 1129, en una carta dirigida al obispo de Lincoln insiste en que el monje que se retira a un monasterio es superior a un cruzado y que Clairvaux es un reflejo de la Jerusalén celestial. Por tanto, Bernardo hubo de superar su propio escepticismo al respecto antes de poder escribir el "Elogio de la nueva milicia templaria" en el que consagra la superioridad del monje-soldado sobre el propio monje.
No obstante, ni por ésas consiguió solventar las propias dudas templarias al respecto. El que, por ejemplo, el propio André de Montbard acabara renunciando al puesto de Gran Maestre del Temple para retirarse a Clairvaux, es una muestra de ella.
Esto es lo que subyace en "Elogio de la nueva milicia templaria" y no un mero deseo propagandístico.
NOTAS:
[1] Citado en El código templario de J. M. Upton-Ward. Traducción de Albert Solé. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2000.
[2] Citado en Templarios. La nueva caballería de Malcolm Barber. Traducción de Albert Solé. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2001.
[3] Citado en Elogio de la nueva milicia templaria de Bernardo de Claraval. Introducción de Javier Martín Lalanda. Traducción de Iñaki Aranguren. Col. Biblioteca Medieval, Ed. Siruela. Madrid, 2005
[4] Citado en Auge y caída de los Templarios de Alain Demurger. Traducción de Fabián García-Prieto. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2000.
-Continuará-

Decimocuarto misterio jocoso: Templarios destemplados (III)

Viene de aquí
Sin embargo, aunque cometa errores, de momento se ha mantenido por terrenos más o menos juiciosos. El "despelote esotérico" comienza en este punto:
"Hay una cuestión que ha intrigado a personas como tú a lo largo de los decenios, referente a la estancia de nueve años de los primeros caballeros en las dependencias del Templo, aún sin constituir oficialmente y abrazados a la Regla de San Agustín que profesaban los canónigos del Santo Sepulcro. ¿Defender los caminos, en especial el peligroso trayecto que discurría desde el puerto de Jaffa hasta la Ciudad Santa? No es probable. Nueve caballeros, por valientes o fanáticos religiosos que estos fueran jamás hubieran podido combatir contra asaltantes, asesinos, y las terribles huestes musulmanas, deseosas de recuperar el territorio en el que se asentaba el infiel." (Págs. 228-229)
Por de pronto, y como ya dijimos, lo de los nueve caballeros es un error de Guillermo de Tiro que es contradicho por otros dos cronistas que se ocuparon de los inicios de la Orden del Temple, Miguel el Sirio y Walter Map. Además, nueve Caballeros no significa que sólo fueran nueve hombres porque, también lo dijimos, las peculiaridades de los monjes-soldados eran numerosas, algo bastante lógico habida cuenta de que no existía nada semejante en la Iglesia (la que con el tiempo se convertiría en la Orden rival del Temple, la del Hospital de San Juan de Jerusalén, adoptó un carácter militar por imitación de los Templarios y los Caballeros Teutónicos, de momento, aún no existían). Por ello, existían figuras como la de los caballeros seculares (es decir, caballeros que no profesaban los votos y que se unían a los Templarios de forma temporal. Uno de ellos, ya lo dijimos, fue el conde Fulko de Anjou) además de distintas categorías dentro de la propia Orden en la que los Caballeros eran el estamento superior, pero junto a ellos existían los sargentos y los escuderos.
Por otra parte, los Templarios no eran los únicos que se dedicaban a ejercer de escoltas para los peregrinos. Mucho antes de que se fundara el Temple (en 1120) y, más concretamente, en 1106-1107 realizó el viaje a Tierra Santa un abad ruso de nombre Daniel. En su relato señala que en el trayecto entre Hebrón y Jerusalén tuvo la fortuna de contar con una escolta armada. El proteger a los peregrinos fue siempre una prioridad para las autoridades francas, pero no siempre contaban con los hombres necesarios para poder hacerlo. Por ello precisamente se explica el apoyo a la creación del Temple demostrado tanto por el rey Balduino II como por Warmundo de Picquigny, el Patriarca de Jerusalén, pero no hay razón para suponer que se les encomendara esta labor en exclusiva.
Ya vimos el trágico suceso que, posiblemente, motivó la creación del Temple, la matanza de trescientos peregrinos que acudían al Jordán en la Pascua de 1119. Poco después, en torno a 1120, Warmundo de Picquigny y Gerardo, prior del Santo Sepulcro, enviaron una carta de petición de auxilio a Diego Gelmírez, arzobispo de Santiago de Compostela, solicitando que enviase hombres, dinero... lo que fuese, porque el reino franco de Jerusalén se encontraba en un momento crítico, atacado por todas partes y tan imposibilitado de defenderse que las partidas incursoras musulmanas llegaban hasta las puertas de Jerusalén. Transmiten una imagen de inseguridad generalizada y, sin embargo, no se reprodujo una matanza de peregrinos como la del año anterior. Si los Templarios fueran tan inoperantes como se nos quiere hacer creer ¿cuál fue el factor que impidió que la masacre se repitiese?
"Además, como ya te he dicho anteriormente, en ese periodo de tiempo se cerraron herméticamente al exterior, evitando el contacto con otras órdenes y negando la entrada a aquellos deseosos de unirse a su causa." (Pág. 229)
Ya vimos que no se cerraron a nuevas incorporaciones. Tanto es así que de hecho las hubo, pero ¿es cierto que evitaron el contacto con otras Órdenes? Para nada. Ya dijimos que estaban tan bien relacionados con los Canónigos del Santo Sepulcro que incluso recibían su ayuda económica por no hablar de que fueron ellos los que les cedieron un lugar cerca de la mezquita de al-Aqsa para que pudieran seguir los oficios monásticos. Además, las principales fuentes documentales para conocer la historia de los Templarios en Palestina son, precisamente, sus relaciones con otras Órdenes. Por ejemplo, en diciembre de 1120 Hugo de Payns actúa como testigo de la confirmación de los privilegios que Balduino II otorgó a los Hospitalarios. En octubre de 1125 es Roberto, Caballero Templario, el que hace lo propio en la exención de diezmos que concedió el obispo de Nazaret a los Hospitalarios. Es más, de los siete documentos que mencionan al Temple en Palestina entre 1129 y 1148, seis tienen como tema principal la actividad de los Canónigos del Santo Sepulcro. ¿De dónde se saca, entonces, la falta de relación entre los Templarios y las restantes órdenes religiosas radicadas en Palestina? Misterio, pero como de lo que se trata es de fomentar el bulo de que eran una orden esotérica, por narices tenían que ser un grupo cerrado y mantenerse aislados de las demás organizaciones religiosas. El único "problemilla" es que como la documentación niega lo uno y lo otro, la consideración del Temple como ente esotérico se va al garete pero como no es cuestión de que la realidad niegue una buena historia se prescinde de las fuentes históricas que para eso existen los "iniciados" que guardan una "tradición" o reciben una "revelación" aunque ni una ni otra valgan un pimiento como ya veremos al hablar de la "tradición esotérica sobre el Temple".
Si los Templarios no se dedicaban a proteger a los peregrinos ¿qué puñetas hicieron durante esos nueve años? Vamos a verlo:
"Horadaron en el subsuelo retirando las escorias acumuladas por los siglos, buscando algo que sabían allí oculto. Y es muy probable que lo encontraran, parte de un tesoro olvidado en el que se aunaban varias toneladas de oro, plata, y lo más importante: una "biblioteca" rebosante de manuscritos." (Págs. 230-231)
Y un jamón con chorreras que también estaba allí escondido. Ni hay la menor prueba de que existiera tal tesoro ni de que los Templarios se dedicaran a jugar a Indiana Jones cosa que, además, hubieran tenido bastante difícil de hacer porque el lugar en el que estaban radicados los Templarios (recordemos que era en la Explanada del Templo, junto a la mezquita de al-Aqsa) era parte del palacio de Balduino II y ése no era, precisamente, el lugar más adecuado para liarse a hacer excavaciones sin que éstas fueran advertidas.
Por otra parte, ¿qué se supone que iban a hacer los Templarios con una biblioteca compuesta de manuscritos (¿hebreos? ¿arameos?...) cuando la Regla latina tuvo que ser pronto traducida al francés (y al catalán) porque la mayoría no entendía más que su propio idioma? No nos olvidemos de que los Caballeros Templarios no eran unos intelectuales, eran soldados.
"Esta hipótesis me fue refrendada cuando tenía 25 años, en el lejano mes de noviembre de 1954, y vivía en Luxor. Una mañana, mientras tomaba café en el viejo hotel Winter Palace, leí en un diario británico una información que en aquellos instantes despertó mi curiosidad pero nada más... El periodista hablaba de unos pergaminos descubiertos por beduinos en las orillas del Mar Muerto dentro de unas cuevas, y más concretamente de uno de los escritos que había sido traducido por técnicos de la Universidad de Manchester. El contenido, intranscendente a simple vista, tomó importancia conforme inicié mis estudios. Hacía mención a un tesoro situado en el Templo, formado por varios pesos de oro, enseres sagrados y plata. Pero eso carecía de valor frente a la enorme cantidad de pergaminos que permanecían allí escondidos -siempre según el texto-." (Pág. 231)
¡Qué bonita sucesión de disparates! Por de pronto ¿cómo puede refrendar la hipótesis de que los Templarios se pusieron en torno a 1120 a buscar un tesoro en el emplazamiento de los antiguos templos de Jerusalén el que uno de los manuscritos de Qumrán, que no se empezaron a conocer hasta 1945, hiciera referencia a un tesoro? ¿Los Templarios era videntes? El resto de las afimaciones son, además, absolutamente falsas (algo a lo que, supongo, ya se habrán acostumbrado).
A lo que se refiere, de forma tan desinformada como siempre, es al llamado Rollo de Cobre (les recomiendo la lectura, si no lo han hecho ya, del artículo enlazado, magnífica obra, pese al pseudónimo, de Julio Arrieta). Comencemos por el principio, 3Q15 (su nombre técnico) no es un pergamino, no fue encontrado por beduinos y en 1954 es imposible que nadie leyera en un periódico su contenido porque se comenzó a traducir en 1956 (salvo error por mi parte, la primera traducción íntegra fue publicada en 1960).
Además no hace mención a ningún tesoro situado en el Templo y sí a múltiples depósitos escondidos por toda Palestina. Se menciona en tres ocasiones la presencia de textos escritos en los escondrijos:
"En la cueva de la columna con dos entradas, orientada al Este, en la entrada Norte excava tres codos: allí hay un ánfora, en ella un libro, debajo de ella cuarenta y dos talentos." [1] (Pág. 478)
"En el canal que hay en el camino al Este de Beth-ajsar, al Este de Ajzar: vasos de diezmos y libros y una barra de plata." [1] (Pág. 479)
"En el tunel que hay en Sejab, al Norte de Kojlit, que se abre hacia el Norte y tiene tumbas en su entrada: un duplicado de este escrito y la explicación, y sus medidas, y el inventario de todas y cada una de las cosas." [1] (Pág. 480)
Así pues ¿de dónde se saca que esté hablando del Templo de Jerusalén y que haya una enorme cantidad de pergaminos escondida en él? Otro misterio más a añadir a la lista. En cualquier caso, al ser el talento (además de algo que cada día se echa más en falta en determinados escritores) una medida de peso que varió a lo largo del tiempo (y con diversos valores, además, para distintas culturas) la cantidad que, supuestamente, se encontraba en el depósito con los libros (en el único caso -el primero de los señalados- en que se menciona una cantidad considerable de plata, en realidad sólo hay la "importante cantidad" de un libro) podía oscilar entre unos 840 Kgs. y 1.260 Kgs. de plata, una cantidad importante pero menos habida cuenta de las cifras que manejaba el Temple.
Hasta el momento carecíamos en español de un estudio serio y riguroso sobre las finanzas de los Templarios. Sabíamos que habían recibido cuantiosas donaciones en forma de dinero, bienes muebles... además de inmuebles que generarían unos ingresos regulares e importantes a la Orden. También era conocido que sus gastos eran cuentiosos (la guerra nunca ha sido algo barato) y suponíamos (por sus actividades mercantiles) que la diferencia entre unos y otros era un abultado superávit, pero nadie se había puesto a realizar unas estimaciones concretas. Hoy, con una inmensa satisfacción por mi parte, puedo anunciarles que ese estudio ya existe y les recomiendo muy vivamente que procedan a gastarse unos dinerillos en adquirirlo en la seguridad de que no les va a defraudar. Se trata de "Los Templarios y el origen de la banca" de Ignacio de la Torre Muñoz de Morales. Ed. Dilema Editorial. Madrid, 2004.
En 1148 los Templarios realizan la primera gran operación económica que conozcamos, el préstamo a Luis VII de Francia de 2.000 marcos de plata (es decir, unas 6.000 libras tornesas o lo que es lo mismo, 484 Kgs. de plata) [Op. cit. pág. 36] Diecinueve años después del Concilio de Troyes, la economía del Temple es tan saneada que pueden disponer de esa importante cantidad (bien es cierto que dejando a la Orden con problemas económicos). ¿Procedían estos fondos del supuesto tesoro encontrado en el Templo? Para nada. Veamos las estimaciones del Sr. de la Torre Muñoz de Morales:
"Hemos estimado que las encomiendas no militares del Temple producían unos ingresos anuales de en torno a 197.245 libras tornesas de tiempos de San Luis, o unos 15.928 kilogramos de plata. Como la regla templaria muestra que efectivamente el Temple mantenía un tesoro en Ultramar, lo que se puede apoyar en el hecho de que la Orden otorga importantes préstamos en Oriente al menos desde 1147, cabe plantearse el origen de dicho tesoro. Nosotros creemos que la fuente del mismo reside en el excedente que los envíos de dinero desde Europa a Ultramar (las responsions) suponían sobre los gastos militares del Temple durante el S XII. Hemos estimado cómo el importe de dichos envíos estaba en torno a 65.748 libras tornesas al año, o 5.309 kilos de plata. También hemos estimado cómo los gastos militares del Temple no debían sobrepasar las 32.837 libras tornesas. o 2.652 kilos de plata. De esta forma, creemos que en circunstancias normales, el Temple era capaz de acumular 23.636 libras tornesas al año, lo que equivale a 1.907 kilos de plata." [Op. cit. Págs. 34-35]
Éste es el origen del tesoro de los Templarios del que, por cierto, tendremos ocasión de volver a hablar en próximas fechas. Así que nada de excavaciones en el Templo, tesoros enterrados ni verduras de las eras. Sencillamente, generaban una inmensa cantidad de dinero con la explotación de sus encomiendas en Occidente y enviaban a Oriente un tercio de esos fondos (las responsions) lo que permitía presentar un superavit muy saneado pese a que los gastos eran también enormes.
Prosigamos con D. Salomón-Fernández Bueno:
"Y es posible que entre esos manuscritos escondidos en el subsuelo de Jerusalén se encontraran parte de los evangelios apócrifos que tan de moda están hoy en día y que nos muestran un Jesús más humano; las bodas del "mesías" y la Magdalena; el misterio de su descendencia y, quizás, lo más importante: la verdadera identidad de ese al que San Juan, el Evangelista, llamaba Tomás Dídimo, palabra que procede del griego "didyme". ¿Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, el Rey de los Judíos tenía un hermano idéntico a él? Es más que probable..." (Pág. 231)
¡Qué arte para la fabulación, Dios mío...! No ha sido capaz de demostrar que existiera tal depósito de manuscritos en Jerusalén y pretende identificar su contenido con unos evangelios apócrifos que tampoco ha demostrado que existieran en los que se narrarían unos "hechos" que tampoco ha demostrado que existieran. A esto, en mi pueblo (que somos un poco brutos) le llamamos "ir de culo, cuesta abajo, sin frenos y con la carretera engrasada". Por cierto, la palabra Dídimo procede del griego "didimos" (gemelo) y es la traducción de Tomás que en arameo significa lo mismo. Según el apócrifo Evangelio de Santo Tomás el nombre de Tomás Dídimo (es decir, el gemelo -en arameo-, el gemelo -en griego-) era Judas con lo que, posiblemente, del que se creía que era hermano gemelo era de Santiago si se admite la identificación de Judas Tomás Dídimo con el Judas de la Carta de Judas: "Judas, servidor de Jesucristo y hermano de Santiago..." (Jd. 1, 1)
Como parece que hasta el propio D. Lorenzo se da cuenta de que la presentación de pruebas no va por buen camino, se siente en la obligación de decir algo al respecto:
"No era la primera vez que oía una narración similar, carente de pruebas, parte de una tradición oral escrita en el tiempo y en unos manuscritos custodiados por alguien muy interesado en mantener oculto el "legado". Eran demasiadas voces para pensar que todo formaba parte de una maquiavélica invención." (Págs. 231-232)
Por una vez voy a estar de acuerdo con D. Lorenzo, esa narración está "carente de pruebas". Es más, añadiría que está carente de cualquier cosa que semeje una evidencia, prueba... En lo que no voy a estarlo es en el carácter de tradición oral. De verdad que "El enigma sagrado" es un texto escrito que no pertenece a la tradición oral y "escrito en el tiempo" ¿qué quiere que le diga? Yo lo tengo escrito en un papel de lo más normal. Tampoco hablaría de "maquiavélica invención" y sí de "invención crematística".
Después de esto, no podía faltar la "guinda del pastel", vuelve el magistral Geofredo a ejercer de Pierre No-doy-una:
"Amigo mío, los monjes guerreros acuñaron monedas..." (Pág. 232)
Mal empezamos. Confunde los sellos del Temple (que es en los que aparece la Cúpula de la Roca y el caballo con dos jinetes) con monedas.
"Es irónico que aquellos que alcanzaron un poder militar y dinerario sin precedentes hasta entonces, que construyeron catedrales y se convirtieron en banqueros de monarcas y nobles predicaran un voto de pobreza." (Pág. 233)
¡Qué divertido! ¿Qué catedrales construyeron los Templarios? ¿Qué obispos templarios existieron para que necesitaran construirlas? ¿Que Charpentier dice...? Pues como si se opera, porque las auténticas construcciones templarias son pequeñas, casi desprovistas de decoración, de una humildad extraordinaria en la que no es nada difícil ver la influencia de la arquitectura cisterciense, es decir, todo lo opuesto a las catedrales góticas que ni fueron construidas por Templarios ni nada que se le semeje. Nuevamente estamos ante la táctica de ver si a base de repetir una afirmación (por supuesto, sin pruebas) termina por ser creída.
Por cierto, el voto de pobreza era, por supuesto, individual. Es decir, el Templario renunciaba a poseer bienes propios lo que no significaba que la Orden no pudiera tenerlos.
Después de tan sensacional ejemplo de patinaje sin hielo, regresan D. Lorenzo y D. Salomón, mejor dicho, regresa D. Lorenzo porque D. Salomón desaparece misteriosamente (para mí que ya se ganó las alas), así que la plena responsabilidad por los próximos errores recae en el Sr. Fernández Bueno (y hay unos cuantos como iremos viendo en próximos días).
NOTAS:
[1] Citado en Textos de Qumrán. Edición y traducción de Florentino García Martínez. Editorial Trotta. Valladolid, 2000.
-Continuará-

Decimocuarto misterio jocoso: Templarios destemplados (IV)

Viene de aquí
Ya a solas con si misma mismidad, el Sr. Fernández Bueno prosigue con su repaso a la historia (¿?) del Temple:
"Sin embargo, el poder definitivo llegó cuando el Papa Inocencio II dictó la bula Omne datum optimun mediante la cual los caballeros templarios quedaban liberados, si es que alguna vez no lo estuvieron, del yugo de los reyes de cada país, debiendo obedecer exclusivamente a la autoridad pontificia." (Pág. 234)
Pues muy divertido, pero la importancia de la bula Omne datum optimum (29 de marzo de 1139) es doble. Por un lado suponía el fin de las dudas que habíamos visto en el artículo anterior. Puesto que el Papa había hablado con total claridad calificándolos de defensores de la Iglesia y prometiendoles el perdón de sus pecados, ya no había lugar para cuestionarse su papel. Por otra parte, consagraba su autonomía. Esta independencia se estructura en torno a dos temas distintos, económico y nombramiento de los sacerdotes. Desde este momento los Templarios no están obligado al pago de diezmos y, por el contrario, pueden cobrarlos. Tampoco nadie puede exigirles parte alguna de los botines que caigan en su poder. En cuanto al nombramiento de sacerdotes, hasta ese momento dependían de los curas que las autoridades eclesiásticas quisieran concederles. La Omne datum optimum permitía que la Orden tuviera sus propios sacerdotes (y templos) que le deberían obediencia no a ningún obispo sino al propio Maestre del Temple. Todo ello suponía que el Temple se independizaba no del poder real sino de la jerarquía eclesiástica puesto que sólo dependían del Papa.
"En 1146 Eugenio III les autorizó a portar los hábitos blancos, y lo que es más importante, la cruz "pattée", roja como la sangre, y colocada sobre el corazón, que siglos más tarde adornaría las velas de tres naves capitaneadas por un marinero desconocido dispuesto a abrir una rita comercial ignota hacia las Indias..." (Pág. 234)
Dejaremos de momento a Colón (ya tendremos ocasión de hablar largo y tendido sobre él) y vayamos a las vestimentas de los Templarios que ni eran blancas (así, en general) ni su uso les fue autorizado en 1146. Ya en el Concilio de Troyes (1129) se recoge que los Caballeros tenían que vestir de blanco como símbolo de castidad y pureza (artículo 17 de la Regla) mientras que los Sargentos debían hacerlo de marrón o negro. Por tanto, en 1147, lo único que se les autorizó es a portar la cruz roja sobre sus hábitos, algo que antes les estaba prohibido puesto que no podían llevar ningún adorno en sus ropas (artículo 18 de la Regla). Un estudio más detallado de la indumentaria de los Templarios pueden encontrarlo aquí y aquí, ambos de mano de José Ignacio Villar Soto.
"Las posesiones de los monjes continuaban ascendiendo a un ritmo vertiginoso, al igual que la soldadesca que integraba sus filas. Al cabo de pocos años las casas y encomiendas que regentaban en Europa sobrepasaban con creces las mil, y el poderoso ejército templario estaba constituido por más de 50.000 hombres dispuestos a tomar las armas en nombre de la justicia divina." (Pág. 234)
En realidad, las estimaciones más serias calculan que el número de casas y encomiendas no superaba las mil, la mayoría de ellas en Francia (unas 660) [1] (Pág. 350). Por si les interesa saberlo, las cifras que da Gonzalo Martínez Diez para España son 32 encomiendas en el reino de Castilla, 15 encomiendas en el reino de Aragón, 15 encomiendas en Cataluña, 4 encomiendas en el reino de Valencia y 1 encomienda en el reino de Mallorca [2] (Págs. 423-429). En total, 67 encomiendas y no todas existieron simultáneamente. Si comparan estas cifras con los cientos y cientos de lugares templarios en nuestro país de los que hablan los escritores esotéricos se darán cuenta de que, sencillamente, están fabulando sobre lugares que de Templarios nunca tuvieron nada.
Por otra parte, lo que era propiamente el ejército Templario en Palestina (es decir, los hermanos Caballeros y los hermanos Sargentos) se calcula que en los decenios 1180-1190 no sobrepasaban los 3000 hombres (600 caballeros y 2000 sargentos) [3] (Págs. 112-113). Eso no quiere decir que no pudieran disponer de más hombres porque, en caso de necesidad, contrataban mercenarios como los turcópolos (tropas de caballería ligera que procedían de la población franca de Palestina) o soldados especializados en el uso de máquinas bélicas. Tampoco quiere decir que ese fuera el número de Templarios. Con frecuencia se olvida que no todos los Templarios combatían, es más, los soldados eran una minoría ya que el mantenimiento y la explotación de las numerosas casas y encomiendas en Europa empleaban a muchos más hermanos que el convento (es decir, las tropas móviles) y las guarniciones de las fortalezas templarias de Palestina.
Aunque a esas cifras anteriormente citadas habría que sumar las desplegadas en los reinos de España (que, sin duda, serían números menores) aun así estaremos muy lejos de los 50.000 soldados que dice tan alegremente D. Lorenzo.
"Manejando los hilos de la corona se encontraba un depravado personaje cuyas ansias de poder absoluto estaba por encima de cualquier cosa. Felipe IV "el Hermoso" jamás congenió con los mandatarios de la Orden: no en vano tuvo que sufrir la humillación de ser uno de los más importantes deudores de la banca templaria, y el tesoro real, ínfimo en calidad y cantidad comparado con las arcas del Temple, era "custodiado" en la Casa de estos en París, en el cuartel general de los monjes guerreros para mayor vergüenza del Rey..." (Pág. 235)
Vamos a ver qué hay de cierto en eso. Cuando Felipe IV llega al trono en 1286 se encuentra con que debe al Temple la friolera de 101.000 libras. Cuatro años después la cifra se había reducido a 53.707 libras. [1] (Pág. 92)
En 1295 comienza el translado del tesoro francés desde el Temple al Louvre (se encontraba allí desde el reinado de Felipe Augusto tanto por la seguridad del lugar como por la absoluta honradez y competencia de los Templarios -los pocos casos en los que algún hermano practicó el desfalco acabó con el delincuente haciendo compañía a las ratas de las mazmorras-). Esta operación concluyó en 1296. Sin embargo, el rey Felipe continúa teniendo unas magníficas relaciones con el Temple que, por un lado, continúa haciéndole los préstamos que necesita y, por otro, continúa interviniendo en las finanzas reales.
Tanto es así que en 1303, después de la derrota de los franceses ante el ejército de Flandes, el monarca ordena que el tesoro de Francia regrese al Temple. En 1305 el Temple paga la pensión de alguno de los soldados franceses, en 1306 abona la soldadas [1] (Pág. 95)... Esta relación privilegiada llega hasta el mismo día 13 de octubre de 1307 cuando todos los templarios franceses son detenidos simultáneamente por orden de Felipe IV. ¿Qué había sucedido? Algo mucho más complicado que lo que se ha venido diciendo hasta hoy. No es algo tan sencillo como el habitual: "Es que Felipe IV debía mucho dinero al Temple y como no podía pagar..."
Cuando Felipe IV llega al poder, la libra tornesa contenía 3,95 grs. de plata en vez de los 4,05 de los tiempos de S. Luis. [1] (Pág. 257) En 1290, las minas de plata alemanas de las que procedía la mayoría de este metal que se empleaba en Europa se están agotando y disminuye su producción. Esto, por supuesto, crea una gran carestía. Para paliarla se procede a la reacuñación, es decir, a la eliminación de parte de la plata que estaba presente en las monedas en circulación, con lo que éstas mantienen su valor nominal pero su valor real disminuye. Evidentemente esto provoca una gran inflación y un aumento de los gastos. No obstante, eso lo sabemos hoy, pero entonces parece que nadie reparó en ello, así que Felipe IV continúa la reacuñación de moneda (nueve veces entre 1295 y 1303 y seis de 1304 a 1305) [1] (Pág. 260) con lo que consigue disparar el gasto y que los franceses hagan desaparecer la moneda en circulación (obviamente, a ver quién era el idiota que accedía de buen grado a llevar sus monedas a las cecas reales para que se las devolvieran con menos plata de la que tenían previamente). Además, se crean problemas sociales porque las rentas que pagaban los agricultores valían (en realidad, aunque sobre el papel fueran iguales) mucho menos lo que crea problemas a los perceptores, nobles e Iglesia. [1] (Pág. 261) La única solución era reacuñar la moneda al alza, pero para ello se precisaba una cantidad ingente de plata. Ya en 1302, a consecuencia de la derrota ante los flamencos, ordenó que los funcionarios llevaran a las cecas todas las vajillas de oro y plata con objeto de sostener la libra tornesa (los particulares debían entregar la mitad). [1] (Pág. 263) Para entonces, la libra tornesa sólo poseía 1,36 grs. de plata. [1] (Pág. 267)
El fin de la guerra con Flandes con la victoria francesa en Mons-en-Puelle (1304) supone un alivio momentáneo al poder prescindir de los inmensos gastos militares. Sin embargo, la cantidad de plata necesaria para volver a la normalidad era de más de 106 toneladas. El superávit francés, una vez eliminados los gastos extraordinarios de la guerra con Flandes, era de 0,5 toneladas de plata al año, es decir, que se necesitarían más de 200 años de dedicar todo el superávit a ese fin para poder regresar al valor inicial de la libra tornesa, pero el descontento de los propietarios por el asunto de las rentas "basura" y el del pueblo que estaba imposibilitado de adquirir lo necesario para subsistir ante el alza de los precios, hacía imposible el mantener la situación.
El primer paso fue la expulsión y expropiación de los bienes de los judíos, pero así "sólo" consiguió 15,6 toneladas de plata. [1] (Pág. 273) Aún necesitaba unas 90 toneladas y no había más que un lugar en el que pudiera encontrarlas.
En julio de 1307, el príncipe de Gales (futuro Eduardo II) que atravesaba por dificultades financieras, las solucionó asaltando el Temple de Londres. Se apoderó de 50.000 libras esterlinas más joyas y oro. [1] (Pág. 274) Felipe IV se decidió a realizar lo que ya había planeado. El Temple francés estaba sentenciado.
NOTAS:
[1] Véase Los Templarios y el origen de la banca. Ignacio de la Torre Muñoz de Morales. Ed. Dilema editorial. Madrid, 2004.
[2] Véase Los Templarios en los reinos de España. Gonzalo Martínez Diez. Ed. Planeta. Barcelona, 2001.
[3] Véase Templarios. La nueva caballería. Malcolm Barber. Trad. Albert Solé. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2001.
-Continuará-

Decimocuarto misterio jocoso: Templarios destemplados (V)

Viene de aquí
Requiem aeternam dona eis, Domine,
et lux perpetua luceat eis.
Aunque sin ninguna gana, debemos proseguir nuestro trabajo pese a que la cabeza y el corazón estén en Londres y no aquí.
"No en vano el miedo del rey a que los caballeros estuvieran atisbando la creación de un Estado soberano, bajo los postulados de la Orden, le fue refrendado por el enorme volumen de oro y plata que portaban sus ahora enemigos, unido a la maestría que mostraban en el arte de las armas, consecuencia de años de muerte y supervivencia en el campo de batalla." (Págs. 235-236)
En realidad, tal temor no existía como tampoco la pretensión templaria de constituirse en estado soberano (¿Los Templarios Unidos de Europa?) Las razones para la caída del Temple fueron, como acabamos de ver, económicas. Antes de destruir la Orden como única forma de apoderarse "legalmente" de su tesoro, Felipe IV intentó otras soluciones tanto para conseguir el dinero que precisaba como para "mangonear" al Temple. Si hubiera tenido la menor sospecha de que los Templarios eran una amenaza para el reino, su actitud hubiera sido distinta, habría actuado contra la Orden directamente y desde un primer momento. Sin embargo, antes de proceder al arresto de todos los Templarios franceses, Felipe IV había expropiado a los banqueros lombardos y a los judíos franceses, y había conseguido del Papa el permiso para imponer un diezmo a los ingresos eclesiásticos como contribución de la Iglesia para financiar una Cruzada contra... Aragón (no, no es que los aragoneses se hubieran convertido en masa al islamismo sino que estaban enfrentados al Papado por la cuestión siciliana). Sólo cuando comprobó que nada de esto fue suficiente y que la situación social era insostenible, fue cuando actuó contra el Temple no sin antes realizar un intento (que luego veremos) de convertirse en el máximo dirigente de la Orden.
Además, en esos momentos el poder militar de la orden no tenía nada de preocupante para el monarca francés. Occidente siempre había sido (salvo en los reinos de España) una zona de retaguardia. En ella se reclutaba a los caballeros y a los sargentos y, por supuesto, en sus encomiendas se generaba la riqueza que sostenía económicamente a las fuerzas de combate en Palestina.
Con la caída de San Juan de Acre (1291) la situación no varió. La Casa Central se trasladó a Chipre (el tesoro se transfirió a Francia por una mera cuestión de seguridad) y desde allí se producían las ofensivas templarias como el ataque a Tortosa en 1300 o el establecimiento de una guarnición en la isla de Ruad que resistió hasta 1302.
Ni siquiera esas tropas tenían nada que ver con las de antaño. Cuando la detención de los Templarios se extendió desde Francia hasta el resto de Europa, en Chipre sólo había 83 caballeros y 35 sargentos [1] (Pág.277) una fuerza terrible que, sin duda, le quitaba el sueño a Felipe IV.
"Los intentos por erradicar esta soberbia no sirvieron de mucho. Baste recordar que el pontífice Nicolás IV intentó devolverles a su primigenia humildad uniéndoles a la otra gran Orden, los Hospitalarios de San Juan, a pesar de conocer las fricciones que existían entre ambos, y su fracaso fue más que evidente." (Pág. 236)
Por supuesto que fracasó, pero no por la soberbia de los Templarios y tampoco por las muy exageradas diferencias que mantenían con los Hospitalarios. Vamos primero con esta última cuestión:
Templarios y Hospitalarios competían en atraer para sí soldados, recursos económicos... además del prurito por destacarse el campo de batalla, pero siempre tuvieron presente que su objetivo era el mismo, como también el que no había nada más parecido a un Templario que un Hospitalario (y viceversa). No es sólo que combatieran, mataran y murieran juntos en numerosas batallas (por ejemplo, después del desastre de los Cuernos de Hattin, Templarios y Hospitalarios -y sólo ellos- fueron decapitados por orden de Saladino que no sólo asistió a la ejecución dando muestras de gran alegría sino que recompensó generosamente a los verdugos en una escena que Ridley Scott olvidó incluir en "El reino de los cielos") sino que también la Regla del Temple en el apartado de Los Estatutos Jerárquicos dice:
"y tampoco deberían ir al alojamiento de un seglar o persona de religión sin permiso, a menos que estén acampados cuerda a cuerda con el Hospital." [2] (Pág. 74)
"Y si ocurre que los cristianos son derrotados, de lo que les salve Dios, mientras quede un estandarte picazo en alto ningún hermano debería dejar el campo de batalla para volver a la guarnición; pues si se va será expulsado de la casa para siempre. Y si ve que ya no queda ningún otro recurso, debería ir al estandarte cristiano o del Hospital más próximo si hay uno..." [2] (Pág. 80)
Por otra parte, el proyecto papal de unión de las órdenes militares ocultaba el propósito de Felipe IV de ponerlas bajo su control. La propuesta (que por supuesto fue rechazada) consistía en fusionarlas bajo la denominación de Orden de la Caballería de Jerusalén. Seguidamente, Felipe IV renunciaría al trono francés y sería nombrado primer maestre de los nuevos caballeros. El liderazgo sería hereditario. [3] (Pág. 304) La propuesta era un auténtico disparate por múltiples razones. Veamos tres de ellas:
1- Este repentino interés por iniciar una nueva Cruzada por parte de un monarca que siempre se había negado a tomar la cruz era, por lo menos, muy sospechoso. La nueva Orden acumularía las posesiones de todas ellas lo que suponía una inmensa fortuna cuyo manejo era, muy posiblemente, lo que realmente interesaba a Felipe IV.
2- El nuevo maestre que, supuestamente, debía conducir una nueva Cruzada no tenía ni puñetera idea de la situación en Palestina. Por tanto, el que esa expedición acabase en un desastre total era previsible.
3- Los restantes monarcas europeos (y gran parte de la nobleza) que tenían buenos motivos para acordarse a diario de la familia de Felipe IV (con especial énfasis en la profesión de su señora madre) pondrían el grito en el cielo si se enteraban de que su querido enemigo era el nuevo "mandamás" de una Orden que tenía efectivos en su propio territorio. La amenaza de que pudiera convertirlos en una "quinta columna" al servicio de Francia podría conducir a medidas como la expulsión y, por tanto, a su debilitamiento en lugar de su fortalecimiento.
Con toda razón, los Templarios se negaron a esa chorrada y eso, por supuesto, les costó su propia existencia.
"De este modo la única solución que quedaba era desprestigiar a los monjes, conferirles una imagen más cercana a lo demoníaco que a defensores del dogma cristiano. Para apoyar tales aseveraciones surgió la figura de un ex convicto de nombre Esquino Floriano, que haciendo honor a su nombre se apresuró a lanzar coces a diestro y siniestro, acusando a los templarios de sodomía, de adorar ídolos profanos, de llevar a cabo rituales diabólicos, de escupir y pisar la Santa Cruz..." (Págs. 236-237)
D. Lorenzo está que se sale. Por de pronto, no termino de pillar qué tiene que ver el nombre de Esquieu de Floyran con "lanzar coces a diestro y siniestro". Tampoco es que importe porque el nombre no es algo que influya realmente en esa capacidad de coceo. ¿Verdad, D. Lorenzo? Claro que puesto a no entender, tampoco es que comprenda demasiado bien qué son unos "ídolos profanos". ¿Se referirá, por ventura, a Alejandro Sanz, Raúl, Fernando Alonso...? Porque para el que cree realmente en un ídolo (de los otros), éste no tiene nada de profano sino que es sagrado.
"No tardaron en llegar a oídos del Gran Maestre Jacques de Molay las gravísimas acusaciones que se vertían sobre él y los suyos, y de regreso a Francia, después de permanecer en Palestina por espacio de meses intentando contener los escarceos de las hordas musulmanas..." (Pág. 237)
Pues no, Jacques de Molay donde había estado era en Chipre preparando una nueva Cruzada. Por cierto, ¿"escarceos de las hordas musulmanas"? Creo que hubiera sido mejor usar otra palabra que, por aquello de los diversos significados posibles, no diera pie a pensar que "las hordas musulmanas" eran una panda de "locas" de cuidado. Más que nada, porque considerando que una de las razones aducidas para el arresto de los Templarios fue que cometían actos contra natura (no, no se referían a que levitaran, practicaran la bilocación...) no sea que alguien vaya a creer que las Cruzadas eran algo así como el Día del Orgullo Gay.
"Jacques de Molay y su séquito fueron arrestados días más tarde cuando pacíficamente salía del funeral de la condesa de Valois, ante el estupor de la muchedumbre allí reunida." (Pág. 237)
Además de apuntar que resulta de agradecer que D. Lorenzo señale que Jacques de Molay salió "pacíficamente" del funeral de Catherine, esposa de Carlos de Valois, hermano de Felipe IV, porque si no fuera por tan sabia precisión podríamos pensar que salió repartiendo estocadas a los presentes, el Gran Maestre no fue detenido en ese momento sino, como todos los demás templarios franceses, en la madrugada siguiente. Más que nada, porque hubiera resultado un poco "jodido" arrestar a Jacques de Molay en un sitio público sin que el secreto de la operación se fuera al garete.
"Era el momento de huir. Los freires franceses sabían que en países como España, Portugal, Alemania o las islas británicas los juicios y los infundios lanzados contra sus compañeros se desestimaron, mientras que en Francia decenas de ellos estaban siendo quemados vivos antes de que las sentencias fueran dictadas." (Pág. 240)
Más le hubiera gustado a los templarios franceses que poder huir. Todos fueron detenidos (excepto un pequeño número de entre 12 y 24 miembros de las Orden que se libraron por diversos motivos, desde los que habían "desertado" del Temple en los días anteriores al arresto por motivos particulares, a los que pudieron huir al darse cuenta de lo que estaba pasado. De ellos, varios fueron detenidos en los días siguientes. El único "pez gordo" que se libró de la redada fue Gérard de Villiers, preceptor de Francia, porque Imbert Blanke, preceptor de Auvernia, se "dio el pire" a Inglaterra sólo para ser allí arrestado). Los detenidos, en contra de las reiteradas peticiones del Papa que solicitaba fueran puestos bajo su custodia, permanecieron prisioneros de la corona francesa hasta que se iniciaron los juicios. La inmensa mayoría de los templarios había confesado su participación en alguno o en todos los delitos de los que se les acusaba (básicamente, homosexualidad, idolatría y herejía) gracias a unos "agradables" métodos de interrogatorio como la estrapada (después de eso, hubieran confesado que fueron ellos lo que mataron a Abel). Por tanto, en los juicios tenían dos posibilidades. La primera era ratificar la confesión en cuyo caso eran considerados culpables pero como reconciliados podían desde ser puestos en libertad (en especial si habían colaborado con lo que Felipe IV esperaba, es decir, que sus declaraciones inculpasen gravemente a la Orden) hasta sufrir penas de prisión más o menos graves. La segunda era retractarse de la confesión con lo que pasaban a ser considerados herejes relapsos lo que equivalía a la muerte inmediata en la hoguera. Obviamente, después de la primera quema de cincuenta y cuatro templarios que se retractaron de sus primeras confesiones en el Concilio Provincial de Sens (en el que se les estaba juzgando) el 12 de mayo de 1310, casi todos ratificaron sus confesiones. Así que los que quedaban en libertad era porque habían confesado conocer que en la Orden del Temple se incitaba a la sodomía, a la herejía y a la idolatría. ¿Para qué iban a querer reunirse con los Templarios de otros países que, no habiendo sido sometidos a tortura, negaban tales acusaciones? ¿Qué se supone, que iban a recibirlos con los brazos abiertos? Por no hablar, de que los miembros de la Orden en otro países también tenían problemas porque las detenciones se generalizaron cuando se supo lo que estaban confesando los Templarios franceses.
"El horrendo plan del rey se consumó con el juicio público de Jacques de Molay, maestre de la Orden; Geoffrey de Charney, Preceptor de Normandía: Geoffrey de Goneville, Preceptor de Aquitania; y Hugues de Peraud, Visitador de Francia, el 18 de mayo de 1314.
Los condenados, atisbando que la muerte les rondaba cercana, tras sufrir los avatares de años de prisión encomendaron su alma al Creador. Jacques de Molay, hombre recto y de duras facciones, dio un paso y con voz firme se dirigió a la muchedumbre:
"Mi pena es la de haber mentido y negado mis creencias por intentar salvar la vida, incurriendo con ello en traición para con mis hermanos y para con la Sagrada Orden del Temple. Que se sepa que somos inocentes de aquello que nos imputan, y que antes de doce meses cumplidos esos mismos que se atreven a juzgarnos serán víctima de su propia codicia"." (Pág. 240)
Que se sepa que D. Lorenzo sigue con su mal hábito de poner en boca ajena sus propios discursos y, también, con la pésima costumbre de no contrastar lo que dice. Por de pronto, esos sucesos no acontecieron el 18 de mayo de 1314 sino el 18 de marzo de 1314. Por otra parte, las palabras que le atribuye a Jacques de Molay son un invento suyo. Las palabras que, supuestamente, pronunció Jacques de Molay (y cuando estaban a punto de ejecutarlo y no durante el juicio) fueron:
"Yo, que estoy en el último conflicto, cuando es cosa depravada dar lugar a la más leve mentira, deliberada, y ciertamente confieso que yo he cometido una grave maldad contra mí y los míos, y que he merecido la pena de muerte con horroroso castigo, porque he levantado contra mi Orden, tan apreciable por la Católica Religión que profesaba, a contemplación de aquellos, que no era razón, y por conservar la vida , y escapar de los tormentos crueles, delitos, y maldades, y ahora no necesito se me conceda la vida, ni retenerla con una nueva mentira sobre lo antecedente." [4] (Pág. 97)
El discurso que supuestamente (los cronistas de la época tenían la misma costumbre de D. Lorenzo de inventarse las palabras aunque el sentido sí sería ése) pronunció en el juicio fue:
"Como quiera que al fin de la vida, no sea tiempo de morir sin provecho, yo niego y juro por todo lo que puedo jurar, que es falso todo lo que antes de ahora se ha acriminado contra los Templarios, y lo que de presente se ha referido en la sentencia dada contra mí, porque aquella Orden es santa, justa y Católica. Yo soy el que merezco la muerte por haber levantado falso testimonio a mi Orden, la cual antes ha servido y sido muy provechosa a la religión Cristiana, e imputándoles estos delitos y maldades contra toda verdad a persuasión del Papa y el Rey de Francia; lo que ojalá, yo no hubiera hecho. Sólo me resta rogar, como ruego a Dios, si mis maldades dan lugar, me perdone; y juntamente suplico que el castigo y tormento sea más grave, si por ventura por este medio se aplacase la ira divina contra mí, y pudiese mover con mi paciencia a los hombres a misericordia. La vida ni la quiero ni la he menester, principalmente con tan grave maldad como me convidan a que cometa de nuevo. ¡Ay! ¿De qué me serviría prolongar días tan tristes que no serían debidos sino a la calumnia?
Yo sé los suplicios que han afligido a todos los Caballeros que han tenido valor para revocar las falsas confesiones; no obstante el espectáculo terrible que se me presenta no es capaz de hacerme confirmar la primera mentira por una segunda. A una condición tan infame, yo renuncio de buen corazón a la vida." [5] (Tomo IV, Págs. 161-162)
Prosigue D. Lorenzo:
"Minutos después los cuatro soldados, con porte marcial y orgullosa, la que durante dos siglos mitificó a los miembros de la Orden de los Caballeros Pobres del Templo de Salomón, fueron conducidos a la hoguera en la Isla de los Judíos, en el corazón del Sena." (Pág. 240)
Evidentemente, el Sr. Fernández Bueno no se entera ni de que "porte" tiene género masculino ni de lo que realmente sucedió en París. Volvamos hacia atrás para contar toda la historia. La Orden del Temple ya no existía porque había sido disuelta por la bula Vox in excelso el 22 de marzo de 1312:
"abolimos la ya citada Orden del Temple y su constitución, hábito y nombre por un decreto irrevocable y perpetuo y la sometemos a un veto perpetuo con la aprobación del santo Concilio, prohibiendo taxativamente a nadie que intente entrar en el futuro en la Orden, o recibir o llevar su hábito, o actuar como templario. Si alguien actua contra esta disposición, incurrirá en la pena de excomunión ipso facto." [6] (Pág. 334)
La opinión pública francesa que primero había recibido con sorpresa la noticia de la detención de los Templarios y con indignación las "confesiones" realizadas estaba, no obstante, cambiando de parecer tanto al conocer las ejecuciones ya mencionadas como el "cachondeo" que se traían en los restantes países europeos a costa de la actuación de Felipe IV al que acusaban, directamente, de ladrón y del Papa Clemente V al que tildaban de marioneta del monarca francés. El "lío" que se organizó a continuación por la sucesión de los derechos de propiedad de las encomiendas templarias no contribuyó a apaciguar los ánimos. Es sabido que el Papa (por una vez contra el parecer de Felipe IV que quería dotar con ellas a una nueva Orden militar) por la bula Ad providam del 2 de mayo de 1312 otorgó esos bienes en Francia a la Orden de los Hospitalarios y por la Considerantes dudum del 6 de mayo de 1312 dispuso que los ex-templarios considerados inocentes o los culpables reconciliados debían ingresar en las órdenes monásticas que libremente eligieran porque los votos realizados por ellos seguían siendo válidos. Con ello, el problema de los Templarios hubiera debido quedar resuelto, pero quedaban flecos.
El primero es que, evidentemente, los monarcas europeos no tenían el menor deseo de desprenderse de las cuantiosas propiedades de la Orden (el proceso se alargaría a lo largo de los años e incluso Felipe IV llegó a la desfachatez de hacerse pagar por los Hospitalarios la cantidad de 200.000 libras tornesas como compensación por la supuesta pérdida del tesoro real depositado en el Temple parisino) y la Corona francesa bajo Felipe IV y sus sucesores obtuvo, además, 60.000 libras por los gastos que les había ocasionado los juicios a los Templarios además de quedarse con 2/3 de las rentas producidas por las encomiendas desde su expropiación hasta la cesión a los Hospitalarios, el perdón de las deudas que tuviera Francia con el Temple y la propiedad de las encomiendas de las que ya hubiera dispuesto libre e ilegalmente la Corona. Aunque parte de estos hechos sucedieron ya después de marzo de 1314, el escándalo fue considerable.
El segundo problema es que los cuatro principales dirigentes del Temple capturados en Francia, Jacques de Molay, Hugues de Pairaud, Geoffroi de Gonneville y Geoffroi de Charney no habían sido juzgados. Para solucionarlo se convocó el Concilio de París. Los acusados comparecieron el 18 de marzo de 1314 en la catedral parisina. Como habían confesado, se les condenó a cadena perpetua. Con ello, la escenificación del paripé que había organizado Felipe IV con la complicidad del papa Clemente V estaba satisfecha. Las dudas que hubieran podido quedar sobre la justicia del proceso contra el Temple debían olvidarse. ¿Que los Templarios de Castilla, Aragón, Portugal, Alemania... habían sido absueltos por los Concilios de Salamanca, Tarragona, Orense, Trier...? Ellos podían ser inocentes, pero si los máximos dirigentes del Temple en Francia (y el Gran Maestre) confesaban era porque la corrupción es ese reino era auténtica. Todo ese montaje se les vino abajo porque dos de los acusados, Jacques de Molay y Goffroi de Charney se retractaron públicamente de sus confesiones mientras Hugues de Pairaud y Geoffroi de Gonneville permanecieron en silencio. Por tanto, los dos relapsos (para la justicia de la época, claro) fueron entregados al preboste de París mientras el Concilio deliberaba qué hacer con ellos. Cuando Felipe IV se enteró ordenó que fueran inmediatamente quemados lo que se cumplió en la tarde de ese mismo día. Ambos murieron proclamando la inocencia del Temple y su cristianismo. Los otros dos acusados, Hugues de Pairaud y Geoffroi de Gonneville, no tuvieron ocasión de demostrar "su porte marcial y orgullosa" porque fueron conducidos a prisión donde murieron.
Fue el fin del Temple, pero no el de las afirmaciones esotéricas. Si hasta el momento estábamos pasando un buen rato gracias a las chorradas afirmadas por el Sr. Fernández Bueno, eso no es más que el principio. Nos espera el tesoro del Temple que se encuentra en una isla canadiense... ¡Ay, Dios!
NOTAS:
[1] Véase Los Templarios y el origen de la banca. Ignacio de la Torre Muñoz de Morales. Ed. Editorial Dilema. Madrid, 2004.
[2] Citado en El código Templario. J. M. Upton-Ward. Trad. Albert Solé. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2000.
[3] Véase Templarios. La nueva caballería. Malcolm Barber. Trad. Albert Solé. Ed. Martínez Roca S.A. Barcelona, 2001.
[4] Citado en Dissertaciones históricas del orden y cavallería de los Templarios. Pedro Rodríguez Campomanes. Ed. Oficina de Antonio Pérez de Soto. Madrid, 1747. (Me he permitido actualizar la ortografía del original para que sea más fácilmente comprensible)
[5] Citado en Historia General de los Caballeros del Temple. Mateo Bruguera. Ed. Editorial Alcántara S. L. Madrid, 2000.
[6] Citado en El juicio de los Templarios. Malcolm Barber. Trad. Teresa Garín Sanz de Bremond. Ed. Complutense S. A. Madrid, 1999.
-Continuará-

Decimocuarto misterio jocoso: Templarios destemplados (VI)

Viene de aquí
Habíamos dejado al Sr. Fernández Bueno sumido en el error y sin el menor riesgo de que logre salir de él. Una vez terminado su deplorable repaso a la historia del Temple desde su fundación a la muerte de Jacques de Molay en la hoguera, comienza a preguntarse por el paradero del tesoro del Temple. Entiendan lo del "preguntarse" como un recurso retórico porque D. Lorenzo sabe (faltaría más) qué pasó con el tesoro:
"Cuentan las crónicas que mientras los últimos templarios expiraban en el fuego, un carro con parte del "tesoro", quién sabe si representado en la asustada presencia de un joven de corta edad y varios pergaminos, abandonó París rumbo a las tierras del sexto Gran Maestre de la Orden, Bertrand de Blanchefort, y más concretamente a una de sus encomiendas, la situada en la localidad de Rénnes-le-Château..." (Págs. 240-241)
La sucesión de chorradas es memorable. Veamos, si los Templarios franceses son detenidos el 13 de octubre de 1307 y Jacques de Molay es quemado el 18 de marzo de 1314 (es decir, más de seis años y medio después) ¿dónde había estado el "tesoro" hasta ese momento? ¿En la fortaleza del Temple que es al primer lugar al que se dirigieron las tropas francesas y que desde ese momento estuvo bajo su control? Veamos diversas posibilidades:
Primera posibilidad, los Templarios sabían que iban a ser detenidos y pusieron a salvo su tesoro. Bien, pero no parece que el sitio más adecuado para esconderlo fuera el mismo París ¿no?. Además tampoco eso explica porqué se quedaron esperando el arresto Jacques de Molay y el resto de "mandamases" (y puede olvidarse de ningún espíritu de sacrificio porque los que pudieron huir de las tropas francesas lo hicieron, caso, como ya dijimos, del preceptor de Francia, Gérard de Villiers).
Segunda posibilidad, los Templarios no sabían que iban a ser detenidos, pero no guardaban su tesoro en el Temple y, por tanto, éste no pudo ser capturado por los soldados franceses. Recordemos que todas las propiedades templarias en Francia pasaron a depender de la Corona desde ese momento y hasta (al menos nominalmente) 1312 con lo que volvemos a estar en las mismas. ¿Los franceses tuvieron debajo de sus narices el tesoro durante años y no se enteraron de ello? Pues en el caso de un tesoro en oro y plata todavía podía ser posible pese a que esos lugares fueron registrados, pero no en el caso de que el tesoro fuera un joven. En cualquier caso, resulta poco creíble que objetos de valor fueran guardados en cualquier parte menos en la Torre que se usaba precisamente para tal fin.
Tercera posibilidad, los Templarios no sabían que iban a ser detenidos y guardaban su tesoro en el Temple de París y, por tanto, fue capturado por las tropas francesas. Esto a su vez abre otras dos opciones, la Corona dejó escapar (o devolvió, o cedió...) parte de ese tesoro o, segunda opción, se quedó con él. Lo primero, conociendo la personalidad de Felipe IV, podemos obviarlo. Sin embargo, si las tropas francesas se apoderaron del tesoro del Temple debería quedar alguna prueba de ello ¿no? Pues sí, y después veremos que esta posibilidad es la única que se ajusta a los hechos históricos. Pero antes volvamos a las afirmaciones del Sr. Fernández Bueno arriba reproducidas. Dice que "Cuentan las crónicas..." pero no indica cuáles son éstas. Así las cosas, podemos suponer que eso no es cierto al menos hasta que aclare la identidad de esas fuentes, máxime cuando el contenido de las supuestas crónicas es una colección de chorradas que, además, contradicen lo que dijo anteriormente porque recordemos que la supuesta procedencia de los manuscritos supuestamente encontrados en Rennes era el Montségur cátaro. Ahora resulta que no, que era el tesoro templario de París. ¿Un nuevo y misterioso caso de "incertidumbre cuántica" como el del cuerpo de Jesús en Cachemira y en Rennes o sólo es que D. Lorenzo tiene muy mala memoria?
Sobre el intento de meter en el tinglado a Bertrand de Blanchefort, ya hablamos del tema aquí y ahora nos limitaremos a añadir que en marzo de 1314 no había encomienda templaria en Rennes ni en ningún otro lugar porque la Orden llevaba casi dos años disuelta como dijimos en el artículo anterior. A esas alturas, las propiedades francesas que fueron del Temple o habían pasado a manos de la Corona (o de las personas que ésta hubiera designado) o a la de los Hospitalarios. Salvo que quiera "meter en el ajo" a la Orden del Hospital de San Juan, la pretensión es nuevamente absurda (y el intentar involucrar a los Hospitalarios también porque esa Orden continúa existiendo aunque ahora es conocida popularmente como Caballeros de Malta y su relación con el esoterismo es nula).
"Custodios del Grial, protectores de la Sangre Real, poseedores de manuscritos de transcendencia ilimitada, conocedores de los secretos de Jesús tras la crucifixión, idealistas capaces de orquestar la estructura de un Estado soberano regido por el descendiente del nazareno..." (Pág. 241)
Si se preguntan dónde están las pruebas de todas esas afirmaciones, sepan que yo también lo hago porque las presentadas hasta el momento no valen un pimiento, como hemos ido viendo.
"Lo cierto es que cuando se produjo el asalto a la Casa del Temple en París, esta ya había sido desprovista de las "riquezas" que los agresores perseguían. Varios barcos de la flota partieron de su puerto más importante en La Roselle, algunos de ellos con destino incierto, otros hacia la vecina Portugal, donde con el tiempo unificarían criterios bajo el nombre de Caballeros de la Orden de Cristo, con miembros tan ilustres como Vasco da Gama, que portaría la cruz de ocho puntas en sus velas en los viajes por África." (Pág. 241)
Bueno, pues si eso es "Lo cierto" lo que ha contado más arriba no lo es. Si las "riquezas" ya habían salido de Francia el 13 de octubre de 1307, no pudieron salir de París el 18 de marzo de 1314 salvo que nos quiera "vender la moto" de que salieron, volvieron a entrar, volvieron a salir... y eso parece más el guión de una "peli" porno que otra cosa.
Volvamos al tema. Supongo que cuando habla de La Roselle se refiere en realidad a La Rochelle, la base naval templaria que adquirió importancia por la nada misteriosa razón de que desde allí se exportaba el vino producido en las encomiendas del Poitou a Inglaterra. [1] (Págs. 189-190) Claro que considerar La Rochelle como vecina de Portugal es para ponerle un cero en geografía europea, pero como tampoco los Caballeros de la Orden de Cristo unificaron criterios con nadie... Sencillamente, años después (en 1319) D. Dionís de Portugal obtuvo la autorización papal para crear una nueva Orden militar, la de los Caballeros de Cristo, a la que pasaron los bienes (y en algún caso, los ex-Templarios portugueses pero ni todos ellos ni sólo ellos) expropiados a la Orden del Temple. Esta solución ya había sido adoptada en Aragón con la constitución de la Orden de Montesa (1317). Si se están preguntando que pasó con los bienes Templarios en Castilla, éstos tuvieron distintos fines, unos fueron vendidos a la Orden de Alcántara, otros fueron ocupados por la Corona o por señores feudales y otros donados a las Órdenes de Uclés y Calatrava. Finalmente, la bula del 14 de marzo de 1319 ordenó que pasasen a los Hospitalarios, pero como para entonces ya se había dispuesto de ellos, los Caballeros de San Juan tuvieron que entrar en negociaciones que se prolongaron a lo largo de años. [2] (Pág. 344)
Regresemos a Portugal ¿por qué aparece en esta historia Vasco da Gama? Sencillamente, porque D. Enrique el Navegante fue también Gran Maestre de la Orden de Cristo y desde entonces las naves portuguesas llevaban en sus velas la cruz de la Orden, así de misteriosa es la cuestión...
Aclarado esto, hora es ya de solucionar el supuesto enigma del tesoro del Temple. ¿Partió de La Rochelle? Pues como no se encontraba en el puerto francés, eso es un tanto difícil. Para poder darle la razón al Sr. Fernández Bueno, éste tendría que demostrar en primer lugar que el tesoro había abandonado con anterioridad la Torre del Temple en París porque es allí donde estaba depositado, pero para que eso resultara creíble tendría que probar que los Templarios tenían conocimiento previo (y con mucha antelación) de los planes de Felipe IV. Si éste fuera el caso, de nuevo nos encontraríamos con el mismo problema ya señalado antes: si los Templarios sabían que iban a ser detenidos ¿por qué se quedaron sentados esperando el arresto?
Sin embargo, no es sólo que esto resulte ilógico, es que además tropieza con un grave problema de orden práctico, el de transladar una inmensa cantidad de monedas, metales preciosos... sin que nadie se diera cuenta y desde un lugar en el que había funcionarios reales (lógicamente, al estar también depositado el tesoro francés en el Temple su control estaba supervisado por las personas designadas por el monarca. Estos funcionarios, que no eran Templarios, eran Les clercs du Temple y el el Tesorero) [1] (Págs. 75-76)
¿De qué cantidad estamos hablando? Pues hagamos una sencilla regla de tres, si en el Temple de Londres se guardaban los beneficios acumulados por unas 60 casas y éstos ascendían en julio de 1307 al equivalente a 50.000 libras esterlinas (es decir, 18.375 kilogramos de plata) porque ésa es la cantidad que robó el príncipe de Gales, en París, que guardaba los beneficios acumulados de unas 660 casas, la cantidad podría ascender a ¡más de 200 toneladas de plata! [1] (Pág. 279) (Obviamente, esto es meramente aproximativo porque las cantidades desembolsadas por el Temple de París eran también superiores a las de su sede en Londres. La cantidad real, no obstante, posiblemente superaba las 100 toneladas de plata). La verdad, transladar ese peso con los medios de la época no era ninguna broma, máxime cuando los transportes tenían que ir bien protegidos por obvias razones de seguridad.
Sin embargo, de momento nos hemos limitado a señalar los puntos débiles de las distintas posibilidades sobre el destino del tesoro del Temple. Ahora tenemos que demostrar que las tropas francesas se apoderaron de él el 13 de octubre de 1307. Para ello aportaremos dos claras pruebas, una indirecta y otra directa.
Vamos con la primera. Partimos de un Felipe IV que estaba deseoso de apoderarse del tesoro del Temple por las razones ya señaladas (no hay más que ver las instrucciones que dispuso sobre los bienes del Temple que debían ser inmediatamente inventariados y que él mismo se personó a primeras horas de la mañana del 13 de octubre en el Temple de París para supervisar la operación). En las preguntas que se formularon a los Templarios detenidos en Francia figuran cuestiones sobre los ídolos a los que supuestamente adoraban, sobre besos en el culo, sobre gatos negros, sobre mear o escupir sobre un crucifijo... sobre los temas más peregrinos, pero ni una sola sobre el paradero del tesoro supuestamente volatilizado. Esto es inconcebible salvo que estas preguntas fueran innecesarias porque Felipe sabía perfectamente dónde estaba el tesoro. Considerando que los Templarios cantaron Aída, Tosca, Carmen y hasta el Tractor Amarillo, si el monarca francés se hubiera encontrado con un montón de cofres vacíos no hubiera dejado que la cosa se quedara ahí.
La segunda prueba es definitiva. Ya vimos cómo durante el reinado de Felipe IV se había procedido a continuas reacuñaciones de la libra tornesa hasta que el gros tornés llegó a contener casi 2/3 de plata menos que en un principio (1,36 gramos en 1303 frente a 3,95 gramos en 1285). También dijimos que para revertir el desastre económico producido por esa práctica se hacía necesario una reacuñación al alza que exigía una cantidad aproximada de ciento seis toneladas de plata que Felipe IV ni tenía ni pudo conseguir con la expropiación a los judíos de la que "sólo" obtuvo dieciséis toneladas de plata. Pues bien, de forma "misteriosa", en 1308 el gros tornés se cambia por 3,7 gramos de plata, casi su valor de 1285 que era de 3,95 gramos de plata. [1] (Pág. 347)
¿Dónde encontró Felipe IV noventa toneladas de plata, una cantidad que triplicaba los ingresos anuales de Francia y multiplicaba por 180 el superávit anual? [1] (Pág. 272)
Pues salvo que crean en el milagro económico de la multiplicación de las libras y los sólidos, la única respuesta posible es en el Temple de París.
Por si faltaba algo más para remachar las leyendas del tesoro templario puesto a salvo en paradero desconocido, añadiremos que cuando, más tarde y ya sabiendo lo sucedido en Francia, se incautaron los bienes del Temple en Europa se encontraron sendos tesoros en Miravet (70.000 escudos) y en Chipre (120.000 besantes). [1] (Pág. 347)
Los Templarios no supieron dónde ponerlos a salvo ni siquiera cuando ya sabían lo que iba a suceder.
Ajenos a todo ello, los "misteriólogos" siguen empeñados en buscar el tesoro del Temple. Gisors, Chinon, Rennes-le-Château... son los lugares habituales, pero ante los "problemillas" surgidos (las excavaciones estuvieron a punto de provocar el derrumbe de la torre del castillo de Gisors y el ayuntamiento de Rennes tuvo que prohibir el cavar hoyos en su término municipal que iba camino de parecer un inmenso queso de Gruyère) últimamente están cambiando de aires, aunque pocos lugares resultan más improbables (aunque hubiera algo de cierto en la leyenda del ocultamiento del tesoro del Temple) que el propuesto por el Sr. Fernández Bueno, Oak Island (Canadá).
Supongo que en este momento habrán comenzado a pensar algo así como: "Pero ¿cómo demonios iban a esconder los Templarios en 1307 -o 1314- su tesoro en Canadá si desde que los vikingos dejaron de aparecer por allí y hasta que fue D. Cristóbal en 1492, los europeos no hicieron acto de presencia en América?" No se preocupen, que D. Lorenzo tiene respuesta para todo (otra cosa es que ésta sea una patochada de impresión) y, en esta ocasión, vamos a divertirnos con una capilla escocesa y un cuento veneciano.
NOTAS:
[1] Véase Los Templarios y el origen de la banca. Ignacio de la Torre Muñoz de Morales. Ed. Editorial Dilema. Madrid, 2004.
[2] Véase El juicio de los Templarios. Malcolm Barber. Trad. Teresa Garín Sanz de Bromond. Ed. Editorial Complutense S.A. Madrid, 1999.
-Continuará-